Carta de amor de una tía

13 Mar

Este blog me ha traído situaciones divertidas, otras complejas. He cumplido la función de escribir como si fuera otra persona, imitar su escritura. Aclarar enredos, extraer palabras. La idea es ser un remitente oculto, que ningún destinatario me reconozca. He escrito como si fuera un adolescente, como si fuera una madre. He hecho discursos para bodas, funerales. Me han buscado niños, adultos mayores. He logrado reconciliaciones, separaciones.

En esta ocasión me contrató una mujer para escribir como si fuera una tía. Esta carta la escribí para una quinceañera. Su tía quería darle un regalo que le quedara para toda la vida, algo hecho a su medida. Pensó que una carta a mano sería una buena opción, el mejor recuerdo. Me contactó en febrero, me encargó esta misión. Nos encontramos, la escuché. Tomé nota, luego le di un orden a sus palabras de amor. Con el tiempo —quizás— la destinataria olvide la cifra que recaudó en una lluvia de sobres, pero —con certeza— jamás olvidará estas letras del sobre de su tía.

 

Febrero es un mes diferente, no se compara con ninguno, es el mes más breve del año. Pasa como un relámpago. En la mitología romana era conocido como el mes de las lluvias. Para los griegos, este mes estaba bajo el amparo de Poseidón, el dios de todas las aguas y de los mares.

Curiosamente el año 2003 fue denominado el año internacional del agua dulce. En febrero de ese año, hace quince años, un cohete que regresaba del espacio se desintegró al tocar la atmósfera. Días después en una ciudad rodeada por grandes lagos, en medio de un invierno blanco, desembarcó en el norte una niña que traía el sur en su mirada.

Le compusieron un nombre que tuviera algo de su abuela María, otra parte de su madre Ana. El resultado: Mariana. La noticia de su nacimiento salió desde Toronto y se difuminó en la capital de una montaña en Colombia. El 26 de febrero de 2003, una familia entera se integró en torno a Mariana. Ese día todos coincidimos en un suspiro, en un pálpito, en una sonrisa y en esas ganas contenidas de darle la bienvenida.

Nunca olvidaré ese febrero porque a partir de entonces, Mariana me trajo un regalo a este mundo: me otorgó un rol, otra misión, un nuevo sentido. Me dio la primera oportunidad de mi vida de ser tía.

Aunque tía es una palabra diminuta, de tres letras, es enorme en sentimiento, en memoria, en significado. En el colegio me enseñaron que tía tenía tilde en la í y por su acento era una palabra grave. Con los años y contigo, aprendí que es una palabra suave y bonita.

Que te nombren tía despierta una emoción grata. Es una mezcla mágica de sensaciones. Trae una dosis concentrada de cariño con una pizca justa de compromiso, una tajada gruesa de ternura con una base dulce de compinchería.

Tía puede rimar con alcahuetería, pero también con arpía, todo depende. Yo quisiera que tía te despertara alegría o te sonara siempre a buena compañía, eso depende de mí. Por eso, te ofrezco mi abrazo, mi tiempo, mi verdad. Soy versátil, puedo ser un pedacito de mamá y otro de amiga.

Eres la hija de mi hermana, mi sobrina, nos une un lazo eterno de sangre, eso ya está resuelto. Nuestro reto y mi propuesta es continuar, construir poco a poco una amistad. En mi casa encontrarás lo que busques. Tendrás techo y abrigo, mi hombro y mi oído, un consejo y un poquito de cantaleta de vez en cuando. En la finca de los abuelos también estaré los fines de semana con mi botiquín de aromas, con un masaje en mis manos, con mi silencio que también es presencia. En cualquier caso, en cualquier parte, elijo estar de tu lado Mariana. Cuenta conmigo.

Me puse a pensar en palabras semejantes, de tan solo tres letras, que no tienen que ser largas para ser grandes, eternas, necesarias. Aprovecho para regalártelas y recordártelas. Te deseo luz, te auguro paz. La vida es hoy: lee, oye, ríe, ama. No olvides ser voz pero también eco, no dejes de ser sol tampoco ola, acuérdate que eres río y a la vez mar.

Y termino con el mar. Las tres primeras letras de tu nombre: Mariana. Así como los países —no todos— hay personas con salida al mar. Tú eres una de esas, eres inmensa y profunda, tienes puerto y desembocadura. Como todas las aguas que albergan vida, habrá corrientes turbias, habrá mareas altas, pero también habrá calma, habrá aventura, de eso se trata este viaje llamado vida.

No olvides que la familia es tu tripulación, no somos pasajeros que suben y bajan, somos ese equipo que no pasa, que se queda, que acompaña. Los que estamos aquí seremos faro, remo, salvavidas, tierra firme. Y yo seré —para siempre— esa tía que te quiere y que te admira.

La tía Maria.

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Dos palabras privadas

9 Mar

Esta carta la escribí por encargo de una persona que cuida sus palabras. Dice lo preciso, no habla por hablar, no hace promesas si no tiene la certeza de cumplirlas. Solo expresa lo que tiene claro, lo que es necesario. Un día cualquiera, después de tanto pensar, calcular, guardar, medirse, me contó su historia, me dijo que era urgente dejar salir dos palabras, que le hiciera el favor, que le ayudara a escribir una declaración de amor.

 

Las palabras son públicas. Todos podemos sentirlas, decirlas, usarlas. No son privadas. Pueden salir de cualquier boca.

En mi caso había dos palabras que, a pesar de ser públicas, estaban en desuso, eran obsoletas, tenían censura o el paso restringido. Podía pensarlas, pero no era capaz de pronunciarlas.

Ahora que apareces en mi vida y me aclaras, me descifras, me resignificas, te necesito decir algo: eso que excluí de mi vocabulario, eso que vetaron mis labios, eso que jamás tuvo salida.

No sé por qué pero me urge hablar de esto: aunque me sienta cursi, aunque suene a cliché, aunque me sonroje. Debo escribirte esas dos palabras privadas que nunca antes le dije a alguien: te amo.

 

Carta para nunca entregar

6 Mar

Era una noche común y corriente para el mundo pero no para ella. Pensó en él –como de costumbre–, escribió esta carta y dejó salir –quizás– una lágrima por cada palabra escrita. La historia empezó como un secreto en el trabajo que los presentó. Fueron colegas, amigos, amantes, novios, exnovios. El fin de semana anterior, lo encontró con su nueva pareja. Volver a verlo fue recordar esa química pura, el mejor beso del universo, el amor más pasional, esa felicidad infinita, un amor de locos, la tusa más dura de su vida. Le dio un arrebato por enviarle estas letras, pero cumplió su promesa y se contuvo. La penúltima vez que se vieron, en la misma banca del parque donde empezó este romance, él le pidió –por el bien de ambos– que nunca más volviera a buscarlo.

 

No creo que sintás esto mismo que yo. Acostarme en mi cama, recostarme en la almohada, escuchar música que me recuerde a vos, cerrar los ojos y repetir la misma película pero en escenas diferentes. No es algo muy distinto a lo que hacíamos juntos porque si de algo nos gustaba hablar y contábamos con tanta emoción, era de nuestra misma historia. Recordábamos mil momentos, palabras, miradas, anécdotas y nos encantaba repetirlas una y otra vez.

Y así, unos días lloro, otros no; unos mucho, otros una que otra lagrimita, otros nada…porque pienso en los momentos felices. Es raro amar a alguien tanto sin verlo, sin escucharlo, sin olerlo, sobre todo sin olerlo. Un poquito de ese olor me podría hacer sentir otra vez todo lo anterior.

Las canciones también me transportan en el tiempo, sobre todo cuando estoy muy concentrada o sola. No saber nada de vos es duro pero, me quedan unos recuerdos tan vivos que vuelvo a sentirte acá tan cerca, tan metido en el pecho.

La mala fui yo, tal vez por eso me toque sentir esta ausencia infinita, tal vez es mi castigo (muy merecido) por haberme topado con vos en el momento más caótico de mi vida.

Alguien me dijo que hay personas que despiertan la creatividad en uno. Sí, la creatividad pero no solamente en un sentido artístico, sino la creatividad para vivir. Eso me diste vos, la mayor creatividad que alguna vez pude tener; unas ganas insaciables de comerme el mundo a tu lado, de hacer todos los planes posibles, de conocer cuanto lugar pudiera, de vivir las experiencias que se nos atravesaran, de existir al límite y dejar para después las consecuencias de esos actos, unos buenos, otros no tanto, pero la intención era noble: descubrirnos y amarnos.

Me diste la creatividad para amar de todas las maneras posibles y al borde de la locura, cada día más que el anterior, con el corazón a mil, con la sonrisa de oreja a oreja, a veces con lágrimas, muchas otras con la mirada cómplice y con esas ganas del uno por el otro que nos agarraban en cualquier lugar y en cualquier momento.

Hoy pienso, ¿cómo llenar ese vacío de la creatividad, del amor con locura, de los aprendizajes, de las conversaciones más banales y más profundas? ¿Cómo suplir los pensamientos filosóficos, los planes locos, los sueños juntos, las bailadas perfectas donde se nos olvidaba el mundo? Creo que la respuesta es simple y dura: de ninguna manera.

Eso que me diste vos, se recibe una sola vez y por parte de una sola persona en la vida. Cosas como estas no se repiten y por eso quedan así, metidas en el corazón, en el estómago, en los oídos, en el cerebro, en la memoria.

¿Qué hacer entonces? Guardar todo eso como un tesoro dentro de mi ser e ir sacando de a poquitos para mí misma cada una de esas cosas hermosas que me dejaste. Así te recuerdo en lo que hago, en lo que digo, en lo que pienso, en lo que miro, en lo que bailo.

Finalmente, estarás en cada acto creativo que haga y espero que hayas podido también guardar un pedacito de mí en vos. Mientras tanto, desde la distancia y la ausencia, aquí sigo y te voy a seguir pensando y amando.

 

Una carta mientras llegas al mundo

1 Mar

Esta carta la escribió una mujer embarazada. Cuando la prueba resultó positiva no supo si lo quería. Por un momento todo fue confusión. Pero decidió que todo iba a estar bien. Ahora su bebé está que nace. Mientras llega a este mundo, su madre lo espera y lo abraza con letras. Su barriga está contenta, su corazón lleno. Lo siente adentro, lo presiente cerca. Ya casi. En breve. Que llegue pronto, que pueda mirarlo de frente. Las ansias por conocerlo están al tope.

 

Por: Magda Hernández
Quiero que sepas que estás hecho de estrellas, aunque también te he puesto algo de lágrimas y tristezas, porque no podrías ver lo bello si no ves también un poquito de lo feo. Quiero contarte cuentos de hombres y mujeres valientes, aunque sé que el mundo está lleno de cobardes, pero yo quiero que creas que puedes cambiarlo todo, aunque te estrelles contra las paredes y a veces me odies un poco. Si te enseño a mantener la esperanza es porque yo vivo de esperanzas y aquí sigo.

Quiero conocerte, quiero que hablemos y me cuentes cómo te dibujas el mundo. Quiero que no nos entendamos, que nos sintamos lejos y que me obligues a caminar hacia ti, a ver la vida con tus ojos nuevos. Quiero que me retes. Quiero que me digas, por ejemplo, que vas a ser ingenier@ y yo, que no entiendo nada de números ni cuadrículas, me vea obligada a sentarme a estudiar y a leer para poder estar cerca tuyo. Quiero que martilles todo en lo que creo, que me ayudes a reaprenderlo todo, que contradigas mis más centrados argumentos.

Ya empezaste a poner de cabeza mi mundo, ya hipotecaste mi cuerpo por nueve meses, sin pago de alquiler, ya me robaste el sueño tranquilo y las papas fritas. Ya estás robando mi atención más de lo que me gusta. Y aún así, sonrío cuando bailas ahí, a tu ritmo, con tus tiempos, haciéndome saber que aunque te gestaste adentro mío, nunca seré tu dueña.

El otro día se lo dije a tu papá: todo esto es como si un día, de repente, encontraras una habitación nueva, en la casa que has habitado siempre. Así, ibas caminando por el pasillo, el mismo que habías recorrido mil veces, y viste esa puerta que, estás segura, nunca estuvo ahí antes. Se te acelera el corazón, te entra el pánico. ¿Podría estar enloqueciendo?

Y abres la puerta, decides abrirla. Buscas el interruptor de la luz mientras sientes tu respiración acelerada y el sudor que baja por tu cara. Yo no supe qué vi. “Encontraste una biblioteca”, me dijo tu papá, que sin duda sabe más de lo que dice a veces. Y yo respiré y sonreí. Porque amo los libros y porque tuve la certeza de que estás aquí para que yo aprenda todas las cosas que sola no puedo.

Por ahora compartimos espacio en este cuerpo y me doy el lujo de sentirte cada minuto de mi vida. Pero muero de ganas por que nos veamos a los ojos, por caminar juntos, por acompañarte en este camino, mi Amaru de las estrellas.

Escrito el  17 de febrero de 2018

Publicada en  Miscelánea de barrio

Buenos Aires, Argentina.

Carta a un buen amor

28 Feb

Esta carta la escribí por encargo de un adulto mayor. Me pidió el favor de no revelar su identidad. Que lo presentara como una persona con días malos como cualquiera y romántico como él solo. Quería una carta para darle las gracias a su buen amor, por ser y estar, porque su presencia, simplemente, lo arregla todo.

 

Hay quienes reparan carros, motos, bicicletas.

Arreglan la olla, la licuadora, el colchón.

Hay quienes ajustan, restauran, remiendan.

Tienen el repuesto, la clave, la solución.

 

Mecánicos, técnicos, sastres,

gente necesaria, útil, sabia.

Todos, de alguna forma,

le devuelven la vida a una cosa.

 

La miran, la tocan, la mueven

y, en un minuto, ya está.

De repente, vuelve a andar, a funcionar, a servir.

La salvan de morir en la basura.

 

Entonces uno suspira, uno sonríe, uno agradece que esa persona exista.

Que sepa lo que sabe, que haga lo que hace, que sea lo que es.

 

Y contigo me pasa con frecuencia.

Ayer, por ejemplo, amanecí descompuesto, oxidado, dañado.

De mal genio, decaído, deprimido.

Sin ánimo, sin sentido, sin sabor.

 

Y tú, no sé cómo haces ni dónde lo aprendes,

pero me miras, me tocas, me mueves

y, no en un instante, pero sí en un rato, ya está.

De repente, vuelvo al ruedo, me compones, me alivias.

Me reinicias, me arreglas el día, me alegras la vida.

Me salvas de tirar todo al traste.

 

Entonces uno suspira, uno sonríe, uno agradece que existas.

Que sepas lo que sabes de mí, que hagas lo que haces por mí, que seas lo que eres conmigo.

 

No me faltes.

No hay quien más.

Esto solo lo sabes hacer tú.

 

Carta a un ser de luz

24 Feb

La noticia llegó después de un café matutino, un día como hoy, hace doce años. Era un viernes en la mañana cuando la llamaron a informarle que su hijo menor se había quitado la vida.

Margarita sintió un dolor intenso en el estómago que no se compara con ningún cólico. Luego le llegó un golpe en el pecho, una presión en la cabeza y un temblor que se esparció por su cuerpo. Todo comenzaba a desplomarse en su historia.

Juan tenía 17 años, era un estudiante sobresaliente, un joven sano, recién egresado del colegio, cursaba primer semestre en la universidad.  En apariencia, lo tenía todo. Su familia decidió callar, guardar, tapar, continuar. No darle muchas vueltas a esa pregunta que todos tenían: ¿Por qué?

Después de muchos años de silencio, esta madre tocó el tema intocable, nombró el dolor innombrable y habló de su experiencia por escrito y en voz alta. Necesitaba dejar salir estas letras, compartir las respuestas que ha encontrado a lo largo del duelo. Con esta carta quiso honrar la memoria de su hijo y agradecerle por ser un maestro de vida.

 

Por: Luz Margarita Restrepo

Un acontecimiento doloroso se vuelve innombrable. Hoy se conmemoran doce años de tu muerte. ¿Accidente?  Difícil de creer. ¿Suicidio? Vergonzoso de aceptar. Enfrentarse a este hecho despertó tanta tristeza, tanta responsabilidad, tanto fracaso, tanta necesidad de cambio. Aunque haya pasado mucho tiempo aún me confronta la manera como veo la vida hasta ahora.

Me duele tu ausencia, me duele el qué dirán, me duele el ego, me ha dolido todo. Se necesitó fortaleza, valor, sinceridad para no sentirme culpable, para no señalar a otros y descargar la frustración.

Lo que pasó me removió todo. Fue necesario ser honesta conmigo, la primera engañada era yo misma. Reconocí mi superficialidad, admití que mi historia estaba construida sobre la base de apariencias, mi prioridad era tener antes que ser, mi motivación era el deseo de agradar, creí que el dinero era la mayor fuente de felicidad.

Deposité en ti la necesidad de sobresalir que exigía mi ego, mi narcisismo. Sobrevaloraba el diploma, la mención de honor, el aplauso. Así me sentía superior y callaba mi inseguridad, mi miedo a ser, mi falta de autoestima. Tu partida me mostró el infierno donde vivía, creado por mí misma, por mis convicciones equivocadas, por falsos paradigmas.

Tu muerte Juan me hizo replantear mis ideas acerca del amor. El amor va más allá de poseer, controlar, necesitar, depender. Me hizo responsable de mí y me obligó a revisarme y a encaminar mi vida. Entendí que sin amor por mi verdadero ser, por mí misma, estoy perdida. Soy más que mi cuerpo, no soy lo que poseo, ni soy lo que sé, soy mucho más que eso.

Tuve que abrir la prisión donde tenía encerrada mi alma, debí abonar el presente, arrancar la maleza del pasado, aceptar, perdonar, dejar ir, apropiarme de mí. Esta oscuridad tan larga se convirtió en luz porque fue la manera como el universo quiso mostrarme otro camino. Por fin entendí que Dios es amor, que el amor es más fuerte que la muerte y que, aunque no te vea, aún te puedo amar.

¿Por qué te fuiste? Porque estabas viviendo en un infierno, un infierno de competencia, un infierno de falsedad. Volaste y te liberaste. Quizás ya sabías la lección y tu misión era enseñarnos que la vida era simple. A mí me queda otro camino, el camino de resarcir. No quiero presentarme como la víctima de tanto dolor sino como la mujer valiente que ha sabido superar su inmadurez.

Comparto estas letras para sanarme, es el momento de darme a conocer sin poses ni máscaras, para poder transformar y superar este duelo que dolerá siempre. Esta es la ruta que encontré para elaborar tu decisión. Más que tu muerte, tu mensaje de amor. Estás conmigo, tu energía quedó aquí, tu espíritu me acompaña y me impulsa a mejorar. El amor nos une todavía y este amor nunca tendrá adioses ni olvidos.

¡Salud por los novios!

14 Feb

Esta carta fue leída antes de un brindis en una boda. Quien la encargó quería compartir sus buenos deseos a los novios recién casados. No quería dejar pasar el momento, tampoco el sentimiento. Necesitaba unas palabras para leer en voz alta: algo descomplicado, nada lacrimógeno, bien concreto. Una carta breve para celebrar el amor, la suerte, la unión de dos amigos que hicieron renuncias y tomaron decisiones para continuar la vida juntos.

 

El mundo está lleno de historias de amor que no fueron, que no coincidieron. También de parejas equivocadas, arrepentidas, resignadas, desencantadas, que se conformaron con alguien que no era.

A ustedes dos, que intuyeron el amor y se desbordaron por él, que lo confirmaron a tiempo, que le hicieron caso a la conexión, a esa magia mutua tan esquiva, felicitaciones, ¡son un par de de buenas!

Nunca olviden que haber coincidido en el amor es una bendición, un milagro, un regalo. Y este matrimonio es una recompensa de la vida. Porque hicieron sacrificios, porque corrieron riesgos, porque cambiaron de rutas para que los caminos se intersecaran, porque decidieron cambiar la vida que conocían a solas, porque ambos le cumplieron a sus sueños.

Queridos, ya lo saben, ya lo demostraron, por amor todo, todo, todo, valdrá la pena. Están haciendo historia, están viviendo la historia de amor que se merecen.

Un alunizaje con vos

10 Feb

Esta carta la escribí por encargo de un hombre bueno, serio, enfocado. Un fotógrafo desbordado de amor. Simplemente necesitaba decirle que la quiere para algo grande en su historia. Como le faltan las palabras pero le sobran las imágenes, hicimos una mezcla. Le envió una pequeña carta con una fotografía ampliada. A partir de un recuerdo, le contó un deseo y le hizo una propuesta de vida, de esas que solo se hacen cuando el corazón alberga una rotunda certeza.

Hace unas noches me vi un capítulo más de los Expedientes X y hubo algo que me quedó dando rondas en la cabeza. Mulder le regaló a la agente Scully una medallita plateada en forma de luna que decía Apollo 11.

Más allá de recordarle el primer alunizaje, lo que quería darle era un símbolo del trabajo en equipo, que recordara que esos pasos tan grandes, tan altos, tan importantes, los hacemos con alguien, que, en últimas, nadie llega solo.

Entonces pensé en vos y recordé una fotografía que hice en un pueblito escondido. Yo andaba sin nadie, pasé de largo por un faro, caminé por callecitas empedradas, me acerqué a una muralla y cuando quise saber qué había detrás de ella me encontré esta imagen.

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Y quizás me vi en esa persona, tratando de ver más allá, quizá pensando cómo conquistar el mundo a mi manera, cómo dar pasos trascendentales, cómo llegar a esas lunas, con quiénes aterrizar.

Así que hoy, en medio de este verano de nuestra ciudad, te quiero regalar esta fotografía que tomé cuando era un hombre solo y te escribo esto para que sepas que a mí me gustaría llegar con vos. Ya el tiempo nos dirá a dónde.

Carta de despedida a mi seno

8 Feb

Esta es una carta de despedida. Me la donó una mujer que quiso decirle adiós a una parte de su cuerpo. La palabra cáncer quedó escrita en su historia clínica y, cómo no, en su memoria. Tenía 29 años de edad cuando escuchó el pronóstico: “de cada cinco mujeres diagnosticadas con este cáncer de seno, solo sobrevive una”. Nunca le dijo cuánto lo quiso, no hubo tiempo de darle las gracias por habitarla. Han pasado cuatro años desde que entró a un quirófano y no volvió a verlo. Ahora que no está, dejó salir estas palabras que tenía guardadas, una manera de decirle lo que no pudo en su momento, una forma de recordarlo, una ocasión también para celebrar la vida. Ya pasó el mal rato y quizás su ausencia le recuerda cada día que su vida es un milagro.

 

Por:

Anamareto

Ana María Rendón Toro

Nunca tuve tiempo de asimilar que te ibas, el día que me di cuenta que te perdía me preocupé por otras cosas, ya sé, fui egoísta. Nunca tuve el tiempo para hacerte el duelo, para mirarte por última vez frente al espejo, para acariciarte, para despedirme.

Sentí inseguridad, ganas de llorar, de devolver el tiempo y de haberte tocado mejor. Todo pasó muy deprisa. Un día estábamos de vacaciones y fue ahí cuando te vi. Las siguientes semanas seguiste creciendo, siempre estabas caliente y ardías muy adentro, pero el mar todo lo sana. Si te sientes triste: el mar. Si estás feliz: el mar. Si vas a iniciar un proyecto nuevo: el mar. Si quieres curarte: el mar.

Lo más difícil de regresar fue enfrentarme a la mirada inquisitiva de cinco doctores mientras ladeaban su cabeza de derecha a izquierda y repetían las mismas dos palabras: mastectomía radical.

Mi madre lloró. Esa misma noche soñé con mi abuela que salía de mi pecho, con un suéter de lana azul, su caminar pausado y su pelo blanco, me indicó que todo iba a salir bien con una pequeñísima sonrisa.

Veinticuatro horas después, entraba al quirófano, ya no había nada más qué hacer, ni un minuto más había para despedirme, estábamos en un cuarto frío y pálido, tú y yo, pasando los últimos momentos a solas.  Ni siquiera ahí tuve la valentía de decirte adiós. Solo cerré mis ojos e imaginé que esto era también un mal sueño.

La doctora con sus dedos me hizo un mapa en ti para explicar el recorrido que quedaría marcado para el resto de nuestras vidas. Recuerdo ese último suspiro antes de la anestesia. Desperté, quería vomitar. Volví a despertar, me dolía el pecho, tenía frío y quería vomitar.

Abrí los ojos e intenté mirarte debajo de la manta, no tuve fuerzas para destaparte, sentí llorar porque era una cobarde. Ahora que te había perdido quería volver a verte. El dolor venía de más adentro, era un dolor que no podías frotar y ya está, era el sufrimiento de apenas estar asimilando nuestra situación.

En la habitación me esperaban caras familiares que me sonreían,  me daban su mejor aliento para que no te extrañara, me entregaban los mejores besos y caricias para que el dolor no fuera mío sino de todos. Respirar, hablar, suspirar, amar y reír me recordaban que ya no estabas, que habías sido cambiado por un semicírculo de aire y silicona, por un cuerpo extraño.

Y solo ahí empezó mi calvario, tu reemplazo fue rechazado hasta por mi último poro, ninguna parte de mí lo quería ahí, mi cuerpo te añoraba, te quería de vuelta pero ya era tarde.

Me obligaron a ir a terapia, tres veces a la semana abrían mi herida sin anestesia, escarbaban ahí en tu tumba como buscando restos de ti, lavaban, presionaban y volvían a cerrar. Mientras tanto, yo sentía que era mi aporte a este mundo y que mi dolor se lo ofrecía a mi Dios para que nadie más en esta vida sintiera esto.

Ya han pasado cuatro años y no sé por qué no te escribí antes, dicen que escribir ayuda a hacer catarsis pero no lo quería hacer, no me sentía cómoda porque al final siento que fui cobarde, que no te cuidé, que no te consentí, que no te valoré y que ni siquiera te hice una buena despedida.

Por esto: perdón.

Una carta atascada

4 Feb

Solían amarse cada día pero el domingo sobre todas las cosas. Ya no. Esta carta la hizo una mujer con un brote de nostalgia: un domingo, después de almuerzo, en una tarde soleada. Aunque la escribió para él, no se la envió para no interrumpir: el silencio, la distancia, esa decisión de estar sin ella. Era insoportable guardarse tantas palabras, las dejó salir de sí misma para evacuar espacio: en la piel, en la memoria, en el corazón. Liberó estas letras y donó esta carta que estaba atascada mientras el tiempo hace lo suyo y pasa el amor. Tanto amor…

Hola,

Es domingo, son las cuatro de la tarde y no puedo dejar de pensar en ti. El día amaneció nublado, pero ahora hace sol. El viento silba alrededor de la ventana y las violetas se balancean con él.

Estoy sola. Tú debes estar acompañado, con tu tía en la finca, a lo mejor con tu mamá en la casa, no lo sé. Tampoco sé qué hago escribiéndote, sé que de igual manera no estarías conmigo, o tal vez sí. Quién sabe, solíamos querernos, y ser nuestros domingos, pero sé que quedó atrás.

Ya para qué te lo digo, ya va un año de esta situación absurda, un año de esta mentira de que estoy bien sin ti. No es cierto, te mentí y me mentí a mí también. Ya no quiero viernes, ni sábados para bailar salsa, no quiero jueves de niñas gratis ni nudes por snapchats, quiero la tranquilidad de las películas por la noche y las cenas en casa, cocinar para ti, y las cosquillas en la mitad de la noche. Quiero poder dormirme en medio de la película sin sentir pena, quiero sentirte.

Se me va a pasar, no te preocupes, sé que es solo cuestión de “soledad”. También sé que se trata de aprender a quererla, de salir a ver el atardecer, o el amanecer, tal vez. Sé que si estuviera con mis padres a lo mejor no te pensaría. Pero hoy faltan todos, en especial tú.

Sé que ya no me extrañas y cuando haya alguien más que te acaricie el cabello o delinee las líneas del tatuaje, yo no seré más que un recuerdo lindo. Ese día voy estar triste, lo sé, porque me conozco, porque sé que aún te quiero, porque te celo así no lo admita, porque siento mucho, así finja ser de piedra.

Te quiero y te extraño, los domingos sin ti no tienen sentido, sin tu familia, sin tu tía, sin los gritos de la casa y los niños queriendo jugar conmigo. Esa soy yo, soy irremediablemente familiar, no tiene sentido negármelo ni tuvo sentido que te lo negara a ti en algún momento.

Sé que estoy bien, que en un par de horas se me va a pasar, cuando empiece a hacer trabajos, o cuando decida dormirme antes para dejar de pensar.

Sé que no me voy a morir de tristeza y que la soledad no es el común denominador de mis días, sé que el sol seguirá saliendo, que iré a trotar, que me acompañarán en las noches y que habrá quien quiera que le haga la cena un día, sé que soy feliz, que “no te necesito”, pero sé, también, que estaría mejor contigo.

El resto de los hombres me fastidian, me parecen intensos, logré perder la fe en el amor y pensar que un “para siempre” solo es posible contigo, no sé cuánto tiempo me tome pensar lo mismo de alguien más, espero que no mucho, o a lo mejor todo lo contrario, a lo mejor espero que se tarde mucho para que yo pueda seguir feliz, relajada, sin pensar en nadie, solo en mí, en mi egoísmo absurdo del siglo XXI, porque “eso es lo que está bien”. Para mí no, para mí estaba bien pensar en ti. Pero qué más da.

Solo quería que lo supieras, que eres mi domingo favorito, y mi viernes también y que aunque estoy bien, tranquila y feliz, siempre habrá algo que falte, que es parte de mi esencia, algo que me gusta y que no me puedo negar, ni le puedo negar a quienes me conocen y me quieren, sé que faltas tú, por más que trate de insistirme que no lo haces.

Lo que nunca fuimos

13 Ene

Lo intentaron pero no funcionó. Terminaron pero quedó algo inconcluso, al menos en él que aún le escribe para evocar lo que fueron y lo que no. Supo que ahora ella está con otra persona. Esta carta salió en una tarde lluviosa para decirle que todavía la quiere y que algún día será su novia. Mientras tanto, la estará esperando, le seguirá escribiendo.

A Ana María A.

Por: James Estiven Alzate

Todos los escritores tenemos un amor imposible, quizás a ti te tocó ser el mío; o quizá yo nunca sea escritor y podremos amarnos; tal vez, tú no seas mi amor, yo no sea escritor y todo esto solo es una locura.

Lo cafetines de las tardes medellinenses me extrañan, ya no los frecuento. Los parques de la ciudad me han llamado a preguntarme dónde estoy, creen que vivo en Buenos Aíres, tampoco he vuelto a ellos… Y así, me he ido abandonando del lugar donde vivo para adentrarme a extrañarte. Me niego a las mujerzuelas que quieren mis sueños en sus alcobas y a sus besos pasajeros, solo quiero eso contigo pero no sé qué tan fuerte es mi voluntad, pocas veces la he puesto a prueba.

Tu indiferencia es proporcional a las veces que me prohibí estar contigo, no niego que me carcome de a poco y siento, que aunque la merezco, no pienso soportarla; para ello, los días nos convertirán en extraños, incluso dejaremos de ser recuerdos para convertirnos en olvido.

Ya vendrán otros y otras, y nos despojaremos las vestiduras para darles un poco de lo que cuando estábamos juntos nos negamos, y no les hablaré de ti, serás un secreto entre líneas, un fantasma más de mis letras.

Nunca me cansaré de escribirte, de pronto me canse de mandarte lo que te escribo y quedaré con la incógnita de si me lees o no, ¡no me importa!, el destino, el universo, la intuición… me murmurarán de ti, y yo, en la ausencia absoluta sonreiré, lloraré un poco y mendigaré unos cuantos besos a alguien creyendo que son tus labios.

Y todo seguirá normal: el sol saldrá en el Oriente, las palomas volarán al parque, los ancianos morirán y los infieles huirán de las miradas, todo igual, menos lo nuestro, o lo mío, que será una utopía entrecortada.

Amarás a otro, a lo mejor ya lo ames, y así vendrán otros, y pasarán por tu vida como por tu cuerpo, y te susurrarán al oído frases bonitas junto con propuestas eróticas, e irás con ellos; posiblemente a mí me pase lo mismo, aunque sienta que siempre estaré buscando tu pelo crespo, tus ojos grandes, tu piel canela, tu sonrisa permanente y caminaré las calles de la mano de lo que nunca será.

Si alguien me pregunta por ti diré que disfrutaba de tu timidez, que me encantaba cuando cantabas y luego me abrazabas y me dabas un beso, que disfrutaba de tus silencios y que odiaba cuando dormías sin despedirte.

Diré que siento celos de quien camina a tu lado, de quien roba tus miradas, de quien te desnuda. Diré también que fui tan poco hombre contigo, que no me queda de otra que extrañarte en mis escritos y hacer públicos mis lamentos. Extrañaré tus secretos, tus miedos, tus caricias… te extrañaré a ti.

Seremos eternos ausentes.

Una nota de amor

10 Ene

Las mudanzas tienen mala fama. Pero también tienen cosas buenas. Puede pasar que mientras empacas y botas cosas, descubras un tesorito. Comparto un hallazgo. Una nota de amor que me escribió mi papá cuando era niña, por allá en los años 90.

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Carta a un arquero: Franco Armani

7 Ene

Por: Carlos Alberto Giraldo

En algún momento, apreciado Franco Armani, espero estrecharte la mano. Como soy más paisa que un carriel de Jericó, te voy a tratar de VOS, además porque sé que en Argentina es lo más normal.

Lo primero es darte las gracias por el gran ejemplo de superación y humildad que sos y que les estás dando a nuestros muchachos. Vale la pena traer gente así a nuestra tierra, ché. Cuando llegaste a jugar en Nacional nadie te conocía. Imagino el día que saliste por el Aeropuerto de Ezeiza con la maleta cargada de ilusiones, como la letra de un tango: “me voy a Medelllllín”, les dijiste a los tuyos, sin saber que aquí ibas a echar raíces, a encontrar mujer y a formar un hogar.

Tuviste que trabajar en silencio. No sé quién en el Club tuvo la idea de dejarte para ver cuánto eras capaz de progresar con el tiempo. Ya no sos un malbec joven, sos un vino tinto con más buqué, con más cuerpo. Maduraste. Si fuese un técnico, te diría que ya tenés más lomo y más viveza, viejo.

Lo que pocos recuerdan, respetado Franco, es que casi nadie te bancaba (te apoyaba y creía). Eras una incógnita. Pero nos la despejaste. Te has convertido en un líder hecho desde abajo, desde la orilla, desde el cojín de los suplentes.

Tuviste que esperar que pasaran por delante Gastón PezuttiLuis Enrique “Neco” MartínezCamilo Vargas y el mismo Cristian Bonilla. Con paciencia, con perseverancia y con un deseo infinito de brillar, te labraste un lugar en la cancha y en el corazón de la hinchada. Has salido figura en coliseos de guerreros y torcidas que atemorizan: del América, del Morumbi, del Monumental de Núñez y por supuesto de nuestro Atansio “Yirardot”, como dicen vos y tus compatriotas. Ahora que veo los videos de Nacional en la internet, leo las cosas que te dicen los chicos: “Franco Armani, mostruo”, “Arquerazo, Armani, mero gato”.

Vuelvo a la esencia de lo que sos, de lo que representás: un muchacho honesto, trabajador, mentalizado. Esos cinco años que pasaste esperando ser el titular te robustecieron, te blindaron, te engrandecieron. Vos sos un comino crespo, Franco. Fuerte y con unas vetas de nobleza que te brillan por dentro y ahora descubrimos viéndote jugar.

Recuerdo que se te escurrieron las lágrimas cuando te entrevistaron después de pasar a “penaltis” a la final de la Suramericana. Un momento soñado, porque regresarías a Argentina por la puerta grande, a jugar una final con River. Sí, River, ese mismo que ahora dicen que te quiere comprar.

Apenas me quedan unas líneas y les mando un mensaje a mi amigo Fernando (Saviolita) y a Los Sureños, para que coreen y palmoteen tu nombre muy duro en el estadio: “Armani, ta, ta tá”… “Arquerazo, ta, ta, tá”. Te ganaste el respeto y el cariño de esta hinchada, porque sos un grande del arco y de la vida.

Publicado en el periódico El Colombiano 
20 de marzo de 2016

Carta de amor para un día común y corriente

5 Ene

Esta carta la escribí por encargo de un grinch. Odia la Navidad  y, en general, todos los días del año programados para celebrar. Esquiva fiestas, poses y reuniones familiares. Es algo solitario, gruñón, le gusta llevar la contraria. Prefiere dar un regalo a destiempo o escribir una carta un día cualquiera. Ahora que pasó la época de aguinaldos, decidió enviar esta carta, un día de enero, cuando ya no se usa, simplemente para celebrar lo extraordinario que es el amor cuando es sano, bonito y cotidiano.

 

Ya sabes que odio las fechas especiales, que ir a cumpleaños no es lo mío, que las reuniones familiares son tan aburridas como las misas y que, en particular, la Navidad me causa tedio.

Diciembre es un mes de protocolos, de libretos, de autómatas. Menos mal ya terminó. Ya pasaron villancicos rancios, los borrachos ambulantes, la maldita pólvora, los mensajes prefabricados en el Whatsapp y el Uber con su oportunista tarifa dinámica.

Por fin llegó enero, ya pasó la fiesta —o la tormenta—, llegó la calma, la ciudad está tranquila, las calles solas mientras el Instagram está congestionado de selfies en el mar. Qué bueno es quedarme en casa en temporada alta y esquivar filas, tumultos y alborotos. Lo malo es que te me fuiste de paseo y quedé a la espera de tu regreso.

Me tocó aprovechar estos días de soledad y sacarle jugo al silencio. Y justo un día cualquiera de enero, te dio por escribirme una carta de amor sin ocasión, bajo ningún pretexto, simplemente porque te hice falta. Para mí sí que es original encontrar tus letras en un día simple como este.

Lo bueno de estar lejos ahora es que también puedo saborear tu ausencia, cuando el día concluye llega esa dulce sensación de estarte extrañando, de quererte de nuevo a mi lado: bella, natural, pura, sonriente. Disfruto esta añoranza, porque me llega sin incertidumbre, sin ansiedad, porque sé que vas a volver, porque contigo las certezas me abrazan.

Me encantas porque tu amor no está sujeto al calendario, no depende de la temporada, no tiene términos ni condiciones, no se agota, no pierde vigencia, es un amor ilimitado. Tu presencia sigue desdibujando mi pesimismo, mi ceño fruncido, mi cantaleta, mi mal augurio. Tu compañía todo lo matiza, lo equilibra, lo colma. Tu amor es realmente necesario.

Gracias por embellecer mi rutina y lograr que la vida sea más soportable; tienes el poder de hacer extraordinario lo cotidiano; cada instante, cada detalle, cada cosa contigo resulta monumental para mi memoria.

Me gustas cerca porque puedo presentir tu sonrisa, presupuestar tu ternura, agendar un abrazo, pensar por primera vez en un futuro con alguien. Me cambiaste la vida. Contigo por fin supe que el amor no duele, que no tiene misterio, que no sabe a drama. El buenamor, la buenavida, es simplemente, contar contigo un día cualquiera.

 

 

Carta a un esposo alcohólico

29 Dic

Esta carta la escribí por encargo de una mujer que decidió separarse de un hombre, a veces ebrio, últimamente violento. El alcoholismo lo envolvió en un torbellino y lo apartó del camino que trazaron en familia. Con estas palabras quería dejar por escrito las razones para marcharse, para pedirle el divorcio, para convencerse a sí misma de que esta decisión es un acto de amor… de amor propio. Dejó estas letras en un sobre cerrado en algún lugar de la casa el día que sacó sus cosas y emprendió la mudanza.

Hoy es un día difícil, es un día de trasteo. Es un día de entradas y salidas, de moverme de un lado a otro, de sacar mis cosas, de dejar otras. Aprovecho para dejarte estas palabras. Las dejo por escrito para que perduren, para que, si acaso las olvidas, puedas recordarlas cuando releas estas páginas.

No creas que para mí fue fácil tomar esta decisión, renunciar al sueño que construimos, deshabitar la casa que pusimos de pie, dejar atrás los recuerdos que fabricamos como pareja, cambiar el camino que habíamos prometido andar en familia.

Te insisto, no me estoy separando por falta de amor. Precisamente en honor a ese amor, me voy. El hombre del que me enamoré hace una década, el galán de camisa amarilla que me hizo reír en la primera cita, el que me besó por primera vez durante un calambre, ese tipo que abracé en moto por horas a lo largo de una carretera, ahora es otro.

Yo también soy otra quizás. Ambos cambiamos. Atrás quedaron esos jóvenes que viajaron a pueblos, que navegaron un pedacito del Caribe y soñaron con darle la vuelta al mundo juntos. Te agradezco por tanto, porque a tu lado caminé, crecí, amé, viví. No soy la misma y, a pesar de las circunstancias que ahora nos separan, traigo los mejores recuerdos de mi vida.

Por eso me voy. Quiero cuidar la memoria de mi corazón. Me voy antes de que otro vaso golpee la pared y se haga trizas, antes de que otra mata caiga y el piso se convierta en pantano, antes de que los gritos retumben en los oídos de nuestra hija y me quede sin respuestas cuando me pregunte: “mami, ¿por qué estás llorando?”.

Me voy antes de que sea tarde. Antes de que los recuerdos malos primen sobre los buenos. Antes de que a mi niña la recubra el miedo y sienta lo que yo sentí cuando tenía su edad, cuando mi padre llegaba a casa como un loco, dando puños, patadas, gritos, arrasando con todo.

Entraba borracho, mi mamá lloraba, discutían, él parecía un remolino porque a su paso todo se destruía, yo no entendía qué pasaba, solo me aferraba a las piernas de él tratando de calmar esa tormenta que se desataba cada vez que cruzaba la puerta oliendo a licor. Sentía miedo, mucho miedo. Miedo de sus arrebatos, miedo de su abandono.

La casa de mi infancia la recuerdo oscura y turbia. Me recuerdo en vela, encerrada en la pieza, escuchando la pelea, con temblor en el cuerpo, con un vacío en la boca del estómago, con una tristeza en el fondo de mi alma. Al otro día, mi papá tenía lagunas, no recordaba nada. Yo, que sí estaba sobria, nunca olvidé esos momentos, esos impulsos, esas palabras, el daño ya estaba hecho.

Esa violencia se hizo rutina, el miedo se volvió costumbre y esa costumbre se transformó en distancia. Mi papá fue una autoridad, un proveedor económico, un señor que, aunque estuvo cerca, lo sentí lejos. Lejos de ser mi confidente, mi ejemplo, mi amigo. No quisiera que eso pasara entre nuestra hija y tú. Yo los sueño cerca, siempre cerca.

Este año tuve un déjà vu cuando entraste a la casa como un huracán. Le pedí a la empleada que encerrara a la niña, que le diera el tetero, le prendiera el televisor y le pusiera todo el volumen para que no supiera qué iba a pasar. Llegaste con fuerza, tumbaste todo lo que había a tu alrededor, no tenías control, tu mirada contenía rabia, tus labios solo dejaron salir insultos, amenazas, frases que me daban golpes bajos: “Bruja hijueputa”, “Te odio malparida”, “Ahora sí nos vamos a dar”. En ese instante reconocí a mi papá en tus gritos, en tu aliento, en cada movimiento brusco.

Solo un sedante pudo calmarte y saliste de nuestra casa en ambulancia. Cuando despertaste no recordabas nada. Justo ahí, sentí que esa historia ya la viví. Esa niña que quedó encerrada en el cuarto, fui yo hace muchos años. Esa esposa que presenció esta escena, fue mi mamá en el pasado cuando el alcoholismo de mi padre se le hizo paisaje.

Entonces me llegó esa sensación de estar repitiendo la historia, de estarle dando la vuelta a una glorieta, una y otra vez. Con el tiempo cambiaron los roles pero la situación es la misma: ya no soy la hija, soy la esposa de un alcohólico. Si no cambio el rumbo ahora, no habrá salida. Mi hija tiene derecho a tener una infancia tranquila. A recordar su casa como un hogar de luz. A tener la imagen de unos padres que la amaron sobre todas las cosas.

Por eso he decidido hacer un viraje, para que el ciclo se rompa. Decido irme para empezar una nueva historia, para apartarme de ese ambiente tenso, de esos referentes violentos. Quiero que nuestra hija crezca sin traumas, sin pesadillas. Que sea una niña equilibrada y segura. Que cuando tenga problemas nos tenga confianza y se refugie en nosotros, nunca en las drogas ni en la bebida. Estamos a tiempo de lograr que la niña sea una mujer libre y feliz. Que pueda mirar su pasado con añoranza y no con amargura. No quisiera en un futuro que alguien la maltratara y que lo permitiera solo porque su madre lo permitía.

Ojalá algún día me comprendas y sepas que esta decisión que ahora nos duele, nos incomoda, nos sacude a ambos, es por el bien de los tres. Créeme que nunca olvidaré lo bueno, lo grato, lo feliz que fui contigo. No te niego que siento nostalgia. Se me viene una imagen de cuando recorríamos el país juntos. Te hablaba al oído, te abrazaba mientras el viento nos helaba la cara y mi corazón latía junto a tu espalda.

Sigue el camino, la vida es viaje y puede ser una aventura… pero cuídate, ojo con la velocidad y con las curvas, no pierdas el equilibrio, no te vayas al abismo. Eres un buen hombre, no te pierdas. Tienes una hija que te necesita, sobrio y fuerte. Recuerda ese hombre que fuiste, ese que sigues siendo, no lo dejes opacar por ese otro que conduce tu vida cuando estás ebrio.

Prometo cuidar tu imagen delante de mi hija. Proteger esa amistad que tejen poco a poco cada vez que montan en bicicleta o van juntos a la tienda, cuando juegan o ven una película uno al lado del otro. En este momento estás fabricando los recuerdos que los unirán mañana.

Entre tú y yo es hora de pasar la página, en vez de repasar las cosas que nos separaron, de señalar culpables o de resaltar errores, ahora pensemos en lo que nos une, en la meta que compartimos, en esa niña que necesita, aunque estemos separados, que hagamos equipo y que los dos estemos de su lado.

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