Carta a un amor de verdad

30 Mar

 

A menudo jugaban a descifrar las palabras. Intentaron definir qué era el ritmo, divagaron toda una mañana en torno a su significado y, en ese intento por definirlo, salió esta carta de amor para una mujer que hace música con las manos y milagros con el corazón.

Llevo varios días pensando en el ritmo pero no he sido capaz de definirlo porque aún no alcanzo a entenderlo, para mí es tan complejo ese mundo de la música que creo que nunca podré descifrarlo ni escuchar con los mismos oídos de una persona como tú.

Para mí el ritmo tiene que ver con algo cíclico que se repite cada tanto, algo que se mueve, que se acelera, que se desacelera, que se puede dirigir con los dedos, que se puede marcar con aplausos o con golpecitos de pie.

Diría que es sinónimo de compás o de frecuencia. Pero ya sé que no, me aclaraste en términos matemáticos que el ritmo sería el conjunto universal, ese que contiene a todos los demás. El compás sería una cosa y la frecuencia creo que nada tendría que ver ahí.

Aunque no tengo la precisión de ustedes los músicos, sospecho que el ritmo tiene que ver con el equilibrio y la cadencia. En eso atino un poco, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española me dice que este sustantivo común, masculino, singular, de dos sílabas, cinco letras, viene del griego rythmós que significa fluir.

Entonces creo que el ritmo tiene que ver con el movimiento y con el tiempo preciso, eso que brota, que surge, que emerge, que tiene conexión, sintonía, armonía, que no se acosa, que no se tarda, que no se fuerza, que simplemente es y está.

Te he pedido comparaciones e interpreto que si habláramos de gastronomía el ritmo sería la receta, ese toque exacto, esa unión de ingredientes, temperaturas y tiempos. Me imagino que en la moda tendría que ver con la textura, el color, el diseño y el cuerpo que viste la prenda. Todo en conjunto sería ritmo a la vista.

Si nos metiéramos en el ámbito de la farmacéutica, creo que el ritmo sería la fórmula, esa mezcla de químicos que en su justa medida y cada tantas veces al día podrían traer la cura. En el cine se le llama montaje y se refiere a esa forma de armar las piezas de la película para desarrollar la historia: la fotografía, el sonido, los diálogos, las acciones, la música, el silencio.

Me contabas que el ritmo fue lo primero que te enseñaron en la guardería, que desde los tres años tu conexión con él vino a través del tambor. Que aprendiste que el ritmo es lo esencial, lo vital, lo necesario, lo imprescindible para que exista la música. Por eso me has comparado al corazón con un instrumento del cuerpo que late, que bombea, que vibra, que comunica, que siente, que fluye: el corazón como impulso, contracción, fuerza y carácter.

Me explicaste que puede haber vida aún con muerte cerebral, sin miembros, sin órganos, sin sentidos ni reflejos pero sin corazón nadie: si el latido es el primer síntoma de que estamos vivos, entonces el ritmo es una señal de vida.

—¿Y el marcapasos? ¿Qué sería?— te pregunté.

Me respondiste que ese aparatico era como un ayudante para quienes ya no tenían ritmo cardiaco. No sé si me equivoque al decir que de pronto un marcapasos es como un director de orquesta y un percusionista metiditos entre el pecho. ¿No?

En fin. Sigo divagando.

Siguiendo el cuento por ese lado y metiéndonos tú y yo en esta historia, creo que tú llegaste justo cuando me quedaba sin ritmo, sin sonido, sin volumen, cuando mi corazón apenas cumplía esa función orgánica y simple de conducir mi sangre.

Y tú, mujer portadora del ritmo, que tienes la artillería para hacer fuego y para conducir la luz, tocaste mis venas, mi piel, mis oídos, mi alma y me devolviste los pálpitos, la energía, el ímpetu, la capacidad de amar.

Me reanimaste y me recordaste qué era volver a la vida. Llegaste a tiempo a mi historia con la fórmula, la receta, el antídoto. De repente trajiste esa certidumbre de que en cuestiones del ritmo —como del amor— todo se acopla y encaja, no hay nada que forzar ni arrastrar.

Ya ves, a tu lado estoy aprendiendo de qué se trata todo esto, de a poquito porque todavía no entiendo mucho, soy torpe para ciertas cosas, apenas estoy descubriendo tu mundo, tu instrumento, tu música. Apenas voy paso a paso, conociendo de qué se trata este asunto de fluir y celebrando que por primera vez a mi vida llegó un amor de verdad.

Carta para un hombre ambiguo

27 Mar

La esperanza la tenía ciega. No sabía cómo deshacerse de ese maldito optimismo que todos los días la hacía pensar en él, en ambos, en un futuro compartido. Tal vez por sus cartas o por el último encuentro quedó retenida en el tiempo, en su recuerdo. Algo por dentro la hacía creer que iban a volver a pesar de que todo por fuera le mostrara lo contrario. Le costaba reconocer que aunque él todavía la quería, no era suficiente para querer estar con ella y dejar a su novia.

Cada momento que he vivido con vos lo he aprovechado al máximo, que me hubiera gustado que fueran más, sí. No lo puedo negar, todavía quiero que sean más. Vos te me volviste un pensamiento recurrente, una imagen continua, un deseo permanente, se creó una conexión entre nosotros tremenda, yo no me explico cómo, ojalá supiera para que todo fuera más sencillo.

No creo que nuestro encuentro haya sido un error o una prueba para nuestros temples, probablemente fue un asunto mancomunado entre nuestras personalidades lascivas que se atraen tanto. Pero totalmente necesario, para darnos cuenta de que no nos hemos podido dar fin, que seguimos ahí, deseándonos, queriéndonos sin forma de encontrarnos otra vez.

No sé si fue un encuentro infructuoso, pero cada cosa con vos me genera más que ganancias, un montón de satisfacciones. Pero sí es claro que no merezco quedar en un limbo emocional cada vez que aparecés, porque en lugar de disminuir lo que está en reposo, se despierta y me aumentan las ganas de vos.

Definitivamente, no sé qué hacer con este “nosotros”. Y después de leerte quedo más confundida aún. Es complicado cuando en tu carta no veo más que emociones en algo que debería tener argumentos.

Un fortísimo abrazo, y como siempre, thousand kisses deep.

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Carta para después del desliz

21 Mar

Quedaron en que “no más” pero la última vez que se vieron “pasó de todo”. Ella quedó vuelta nada y le escribió una carta para aclarar las cosas, para que tomara una decisión: o todo o nada pero nunca ese limbo en el que de nuevo estaba.    Esta es la respuesta de él, con estas letras ella confirmó su mal presentimiento, ese último encuentro fue quizás tan solo una recaída en ese proceso largo de aceptar que esa historia ya no daba para más.

Debo decir que tienes razón, maldita sea, siempre la tenés. Pero no he mentido en nada, puedo jurar que tú eres la persona con quien he sido lo más honesto posible. Compartir contigo esa noche nunca fue un error, ni siquiera un reto para probar mi temple, simplemente fue una oportunidad que me di a mí mismo para verte así sea por un instante

¿Que quise incitar el erotismo? Verdad, no puedo negar que mis sentimientos están intactos y eso incluye el deseo. Pero fui muy lejos, debes perdonarme, pues te prometí y me prometí a mí mismo alejarme y prudentemente mantener distancia. No pude hacerlo. No sé si fue un asunto mancomunado o que nuestras lascivas individualidades fluctuaban independientes.

Entiendo perfectamente tu llamado de atención y de seriedad, si de algo vale quiero decir que nunca ha sido mi intención usarte o volver a engatusarte, jamás he querido hacerte daño aunque te confieso que una parte egoísta de mí me incitaba a quedarme esa noche, pero no debía, no podía. Aunque tarde, tomé la decisión que yo pretendía correcta y me fui.

Lamento mucho hacerte sentir esa desolación e inestabilidad, pero pese a todo y al peso de las circunstancias he de hacerte saber que sos una persona que abarca y atraviesa violentamente todos los planos de mi vida, desde lo fútil y obvio hasta lo íntimo y volitivo.

Thousand kisses deep.

P.D. Lo de aclararme lo entiendo mucho, tenés razón en regañarme, no merecés esos embates tan odiosos de la memoria y los sentimientos.

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Necesito que nos aclaremos

8 Mar

Por el bien de ambos pactaron no volver a verse. Pero, aunque evitaron encuentros, hablaban casi a diario por chat. Tenían una cibervida, seguían siendo como eran pero sin tener contacto físico. Ninguno se iba del todo, sentían que la historia había quedado inconclusa y creían que –quizás– les iba a tocar el bálsamo de estar juntos alguna otra vez.

Tiempo después, sus miradas se reencontraron un sábado al mediodía. Tomaron vino, comieron juntos y la noche los dejó en vilo. Antes del amanecer, él ya había partido de su casa. El domingo fue un día de silencio, denso y turbio, triste y complicado. El lunes, ella le envió esta carta para saber qué hacer con ese tornado que de nuevo arrasó con ella por dentro.

 

Delicioso el vino.
Maravillosa la compañía.
Lástima y lastiman las circunstancias.

Verte así fue hermoso, delicioso y complicado. Todavía disfruto mucho de vos, es como si no hubiera pasado el tiempo. Gracias por la velada.

Pero por todo lo que nos generamos, por lo que te genero, por lo que me generás, por la tranquilidad que nos merecemos, necesito que te aclarés, que nos aclarés y decidás estar lejos o estar de verdad para mí, porque cada vez que te me aparecés se me remueve todo, se me revuelve el estómago, se me baja la presión y me desestabilizo otra vez. Y todo eso no me lo puedo permitir si solo soy un fantasma del pasado.
Tante grazie
Mille baci per te.

Marianne

La respuesta de él aquí

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Reporte cardiaco

7 Mar

Estas líneas son para un periodista que se quedó sin palabras de amor. Él es de esos que hablan frente a la cámara y tienen los segundos contados para decir lo preciso y mostrar su mejor cara. En la calle es un tipo elocuente y con don de gentes pero en casa anda callado y ausente.

Su esposa, al contrario, es de pocas palabras, tímida con los extraños pero cariñosa al extremo con los cercanos. Ella sabe que la relación está en temporada fría, que el silencio que antes era cómplice ahora los tiene apartados, intermitentes, sin sintonía.

Esta carta pequeñita y escueta, con apariencia de telegrama, es tan solo un reporte triste que se le escapó a su corazón. Entre estas letras ella quería soltarle un pequeño dato, revelarle que añora a ese hombre de antes que tenía tiempo de sobra e infinita presencia en su historia.

 

Te amo.

Lo escribo porque tienes derecho a la información

y mi corazón aunque es parco

tiene no solo el deber sino la necesidad de reportarlo.

Te extraño.

Horas de duelo

3 Mar

Él decidió dejar la historia iniciada por retomar la trayectoria que tenía con su ex. Ella quedó en pleno vuelo, mirando cómo se desviaba de rumbo, planeando cómo maniobrar con ese duelo. Esta carta la escribió en medio de la turbulencia, en ese proceso de aterrizaje forzado cuando la esperanza sigue dando vueltas.

El destino no es el único responsable de un nosotros…sin nosotros, dejarle tal suceso al azar me parece injusto. Cada cual es responsable de sus decisiones, el dueño de su vida y de su proceder.

Yo en este suceder nunca decidí nada hasta el momento en que me enamoré de vos y al final de ese “nosotros” luché mucho para que ese “nosotros” continuara juntos y no ser esa formulita del “sin nosotros”.

Aquí nadie tiene culpas, es más, si de culpables hablamos soy la que menos culpabilidad debe sentir. Yo no me vi afectada por alguna decisión que yo haya tomado, yo me veo, todavía, muy afectada por las decisiones tomadas por terceros, decisiones que aún me mantienen en una situación de altas y bajas no muy recomendable, pero que afortunadamente he aprendido a sobrellevar y cada día me hacen más y más fuerte de lo que me llegaste a conocer.

A esta situación le agradezco eso, la fuerza que he adquirido, ¡imagínate, más fuerza!, siempre se puede tener más. La verdad no sé si es recomendable seguir sabiendo el uno del otro como lo hemos mantenido o si por el contrario, es mejor seguir viviendo en el silencio cada uno, hasta que el nosotros…sin nosotros deje de existir.

Ayudame a pensar qué es lo más sano para ambos, porque cuando siento que vos te vas del todo se me va un pedazo del alma, pero cuando estás me duele toda completa.

¡Thousand kisses deep!

La carta anterior aquí

Reporte de nostalgia

1 Mar
La vida le ponía cosas al frente para tenerlo que recordar. Lo veía en todas partes, lo escuchaba entre el barullo, lo sentía en cualquier roce, “era como si el universo supiera que no lo quería olvidar”. No sentía tristeza pero sí un anhelo de algo que seguía latente. Ella le escribió para informarle de su añoranza, que lo que sentía no menguaba. Un día después, él le hizo llegar este reporte de nostalgia.
Te has convertido en un ente volitivo que me permite sentirme especial; lo que me dices me hace pensar una y otra vez que somos unos muñecos del destino, (a fortune´s fools) como Shakespeare lo diría en aquel fugaz romance de la vieja Verona.

La llama se mantiene, estás en mi mente y creo que aquella fuerza que me alejó de tu lado, evita al mismo tiempo alejarte de mi recuerdo. Esta fuerza se retroalimenta en sí misma haciéndome pensarte y pensar en aquellas posibilidades de un nosotros.

Como algún día te lo dije, no dejo de sentir lo que sentí por ti, las circunstancias han decidido que nos separemos, pero no culpo a nadie ni a nada del peso de mis decisiones, simplemente quiero aclarar que formas parte de mí, que tus recuerdos están a mi lado y que ambos somos parte de esta realidad, de este nosotros… sin nosotros.

También el destino evita que te olvide, menos mal, porque no quiero hacerlo.

Thousand kisses deep.

La respuesta de ella aquí

Carta para un amor que no se quedó conmigo (respuesta)

18 Feb

Un día después de enviarle la carta, él le hizo llegar esta respuesta.

Hola Marianne.

Pido disculpas ante aquella escena que presenciaste, quería empezar por eso, pues aunque en algún momento la verías, no quería que fuese así. También me disculpo por invisibilizarte, nunca fue, es, ni será mi intención hacerte pasar penas de ese tipo.

Marianne, nunca ha sido mi propósito que te sientas derrotada, que sientas que todo lo que nos dimos fue en vano y que ahora no sos nadie en mi vida. Uno de los bálsamos a los cuales me aferro, ha sido el hecho que desde el primer día que estuve a tu lado hasta el último, nunca te falté al respeto y que te di (al igual que tú a mí) todo lo que yo soy, sin medir distancia, sin prejuicios ni pretensiones.

Lo que sucedió nunca (y quiero ser muy claro en eso) fue planeado, nunca creí que eso iba a pasar. Estaba contigo y tú eras la única causa de felicidad. No pienses en lo nuestro como algo que se perdió… no digas que lo que hicimos no valió la pena, no me hagas sentir más agobiado de lo que estoy.

He pensado mucho en el hecho, en los recuerdos nuestros y en los pequeños detalles que nos hacían prójimos. Estoy en un estado de letargo que no me deja actuar, es difícil escucharte así de triste. Sabes que te dije que esperaba no equivocarme con mi decisión, perderte por algo que no tuvo sentido sería la perdición.

Pero como bien lo sabes,  volver con ella es una incógnita que debo descifrar, no puedo pasarme la vida preguntándome qué pudo haber pasado, tengo que vivirlo, debo responderme a mí mismo a través del trasegar.

Una vez hablamos sobre la fidelidad y sobre lo desgarradora que puede (y debe) ser la verdad, una verdad basada en el respeto. En épocas tempranas de mi vida prefería esconder mis affaires mientras estaba en otras relaciones con el ánimo de mantener un ego y una doble vida, esperaba recibirlo todo y no dar nada, mantenerme en un círculo de mentiras e intimidad versátil.

Contigo Marianne aprendí que la verdad es más compleja, se basa en el respeto. A ti y a tu fibra tan genial les debo venias eternas porque fue contigo con quien apliqué la honestidad más brutal, esa honestidad que, aunque me tiene triste, me mantiene tranquilo al decirme a mí mismo “hice las cosas de manera correcta”.

No pude brindarte una relación como estábamos acostumbrados a hacerlo pero no me hagas sentir que esto fue en vano al decir que tú no pudiste ser. Tú eres genial, la palabra en sí lo dice todo Marianne, lo has sido y lo serás no importa a dónde nos lleve la marea. Que me ofrecieras tu esencia, sin ambages ni presunciones, me parece lo más valioso y duradero. En eso siempre te estaré agradecido.

También debo decir que me embarga una sensación de tristeza, no solo porque te sientes triste ante el peso de mi decisión, sino también por tu ausencia. No pasa un día en el que no piense en ti y en nuestros recuerdos mutuos, en la felicidad que me dabas.

Ojalá no me arrepienta de la decisión que tomé, puede que sea tarde si eso sucede. Pero como bien te lo he dicho, me siento en la responsabilidad de averiguar qué puede pasar. Lo lamento, lo lamento en lo más profundo de mi ser. Nunca hubiese querido que esto nos pasara… nunca.

Por ahora puedo decirte que siempre estás conmigo, que pensarte me reconforta, que no me arrepiento de haberte conocido y que nunca le he negado a nadie que a tu lado fui feliz.

Thousand kisses deep… always.

La historia sigue aquí

Carta para un amor que no se quedó conmigo

14 Feb

Una noche volvieron a verse Marianne y León. Aún era reciente para encontrarse después de una ruptura. No terminaron por desacuerdos ni desamores, todo funcionó durante meses hasta que apareció la ex y con ella el dilema.

Su historia de años atrás pesó más, él anunció su retiro y ella debió aceptar su renuncia. León volvió con la novia de antes, Marianne sumó un caso más a su historial de derrotas.

El día de la maldita coincidencia, Marianne estaba sentada en un andén tomando cerveza después del atardecer. El cielo se quedaba sin sol cuando miró a la izquierda y su mirada los encontró juntos.

De repente sintió que toda la luz amarilla de las lámparas del parque se volcaba sobre ellos. No quería pero la circunstancia la obligó a verlos. Quedó inmóvil, turbada, sin aliento. León la miró, Marianne lo miró, ninguno saludó, ni siquiera hubo un guiño con levantadita de ceja. No era viable reconocerse en ese momento.

Ella terminó su cerveza y se marchó a casa. En la cama rebobinó ese instante en el que ambos se miraron como desconocidos, en el que aún lo sentía suyo pero acompañado por otra. Pasó la madrugada con un llanto intermitente que no la dejó dormir y, en medio de sollozos, salieron estas mil letras de profunda tristeza.

León

Ve, yo no me imaginé que me iba a entristecer tanto. No solo me siento triste, o derrotada por alguien, que, para mí, no se merece volver a tener todo lo que yo vi en vos. Sino también, porque llevaba todos estos días sin soltar una lágrima, porque era fuerte, pero anoche salió todo, salieron más lágrimas de las que te mostré a vos. Me sentí vencida, sin ningún valor. Me moría de ganas por verte, y sí, te vi, pero no como pensé en algún momento y menos como yo quería.

Fue tan triste. Es triste ver y sentir que todo fue como si yo no fuera o no hubiese sido. ¿Por qué tantas veces sentí miedo de involucrarme con vos? Por cosas como las de anoche, porque terminé sintiendo que nunca tuve las de ganar, de ser la beneficiada de todo este fuckin’ triángulo.

Anoche sentí que fui la que perdió definitivamente todo eso que encontré en vos y todo eso que me hubiese encantado que encontraras en mí. Me llegué a sentir completa con vos, y ya se siente el vacío ahí, me encantás, y seguramente me vas a doler un rato más porque yo no puedo ofrecerte más de lo que soy, y lo que soy no fue suficiente.

Pero por todo lo que siento por vos, por lo que me dolés, por desearte, por encantarme, por quererte así de mucho, te deseo pura felicidad no más, sé lo más feliz que podás, aprovechá esa oportunidad tan escasa que da la existencia.

Thousand kisses deep

Marianne

La respuesta de él aquí.

Se acabaron los días

3 Feb

Ellos tenían una relación clandestina, romántica y ausente. Se conocieron en una biblioteca y en medio de las letras se hicieron un guiño. Ahí arrancó la historia. Era un amor a veces delicioso y delirante, de esos que no paran de dar vueltas en la cabeza y de tronar en el pecho.

El pacto fue tácito: no habría rutina, llamadas, ni contacto diario. Solo encuentros esporádicos, cero reclamos, ningún reproche y la verdad sobre todas las cosas: así fuera incómoda, inoportuna o dolorosa. Si la libertad era el camino, la verdad sería la entrada. Lo único que se pedían el uno al otro era esa dosis, dulce o amarga, de naturalidad.

Cada vez parecía la última. Todos los reencuentros eran explosivos. Pasaron meses rebosados de ansias, de piel, de palabras. Cada cual era feliz con lo poco o con lo mucho que podían darse. Pero un día, así como empezó, todo terminó con un guiño.

Él andaba de viaje en otro país. Ella lo hacía lejos y le enviaba reportes desde la ciudad que los presentó. Una tarde, ella caminaba desprevenida por el centro, pensándolo como la mayoría del tiempo. Se escuchaban pregones, silbatos de agentes de tránsito, bocinas de autobuses, murmullos de cafetería, sonidos de fritanga.

De repente vio una mesa donde exhibían libros viejos. Llegó atraída por esas páginas amarillas, leyó un prefacio y cuando miró al lado izquierdo sintió que el aire más tóxico se apretujaba en su nariz. Ahí, entre el tumulto de la esquina venía él, el que supuestamente andaba por fuera, caminando tranquilo, con paso lento en su misma dirección.

Si fuera un cuento sería cliché. Pero la vida y la realidad son locas y esas cosas pasan porque sí. Cuando estuvo cerca, ella le tomó la mano y en una caricia le reprochó esa mentira innecesaria. Él abrió los ojos con la nefasta sorpresa del atrapado, ella le alzó las cejas y le lanzó un gesto de tristeza con sus labios.

No pronunciaron ni una sola palabra, no había nada qué decir. Todo estaba dicho. Ella siguió su camino, él siguió mudo y cuando revisó su correo encontró esta carta breve, fría y punzante que declaró el final de esa historia (de amor).

En las historias de amor hay tres clases de días. Un día de encuentro; los días de reencuentros y un día de desencuentro. El día de encuentro es solo un día en la vida. Una vez encuentras conoces.

Luego del primer día ya no conoces sino que reconoces, no son encuentros sino días de reencuentros. El día de desencuentro es el último día. El día que se cierra la historia. El día que no conoces, tampoco reconoces pero sí desconoces.

En nuestra historia ya sucedieron todos. El primer día, el día del encuentro, en un lugar repleto de libros, te encontré a ti y te conocí. Luego llegaron los reencuentros, los días en los que te re-conocía.

Y hoy llegó el último día. En lugar de encontrar libros te des-encontré a ti. Y te desconocí.

Por favor, no me escribas no me llames no me busques.

Se acabaron los días.

Carta para terminar a tiempo

1 Feb

Esta carta la escribí por encargo de un hombre ansioso, triste, trastornado. No sabía qué hacer, qué decir, cómo actuar. La pareja con la que andaba contento y tranquilo, de repente se puso rara y lejana. Ahí comenzó la angustia, el revolcón. Cuando tocó el tema, ella le propuso seguir relajados, sin compromiso. Ahí llegó el dilema y aquí quedó su decisión.

A tu lado tenía presagios de vida, risa, chispa, camino en cualquier caso. Ahora, me sobrecoge el mal augurio. Siento que si decido entrar en los términos tuyos, en tus reglas del juego, entro perdiendo y presiento lágrimas, tristeza, incertidumbre, desasosiego, sombras, cenizas, nada diferente de lo que ha sido mi último mes desde que cambiaste conmigo.

Ayer volví a despertarme confundido, me levanté con sinsabor, como después de un mal sueño. Aunque te dije que yo sabía cómo era esto de seguir sin compromiso y que aún así quería seguir, ahora tengo la completa seguridad de que no. No quiero jugar con fuego porque siempre termino con esa llamita que traigo conmigo apagada. Es mejor que no, no me conviene. Tengo que cuidarme y salvarme del naufragio.

Yo ya sé qué es el vaivén, ese “por si acaso”, ese “sí pero no”, ese tipo de amor que duele y que se queda esperando. Ya sé cómo terminan esas historias y, tanto los finales como los procesos, no son buenos ni gratos. Ya he pasado por eso y no quiero repetirlo.

Cuando el amor por ti llegó a mí, me encantó porque no tenías nada que ver con mi pasado, con esos ardores, con esas brazas que deshacen, con esos personajes que me hicieron daño, eras la promesa de algo puro y de ese amor del bueno. Así llegó la alegría, la compañía, la locura, el viaje, el milagro a mi vida.

Así que prefiero cortar por lo sano, antes de mezclarle a esto cosas, palabras o hechos nocivos para ambos, prefiero despedirme a tiempo antes de que la imagen que tengo de ti se ponga turbia, quiero cuidar y abrazar tu recuerdo y volver a los lugares por los que anduvimos con una sonrisa.

Quiero saber que si alguna vez nos encontramos de frente podremos saludarnos como si nada y que podré recordarte como esa persona que durante un tiempo de mi vida me quiso, se unió a mi locura y me hizo tremendamente feliz, así te quiero en mi memoria, rodeada de luz, gratitud y cariño.

Sí, soy de extremos, lo reconozco. Soy del todo o del nada. En el amor, tampoco soy capaz de hacer nada a medias, no me gusta guardarme. Yo no te estaba pidiendo que le llamáramos a lo nuestro noviazgo, no te pedía rutinas, nunca te exigí cumplirnos horarios, todo hasta donde recuerdo fue natural, libre, espontáneo, divino.

Créeme que el compromiso para mí, no tenía que ver con anillos, ni ataduras, ni reproches, ni reclamos. El compromiso partía de la convergencia, de saber que ese pálpito de ambos nacía en el mismo punto. Pero ya no noto que las cosas vayan por la misma ruta.

Yo siento que me querés ahí mientras algo mejor llega, que no soy suficiente ni estás convencida de lo nuestro. Sé que ya no soy una certeza, te sigo notando lejos, ya no me siento parte de tus verdades. Y esas cosas pasan, hacen parte de la vida, no puedo juzgarte y tengo que aceptar que estamos esperando cosas diferentes del amor, que nuestros momentos de vida no son los mismos.

Yo seguiré en mi búsqueda, no de noviazgos ni de matrimonios, te aclaro, no le estoy pidiendo eso a la vida, pero sí continuaré en busca de un amor completo, que sea recíproco y sano, que quiera caminar conmigo.

Así que bueno, no te digo adiós porque sé que la vida es loca y esta ciudad es chiquita, sé que vamos a tener que encontrarnos, por eso te digo hasta pronto, hasta que todo esto se transforme y pueda mirarte y sentirte diferente, hasta que pueda recordarte con la sensación de que fuiste un buen sueño del que ya desperté.

Palabras para una amiga

31 Ene

Este texto me llegó desde Buenos Aires. Me lo donó una colega colombiana radicada en el Sur. Recién se enteró de la muerte de una amiga. Estas letras recrean un recuerdo a su lado, aluden unas palabras que pudo haber dicho y no dijo en su momento. Aunque su destinataria jamás las escuchó aquí quedarán vigentes, serán las precisas para que usted o yo, nosotras o cualquiera se las recuerde a una amiga.

Por: Magda Hernández

Hace una semana regresé de una nueva experiencia de meditación. Quería escribir sobre todo lo que sentí y viví en esos diez días. Pero el día después de regresar me enteré que Carolina Saracho, una chica que conocí siendo camarera en el restaurante La Cholita, había muerto a causa de las heridas que le propinó su pareja. Él hombre la roció con alcohol y le prendió fuego. Es indescriptible la rabia, el asco, la impotencia, la tristeza y el miedo. Carolina tenía 28 años y dos hijos.

Desde ese día, un recuerdo me ronda la cabeza. Un recuerdo chiquito de cuando trabajábamos juntas. Un recuerdo que comparto para no quedar atrapada en el odio y la tristeza. Una noche, Carolina andaba preocupada por su figura. Tal vez una dieta nueva, tal vez un poco más de ejercicio, tal vez un poco menos acá y un poco más allá sería mejor.

Se miraba con esos ojos críticos e implacables que solemos tener las mujeres para con nosotras mismas. No recuerdo cómo empezó la conversación, pero sí cuándo se paró frente a mí y me preguntó muy seria: “¿Te parece que estoy gorda?”

Yo la miré de pies a cabeza. Ella era hermosa. Con sus caderas redondeadas, el cabello negrísimo y liso, la piel color caramelo y la sonrisa siempre perfecta. Pero yo era muy torpe para decirle todo esto de la mejor manera: “No estás gorda —respondí— vos sos una mujer de formas redondeadas”.

Fue lo mejor que me salió y fue un desastre. Carolina me miró ofendida, pensó que me burlaba y se fue, masticando un poco de rabia hacia mí y otro poco hacia su propio cuerpo. Cómo me hubiera gustado decirle ese día que ella era bella, bellísima. Que su cuerpo era perfecto y merecía amor, amor del bueno.

Siempre voy a recordar a Carolina, la voy a recordar como la recuerdan todos sus amigos: como la morocha sonriente, la negra simpática. Y siempre voy a recordar, a recordarme, a recordarles a todas, que no importan las formas infinitas y cambiantes de nuestros cuerpos: somos bellas, somos valiosas, nos merecemos quien nos cuide y nos quiera. Nos merecemos amor… amor del bueno.

Un abrazo mi Caro del universo.

Confesiones de un seductor

19 Ene

Por: Gonzalo Arango

Cromos (2.496), Bogotá, 12 de julio de 1965, p. 72.

A veces soy feliz, especialmente cuando amo. Dejo que la vida me pase por los ojos y me deje existir con una pasividad que no hace resistencia al temor, ni a la idea de morir. El espíritu de inquietud cede sus furores al silencio, y una especie de bruma adormece las impaciencias del alma.

Pero el amor, aunque es mi sentimiento más creativo, no puede ser nunca la imagen de un amor feliz. Tiene que ser, necesariamente, un sentimiento de turbación, de ruptura. Tenerlo a distancia para conquistarlo, en esa lucha radica su belleza. Poseer plenamente un ser es destruirlo. Así, un sol deslumbrante destruye la luz, sofoca la mirada y arruina el esplendor de los objetos. La posesión es mortal al deseo, le roba su encanto, su misterio, ese misterio que es la esencia del amor, su arma más seductora. Por eso, la mujer que oculta su identidad en un antifaz, es excitante hasta la locura: estimula nuestra pasión de posesión, nuestra pasión creadora. Su ocultamiento se abre como un desafío a nuestra sed de conquista.

La mujer, al entregar su amor, debe conservar para sí una zona inédita, de penumbra, esa que el hombre descubrirá después de la posesión, que casi siempre deja en el espíritu un sentimiento de rendición y nostalgia.

Si en ese proceso de la conquista esa zona se ilumina con la plenitud, los amantes deben renovarla, crearle al cielo de la pasión una nueva estrella y una nueva distancia. Y así, el proceso creador del amor se hará infinito, y el sexo dejará de ser un reclamo transitorio del instinto, para convertirse en un poema de vida y atormentada belleza que sellará su duración, salvándose de las amenazas de la rutina y el tedio.

No proclamo la astucia y la traición que son armas fraudulentas del amor pueril. Quiero excitar a la mujer a una rebelión de su naturaleza para que se sacuda los complejos seculares de la burda dominación que la tienen sometida a un destino miserable de objeto erótico y justificador del egoísmo viril. Esta liberación será posible cuando la mujer decida romper las antiguas estructuras que no le permiten más alternativa que una fatalidad procreadora, y cuando abandone el coqueto narcisismo del eterno femenino, por cuya imbecilidad ha pagado un precio demasiado caro. Entonces sí será un ser humano, un espíritu creador de valores cuyo porvenir no sólo es el hombre, sino la historia.

Todos amamos alguna vez, y fracasamos un poco. La experiencia, unida a la reflexión sobre los sentimientos, no enseña a conocer la naturaleza del alma, que es compleja como el misterio del mundo.

El amor tiene dos enemigos mortales: la felicidad total, y la desdicha total. Ambos, si se erigen en sistemas eternos de vida emocional, acabarán por destruirlo. Lo ideal sería una verdad de amor cuyo equilibrio radicara en un poco de certeza y un poco de duda; de posesión y lejanía; de plenitud y ansiedad; de ilusión y nostalgia. En la síntesis de estos opuestos el amor encontrará su centro de gravedad, su energía, y sus fuentes de duración.

—¿Por qué nunca dices que me amas?

—¿Para qué? Adivínalo. Si te lo estuviera recordando a toda hora te aburrirías y dejarías de amarme.

Tenía razón. Con su silencio ponía en movimiento mi fantasía, me excitaba a una lucha con sus fantasmas interiores, me ponía a dudar, a padecer los terrores de la esperanza, o las dulzuras de la desesperación.

El único porvenir del amor es el presente, y merecerlo cada día. Pues el amor tiene la duración de las cosas efímeras: del día, de la ola, del beso. Su “eternidad” depende de ese movimiento continuo para que una ola forme a la siguiente, y el beso induzca de nuevo al deseo. Con este ritmo incesante el amor puede ganarse como una victoria para toda la vida, que es mejor que para toda la “eternidad”.

Esa es, en esencia, la naturaleza y el destino del amor: lo que nace vive, languidece, muere y constantemente resucita. Y su resurrección dependerá del milagro, que no es otra cosa que la poesía. Pero esta poesía no son versos, ni se refiere a idealismos despojados de carne. Esa poesía es vida, está hecha del cuerpo de los amantes, sus deseos, sus silencios, y de cada átomo de energía viviente.

El amor, esa efusión, no es un divorcio del cuerpo y el espíritu, sino sus bodas. No existe el amor carnal ni el amor ideal. Tales prejuicios son aberraciones simbólicas de la moral. El auténtico amor, el puro amor, es la apoteosis de cuerpo y alma reconciliados en la unidad viviente de dos seres triunfando sobre la muerte, sobre la soledad, en el exilio de la tierra.

Digamos en su honor que el amor es un misterio, y que su única evidencia es que existe. Pues sin duda existe y aclara otros misterios con su poder revelador. A veces, en noches de desamparo y amargo ateísmo, en brazos de una mujer, he descubierto el rostro de Dios. Por eso para mí es sagrado, porque colma en mi alma los abismos de lo divino, la necesidad de un ideal que dé sentido a la vida y haga florecer la tierra. Pues Dios es todo lo viviente, sobre todo una mujer amada, excepto cuando carga el amor de cadenas para hacer de la vida un infierno.

Estos pensamientos que he pensado sobre el amor son la respuesta a una pregunta furtiva de una mujer burguesa. Ella quería saber qué era para mí el amor, si una pasión sexual o un sentimiento del espíritu. Yo le dije con sumo respeto:

—Señora, son las dos cosas, pero en la cama.

Como era célibe y de moral estoica, se escandalizó. Pero yo no tengo la culpa de que el rostro de la verdad sea, como en el caso del amor, un rostro desnudo. Mejor dicho, dos rostros desnudos.

 

Ellas también ponen huevo

17 Ene

Esta no es un carta, es una crónica sobre mujeres alocadas por el fútbol en Medellín. Ser hincha no es un asunto exclusivo de hombres, ellas también ‘ponen huevo’, gritan, vibran, lloran, mueren por un gol. Aquí un par de historias de mujeres hinchas que han aprendido algo de la vida y del amor en la tribuna.

Publicado en Universo Centro
Fotografías: Juan Fernando Ospina
Texto: Carolina Calle sara-zuluaga

La vida en blanco y verde

Sara Zuluaga le gustaría que su cuerpo sin vida fuera enterrado dos metros bajo el césped del estadio. Esta hincha de veintiséis años empezó a pensar cosas raras a partir de la Copa Libertadores del 2016 cuando sintió tan cerca la muerte.

Durante el partido del Atlético Nacional contra Rosario Central, un aguijón en el pecho la dejó quieta. El partido empezó mal, primero un penalti en contra, luego un tanto del visitante y el deber de marcar tres goles para clasificar.

Sara resultó hipertensa desde los veinte. Toma pastillas para pasar la vida sin taquicardia pero la cosa se complica cuando el verdolaga entra a unos cuartos de final. Ahí no hay dosis que valga.

“Te tenés que calmar”, se dijo a sí misma para espantarse el infarto que venía en camino esa noche de mayo. No quería salir del Atanasio en camilla como esa vez contra el Huila, cuando celebrando un gol junto a la baranda, se descompuso la rodilla.

Todo hay que decirlo, Sara es torpe y carece de motricidad fina, tiene experticia en eso de tumbar y dejar caer cualquier cosa “sin culpa”. Es un peligro desempacando el mercado o quebrando un huevo.

En su combo de amigos, Sara es famosa no solo por su torpeza sino por la mala suerte que atrae. Cuando tiene un mal presentimiento hay que taparle la boca para que no sentencie una derrota. Tiene el récord imbatible de chocar el carro dos veces en un mismo día y de quebrarse las dos manos en una sola caída. Sara es sinónimo de ruina, de accidente, de sal. Por eso, por salada y por cariño, en vez de Sara le dicen Sala.

De su mala estrella no se sabe la causa. De la pasión por el Rey de Copas cuentan sus ancestros que el germen lo puso el tío abuelo, quien iba por la hermanita menor a la escuela y la sacaba de clase para llevarla a una revisión de muelas.

Era en el estadio donde los hermanos Rivera echaban lengua y quedaban con la boca abierta. Piedad y Samuel regresaban sin aliento pero contentos por la buena racha del equipo de aquel 54 que dio la vuelta por primera vez.

Esa niña fugitiva es doña Piedad, la abuela de Sara que instauró el matriarcado verdolaga. Tiene un equipo de once hijos encargados de propagar el delirio; trece nietos salieron portadores y pronto vendrá la primera bisnieta que ya está en la mira de ese batallón verde.

Sara es la capitana, una morena de piel tersa, pómulos firmes, mirada de búho y lunares en el cuello. Decía que cuando fuera grande quería ser como Higuita, su superhéroe sin capa y con guantes, de pelo crespo y bigote negro, que volaba en el arco.

Dice que cuando sea vieja no dejará la música ni el fútbol. Por eso asiste a la universidad y a la tribuna. Su voz es dulce en el salón de clase pero en Oriental es la de un león sin bozal. Es de pocas palabras en la calle y de sonidos extraños en el estadio. Nadie silba como Sara sabe silbar. Sara sopla con dos dedos en los labios y es capaz de hacerle un huracán al adversario, un estallido al árbitro o una pesadilla al de adelante. Ha aturdido a muchos no solo con silbidos sino también con trinos.

Después de cada contienda, dispara frases desde su guarida en Twitter: contradice a Carlos Antonio Vélez, aplaude a Franco Armani y aconseja a Miguel Ángel Borja. Ha sido analista en la era de Osorio y en la de Rueda; crítica de Rescaldani y de Bonilla; defensora de Alexis Henríquez y de Stefan Medina.

Ya perdió la cuenta de cuántos hombres la han silenciado. Hay tipos que prefieren bloquear antes que debatir de fútbol con una mujer. Un hincha verdolaga la mandó “a lavar platos” y otro del Poderoso le recomendó “planchar camisas y pantalones” en vez de meterse en asuntos de varones.

Ante ese machismo virtual, Sara no sucumbe. Ha escrito cerca de diez mil trinos porque lo que sea con el verde le incumbe. Por eso es la cabecilla de una barra sin nombre, la que en partidos claves “madruga” a cuidar quince puestos para su plantilla, la que canta, la que salta, la que inclusive los transporta.

Cada vez que hay cotejo, Sara enciende su carro vino tinto, modelo 94, desde el sur de la ciudad con dirección estadio. El “circular Sara” pasa por Luisa, la única amiga mujer que no le responde con un bostezo cuando habla de la propuesta táctica y de los pronósticos de la tabla. Hace otra parada en la casa de los abuelos. Allá recoge a la tía Beatriz y a los primos y amigos que reservaron un cupo en su pichirilo. Cierran piernas, agachan cabezas y se encogen de hombros, así encuentran la manera épica de llegar juntos hasta a la meta.

Ese jueves 19 de mayo frente a Rosario Central, Sara tomó asiento para llorar. El tiempo se escurría y el gol que les faltaba para pasar a la semifinal no entraba. Bajó el asta de su bandera y se enrolló el rostro en la tela. No quería que nadie viera su rendición de lágrimas y recordó las veces que de niña terminaba haciéndole el duelo a una derrota debajo de la cama.

“¿Te embobaste o qué?, el partido no ha terminado”, se regañó de nuevo y empezó a conjugar su deseo en primera persona del plural: “Vamos hijueputa que esto lo remontamos”. Sara hizo un llamado a la contención de llanto, a la estabilidad de sus piernas, al sosiego de sus pálpitos y de repente una pelota descendió del cielo.

“Vi un centro, un jugador que la bajó en el área y una explosión, un terremoto, una estampida, todo el mundo se vino encima”. Sara abrazó a la tía y gritó por tercera vez consecutiva esa palabra de tres letras que contrarresta su sal: gol.

Macnelly había hecho lo difícil, Guerra lo inaudito, Berrío lo imposible y el prodigio se hizo en equipo. Desde esa victoria, Sara presintió que el Atlético Nacional le daría la vuelta al mundo y sería el representante del continente en el Mundial de Clubes de Japón.

El circular Sara sigue pasando de norte a sur, dejando amigos y familiares en el camino, todos pasajeros de un mismo sentimiento que va y viene cada domingo, cada miércoles, cada fecha.

Sara sigue mirando la vida en blanco y verde como cuando era niña. Gracias al fútbol, siente que aunque está de paso por el mundo está viviendo de local: es parte de una hinchada y de un estadio que siempre le ha dado su lugar. Por el verde recuerda su arraigo, su raíz; que pertenece a una familia, a un país; que nada está escrito y que su mala suerte, al igual que un marcador en contra, también se remonta.

El toque toque de la pecosa

juliana-puerta

La flaca corrió por un costado del estadio, esquivó a los que tenía en contra y cuando por fin estaba cerca de la meta, aprovechó un espacio y lanzó un disparo con la zurda. Para ella fue gol, golazo, tenía tan solo dieciocho años cuando aprovechó ese tumulto a la salida de un partido y con su mano izquierda le zampó un pellizco a la nalga de Choronta.

El jugador del Deportivo Independiente Medellín no pudo atajarlo y reaccionó a la defensiva, miró molesto para todos lados buscando entre la gente quién había hecho ese tanto en su trasero. Estaba rodeado de policías, periodistas y de una adolescente risueña y solapada que le volteó la cara.

El centrocampista escogió una posición estratégica cuando ingresó al bus, inspeccionó el área desde la ventana y se encontró con la picardía de esa pecosa que venía siguiéndole los pasos y persiguiéndole los glúteos desde un año atrás. John Javier Restrepo le rebotó una sonrisa a esa colegiala tímida a la que le temblaban hasta las pecas cuando lo tenía cerca.

Doce meses antes, Juliana Puerta no sabía nada de fútbol. Estudiaba en un colegio de monjas, vivía en un conjunto cerrado y nunca había pisado el Atanasio. No sabía por qué el árbitro alzaba tarjetas de colores, no entendía la diferencia entre un tiro libre y uno de esquina y desconocía el uso del punto penal. En televisión solo veía a un montón de tipos tirando escupas y echándose bendiciones.

Su perspectiva cambió cuando acompañó a un par de amigas a conocer los campeones de la Copa América en 2001. Los jugadores de la Selección Colombia estaban hospedados en el hotel cinco estrellas del barrio. El plan era farandulear, pedirle el autógrafo a Juan Pablo Ángel, darle un besito a Óscar Córdoba, entre otras técnicas aplicadas de asedio.

Juliana, en cambio, le echó el ojo a un jugador solitario que le peló el diente. Tenía los párpados caídos y los pómulos brotados, no era tan alto ni tan cuajo y ninguna le pedía la firma ni se le sabía el nombre. Pero Juliana no recuerda haber visto una dentadura semejante, era una sonrisa tan poderosa que por inercia le pidió una foto.

Ese trigueño aceptó de inmediato y se acercó. “Pero agárreme como si fuera su novio”, le dijo y la apretó con el brazo. Juliana quedó sin aire, sin saliva, sin entender esa sensación que la tenía con un mareo en la cabeza y con un sismo en el pecho. Lo único que atinó a decir después del relámpago del flash y de ese estruendoso abrazo fue:
—¿Cómo se llama?
—Le dicen Choronta —contestó alguien.
—¿Dónde juega? —insistió.
—En el Medellín.
Juliana alzó las cejas, le abrió el paso a un suspiro y remató con precisión:
—Entonces soy hincha del Medellín.
Y a partir de esa fecha Juliana y el equipo rojo se dieron la mano.

No le importó que en casi noventa años de historia, el Deportivo Independiente Medellín apenas hubiera logrado dos títulos. Se puso la camiseta y llegó al estadio con el ánimo de perder el norte. Allá en la tribuna de la Rexixtenxia, a esa niña de “dedo parado” se le cayeron los modales y conoció el “aguante”: empezó a gritarle al rojo que pusiera más huevo y a Choronta que estaba muy bueno.

Los lunes llegaba al colegio sin voz, con la garganta molida de tanto alarido y con el cuerpo adolorido de tanto brinco. Sus compañeras de colegio la recuerdan por su dominio en temas masculinos y por su mal gusto excesivo. Todas hacían mala cara cuando Juliana comía mango con limón y sal y de repente exclamaba: “Esto está más rico que Choronta en calzoncillos”.

En el universo futbolero amplió su léxico e incorporó palabras que antes le eran ajenas: tronco, crack y leñero. Aprendió que el verbo “ordeñar” también se conjugaba en el terreno de juego, que los arqueros “hacen tiempo” y los delanteros “se comen” goles. Su relación con las matemáticas mejoró. Tenía claro el promedio de victorias, derrotas y empates y hacía cálculos para saber cuáles resultados necesitaba para repuntar en el torneo. En la radio, cambió a Daddy Yankee por un tal Wbeimar, se creyó comentarista de fútbol y narró en su diario los pormenores de cada jornada. Coleccionaba frases de futbolista y dejó por escrito las respuestas que Choronta siempre daba a la prensa: “Dejamos todo en la cancha”, “tuvimos personalidad”, “Dios quiera que todo se dé”.

Juliana aprendió más de fé en el estadio que en catequesis. El Poderoso pasó de la casilla trece a la primera y después de 45 años alcanzó su tercera estrella. Gracias a esa copa que trajo de Pasto en 2002, su amor por el equipo se hizo independiente.

Han pasado catorce años desde entonces y el DIM se quedó en la historia de esta pecosa. Juliana ahora es odontóloga y Choronta, un veterano de la liga mexicana. Ella le sigue la pista desde su consultorio, sabe de sus andanzas a través de Instagram, le sigue detallando los dientes y aún se pregunta qué tiene esa sonrisa que la metió a ciegas al mundo del hincha.

En junio de este año esa flaca futbolera salió del estadio por su propia cuenta y le dio la vuelta al Parque Lleras, lijando su voz, cantando entre la multitud con bastante desafino que: “Es muy bonito, es muy hermoso, ser un buen hincha del poderoso”. Como en los viejos tiempos, pasó por cada esquina con la cara blanca, abrazando a cualquiera, radiante por la sexta estrella, tirando harina y añorando entre el tumulto un toque toque a Choronta para sumarle otro tanto a su memoria.

Este texto hace parte del convenio
entre la Subsecretaría de Ciudadanía
Cultural de Medellín y la Fundación
Taller de Letras en cooperación
con Universo Centro para la construcción
de la memoria del fútbol en la ciudad.

Carta de una mujer cambiante

23 Nov

Esta carta la escribí por encargo de una mujer que cambia de parecer según la hora y de ánimo según el clima. Cansona como muchas, voluble como la mayoría pero honesta como pocas. Estas palabras salen con algo de bochorno para ese novio estable y con sol propio, al que le agradece por tanta luz y por tanto aguante en temporadas de frío.

Perdona mis altibajos tan constantes, mis emociones que fluctúan, mis decisiones de última hora, mis contradicciones de primera mano, mis besos esquivos, mis caricias quietas, mi silencio prolongado.

Pasa que a veces estalla un aguacero en mi pecho que me hace llover y tronar de vacío. Que me revuelca la vida, me hiela el espíritu, me emparama las mejillas, me atraganta de sollozos, me parte en pedacitos y —lo peor—me aleja de ti.

Pero también sucede el cliché, que llega la calma, que las nubes pasan de largo y todo se despeja. Y justo ahí caigo en la cuenta del milagro: eres techo, columna o esqueleto. Eres asidero, escampadero, vividero.

De lo que tengo, eres quizás lo verdadero, eso que me queda, que me agarra, que me salva incluso de mí misma. Por eso, gracias por la espera, por tu paciencia, por tu presencia que sigue siendo infinita…

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