¿Vos y yo qué venimos siendo?

19 Feb

Para esta pareja el noviazgo pasó de moda. Eso de fijar una fecha para recordar el primer beso o el día en que empezaron una relación está en desuso. Los aniversarios son olvidos. Ninguno lleva las cuentas. Las cosas se dieron sin compromiso. Saliendo, compartiendo, caminando. No esperar nada del otro es ley. Pero pasa que luego de andar, con el tiempo y sin tener que hablar, la relación aunque no tenga nombre, ni rótulo, espontáneamente se estrecha. Esta carta la escribió ella, es una confesión, no para que él la lea, simplemente porque sí, porque sintió que la tenía que escribir, porque debía dejarla salir.

Yo sé que quedamos de no quedar en nada, de no preguntarnos la pregunta que entró en desuso hace tanto tiempo: “¿vos y yo qué venimos siendo?”.

Y no voy a romper nuestro pacto, no te preocupés, no llegarán reproches, no habrá bombardeos y evitaré cualquier tipo de reclamos, seguiré nuestras normas, disfrutaré el momento y estaremos juntos mientras las cosas fluyan.

Nuestra relación es abierta y en cualquier momento alguien más podrá entrar, quedarse o salir. Eso está claro e insisto, no pienso cambiar nuestro trato. Así como vamos, me siento bien. No estoy pensando en futuro, solamente en presente.

Solo quiero que sepás algo, te lo digo sin compromiso, no espero ninguna réplica, está prohibido cualquier pronunciamiento al respecto. Solo te lo digo por mí, porque tenía que escribirlo, esto es solo un ejercicio de traslación, tenía que sacar unas palabras de mí para ponerlas en otra parte y listo.

Aunque no seamos nada, ya no estoy a la expectativa de conocer a alguien más.

Con vos todo me basta.

De un tiempo para acá, dejé de buscar.

 

 

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Carta a Margarita

11 Feb

Estas letras las escribió un joven a su madre. Él bajó de una montaña, subió a otra, cruzó la ciudad solo para fabricar esta carta. Simplemente quería celebrar el cumpleaños de la mujer que más admira. El 10 de octubre aplaudió por su vida, por tantas hazañas, por la fortuna de ser su hijo.

*Esta carta fue escrita en el taller de escritura Cartas sobre la mesa

Por: Juan Diego Gallego Londoño

Las palabras como la música resuenan de forma diferente en cada persona; así, la palabra “Margarita” puede traer a la mente la bonita imagen de una flor que anida un sol en su interior, o quizá “Margarita” pueda recordar una sensación de explosión en el paladar por la mezcla de licores y cítricos; también es posible que “Margarita” se sienta como brisa, mar y paisaje de islas. Pero para mí Mar-ga-ri-ta suena a primitivos golpes de tambor que se internan en el cuerpo y me ponen a bailar la vida.

Margarita, con el mismo ma de madre, maestra, mágica. Aquella que ha tomado la vida como un baile y rompiendo paradigmas tiende la mano para sacar a la pista y enseñar a danzar. A mí, por ejemplo, me has enseñado a encontrar mi ritmo, sin afán y disfrutando cada parte.

Te preguntarás cómo has logrado esto y hoy que cumples cincuenta años creo que vale la pena hacer un balance de la situación y contarte, desde mi mirada, este cuento que has creado y que parece de ficción en esta época en la que el bienestar es un lujo de pocos.

Sin lugar a dudas, si me preguntan cómo eres, lo primero que respondo es que sosuna buena persona. Quien llega a tu vida desde el principio lo puede entrever, pues eresconfiada y entrona, consigues interlocutor en cuanta fila o sala de espera estés. Acoges a las personas con inocencia y sin prejuicios. Quizá esa hospitalidad sea herencia de tu origen campesino, que también te obsequió el tono rojo de los cachetes, que aumenta con unos tragos de ron.

Naciste en un pueblito lleno de lomas, aquellas que bajaste por última vez para venir a treparte a un morro del nororiente de Medellín con tu familia. Se instalaron en un barrio de “invasión” y viviste, como todos los de la zona, en una casa de lata y madera, dormiste en piso de tierra, buscaste cosas en la basura y caminaste descalza entre callejones vendiendo gelatinas o empanadas.

Te formaron la calle y los valores que mis abuelos, con buenos o malos métodos, te inculcaron. Esa fue tu universidad y bastó para hacerte muy inteligente y capaz de afrontar los problemas del día a día. Y es que la inteligencia no es memorizar una cantidad de datos o la agilidad para resolver cálculos matemáticos; no, la inteligencia es lo que te ha permitido entrar en sintonía con los diferentes momentos y retos de la vida, inteligencia es la agudeza que has tenido para diferenciar las cosas potencialmente malas de las buenas y correr el riesgo de ir por estas últimas.

De ese viejo álbum de pasta rosada y hojas amarillas puedo ver las fotos de tu juventud y hacerme una idea de cómo eras entonces. Las imágenes permiten intuir que ya tenías el alma y el cuerpo encendidos con esa alegría que te caracteriza. Se te puede ver de bastonera en la banda marcial, lo que indica que desde temprana edad incorporaste el ritmo y el movimiento a tu vida. Eras larguirucha y con una abundante y negra melena. Hoy los años se te han sumado a la figura, pero la belleza y la autoestima siguen intactas.

Vistes elegante para las fiestas, pero también sin prejuicios disfrutas en vestido de baño de cuanto charco, mar, río o piscina encuentras. La melena ya no es tan negra, las canas son las únicas enemigas que el tiempo te ha traído; esas no te han gustado nunca y por eso siempre las disfrazas con tintura, pero es cierto que resultan incoherentes con tu vitalidad.

Hablar de ti es también hablar del amor de pareja: a los veinte años corriste el riesgo de comenzar una familia junto a mi padre, y como dice la canción de la banda Daiquirí, construyeron su isla para dos, un mundo a su medida donde ha crecido el amor fuerte y risueño, ese que les ha permitido convivir por treinta años y ser un ejemplo para quienes tenemos la fortuna de divisar esa isla de eternas primaveras y veranos.

Con total seguridad puedo decir que mi padre y vos son las personas más exitosas que conozco. Y es que me han enseñado precisamente que el éxito no es conseguir carro, casa y beca. El triunfo de ustedes está en ese furor para disfrutarse la vida. Acumular cosas no les interesa, su prioridad siempre ha sido estar junto a quienes quieren. No en vano se han recorrido en moto casi todos los municipios de Antioquia y otro tanto más de Colombia.

Me has permitido valorar la paciencia, más aún en estos tiempos de inmediatez en los que se debe tener la vida “realizada”. He visto que con empeño, pero sobre todo con calma, conformaste esta familia. Así pues, tengo aprendido que las cosas buenas y bien hechas toman su tiempo y exigen dedicación, que finalmente otorgan satisfacción y serenidad al saber que los buenos cimientos permitirán que sean duraderas.

Junto con mi padre has sido mi referente en la vida. Las decisiones y caminos que voy eligiendo tienen mucho que ver con lo que me han enseñado. Me enseñas que es cierto que el mundo está un poco patas arriba, pero que una de las opciones para intentar mejorarlo es correr el riesgo de entregarnos a los demás.

No imaginas lo inmensamente afortunado que me siento del hogar que tenemos. Mi hermana, mi papá y yo siempre queremos llegar a casa porque es nuestro oasis, por la calidez con que llenas cada uno de los espacios; las conversaciones en el comedor, las tardes de pereza en cama, las películas en familia, las risas por tu forma de resolver crucigramas, las noches de música y vino, tu espíritu navideño, la alegría por nuestros cumpleaños y tantas cosas más con las que siempre estás atizando el fuego de este hogar.

Alguna vez estábamos escuchando aquella canción de Facundo Cabral que dice “no soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad”, y vos mientras escuchabas me dijiste que siempre quisiste haber sido bohemia. Ahora que escribo todas estas cosas pienso que siempre lo has sido, porque eres libre, sencilla, alegre y porque no le tienes miedo a vivir.

Celebro con orgullo tu vida, tus cincuenta años, y espero que nos queden muchos días de bohemia para compartir juntos.

Te quiere, tu hijo.

carta a margot

Ilustración Morphart

Carta para un buen final

5 Feb

Se conocieron en otro país. Se enamoraron de viaje. Se amaron en todas partes. Hablaron de fidelidad, fijaron fechas de reencuentros, hicieron planes que el tiempo se encargó de tumbar. Quisieron extender algo que no tenía futuro. Ahora que ya están lejos, cada uno en su tierra, en su realidad, ella le envía esta carta para invitarlo a un último paseo, para vivir una última vez, para cerrar esta historia como se debe, para que no quede nada, ni un beso ni una palabra ni un gesto, absolutamente nada, pendiente.

 Por: Alejandra Ceballos

Te escribo porque me niego a quedarme con las cosas, así he sido toda la vida: no aprendí a mentir ni a quedarme con verdades atrancadas entre las lágrimas y el estrés.

También aprendí, en libros en los que me veía reflejada, que no me conviene enamorarme porque pierdo la dignidad y que así tenga varios amores, cada uno es como si fuera el único. Y así me pasó contigo.

No te voy a negar lo evidente, así como tampoco tenía sentido que tú me negaras las cosas y que yo me hiciera la tonta ese 10 de diciembre. Pero tampoco te voy a mentir diciéndote que no te quise, por simple orgullo, ni tampoco voy a fingir que no cumplí las promesas solo por la suposición de que eso haría que te enfadaras.

Sos y fuiste ese pedacito de irrealidad que aunque fuera mentira se sintió más real que nada. Y ya ves que soy terca, me niego a que desaparezcas así, sin más, sin una despedida, sin un “por última vez” en el que pueda despedirme como se debe.

Te mentiría si te digo que cambiaría lo que tengo ahora por ti o si te digo que me imaginaba contigo un “para siempre”; pero en mi mundo de irrealidades, y en esa fantasía en la que vivo todos los días, te sigo debiendo un abrazo, y si no, al menos una despedida digna de todo lo que fuiste.

Así que piénsate ese viaje por el derecho a un final digno, ya que no fue feliz.

Carta para un buen final

Ilustración Morphart
*Esta carta fue escrita en el taller de escritura Cartas sobre la mesa

 

 

 

No va a volver a pasar

2 Feb

Iban dos en un carro a lo largo de una autopista, conversando, contentos, tranquilos. Él manejaba, ella iba a su lado. De repente un vehículo se atravesó y, para evitar un choque, él tuvo que frenar en seco. Aunque no hubo un accidente, los nervios quedaron despedazados. Y en esos segundos, cuando solo se esperaba un golpe, un ruido, lo peor, a ella se le salió un grito. Uno fuerte, maluco, salvaje, de esos que ofenden. Cuando pasó el susto y ella recuperó el control de sí, decidió escribirle esta carta a su novio para pedirle perdón.

 

Llevo varias horas en silencio pensando en ese grito. Se me salió como un pedo, como un eructo, como un vómito. Gas. No pude contenerlo. Perdón por no controlarlo, por dejarlo salir. Fue un impulso nervioso, asqueroso. Qué asco.

Perdón por reaccionar tan mal.

Al cabo de pocos segundos, me arrepentí. Caí en la cuenta de mi error, de mi violencia. “La cagué, la cagué”, me decía por dentro. Y luego me temblaron los labios y después mis ojeras quedaron húmedas porque me salieron lágrimas. Me removieron el maquillaje, me remordieron toda.

Ya no puedo hacer mucho, solo reconocer mi falta. Fui violenta. Te alcé la voz. Te grité. Quisiera borrar esto, que se me pasara esta vergüenza, que se nos olvidara pronto, pero te escribo justamente para que recordemos que esto nunca puede repetirse. Con estas letras queda la constancia de mi falta pero también de una promesa. No va a volver a pasar.

Perdóname.

Puntos sobre las íes

31 Ene

Esta es una notificación de salida. A partir de esta carta ella va a desaparecer. La razón es simple y los dos la saben. Eso, que empezó sin nombre, sin reglas de juego, se les salió de las manos, ya fueron demasiado lejos. Todo, en adelante, puede ser un caos. Ella, que cree conocerse, piensa que aún está a tiempo de salir invicta, de poner eso en su lugar, antes de que duela, más de lo que ya presiente; antes de que le haga falta, más de la que ya le hace.

Si se trata de poner los puntos sobre las “íes”, mi amor, aquí está difícil la situación, porque sé que ni siquiera debería llamarte amor, ni mucho menos mío, porque sé que no lo eres, así no pueda afirmar categóricamente no ser tuya.

La situación, creo, es justo lo opuesto a lo que te imaginas que es. Contrario a dejar de quererte, creo que te quiero más de lo que debería. Y, detrás de mi sinceridad desinteresada y la libertad en la que creo, que para vos parece ser sinónimo de hijueputez, sigo siendo la niña irracional de la que te advertí al principio.

Supongo que si tuviera que resumirte en un tweet sería:

—¿Era guapa?

—Era inevitable.

Porque eso eres, así “estuvieras bien”, te volviste inevitable. Tal vez por los temas en común, por el bullying, porque tu piropo más tierno era “regáleme un ojo pa´ un caldo” y siempre me robaba una sonrisa, por medir el tiempo en horas de turno, por tus gustos musicales. No sé.

El punto es, lindo, que no hicimos caso. Yo, cuando el universo me advirtió mil veces que eras solo un juego. Y vos, cuando yo te dije que te ibas a encartar. El problema fue que me malacostumbré a vos. Te veía casi todos los días, incluso después de turnos que se acababan muy tarde. Me pediste ser irracional, y lo fui. El problema es que lo fui demasiado.

Empecé a cocinar para vos, a usar ropa interior para vos (así nunca la vieras), a querer salir de fiesta con vos y a incluirte en planes así implicaran excluir a otros. Y así yo supiera lo que era, vos insistías en más, y yo, a querer darte más, a no saber medir, a pretender solucionar todo a punta de sonrisas y planes traídos de los cabellos que a mí me parecían tan normales.

El problema es que ya no me sé desacostumbrar. Que si me dices que estás mal, quisiera poder solucionarlo, que si me dices que me quieres ver, asumo que vamos a vernos, que si me dices que me quieres, yo te creo.

Entonces, si tuviera que hacer un resumen ejecutivo, te diría que como me cuesta querer solo a ratos, prefiero no quererte del todo. Porque a lo mejor, si hubiera sido una moza común y corriente, si no hubieras venido a desayunar, si no hubieras conocido a mi mamá (porque sabemos que mi papá no se puede sacar de la ecuación), o si no me hubieras dicho a fin de año que “esperabas que no fuera el último en el que estuviera incluida”, o si no me hubieras mencionado enemil veces “la situación ideal”, hubiera sido más fácil.

Pero no fue así. Por lo tanto, antes de que se me salga de las manos, antes de que quiera entregarte el universo y no pueda, antes de que empiece a extrañarte más de la cuenta y que te quiera dar aún más de lo que te quiero dar en este momento, prefiero simplemente hacer eso que quieres que no haga: desaparecer.

Porque soy mala para fingir, para sentir poquito, porque me pediste mucho al principio y supuse que iba a seguir siendo así. Porque, así como en la guerra hay reglas, aquí también hay límites que no debemos cruzar, y que una vez cruzados, ya no habrá vuelta atrás.

Así que mejor te evito el encarte, y a mí las letras futuras. Porque a lo mejor esos siete años de diferencia son los que me faltan para aprender a abrazarte y querer solucionar tus problemas un día, y al otro fingir que no eres nadie.

Carta para tener en la cuenta

29 Ene

No le bastaron los recuerdos, tuvo que narrarlos y enumerarlos para que el paso del tiempo no los restara. Le tocó usar las letras y los números para repasar ese amor que le sumó tanta vida, para hacerlo infinito en su historia. Por él perdió el norte, pero nunca la cuenta.

Por: Alejandra Ceballos

Si tuviera que resumir lo nuestro en números, hablaríamos de casi cuatro meses que recordaríamos para toda la vida, de cuatro viajes que nos pusieron el mundo en la palma de la mano, de cinco cajas de condones inconclusas, de tres idiomas, así a veces no habláramos ni siquiera el mismo español, de doce vuelos, de seis autobuses, de siete trenes, solo uno de alta velocidad, de cinco canciones muy importantes, con dos bastaría para describir lo nuestro.

Hablaría de un sostén que se quedó contigo, de una taza que te regalé, de un sombrero elegante, de dos casas, de un par de amigos, de una hamburguesa y de dos cenas frente a tu facultad. Hablaría de dos llamadas que me hiciste estando borracho, de una borrachera en Bar Fabiola, en la que me dijiste por primera vez que me amabas.

Mencionaría dos enfermedades, una gripa tuya y una mía. También dos discotecas, tres terrazas, tres hostales, seis hoteles, cuatro metros, seis Uber, dos taxis de aeropuertos.

Podría simplemente decir número para describirlo, pero hay un montón de cosas más difíciles de contar, porque fueron más, como los brócolis, las pechugas de pollo, las noches juntos, los mensajes, los problemas (también hubo muchos).

Y aunque haya números para contar las cosas, yo prefiero las letras, porque hay cosas para las cuales los números no bastan, como los besos, las lágrimas, la emoción, las palabras, las veces que sentía que me iba a explotar de felicidad, las noches que me la pasaba pensando en ti, los planes, los sueños, tu risa cuando te hacía cosquillas, la música de la mañana, tus abrazos, las cenas, las comidas, los desayunos, lo inexplicable, los “nunca me había pasado”, los “la primera vez” y sobre todo los “cuando nos volvamos a ver”.

Esta es la historia más rara, más corta y más “nunca antes” que he escrito, que he vivido, la más irreal, la menos irracional, porque comenzamos con un “ya sabemos”. Esto prácticamente tenía un letrero que advertía “no te enamores”, pero eso no impidió que pasara, que nos enamoráramos y que esté hoy, aquí, escribiendo para ti, con una sonrisa contenida y muchos muchos nervios por lo que pueda venir después.

carta para tener en la cuenta

Ilustración Morphart

Carta a un ex que valió la pena

14 Ene

Esta carta la escribió una mujer después de tomar el té. Son letras de gratitud para un hombre que le permitió ser auténtica, que nunca intentó cambiarla. Aunque no funcionaron como pareja, ella quiso darle las gracias por haberla querido así, tal cual, al natural. 

*Esta carta fue escrita durante el taller de escritura de cartas de amor (o desamor) Cartas sobre la mesa en la Comuna 14, El Poblado, Medellín, Colombia. 

A veces, cuando me agarra la moridera de domingo por la tarde, esa misma que también de vez en cuando se ensaña contra vos, en esos días cada vez más escasos en los que la soledad se amplifica y la mente se revoluciona, les suelo abrir deliberada y descaradamente la puerta a esa sensación de fracaso, a ese pensamiento de “no soy suficiente”, a esos interrogantes que tanto daño hacen: “¿qué será lo que está mal en mí?”, “¿por qué sigo sola?”.

Y es en esos momentos en los que más deseo verte, tomarme un café con vos,o un té si son más de las seis de la tarde. Pero no me malinterpretés. No es un deseo de estar con vos para saciar esa soledad efímera que a veces me rebosa. Creo que tiene que ver con querer confirmar lo que ya sé, que no hay nada mal en mí ni hay razón para sentirme fracasada.

El día de mis grados intuí tu honestidad cuando me invitaste a comer y luego fuimos a ese café que tanto me gusta. Me tomó bastante tiempo percibir tanta sinceridad en tus palabras, y no es un reproche, simplemente creo que ese día te escuché más real que en cualquier otra ocasión anterior.

Al pensar en vos tengo la certeza, o quizás un deseo, de que vas a estar merodeando por mi vida por un buen rato. Es que has sido una presencia que, aunque intermitente, ha sabido hacerse sentir. Con vos he aprendido lo que es querer mucho a alguien sin necesidad de ser absorbente, sin peleas ni dramas, sin rencores ni expectativas. Con vos he sido capaz de vivir en el presente, en el ya, sin pensar mucho en el día siguiente.

Con vos experimenté sensaciones que antes eran desconocidas. Con vos descubrí el verdadero placer de tomar un café en buena compañía, incluso cuando aquel fuera de pésima calidad. Con vos conocí el deleite de observar la ciudad desde lo alto, sin prisa, mientras hablábamos de cualquier tontería.

Con vos sentí pasiones que llegaron con fuerza, como un huracán arrasando con toda la pasividad que hay en mi ser, como un despertador a toda potencia. Me regalaste momentos llenos de diversión cuando bailaste conmigo a pesar de tu nulo sentido del ritmo.

Con vos sentí ternura cada vez que me permitiste ver tu interior, cada vez que me hablaste desde tu lugar más vulnerable; incluso cada vez que intentaste con delicadeza darme una de tus “bastas” caricias; cada vez que cocinaste para mí, porque sentí que lo hiciste con gusto.

Con vos redescubrí que sí es posible dormir placenteramente en cama ajena y que los amaneceres en compañía no son necesariamente incómodos. Con vos aprendí que se disfruta más cuando no está esa presión de impresionar al otro. Cada vez que estaba con vos hablaba como yo, dormía como yo, me movía como yo, era yo. Simple y sencillamente era lo que soy. Me hiciste sentir libre.

Con vos dejé de sentir temor por mostrarme como soy. Y sentí que te gustaba verme así, tan segura, tan habladora, tan diferente a la tímida que conociste. Con vos sentí una que otra tristeza pasajera cada vez que con una mirada me dejaste ver tu decepción al comprender que vemos la vida tan diferente.

Ese día de mis grados, mientras tomabas tu café y mientras yo tomaba mi té, te pregunté si vos pensabas que había algo en mí que debía cambiar, algo de lo que quizá yo aún no había sido consciente y que de alguna manera pudiese generar tedio, temor, en fin, ganas de alejarse de mí, dado que mis intentos de relaciones pasadas habían terminado tan repentinamente y, a mi modo de ver, casi sin siquiera haber comenzado.

Y me respondiste casi de inmediato: “No cambies nada, por nadie”. Tus palabras sonaron tan llenas de honestidad y certeza, retumbaron en mis oídos y en mi mente con tanta belleza y agrado, como una melodía compuesta con toda la pasión, que en ese momento solo quise besarte y abrazarte, pero no lo hice.

Es que no sabés, después de haberme reencontrado con vos, lo mucho que me he gustado a mí misma. Eso tengo que agradecértelo, el hecho de que siempre, y a pesar de que tengamos tan claro que nuestros planes de vida se bifurcaron hace mucho, me aceptaste así, tal y como soy, y nunca intentaste cambiarme en lo absoluto. Gracias por haberme reconocido como quien soy, gracias por haber compartido conmigo tu tiempo y tu vida. Yo creo que el poeta Mario Benedetti pensó en nosotros cuando escribió: “No tuvieron final feliz, pero sonrieron todas las horas que pasaron juntos… Solo por eso, valió la pena”.

carta 5

Ilustración Morphart

 

 

Carta para un rescate

8 Ene

El año pasado abrí el primer taller de escritura de cartas de amor (o desamor) Cartas sobre la mesa. Diez personas se anotaron. Querían resolver algo, encontrar las palabras precisas, dejar salir una historia. Después de varios encuentros, lecturas, diálogos, introspecciones, provoqué algunas letras en cada uno de los remitentes. Esta es una de esas cartas provocadas, las envía una mujer a su padre. Las detona la tristeza que le causa verlo ebrio la mayor parte del tiempo. Lo nota hundido, ahogado, perdido en el alcohol. Le lanza esta carta para que haga algo no solo por ella y por la familia, sino por él mismo, porque es el único que puede salvarse de un naufragio.

Si no tomaras tanto aguardiente, no desearía que te enfermaras para poder pasar ratos contigo sobrio. A mí no me gusta que te enfermes, pero a veces pienso que es lo mejor para la relación que tenemos. Desde hace algunos años los únicos momentos que pasamos juntos llegan cuando estás incapacitado, en una cama, sin aliento, desbaratado.

Tengo un poco confuso el propósito de esta carta; no pretendo recriminarte, tampoco quiero cambiarte, no quiero echarte cantaleta ni darte un sermón. No es mi estilo. Solo veo la necesidad de decirte que me gustaría volver a compartir muchos de esos momentos que no volvieron a ocurrir.

Nosotros jugábamos fútbol y tenis, veíamos La usurpadora y Scooby Doo, salíamos a comer hamburguesas y pasteles de jamón y queso con mostaza. Compartíamos en el desayuno huevitos revueltos y las carreras de la Fórmula Uno. Por las tardes escuchábamos esa música medieval que tanto te gusta y por las noches nos hacías esas comidas callejeras: hígado encebollado, fríjoles con asadura y oreja sudada.

Papá, a mí no gusta verte encerrado en esa pieza, aislado, escondido, atrapado. Te confieso que cada vez que hablo de ti siento como si me punzaran el corazón. Inmediatamente se me salen las lágrimas, la tristeza me atasca las palabras.

No quiero seguir perdiendo a mi papá. La ilusión de verte bien se derrumba cuando me llamas desesperado a pedirme que te compre una botella. No quiero pensar que eres un caso perdido cuando te veo borracho, no quiero resignarme a verte así por el resto de la vida porque no sé cuánto tiempo nos queda en este mundo. No quiero seguir sintiendo esto, quiero creer que sí hay una solución, que volveremos a disfrutar la vida como antes.

Papá, yo sé que eres una persona difícil de descifrar, eres complejo y tu humor negro a veces te hace pesado. También eres simple, eres un hombre noble y bueno. He sentido tu cariño y tu apoyo incondicional. Eres inteligente y trabajador. Sensible y presente. Has sido un gran padre.

Te agradezco porque has hecho mucho para que yo sea feliz; así no lo creas, me hiciste una mejor persona. Y me siento contenta con la mujer que soy, me gusta mi vida, siento que voy por buen camino. Ya has hecho lo suficiente por mí, ahora quiero que hagas algo por ti. Quiero que te cuides.

Me sentiría más tranquila si te viera sobrio con más frecuencia. Quisiera que contaras conmigo para el fin de semana, que salgamos de paseo, que veamos una serie de televisión juntos, que vuelvas a casa a cocinar, a dormir, a compartir.

Cuenta con mi tiempo, te ofrezco mi compañía, no te refugies en la soledad ni en la bebida. Así como dices tú, no te sumerjas en “un laberinto de desesperación y tristeza”, eso solo causará que te alejes más y eso es lo que menos quiero.

Papá, aún guardo la esperanza de no tener que desear que te enfermes para poder tenerte a mi lado sobrio. ¿Por qué llamar la enfermedad si justamente la salud es lo único que necesitamos para compartir la vida?

Cuídate, cuídame, cuidémonos.

Te amo y te necesito a salvo.

 

carta 4

Ilustración de Morphart

 

Puerto Buenamor

26 Oct

Me preguntaron que si podría dar un taller de cartas de amor a los niños. Alcé las cejas y de inmediato respondí: ¡obvio!

Todo este cuento, mi amor por las cartas empezó en el colegio, todavía guardo en una cajita las que me entregaron. Cada semana me llegaba una diferente, fueron los días en los que más nos comunicábamos con puño y letra.

Entonces me imaginé el Puerto Buenamor. Un lugar de entradas y salidas de cartas. Donde las palabras ingresaran y zarparan del cuerpo. Y lo hice realidad el 10 de octubre durante el Segundo Encuentro de Clubes Infantiles de Lectura del Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín. Al Canal Parque Gabriel García Márquez-Telemedellín llegó Cartas a la Carta, esta agencia de correo virtual y ahora postal.

Entraron curiosos, violadores de correspondencia, niños dispuestos a ser remitentes y destinatarios. A quienes decidieron conocer el puerto les llegó un sobre cerrado con una historia. Ninguno se resistió a abrirlo. Todos abrieron el contenido, leyeron y quedaron comprometidos a escribir unas letras a alguien que estuviera bien cerca o quizás lejos del corazón.

Hicieron fila para que les pusieran sellos, escogieron estampillas y pidieron más hojas, más sobres, más tinta para escribir. Algunos quisieron repetir, escribir dos, tres, hasta diez cartas. Parecían locos, como si esto fuera una novedad, un invento, un truco. Y yo feliz, por un momento me sentí haciendo magia. Del Puerto Buenamor salieron más de 70 cartas, qué alcahuetería tan divina, los niños sí que me dieron cuerda. No entiendo por qué los adultos pierden esta sana costumbre de escribir cartas de amor.

Les comparto unos recuerdos que me traje de ese puerto:

1. Puerto BuenamorEscritora de cartasA la mamáA mamá del hijoAl perroAl papáAl papá 2Al hermanoAl asesinof4771b8e-ef88-4e86-b82e-c55446d0aa06

 

 

Un piano en la familia

13 Ago

Primero fue la música, luego una tragedia. Llegó el silencio y la tristeza. Después la universidad y un sueño. Esta es una historia de un amor tamaño familiar. Una crónica sobre los Zuluaga Rivera, una familia orquesta.

Crónica publicada en el libro “De puertas para afuera” de la Universidad San Buenaventura de Medellín. Editada por Universo Centro en 2017.

Por: Carolina Calle Vallejo

Eran trece personas haciendo fuerza en un solo carro. Arrancaron de prisa, el papá y la mamá adelante y once hijos atrás. Tenían que llegar ya. Parquearon cerca de la universidad y entraron corriendo, agitados y sudorosos, tarde pero a tiempo. Y cuando el rector dio la señal, los hijos aplaudieron con orgullo a sus padres que salieron al frente como un par de campeones a recibir una medalla y un diploma de grado.

La familia Zuluaga Rivera regresó esa noche de marzo de 1982 con un par de sociólogos a bordo. Piedad y Antonio, los capitanes de ese onceno antioqueño, recibieron el título profesional de una carrera que emprendieron juntos en busca de un sentido para su historia. El paso por la Universidad de San Buenaventura (USB) les devolvió la palabra, la luz, la vida en movimiento que perdieron en una tragedia.

Captura de pantalla 2018-08-13 a las 4.01.53 p.m..pngArchivo familiar.

El 28 de febrero de 1971 era un día para celebrar. En ese entonces, Antonio era supervisor en una empresa textil y Piedad, la directora de esa orquesta de niños que hacía fiesta con guitarra, violín, bandola y tiple cualquier día, a cualquier hora. Era tan sagrada la música en esa morada que cada mes pagaban por el alquiler de un piano. Era el instrumento con el que Piedad hacía magia y se robaba el show entre la sala y el comedor. Para cada día tenía un sonido, para cada ocasión una ronda, para cada mes una canción. La mamá les enseñó a contar hasta el siete con las notas musicales, a escribir sobre los renglones del pentagrama y a dibujar con la clave de sol.

El día que por fin tuvieron un piano propio, ese coro de niños se desafinó de felicidad. Por fin tenían la garantía de contar para siempre con ese miembro en la familia. Todos le metieron el dedo como a una torta, la madre lo tocó con gracia como si le hiciera cosquillas y ese piano sonó contento en toda la cuadra.

La infancia se presentía desde la esquina. Los transeúntes que escuchaban la algarabía creían que esa casa blanca del barrio Simón Bolívar era una guardería sin nombre. Desde afuera se infería que la bandera del hogar era la música; el escudo, ese instrumento en blanco y negro vestido de frac; y el himno, esa canción de Palito Ortega que pegó como ninguna en los Zuluaga Rivera: La felicidad, ja, ja, ja, ja/de sentir amor, jo, jo, jo, jor/hoy hacen cantar, ja, ja, ja, jar/a mi corazón, jo,jo, jo, jor…

Captura de pantalla 2018-08-13 a las 4.01.20 p.m.

Ese domingo del segundo mes del año había una razón de peso para festejar en esa vivienda de dos pisos. Desde temprano, Liliana, la hija menor, escaló una silla de la sala y comenzó a tocar en el piano una canción para a una de sus hermanitas que estaba de cumpleaños. La mamá le advirtió que solo hasta que el papá llegara del trabajo, le cantarían en coro a Pilar.

Antes del atardecer los niños hacían tareas, otros jugaban y varias salieron a comprar un forro para el cuaderno en la tienda del barrio. De repente, Octavio, el mayor de los hombres, entró pálido a la casa y avisó que un bus había tumbado a la hermanita de tres años. “Yo pegué un grito que creo que el eco todavía está en la Patagonia”, recuerda Piedad Rivera.

—¿Cómo está Lilianita? ¿Mucha sangre? —indagó envuelta de nervios.

—No mamá, parece dormida —respondió el niño de diez años mientras su madre cerró los ojos, soltó un suspiro desolado y abrió un armario.

—Tenga esta sábana. Vaya cúbrala.

Las autoridades detuvieron al conductor del vehículo mientras otros se encargaban del levantamiento del cuerpo. Varios oficiales le pidieron una declaración a la señora para aclarar los hechos pero a todos los interrumpió en el intento: “No quiero interrogatorios, denuncias ni culpables. Esto fue un accidente, quien lo hizo no lo hizo de gusto, no quiero saber nada de la persona que la atropelló. Hasta aquí llegó la vida de mi hija, hasta aquí llegó todo, hasta aquí llegué yo”.

A partir de ese momento la mamá entró en trance, el piano en desuso, la familia en silencio, la vida en veremos. A veces, Piedad se despertaba somnolienta e iba a la cama a cobijarla como solía hacerlo en noches de lluvia. Cuando encontraba el espacio vacío y recordaba que esa pesadilla era cierta, se preguntaba: “¿Mi hija ya no existe?, ¿esta es la vida?”

Todo había perdido el sentido, el color, el sonido. Los días eran grises, quietos, desiertos. Por primera vez supo qué era la pesadumbre, la rutina, la tristeza absoluta. Nada quedaba de esa Piedad que nació en Andes, que no tenía miedos y estaba rebozada de sueños. Era osada como ese tipo de bigote, al que vio enfrentarse con molinos de viento y le enseñó que no había imposibles. Desde que su padre —don Robustiano— se lo presentó en la dentistería, su amigo de cabecera fue siempre El Quijote.

Piedad no era como ninguna del pueblo, hasta sus pálpitos tenían un compás extraño. Un día cuando le tomaron el pulso descubrieron que su corazón no estaba en su sitio, latía a la derecha. Indagó por las consecuencias de tenerlo en el lado opuesto y, aunque le pronosticaron una muerte prematura, asumió que la única diferencia de su corazón era la capacidad de sentir más de la cuenta.

La vida era simple y ser feliz le quedaba fácil. Le bastaba con tomar un bate de béisbol, lanzar una jabalina o rodar en bicicleta por los cafetales de la montaña. Sudaba de emoción leyendo a Homero, a Virgilio o a Dante. Amaba escuchar una zarzuela, acariciar las teclas del piano que la esperaba cada semana en la escuela y leer poesía en voz alta mientras su padre sacaba muelas. Anhelaba cuando fuera grande ir a la universidad y trabajar, tener perros y murciélagos, caballos y guacamayas, coleccionar brujas y molinos de viento, construir un hogar y armar una familia, tocar el piano y compartir el tiempo con un compañero, doce hijos y quién sabe cuántos nietos. Solo tenía los libros para arrancar esa aventura y el ímpetu de una adolescente para soñar que iba a ser posible.

El primero que apareció en ese viaje fue el amor. Piedad abordó un tren y en un vagón conoció al pasajero que se quedó para siempre en su vida. Lo de Antonio fue a primera vista, por tanta belleza; lo de Piedad fue pura curiosidad, por la buena conversa. Coincidieron en la afición por la literatura y la música, por la filosofía y la pintura, mencionaron a Miguel de Cervantes y a Mozart, a Gustavo Adolfo Bécquer y a Renoir. Si el matrimonio era una larga conversación como decía Federico Nietzsche, desde el primer día que se cruzaron hubo un indicio y un presagio. Piedad y Antonio no pararon de hablar ni de mirarse a los ojos.

Era mayo de 1971 y el proyecto de Piedad Rivera se quedó en el camino. La vida no era tan sencilla como creía y a sus 33 años sintió la primera zancadilla. Hizo un recuento pesimista de su historia: tenía una hija en el cielo, un mar de deudas, una lista de metas en el aire, la esperanza escondida bajo tierra y la fe flotando a la deriva.

La universidad había quedado por fuera de los planes a partir del casamiento en 1958. A su esposo no le pareció pertinente que dejara el hogar por salir a estudiar y cada embarazo consecutivo era una razón más para sugerirle aplazar el estudio y permanecer en casa. Ya ajustaba trece años de matrimonio, trece años de un sueño incumplido.

Iban tres meses de duelo y Piedad no hablaba, no dormía, no comía, no vivía. Antonio que aún estaba herido pero de pie a pesar del siniestro, tenía que hacer algo para salvar a esa tripulación del naufragio. Pensó en el médico o en el sacerdote, en un calmante o en un viaje y, pensando y pensando, creyó que de pronto la solución estaría en los libros.

Él, el mismo que la disuadió de ir a la universidad, el que pensaba que una mujer casada estaba inhabilitada para cursar una carrera profesional, el que hizo cuentas de tiempo y de dinero y dedujo que solo alcanzaba para el estudio de los hijos —sí, él, el mismo—tachó su inventario de imposibles, rasgó todos sus prejuicios, se retractó de lo dicho y le propuso a su esposa que fueran juntos a la universidad.

—¿Ya para qué? —le respondió.

Él insistió. Le contó que en el barrio San Benito —a dos cuadras de la casa de la suegra—había una universidad joven. Que abrieron un programa de Sociología que funcionaba de manera vespertina, entre las seis y las diez de la noche. Que durante el día ella podría estar con los niños y él, en el trabajo. Que al atardecer se encontrarían en clase y regresarían juntos a casa antes de la medianoche.

—Mamacita, cómo te parece que Antonio como me ve tan flaca, me dijo que me pusiera a estudiar —le contó Piedad a su madre Ana Agustina Gallón.

—¿Qué le contestaste?

—Que ya para qué —respondió con desdén mientras alzaba los hombros.

—¡Piedad del Socorro, me hace el favor y se matricula ya! —sentenció sin importarle que su hija tuviera más de 30 años—¡Es una orden!

El primer día de clase Piedad se sentó en la última fila para que nadie le viera su mirada empañada. Antonio llegó tarde porque recién salía del trabajo que quedaba en el Norte. Salieron de clase en silencio y, antes de entrar a la casa, a Piedad se le escapó una sonrisa cuando escuchó una melodía a lo lejos y encontró a los hijos que le quedaban esperándola, tocando y cantando alrededor del piano.

Tuvieron que pasar días, semanas, meses para que Piedad pudiera concentrarse en la pizarra y evitar que los recuerdos le mojaran el cuaderno. Comenzaron los trasnochos hablando de Marx y los madrugones leyendo a Engels. Piedad llenaba poncheras de agua fría para meter los pies descalzos y espantar el sueño que los agarraba a la medianoche.

Tomaban energizantes caseros para amanecer estudiando y preparar exámenes. A las seis de la mañana Antonio salía ojeroso para la fábrica y Piedad, entre bostezos, a despachar a los niños al colegio. Los hijos mayores fueron las fichas clave al atardecer. Mientras los papás estaban ausentes, los grandes —María Piedad, Octavio y Mónica— estaban encargados de apagar el televisor, revisar tareas, lavar pañales, servir la cena y entretener a los pequeños —Beatriz, Clara, Pilar, Juan José y Pablo—.

La mayor era María Piedad con doce años y el menor, Pablo con uno. Esperaban despiertos la llegada de ese par de estudiantes que debatía sobre la izquierda y la derecha mientras ellos correteaban de arriba para abajo. El fuerte de la mamá eran la letras y el del papá los números. Piedad le hacía las tareas de Filosofía y Psicología y Antonio, las de Estadística y Economía. Ambos se dieron la mano, se soplaron respuestas y se cubrieron la espalda si alguno faltaba. Cada semestre lograron pasarlo juntos gracias al apoyo mutuo, a los frailes que se hicieron amigos, a los maestros que fueron estímulo y a la barra de ocho seguidores que los esperaba en casa.

Su paso por la USB también tuvo sus detractores. Primero, llegó la vecina, doña Faustina: “Piedad, se tiene que retirar de la universidad, usted sale y a esta casa no se la aguanta nadie”, le dijo refiriéndose al jolgorio de esos niños que hacían de la noche el tiempo más libre del día. Luego siguió el suegro: “Piedad, es mejor que usted se salga de estudiar, está descuidando el hogar”.  Al único que le hizo caso fue al rector fray Arturo Calle. Cuando le comentó que estaba de nuevo en embarazo en el segundo semestre y que rondaba en su mente la idea de desertar, la calló y le prohibió incluso contemplar esa opción: “Piedad, ni se te ocurra”. Meses después, él mismo bautizó a Lina, la hija que nació en agosto del 72, en plena temporada de parciales. Con los años llegaron un par de mellizos –Pedro y Natalia– y el equipo Zuluaga Rivera quedó compuesto por once hijos.

La vida poco a poco tomó su curso. Piedad fue nombrada representante de la Facultad para el día de la apertura del programa de Psicología y Antonio fue elegido para cantar en la tuna de la universidad. Fueron célebres por sus aportes en el aula, tomaban la teoría en jornada nocturna y la ponían en práctica durante el día. Él en la industria y ella en la familia. A veces eran figuras y en ocasiones, un motivo de reflexión. El profesor de Demografía los ponía siempre de ejemplo para explicar términos como explosión demográfica, reproducción desmedida y sobrepoblación mundial.

Gracias a la USB, la señora Piedad retomó su amistad con el caballero de bozo y armadura. Tomó tinto en la cafetería con Emil Ciorán y William Faulkner y caminó por los pasillos de baldosas rosadas con Violeta Parra y Pablo Neruda. Con el que más intimó fue con el filósofo francés Teilhard de Chardin que reencontró en la biblioteca de la universidad y lo llevó a la cama.

Mientras le daba sueño le decía al oído que jamás dejara de ser lo que quería ser por las circunstancias. La levantaba a la madrugada con un recordatorio: “lo que paraliza la vida es no creer, es no aventurarse” y en el ocaso, cuando la abrazaba la nostalgia del pasado y la angustia por el futuro, le recordaba que: “todo lo que es mejor termina por llegar”. Desde entonces y hasta la fecha, se acuesta y se levanta con sus frases. Hoy en día, Piedad le da gracias a Dios, a Teilhard, a San Francisco de Asís, al padre Calle, al profesor Valderrama, a la compañera Estelita, a Don Quijote, entre otros cómplices de la vida, porque volvió a creer y se aventuró, porque logró lo que soñó a pesar de las circunstancias, porque por fin lo mejor llegó.

Antes de recibir el título profesional, Antonio ya aplicaba las lecciones de clase con el personal que tenía a cargo y recibió un ascenso en la empresa. Piedad no tuvo que hacer hoja de vida para buscar trabajo, aun sin entregar la tesis ya tenía una oferta de empleo como socióloga en el gremio financiero. Así, entre los dos, pudieron ofrecerles a sus hijos la oportunidad que ellos mismos se dieron de encontrar la luz, no al final de un túnel, sino a lo largo de una carrera y a través de una universidad. Tres de las hijas también egresaron de la Universidad San Buenaventura, dos de la licenciatura en Educación Preescolar y otra de Derecho. También hacen parte de esta familia orquesta un publicista, una comunicadora social, un químico farmacéutico, una licenciada en música, un administrador de empresas, entre otros realizadores de sueños, artes y oficios.

Hay un sitio en Medellín que parece de mentiras. Cogiendo carretera hacia el Oriente, existe una guarida con un tocadiscos que reproduce sinfonías, una repisa con la obra completa del padre de la Sociología moderna —Max Weber— una bruja sin escoba y seis molinos de viento colgados de la pared. Junto a unas escaleras hay una pareja de guacamayas azules —Pitirre y Camanía— una perra rubia y despeinada —Candela— una pista para los murciélagos que aterrizan de noche a comer banano y decenas de caballitos de palo que galopan de lunes a sábado en las afueras de un castillo.

Desde la muralla que rodea la fortaleza, la vista es de un cuento inverosímil: hay un piano de cola gigantesco suspendido en el aire. No es una metáfora, es un edificio de verdad. El único en el continente, el segundo en el mundo, 144 veces más grande que un piano real. Las patas son columnas negras que emergen de la montaña, la tapa del piano es el techo de un mirador, las teclas largas son un conjunto de baldosas negras y blancas.

La música sale de adentro y la alegría se presiente afuera como en el pasado. Ese instrumento musical incrustado en la montaña es el monumento a la historia de una familia que creció y se reinventó junto a un piano. Ahora es la nueva casa de la familia Zuluaga Rivera y cada cual tiene su espacio. En el interior está el salón de danza de Lina, el de violín de Mónica, el de guitarra de Clara. En la parte externa está el de piano de María Piedad, el de pintura de Carla  —la esposa de Pablo— el de técnica vocal de Natalia, la oficina de Pedro y la tienda de Beatriz.

Esos tiempos de rondas, cuentos, manualidades y juegos terminaron siendo horas de entrenamiento para todo ese combo. Coincidió que al salir del colegio, la misma universidad donde estudiaban sus padres recién había inaugurado una carrera que se la jugaba por la  infancia y la educación. María Piedad—la hija mayor— que ya tenía química con los niños y tantos años de experiencia, se anotó en ese programa pionero de la Universidad San Buenaventura en 1977. La licenciatura en Educación Preescolar profesionalizó la magia que heredó de su madre, le ofreció bases teóricas a su bagaje y le dio un norte a la intuición.

Los conocimientos ancestrales que venían de la abuela Ana Agustina los revolvió con la teoría de María Montessori, el método Decroly, la pedagogía Waldorf y la música que traía en la sangre. Una vez aprobó todas las materias, se le ocurrió una idea para que su madre pudiera salir a trabajar tranquila. Hizo un préstamo para comprar pupitres y materiales, recolectó los juguetes de los hermanos que ya estaban grandes, pintó la casa vieja de la abuela y fundó una guardería sin igual en la época.

El 28 de febrero del 82 inauguró en Medellín el primer y único kínder musical en honor a su hermanita Liliana. Arrancó con las uñas y con el par de mellizos de sus padres que apenas tenían diecinueve meses de nacidos. El Preescolar Buhitos no pasó inadvertido en el barrio San Benito. A dos cuadras del campus empezó a sonar una casa melodiosa y los primeros estudiantes fueron los hijos de los decanos, profesores y empleados de la USB que salían hechizados como si esas maestras novatas fueran brujas de alcurnia.

Las hermanas que aún estaban en bachillerato también hacían parte de la nómina de Buhitos. Salían del colegio, cogían un bus hasta el Centro y llegaban a ver cómo podían ayudar. Todas tenían el poder de capturar la atención de un niño con solo abrir la boca y tocar un instrumento.

Clara —la hermana de la mitad—también estudió Licenciatura en Educación Preescolar y su paso por la academia nutrió el reportorio de técnicas y estrategias y le dio herramientas para pulir la madera que ya tenía en sí misma. Cuando Buhitos ajustaba 23 años propuso un viraje. Cambió el nombre pero persistió la esencia. El jardín infantil se convirtió en un campo abierto de niños y jóvenes llamado Musicreando.

El equipo de maestros anduvo por varias casas arrendadas entre el Centro y El Poblado. Cada vez que les pedían la casa parecían orquestas ambulantes. Hubo ocho mudanzas, mucho desgaste, hasta que al químico de la familia se le ocurrió una solución. Mezcló varias palabras claves y le preguntó a Google si existía en el planeta algo semejante a la idea que tenía en la cabeza: casa en forma de piano. Cuando Juan José encontró que en una ciudad de la China había un conservatorio de música con esa estructura, se propuso encontrar la fórmula para construir un piano propio en la montaña.

musi.jpgArchivo Musicreando.

Adentro del piano no solo caben Piedad y Antonio, once hijos, trece nietos y una bisnieta, también los sueños de las quinientas familias que atraviesan este proyecto de vida. Hoy se escuchan flautas y marimbas, risas y gritos, ukeleles y tambores que salen de la cima. En las mesas quedan huellas de pequeños pintores y letras de escritores. A través de los espejos pasan bailarinas de ballet y de flamenco.

El 11 de junio de 2016 era un día para celebrar. Se abrieron las puertas y las ventanas de la nueva sede de Musicreando y la familia recordó ese 28 de febrero del 71 cuando partió de este mundo Liliana Zuluaga Rivera. Todos evocaron esa tarde de duelo, los días universitarios y esas noches en las que, sin pensarlo, comenzó a fraguarse un sueño. Entonces volvieron a entonar esa canción que alguna vez cantaron juntos alrededor del piano de la casa. Esta vez la cantaron alrededor de la casa del piano para que esa niña desde el cielo escuchara la felicidad de su familia unida: La felicidad, ja, ja, ja, ja/me la dio tu amor, jo,jo, jo, jor/hoy vuelvo a cantar, ja, ja, ja, jar/gracias al amor y todo gracias al amor.

Captura de pantalla 2018-08-13 a las 4.02.41 p.m..pngFotografía: Juan Fernando Ospina.

 

 

 

El remedio

12 Ago

Esta carta la escribí para dar las gracias. No me la encargó nadie, la escribí por mi cuenta para agradecerle a alguien por el amor que puso detrás de un detalle.

El día amaneció retocado. El cielo, los árboles, la luz en tonos subidos. Más azules, más verdes, más brillantes. Todo un presagio de verano. Sonó el citófono. El portero anunció que alguien dejó algo para mí en portería. Me pareció raro. No esperaba nada. No pedí ningún servicio a domicilio.

Le pregunté y me dijo que era un jarabe. No estoy enferma. No llamé a la farmacia. Bajé por la encomienda un poco extrañada. Cuando me entregó un frasco de vidrio comprendí la situación. En realidad, no era un medicamento, pero sí una bebida que a mí me mejora el día.

Alguien, que sabe cuánto me gusta el café frío, me lo mandó embotellado. Lo olí, lo probé y lo saboreé, recordé, descifré y sonreí. Entonces todo mejoró. Con un sorbito de café llegó la certeza del buenamor. Y sentí con más fuerza: la gratitud, la suerte, el cariño. Así la vida sabe más.

A esa persona que sabe quererme, gracias por el detalle.

Pongamos las cartas sobre la mesa

6 Ago

Quedan invitados aquellos que voluntariamente quieran poner sus cartas sobre la mesa, sanar algo, soltar, liberar, exteriorizar, perdonar, resolver, confesar, revelar, explicar, estar en paz.

Cualquier cosa me escriben.

Pd: Quedan pocos cupos.

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¿Quién está detrás de Cartas a la Carta?

3 Ago

cartas

Ilustración: Mónica Betancourt

Carolina Calle nació en Medellín, Colombia. Estudió Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Desde 2013 hasta la actualidad trabaja como docente de cátedra en la Universidad Pontificia Bolivariana dictando cursos de Periodismo Narrativo.

Su relación con las letras inicia en 2009 cuando hizo parte de la unidad de Investigación de El Colombiano publicando crónicas, perfiles y reportajes. Desde 2012 trabaja de manera independiente, ha sido colaboradora de la Revista Don Juan y del periódico cultural Universo Centro, coautora de 6 libros: “30 años de Salsa y Sabor de Latina Estéreo”, “De ida y Vuelta” de la Liga Antioqueña de Fútbol, “Nuestro Tranvía” del Metro de Medellín, “Jugando en casa”, “El libro de los Barrios” de la Secretaría de Cultura de Medellín, “De puertas para afuera” de la Universidad San Buenaventura.

En 2017 fue finalista de la sexta edición del premio Nuevas Plumas – Concurso de Crónicas Inéditas en Español organizado por la Feria internacional del Libro de Guadalajara, la Escuela de Periodismo Portátil y la Maestría de Periodismo en Español de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Ha sido becaria de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y finalista en los Premios Nacionales Colprensa en los cuales recibió una mención de honor por la crónica “Andrés descubrió una cucaracha paisa”.

En 2013 creó la iniciativa Cartas a la Carta (cartaalacarta.wordpress.com), una agencia de periodismo narrativo al servicio del amor. Esta propuesta fue seleccionada por el Ministerio de Cultura para asistir al II Encuentro Nacional de Emprendimiento Digital C3+D. La Secretaría de Juventud de la Alcaldía de Medellín le otorgó el segundo puesto en el concurso Jóvenes Destacados por su emprendimiento en la ciudad.

En 2014 obtuvo el estímulo de las Becas de Creación de la Alcaldía en la categoría de Publicaciones artísticas periódicas.  Esta propuesta ha participado en diferentes escenarios culturales promoviendo la lectura y la oralidad. En 2015 hizo parte de la carpa Imaginantes en el Jardín de Lectura Viva de la Fiesta del libro de Medellín.

En 2016 participó en Moravia se viste de letras para celebrar el día del libro en el Centro Cultural Moravia. En 2017 fue invitada al Ring de Boxeo en la 9 Parada Juvenil de la Lectura.  En 2018 resultó beneficiaria del estímulo en Lectura, Escritura y Oralidad de la Secretaría de Cultura de la Alcaldía de Medellín para enseñar a escribir cartas de amor (o desamor).

Taller de escritura

1 Ago

Cartasobrelamesa2.jpg

Como no siempre estaré yo para escribir cartas por encargo se me ocurrió la idea de enseñar a escribir cartas de amor (o desamor). Quiero transmitir lo que sé para que otras personas tengan las herramientas narrativas para escribir su propia carta. Para que a través de un proceso puedan liberar esa historia que les pesa y escribir esa carta que una vez enviada les va a otorgar un pedacito de paz interior.

En este taller de escritura de cartas parto de algo básico: para estar bien con los demás primero hay que estar bien con uno mismo, para lograr la Paz primero hay que conquistar la paz interior, para cambiar el mundo primero hay que cambiar nuestra historia y para cambiar nuestra historia hay que empezar por tomar cartas en el asunto.

¿En cuál asunto? En ese pendiente que todos tenemos por resolver y que cada día dejamos para después con el amigo, el hermano, la madre, el hijo, la ex, el padre, el vecino, la abuela, el socio, el jefe o el enemigo.  La expresión “tomar cartas en el asunto” invita a hacer algo por eso que no nos deja en paz; a no quedarse quieto frente a eso que nos perturba; a detener esa cadena de omisiones que no nos tienen a gusto con lo que somos o con lo que hicimos.

Muchas de esas cosas que no se hablan, se guardan y se transforman en más distancia, rencor, impotencia, frustración. Caemos en un estado de autocensura y en otro tipo de exilio. Callamos nuestras verdades y nos alejamos de nosotros mismos. Entonces, ¿por qué no hablar o escribir para sacar eso que traemos atorado? ¿por qué dejar para mañana la carta que podemos enviar hoy?

Qué tal si ponemos las cartas sobre la mesa. Los talleres son gratuitos, se realizarán en la Biblioteca Pública de El Poblado (UVA de la Ilusión Verde) los jueves de agosto y de septiembre entre las 10:00 a.m. y las 12 del mediodía.

Si te interesa hacer parte de este proceso de escritura, contame, yo te inscribo.  Arrancamos el jueves 9 de agosto. Hay 10 cupos disponibles. Solo pongo dos requisitos. Querer y poder. Querer solucionar algo en tu vida. Poder asistir a todos los talleres.

Escribime: agenciacartasalacarta@gmail.com

 

Proyecto ganador de la Convocatoria de Estímulos para el Arte y la Cultura 2018. Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín

Carta a mis lectores

28 Jul

Hace cinco años advertí que no era puta ni poeta pero que me alquilaba para amar. Que zafaba nudos de la garganta, que traducía silencios, que escribía cartas de amor por encargo, que esto era—simplemente— periodismo al servicio del amor.

Aunque he tenido temporadas de silencio y a mí también se me han ido las palabras, aquí sigue el blog abierto. Aunque no publique con la frecuencia que quisiera, las estadísticas están en ascenso. Hay un promedio de 8 mil visitas mensuales, 40 mil visitantes al año, tengo más de 2 mil suscriptores. Ya hay más de 100 cartas que resultan siendo una respuesta a miles de personas que semanalmente llegan por azar. Que le preguntaron a Google: cómo escribir una carta, cómo decir que…

Escribir cartas por encargo me ha traído situaciones divertidas, otras complejas. He cumplido la función de escribir como si fuera otra persona, imitar su escritura. Aclarar enredos, extraer palabras. La idea es ser un remitente oculto, que ningún destinatario me reconozca.

He escrito como si fuera un adolescente, como si fuera una madre. He hecho discursos para bodas, funerales. Me han buscado niños, adultos mayores. He logrado reconciliaciones, separaciones. Cartas a la Carta ha sido también mi refugio, mi polo al cielo, ese break que a veces necesito para fugarme, para seguir creyendo.

Esto que hago de escribir historias de amor reales y cartas por encargo existía en los terrenos de la ficción. En la película brasilera Estación Central (1998) dirigida por Walter Salles, hay un personaje que hacía algo semejante. Dora, una profesora jubilada, iba cada día a la terminal de transporte a escribir las cartas que los viajeros analfabetas no sabían hacer.

Dora2.jpg

Carla, la protagonista del filme cubano Nada más (2001) dirigida por Juan Carlos Cremata, trabajaba en un correo postal y solía abrir la correspondencia ajena para editar su contenido, cambiar palabras y agregar pizcas de cariño a las letras de los remitentes con el fin de lograr una reacción más feliz en el destinatario.

Carla

Tres meses después de abrir este blog, se estrenó la película Her, escrita y dirigida por Spike Jonze. Theodore, el protagonista, hace lo mismo que yo en Medellín pero desde Los Ángeles. Trabaja en una agencia escribiendo cartas por encargo de clientes. La paradoja es que él, que tiene las palabras precisas para cualquier ocasión, aún no ha podido soltar unas cuantas que tiene bien atoradas para su ex.

Captura de pantalla 2018-07-28 a las 7.21.19 p.m.

En la televisión colombiana hubo una serie llamada Cartas de amor (1997). Cupido López, un forastero, llega a un barrio a solucionar los problemas de los vecinos. Instala una oficina en el Valle del Cauca y con su mensajero despacha cartas de amor a cada esquina. El problema es cuando él termina enamorado de alguien del mismo barrio que no cree en el amor.

El protagonista de El Amor en los tiempos del cólera (1985), Florentino Ariza aprovechaba tanto amor acumulado para escribir cartas de amor gratuitas a otros. Cuenta esta obra de Gabriel García Márquez que “a veces hasta muy tarde la noche, reanimaba a los desvalidos con unas cartas enloquecedoras (…)” y que al cabo del primer mes de ofrecer sus servicios tuvo que establecer “un orden de reservaciones anticipadas, para que no lo desbordaran las ansias de los enamorados”.

Otro personaje del mismo escritor pero en la obra Memoria de mis putas tristes (2004), cuando se enamora a sus 90 años hace un experimento en el periódico del pueblo. Las columnas de opinión que solía publicar las cambió por cartas de amor que cada quien podía hacer suya. Cuenta la novela que “la respuesta pública fue inmediata y entusiasta con numerosas cartas de lectores enamorados”.

Putas

Algo así sucedió cuando decidí que esto podría ser real y fundé el blog en 2013, la primera y única agencia de periodismo narrativo al servicio del amor. Siempre pensé que, aunque la gente supiera leer y escribir, en ciertas circunstancias necesitaba a alguien que le susurrara las palabras precisas para expresar eso que no sabía cómo decir.

Requerían a un oyente que le aflojara esos enredos del pensamiento, un narrador que le diera una mano para escribir una carta, una persona que lo condujera hacia su libertad de expresión, un interlocutor que le ayudara a encontrar su verdad.

Y para eso estaba un periodista, para traducir los silencios en letras, interiorizar la voz de la fuente, comprender el contexto, interpretar la realidad, reconstruir hechos e inmortalizar la memoria del corazón en el papel y en la Web.

El primer hombre que solicitó una carta me contactó luego de leer un anuncio que publiqué en Facebook en julio de 2013: “Si sabe qué decir pero no encuentra las palabras, cuénteme su historia y yo le digo cómo. Escribo cartas de amor por encargo. Cartas a la Carta”. Ese mismo día me escribió un interesado en contar su historia de amor. Y solo con publicar su caso y su carta los enlaces se viralizaron y comencé a recibir visitas de 35 países diferentes de los cinco continentes.

Desde entonces han llegado cientos de solicitudes que me han desbordado como a Florentino Ariza porque resultó que el amor no era la única ocasión. La mayoría necesitaba una carta por encargo para resolver un asunto que había quedado pendiente: ofrecer disculpas, buscar una negociación, otorgar un perdón, hacer una confesión, cerrar un ciclo, reconocer un error, dar una explicación, propiciar un reencuentro, retomar una relación.  Si bien la carta en sí misma no es la solución, sí es el comienzo, tal vez es el primer paso para restablecer la comunicación con alguien, mediar un conflicto, catalizar un proceso o solucionar una situación en crisis.

De repente miles de personas se convirtieron en violadores de correspondencia y me tomaron por sorpresa las visitas de Corea del Sur, Libia, Egipto, Emiratos Árabes, Tailandia, Indonesia, Singapur, entre otros países lejanos e insospechados que se han acercado en busca de esa conexión universal que generan las historias de amor.

Ya decía el escritor colombiano, Juan José Hoyos, que la gente no puede vivir sin historias. Que los lectores saben que en las historias está la verdad. Que “no sujetan al lector a un dogma que más tarde descubrirá inexacto; no dictan una lección que después deba olvidar”. Y se apoya en el novelista Robert Louis Stevenson para concluir que las historias “repiten, reordenan, aclaran las lecciones de la vida; nos liberan de nosotros mismos”.

Entonces han surgido espontáneamente corresponsales anónimos o donantes de palabras que desde cualquier parte del mundo están haciendo sus reportes de amor. Hasta el momento han llegado donaciones de cartas e historias de amor desde Madrid, Buenos Aires, Montreal, París, Quito, Santiago de Chile, Ciudad de México, Bogotá y por supuesto de Medellín.

El poeta uruguayo Mario Benedetti declamó en un poema, “una carta de amor no es el amor sino un informe de la ausencia”. Sin proponérmelo Cartas a la Carta se convirtió en un espacio para compartir esos reportes, soledades, amores guardados. Es un grupo de apoyo para lectores que desde el anonimato están buscando dar y recibir, aprender y enseñar, recordar y liberar, buscando una esperanza y encontrando sosiego al leer y saber que a alguien más le pasó.

Gracias a todos los que siguen por acá leyendo, escribiendo, abriendo cartas. Cada uno hace que todo tenga sentido.

Captura de pantalla 2018-07-28 a las 4.32.48 p.m.

 

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