¡Salud por los novios!

14 Feb

Esta carta fue leída antes de un brindis en una boda. Quien la encargó quería compartir sus buenos deseos a los novios recién casados. No quería dejar pasar el momento, tampoco el sentimiento. Necesitaba unas palabras para leer en voz alta: algo descomplicado, nada lacrimógeno, bien concreto. Una carta breve para celebrar el amor, la suerte, la unión de dos amigos que hicieron renuncias y tomaron decisiones para continuar la vida juntos.

 

El mundo está lleno de historias de amor que no fueron, que no coincidieron. También de parejas equivocadas, arrepentidas, resignadas, desencantadas, que se conformaron con alguien que no era.

A ustedes dos, que intuyeron el amor y se desbordaron por él, que lo confirmaron a tiempo, que le hicieron caso a la conexión, a esa magia mutua tan esquiva, felicitaciones, ¡son un par de de buenas!

Nunca olviden que haber coincidido en el amor es una bendición, un milagro, un regalo. Y este matrimonio es una recompensa de la vida. Porque hicieron sacrificios, porque corrieron riesgos, porque cambiaron de rutas para que los caminos se intersecaran, porque decidieron cambiar la vida que conocían a solas, porque ambos le cumplieron a sus sueños.

Queridos, ya lo saben, ya lo demostraron, por amor todo, todo, todo, valdrá la pena. Están haciendo historia, están viviendo la historia de amor que se merecen.

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Un alunizaje con vos

10 Feb

Esta carta la escribí por encargo de un hombre bueno, serio, enfocado. Un fotógrafo desbordado de amor. Simplemente necesitaba decirle que la quiere para algo grande en su historia. Como le faltan las palabras pero le sobran las imágenes, hicimos una mezcla. Le envió una pequeña carta con una fotografía ampliada. A partir de un recuerdo, le contó un deseo y le hizo una propuesta de vida, de esas que solo se hacen cuando el corazón alberga una rotunda certeza.

Hace unas noches me vi un capítulo más de los Expedientes X y hubo algo que me quedó dando rondas en la cabeza. Mulder le regaló a la agente Scully una medallita plateada en forma de luna que decía Apollo 11.

Más allá de recordarle el primer alunizaje, lo que quería darle era un símbolo del trabajo en equipo, que recordara que esos pasos tan grandes, tan altos, tan importantes, los hacemos con alguien, que, en últimas, nadie llega solo.

Entonces pensé en vos y recordé una fotografía que hice en un pueblito escondido. Yo andaba sin nadie, pasé de largo por un faro, caminé por callecitas empedradas, me acerqué a una muralla y cuando quise saber qué había detrás de ella me encontré esta imagen.

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Y quizás me vi en esa persona, tratando de ver más allá, quizá pensando cómo conquistar el mundo a mi manera, cómo dar pasos trascendentales, cómo llegar a esas lunas, con quiénes aterrizar.

Así que hoy, en medio de este verano de nuestra ciudad, te quiero regalar esta fotografía que tomé cuando era un hombre solo y te escribo esto para que sepas que a mí me gustaría llegar con vos. Ya el tiempo nos dirá a dónde.

Carta de despedida a mi seno

8 Feb

Esta es una carta de despedida. Me la donó una mujer que quiso decirle adiós a una parte de su cuerpo. La palabra cáncer quedó escrita en su historia clínica y, cómo no, en su memoria. Tenía 29 años de edad cuando escuchó el pronóstico: “de cada cinco mujeres diagnosticadas con este cáncer de seno, solo sobrevive una”. Nunca le dijo cuánto lo quiso, no hubo tiempo de darle las gracias por habitarla. Han pasado cuatro años desde que entró a un quirófano y no volvió a verlo. Ahora que no está, dejó salir estas palabras que tenía guardadas, una manera de decirle lo que no pudo en su momento, una forma de recordarlo, una ocasión también para celebrar la vida. Ya pasó el mal rato y quizás su ausencia le recuerda cada día que su vida es un milagro.

 

Por:

Anamareto

Ana María Rendón Toro

Nunca tuve tiempo de asimilar que te ibas, el día que me di cuenta que te perdía me preocupé por otras cosas, ya sé, fui egoísta. Nunca tuve el tiempo para hacerte el duelo, para mirarte por última vez frente al espejo, para acariciarte, para despedirme.

Sentí inseguridad, ganas de llorar, de devolver el tiempo y de haberte tocado mejor. Todo pasó muy deprisa. Un día estábamos de vacaciones y fue ahí cuando te vi. Las siguientes semanas seguiste creciendo, siempre estabas caliente y ardías muy adentro, pero el mar todo lo sana. Si te sientes triste: el mar. Si estás feliz: el mar. Si vas a iniciar un proyecto nuevo: el mar. Si quieres curarte: el mar.

Lo más difícil de regresar fue enfrentarme a la mirada inquisitiva de cinco doctores mientras ladeaban su cabeza de derecha a izquierda y repetían las mismas dos palabras: mastectomía radical.

Mi madre lloró. Esa misma noche soñé con mi abuela que salía de mi pecho, con un suéter de lana azul, su caminar pausado y su pelo blanco, me indicó que todo iba a salir bien con una pequeñísima sonrisa.

Veinticuatro horas después, entraba al quirófano, ya no había nada más qué hacer, ni un minuto más había para despedirme, estábamos en un cuarto frío y pálido, tú y yo, pasando los últimos momentos a solas.  Ni siquiera ahí tuve la valentía de decirte adiós. Solo cerré mis ojos e imaginé que esto era también un mal sueño.

La doctora con sus dedos me hizo un mapa en ti para explicar el recorrido que quedaría marcado para el resto de nuestras vidas. Recuerdo ese último suspiro antes de la anestesia. Desperté, quería vomitar. Volví a despertar, me dolía el pecho, tenía frío y quería vomitar.

Abrí los ojos e intenté mirarte debajo de la manta, no tuve fuerzas para destaparte, sentí llorar porque era una cobarde. Ahora que te había perdido quería volver a verte. El dolor venía de más adentro, era un dolor que no podías frotar y ya está, era el sufrimiento de apenas estar asimilando nuestra situación.

En la habitación me esperaban caras familiares que me sonreían,  me daban su mejor aliento para que no te extrañara, me entregaban los mejores besos y caricias para que el dolor no fuera mío sino de todos. Respirar, hablar, suspirar, amar y reír me recordaban que ya no estabas, que habías sido cambiado por un semicírculo de aire y silicona, por un cuerpo extraño.

Y solo ahí empezó mi calvario, tu reemplazo fue rechazado hasta por mi último poro, ninguna parte de mí lo quería ahí, mi cuerpo te añoraba, te quería de vuelta pero ya era tarde.

Me obligaron a ir a terapia, tres veces a la semana abrían mi herida sin anestesia, escarbaban ahí en tu tumba como buscando restos de ti, lavaban, presionaban y volvían a cerrar. Mientras tanto, yo sentía que era mi aporte a este mundo y que mi dolor se lo ofrecía a mi Dios para que nadie más en esta vida sintiera esto.

Ya han pasado cuatro años y no sé por qué no te escribí antes, dicen que escribir ayuda a hacer catarsis pero no lo quería hacer, no me sentía cómoda porque al final siento que fui cobarde, que no te cuidé, que no te consentí, que no te valoré y que ni siquiera te hice una buena despedida.

Por esto: perdón.

Una carta atascada

4 Feb

Solían amarse cada día pero el domingo sobre todas las cosas. Ya no. Esta carta la hizo una mujer con un brote de nostalgia: un domingo, después de almuerzo, en una tarde soleada. Aunque la escribió para él, no se la envió para no interrumpir: el silencio, la distancia, esa decisión de estar sin ella. Era insoportable guardarse tantas palabras, las dejó salir de sí misma para evacuar espacio: en la piel, en la memoria, en el corazón. Liberó estas letras y donó esta carta que estaba atascada mientras el tiempo hace lo suyo y pasa el amor. Tanto amor…

Hola,

Es domingo, son las cuatro de la tarde y no puedo dejar de pensar en ti. El día amaneció nublado, pero ahora hace sol. El viento silba alrededor de la ventana y las violetas se balancean con él.

Estoy sola. Tú debes estar acompañado, con tu tía en la finca, a lo mejor con tu mamá en la casa, no lo sé. Tampoco sé qué hago escribiéndote, sé que de igual manera no estarías conmigo, o tal vez sí. Quién sabe, solíamos querernos, y ser nuestros domingos, pero sé que quedó atrás.

Ya para qué te lo digo, ya va un año de esta situación absurda, un año de esta mentira de que estoy bien sin ti. No es cierto, te mentí y me mentí a mí también. Ya no quiero viernes, ni sábados para bailar salsa, no quiero jueves de niñas gratis ni nudes por snapchats, quiero la tranquilidad de las películas por la noche y las cenas en casa, cocinar para ti, y las cosquillas en la mitad de la noche. Quiero poder dormirme en medio de la película sin sentir pena, quiero sentirte.

Se me va a pasar, no te preocupes, sé que es solo cuestión de “soledad”. También sé que se trata de aprender a quererla, de salir a ver el atardecer, o el amanecer, tal vez. Sé que si estuviera con mis padres a lo mejor no te pensaría. Pero hoy faltan todos, en especial tú.

Sé que ya no me extrañas y cuando haya alguien más que te acaricie el cabello o delinee las líneas del tatuaje, yo no seré más que un recuerdo lindo. Ese día voy estar triste, lo sé, porque me conozco, porque sé que aún te quiero, porque te celo así no lo admita, porque siento mucho, así finja ser de piedra.

Te quiero y te extraño, los domingos sin ti no tienen sentido, sin tu familia, sin tu tía, sin los gritos de la casa y los niños queriendo jugar conmigo. Esa soy yo, soy irremediablemente familiar, no tiene sentido negármelo ni tuvo sentido que te lo negara a ti en algún momento.

Sé que estoy bien, que en un par de horas se me va a pasar, cuando empiece a hacer trabajos, o cuando decida dormirme antes para dejar de pensar.

Sé que no me voy a morir de tristeza y que la soledad no es el común denominador de mis días, sé que el sol seguirá saliendo, que iré a trotar, que me acompañarán en las noches y que habrá quien quiera que le haga la cena un día, sé que soy feliz, que “no te necesito”, pero sé, también, que estaría mejor contigo.

El resto de los hombres me fastidian, me parecen intensos, logré perder la fe en el amor y pensar que un “para siempre” solo es posible contigo, no sé cuánto tiempo me tome pensar lo mismo de alguien más, espero que no mucho, o a lo mejor todo lo contrario, a lo mejor espero que se tarde mucho para que yo pueda seguir feliz, relajada, sin pensar en nadie, solo en mí, en mi egoísmo absurdo del siglo XXI, porque “eso es lo que está bien”. Para mí no, para mí estaba bien pensar en ti. Pero qué más da.

Solo quería que lo supieras, que eres mi domingo favorito, y mi viernes también y que aunque estoy bien, tranquila y feliz, siempre habrá algo que falte, que es parte de mi esencia, algo que me gusta y que no me puedo negar, ni le puedo negar a quienes me conocen y me quieren, sé que faltas tú, por más que trate de insistirme que no lo haces.

Lo que nunca fuimos

13 Ene

Lo intentaron pero no funcionó. Terminaron pero quedó algo inconcluso, al menos en él que aún le escribe para evocar lo que fueron y lo que no. Supo que ahora ella está con otra persona. Esta carta salió en una tarde lluviosa para decirle que todavía la quiere y que algún día será su novia. Mientras tanto, la estará esperando, le seguirá escribiendo.

A Ana María A.

Por: James Estiven Alzate

Todos los escritores tenemos un amor imposible, quizás a ti te tocó ser el mío; o quizá yo nunca sea escritor y podremos amarnos; tal vez, tú no seas mi amor, yo no sea escritor y todo esto solo es una locura.

Lo cafetines de las tardes medellinenses me extrañan, ya no los frecuento. Los parques de la ciudad me han llamado a preguntarme dónde estoy, creen que vivo en Buenos Aíres, tampoco he vuelto a ellos… Y así, me he ido abandonando del lugar donde vivo para adentrarme a extrañarte. Me niego a las mujerzuelas que quieren mis sueños en sus alcobas y a sus besos pasajeros, solo quiero eso contigo pero no sé qué tan fuerte es mi voluntad, pocas veces la he puesto a prueba.

Tu indiferencia es proporcional a las veces que me prohibí estar contigo, no niego que me carcome de a poco y siento, que aunque la merezco, no pienso soportarla; para ello, los días nos convertirán en extraños, incluso dejaremos de ser recuerdos para convertirnos en olvido.

Ya vendrán otros y otras, y nos despojaremos las vestiduras para darles un poco de lo que cuando estábamos juntos nos negamos, y no les hablaré de ti, serás un secreto entre líneas, un fantasma más de mis letras.

Nunca me cansaré de escribirte, de pronto me canse de mandarte lo que te escribo y quedaré con la incógnita de si me lees o no, ¡no me importa!, el destino, el universo, la intuición… me murmurarán de ti, y yo, en la ausencia absoluta sonreiré, lloraré un poco y mendigaré unos cuantos besos a alguien creyendo que son tus labios.

Y todo seguirá normal: el sol saldrá en el Oriente, las palomas volarán al parque, los ancianos morirán y los infieles huirán de las miradas, todo igual, menos lo nuestro, o lo mío, que será una utopía entrecortada.

Amarás a otro, a lo mejor ya lo ames, y así vendrán otros, y pasarán por tu vida como por tu cuerpo, y te susurrarán al oído frases bonitas junto con propuestas eróticas, e irás con ellos; posiblemente a mí me pase lo mismo, aunque sienta que siempre estaré buscando tu pelo crespo, tus ojos grandes, tu piel canela, tu sonrisa permanente y caminaré las calles de la mano de lo que nunca será.

Si alguien me pregunta por ti diré que disfrutaba de tu timidez, que me encantaba cuando cantabas y luego me abrazabas y me dabas un beso, que disfrutaba de tus silencios y que odiaba cuando dormías sin despedirte.

Diré que siento celos de quien camina a tu lado, de quien roba tus miradas, de quien te desnuda. Diré también que fui tan poco hombre contigo, que no me queda de otra que extrañarte en mis escritos y hacer públicos mis lamentos. Extrañaré tus secretos, tus miedos, tus caricias… te extrañaré a ti.

Seremos eternos ausentes.

Una nota de amor

10 Ene

Las mudanzas tienen mala fama. Pero también tienen cosas buenas. Puede pasar que mientras empacas y botas cosas, descubras un tesorito. Comparto un hallazgo. Una nota de amor que me escribió mi papá cuando era niña, por allá en los años 90.

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Carta a un arquero: Franco Armani

7 Ene

Por: Carlos Alberto Giraldo

En algún momento, apreciado Franco Armani, espero estrecharte la mano. Como soy más paisa que un carriel de Jericó, te voy a tratar de VOS, además porque sé que en Argentina es lo más normal.

Lo primero es darte las gracias por el gran ejemplo de superación y humildad que sos y que les estás dando a nuestros muchachos. Vale la pena traer gente así a nuestra tierra, ché. Cuando llegaste a jugar en Nacional nadie te conocía. Imagino el día que saliste por el Aeropuerto de Ezeiza con la maleta cargada de ilusiones, como la letra de un tango: “me voy a Medelllllín”, les dijiste a los tuyos, sin saber que aquí ibas a echar raíces, a encontrar mujer y a formar un hogar.

Tuviste que trabajar en silencio. No sé quién en el Club tuvo la idea de dejarte para ver cuánto eras capaz de progresar con el tiempo. Ya no sos un malbec joven, sos un vino tinto con más buqué, con más cuerpo. Maduraste. Si fuese un técnico, te diría que ya tenés más lomo y más viveza, viejo.

Lo que pocos recuerdan, respetado Franco, es que casi nadie te bancaba (te apoyaba y creía). Eras una incógnita. Pero nos la despejaste. Te has convertido en un líder hecho desde abajo, desde la orilla, desde el cojín de los suplentes.

Tuviste que esperar que pasaran por delante Gastón PezuttiLuis Enrique “Neco” MartínezCamilo Vargas y el mismo Cristian Bonilla. Con paciencia, con perseverancia y con un deseo infinito de brillar, te labraste un lugar en la cancha y en el corazón de la hinchada. Has salido figura en coliseos de guerreros y torcidas que atemorizan: del América, del Morumbi, del Monumental de Núñez y por supuesto de nuestro Atansio “Yirardot”, como dicen vos y tus compatriotas. Ahora que veo los videos de Nacional en la internet, leo las cosas que te dicen los chicos: “Franco Armani, mostruo”, “Arquerazo, Armani, mero gato”.

Vuelvo a la esencia de lo que sos, de lo que representás: un muchacho honesto, trabajador, mentalizado. Esos cinco años que pasaste esperando ser el titular te robustecieron, te blindaron, te engrandecieron. Vos sos un comino crespo, Franco. Fuerte y con unas vetas de nobleza que te brillan por dentro y ahora descubrimos viéndote jugar.

Recuerdo que se te escurrieron las lágrimas cuando te entrevistaron después de pasar a “penaltis” a la final de la Suramericana. Un momento soñado, porque regresarías a Argentina por la puerta grande, a jugar una final con River. Sí, River, ese mismo que ahora dicen que te quiere comprar.

Apenas me quedan unas líneas y les mando un mensaje a mi amigo Fernando (Saviolita) y a Los Sureños, para que coreen y palmoteen tu nombre muy duro en el estadio: “Armani, ta, ta tá”… “Arquerazo, ta, ta, tá”. Te ganaste el respeto y el cariño de esta hinchada, porque sos un grande del arco y de la vida.

Publicado en el periódico El Colombiano 
20 de marzo de 2016

Carta de amor para un día común y corriente

5 Ene

Esta carta la escribí por encargo de un grinch. Odia la Navidad  y, en general, todos los días del año programados para celebrar. Esquiva fiestas, poses y reuniones familiares. Es algo solitario, gruñón, le gusta llevar la contraria. Prefiere dar un regalo a destiempo o escribir una carta un día cualquiera. Ahora que pasó la época de aguinaldos, decidió enviar esta carta, un día de enero, cuando ya no se usa, simplemente para celebrar lo extraordinario que es el amor cuando es sano, bonito y cotidiano.

 

Ya sabes que odio las fechas especiales, que ir a cumpleaños no es lo mío, que las reuniones familiares son tan aburridas como las misas y que, en particular, la Navidad me causa tedio.

Diciembre es un mes de protocolos, de libretos, de autómatas. Menos mal ya terminó. Ya pasaron villancicos rancios, los borrachos ambulantes, la maldita pólvora, los mensajes prefabricados en el Whatsapp y el Uber con su oportunista tarifa dinámica.

Por fin llegó enero, ya pasó la fiesta —o la tormenta—, llegó la calma, la ciudad está tranquila, las calles solas mientras el Instagram está congestionado de selfies en el mar. Qué bueno es quedarme en casa en temporada alta y esquivar filas, tumultos y alborotos. Lo malo es que te me fuiste de paseo y quedé a la espera de tu regreso.

Me tocó aprovechar estos días de soledad y sacarle jugo al silencio. Y justo un día cualquiera de enero, te dio por escribirme una carta de amor sin ocasión, bajo ningún pretexto, simplemente porque te hice falta. Para mí sí que es original encontrar tus letras en un día simple como este.

Lo bueno de estar lejos ahora es que también puedo saborear tu ausencia, cuando el día concluye llega esa dulce sensación de estarte extrañando, de quererte de nuevo a mi lado: bella, natural, pura, sonriente. Disfruto esta añoranza, porque me llega sin incertidumbre, sin ansiedad, porque sé que vas a volver, porque contigo las certezas me abrazan.

Me encantas porque tu amor no está sujeto al calendario, no depende de la temporada, no tiene términos ni condiciones, no se agota, no pierde vigencia, es un amor ilimitado. Tu presencia sigue desdibujando mi pesimismo, mi ceño fruncido, mi cantaleta, mi mal augurio. Tu compañía todo lo matiza, lo equilibra, lo colma. Tu amor es realmente necesario.

Gracias por embellecer mi rutina y lograr que la vida sea más soportable; tienes el poder de hacer extraordinario lo cotidiano; cada instante, cada detalle, cada cosa contigo resulta monumental para mi memoria.

Me gustas cerca porque puedo presentir tu sonrisa, presupuestar tu ternura, agendar un abrazo, pensar por primera vez en un futuro con alguien. Me cambiaste la vida. Contigo por fin supe que el amor no duele, que no tiene misterio, que no sabe a drama. El buenamor, la buenavida, es simplemente, contar contigo un día cualquiera.

 

 

Carta a un esposo alcohólico

29 Dic

Esta carta la escribí por encargo de una mujer que decidió separarse de un hombre, a veces ebrio, últimamente violento. El alcoholismo lo envolvió en un torbellino y lo apartó del camino que trazaron en familia. Con estas palabras quería dejar por escrito las razones para marcharse, para pedirle el divorcio, para convencerse a sí misma de que esta decisión es un acto de amor… de amor propio. Dejó estas letras en un sobre cerrado en algún lugar de la casa el día que sacó sus cosas y emprendió la mudanza.

Hoy es un día difícil, es un día de trasteo. Es un día de entradas y salidas, de moverme de un lado a otro, de sacar mis cosas, de dejar otras. Aprovecho para dejarte estas palabras. Las dejo por escrito para que perduren, para que, si acaso las olvidas, puedas recordarlas cuando releas estas páginas.

No creas que para mí fue fácil tomar esta decisión, renunciar al sueño que construimos, deshabitar la casa que pusimos de pie, dejar atrás los recuerdos que fabricamos como pareja, cambiar el camino que habíamos prometido andar en familia.

Te insisto, no me estoy separando por falta de amor. Precisamente en honor a ese amor, me voy. El hombre del que me enamoré hace una década, el galán de camisa amarilla que me hizo reír en la primera cita, el que me besó por primera vez durante un calambre, ese tipo que abracé en moto por horas a lo largo de una carretera, ahora es otro.

Yo también soy otra quizás. Ambos cambiamos. Atrás quedaron esos jóvenes que viajaron a pueblos, que navegaron un pedacito del Caribe y soñaron con darle la vuelta al mundo juntos. Te agradezco por tanto, porque a tu lado caminé, crecí, amé, viví. No soy la misma y, a pesar de las circunstancias que ahora nos separan, traigo los mejores recuerdos de mi vida.

Por eso me voy. Quiero cuidar la memoria de mi corazón. Me voy antes de que otro vaso golpee la pared y se haga trizas, antes de que otra mata caiga y el piso se convierta en pantano, antes de que los gritos retumben en los oídos de nuestra hija y me quede sin respuestas cuando me pregunte: “mami, ¿por qué estás llorando?”.

Me voy antes de que sea tarde. Antes de que los recuerdos malos primen sobre los buenos. Antes de que a mi niña la recubra el miedo y sienta lo que yo sentí cuando tenía su edad, cuando mi padre llegaba a casa como un loco, dando puños, patadas, gritos, arrasando con todo.

Entraba borracho, mi mamá lloraba, discutían, él parecía un remolino porque a su paso todo se destruía, yo no entendía qué pasaba, solo me aferraba a las piernas de él tratando de calmar esa tormenta que se desataba cada vez que cruzaba la puerta oliendo a licor. Sentía miedo, mucho miedo. Miedo de sus arrebatos, miedo de su abandono.

La casa de mi infancia la recuerdo oscura y turbia. Me recuerdo en vela, encerrada en la pieza, escuchando la pelea, con temblor en el cuerpo, con un vacío en la boca del estómago, con una tristeza en el fondo de mi alma. Al otro día, mi papá tenía lagunas, no recordaba nada. Yo, que sí estaba sobria, nunca olvidé esos momentos, esos impulsos, esas palabras, el daño ya estaba hecho.

Esa violencia se hizo rutina, el miedo se volvió costumbre y esa costumbre se transformó en distancia. Mi papá fue una autoridad, un proveedor económico, un señor que, aunque estuvo cerca, lo sentí lejos. Lejos de ser mi confidente, mi ejemplo, mi amigo. No quisiera que eso pasara entre nuestra hija y tú. Yo los sueño cerca, siempre cerca.

Este año tuve un déjà vu cuando entraste a la casa como un huracán. Le pedí a la empleada que encerrara a la niña, que le diera el tetero, le prendiera el televisor y le pusiera todo el volumen para que no supiera qué iba a pasar. Llegaste con fuerza, tumbaste todo lo que había a tu alrededor, no tenías control, tu mirada contenía rabia, tus labios solo dejaron salir insultos, amenazas, frases que me daban golpes bajos: “Bruja hijueputa”, “Te odio malparida”, “Ahora sí nos vamos a dar”. En ese instante reconocí a mi papá en tus gritos, en tu aliento, en cada movimiento brusco.

Solo un sedante pudo calmarte y saliste de nuestra casa en ambulancia. Cuando despertaste no recordabas nada. Justo ahí, sentí que esa historia ya la viví. Esa niña que quedó encerrada en el cuarto, fui yo hace muchos años. Esa esposa que presenció esta escena, fue mi mamá en el pasado cuando el alcoholismo de mi padre se le hizo paisaje.

Entonces me llegó esa sensación de estar repitiendo la historia, de estarle dando la vuelta a una glorieta, una y otra vez. Con el tiempo cambiaron los roles pero la situación es la misma: ya no soy la hija, soy la esposa de un alcohólico. Si no cambio el rumbo ahora, no habrá salida. Mi hija tiene derecho a tener una infancia tranquila. A recordar su casa como un hogar de luz. A tener la imagen de unos padres que la amaron sobre todas las cosas.

Por eso he decidido hacer un viraje, para que el ciclo se rompa. Decido irme para empezar una nueva historia, para apartarme de ese ambiente tenso, de esos referentes violentos. Quiero que nuestra hija crezca sin traumas, sin pesadillas. Que sea una niña equilibrada y segura. Que cuando tenga problemas nos tenga confianza y se refugie en nosotros, nunca en las drogas ni en la bebida. Estamos a tiempo de lograr que la niña sea una mujer libre y feliz. Que pueda mirar su pasado con añoranza y no con amargura. No quisiera en un futuro que alguien la maltratara y que lo permitiera solo porque su madre lo permitía.

Ojalá algún día me comprendas y sepas que esta decisión que ahora nos duele, nos incomoda, nos sacude a ambos, es por el bien de los tres. Créeme que nunca olvidaré lo bueno, lo grato, lo feliz que fui contigo. No te niego que siento nostalgia. Se me viene una imagen de cuando recorríamos el país juntos. Te hablaba al oído, te abrazaba mientras el viento nos helaba la cara y mi corazón latía junto a tu espalda.

Sigue el camino, la vida es viaje y puede ser una aventura… pero cuídate, ojo con la velocidad y con las curvas, no pierdas el equilibrio, no te vayas al abismo. Eres un buen hombre, no te pierdas. Tienes una hija que te necesita, sobrio y fuerte. Recuerda ese hombre que fuiste, ese que sigues siendo, no lo dejes opacar por ese otro que conduce tu vida cuando estás ebrio.

Prometo cuidar tu imagen delante de mi hija. Proteger esa amistad que tejen poco a poco cada vez que montan en bicicleta o van juntos a la tienda, cuando juegan o ven una película uno al lado del otro. En este momento estás fabricando los recuerdos que los unirán mañana.

Entre tú y yo es hora de pasar la página, en vez de repasar las cosas que nos separaron, de señalar culpables o de resaltar errores, ahora pensemos en lo que nos une, en la meta que compartimos, en esa niña que necesita, aunque estemos separados, que hagamos equipo y que los dos estemos de su lado.

Carta a Mariana

25 Ago

Yo, que creía tener una carta para cada ocasión, el formato adecuado según la intención, la mejor manera para decir algo, hoy me declaro sin palabras, incompetente, me entrego al silencio. La tristeza me censura. Jamás me tocó decirle adiós de repente a una amiga. Mariana dejó este mundo el martes, partió con el sol. He intentado escribirle pero no he sido capaz. No encuentro las palabras precisas. Un amigo en el Viejo Continente sí las encontró. Mandó esta carta que cruzó el océano y aterrizó en este valle (que hoy es de lágrimas). Comparto estas letras y me uno a su voz para agradecerle a esa mujer eterna por su historia, por su vida, por su presencia en cada uno.

 

SI TE VAS…

Por: David Segura Carretero

Llegaste a Madrid, un día de invierno, yo me encontraba taciturno e iluminaste la estancia con tu primera sonrisa, esa sonrisa que no te quitabas de la boca, esa sonrisa que iluminaba el alma. A la primera conversación me di cuenta que me encontraba ante una persona especial, como un personaje de los libros de Paul Auster, una persona que, a pesar de portar tus propias espinas, tendías la mano para extirpar las espinas a los demás. No te conocía tanto como lo puedo hacer ahora pero ya me trasmitías la paz y alegría que te caracterizaban.

Unos años después llegó el gran acercamiento en tu tierra, en tu ciudad. Fuiste la mejor experiencia, la más fresca bocanada de aire inimaginable. Desde el primer instante me abriste el corazón y los brazos, atrapándome sin tapujos dentro de ese mar de amor que ofrecías.

Llegaron las largas conversaciones, las referencias musicales, los libros compartidos y las risas…nunca olvidaré esa risa.

No quiero que mis palabras suenen anodinas. Quiero que mis palabras lleguen donde te encuentres ahora, rodeada de gente cantando y saltando, rodeada de música y arte porque eso eras tú para todos, puro arte, puro arte viviente dando sin esperar nada a cambio, gritando de alegría y abrazando sin motivo.

Me recuerdas a Aquiles, aquel personaje mitológico, valiente y osado cuyos dioses pusieron en la tierra sabiendo que pronto se lo llevarían de vuelta con ellos pero no sin antes dejar una marca en este hermoso mundo. Esa marca fue tu carisma, tus ganas de vivir, tu sensación de libertad y locura, esa fuerza y devoción por descubrir todo lo que las personas y la naturaleza tienen para dar… puro amor.

Eras sorprendente, llegabas a casa sin avisar con ganas de hablar, de contar cosas…contigo pasaban cosas. Me acuerdo de una tarde que apareciste en el apartamento por error, te equivocaste de camino. Ibas cansada, con ganas de volver a casa pero tenías interés en hablar conmigo.

Me preguntabas sobre mi vida y ponías extrema atención a todas mis respuestas, largas o cortas, interesantes o aburridas, siempre con tu mano apoyada en tu barbilla. Siempre acertabas en los momentos, siempre elegías bien las frases, siempre estabas ahí cuando se requería… no podías ser más oportuna ni podías hacerme más feliz de lo que me hacías.

Nos regalaste más de treinta años de tu presencia. Quien te haya conocido entenderá el porqué fueron un regalo, imposible que fuera menos que eso. Me hiciste amar la poesía que expresabas, tu lenguaje no verbal y los gritos de desconcierto ante una situación inesperada.

Eras escandalosa a veces, otras silenciosa, todo en su justa medida y sin alardes. Amabas a los tuyos y lo expresabas abiertamente, sin vergüenza, sin pesar. Hablabas de la gente, propia o ajena, como te gustaría que hablasen de ti, con respeto y cortesía. Te educaron bien y eso lo mostrabas a cada paso que dabas en la vida, a cada sorbo que dabas del vaso, a cada tajada que comías del plato, en cada entrada por la puerta que hacías.

So long, Marianne, como decía Leonard Cohen, llegó el momento de llorar y reír, así como tú hacías. Siempre vas a estar con nosotros. No podremos disfrutar de tu presencia pero nos has enseñado mucho a todos, nos has trasmitido, nos dejaste ojipláticos, nos has hecho mejores personas a todos quienes te conocimos.

Te quiero, te querremos por siempre.

Buena mar, marinera, nos veremos algún día en la otra orilla.

No me he vuelto a enamorar

14 Jul

Esta carta fue escrita un viernes en un país en invierno. Salió desde el Sur, cruzó los Andes y aterrizó en un valle colombiano en pleno verano. La escribió  una mujer bajo un cielo gris, reseco y sin lluvia, después de cometer el error de releer conversaciones antiguas en las que el amor era recíproco y estaba en boga. “¿En  qué parte nos morimos?, ¿cuándo cambiamos tanto?”, comenzó a preguntarse y salieron estas palabras para él, ese amor que sabe a vaivén, que la toma y la deja cuando quiere, que a pesar del tiempo y la distancia no le permite soltarlo.

No sé ni para qué te escribo. Lo hago casi siempre, casi mucho y casi nunca dices nada. Tal vez lo hago de nuevo con el fin de repetirme a mí, de una vez por todas, que no puede haber más cartas con tu nombre como destinatario. Se ha cumplido más de un año y medio hoy, y poco recuerdo quiénes éramos en ese entonces cuando nos despedimos en el aeropuerto.

No, no fue un punto final para mí. Yo quedé pausada, ahí entre el último beso esquineado y mi voz temblorosa. Me volví cristal. Recuerdo que levité hacia el carro y tu mamá me cogió por el codo, me dijo algo que no recuerdo para hacerme despertar y ahí exploté. No fue de esos llantos muy llorosos que te dejan con la nariz congestionada, era un llanto ahogado, sin sonido que hacía doler el pecho.No sabía en ese momento que muchos así vendrían y sólo me darían ganas de dormir.

Me volví como un grifo que se abría cada vez que veía un rostro conocido, lloraba sin más, sin preámbulo, en el metro, en la bicicleta, cuando me encontraba con alguien por la calle. Incluso, ese día, en medio de un examen final oral en la universidad, no pude contenerme y mis lágrimas se llevaron un 3.8 (tal vez por lástima del profesor, porque no respondí ni una palabra coherente).

Para vos fue diferente, claro. Llegabas a un nuevo mundo, nueva comida, nueva música, nuevos nombres, nada tenía por qué recordarte a mí. Era diciembre y había pasado un mes desde tu despegue, a mí se me había vuelto todo como inerte, ese 31 me prometí una de las pocas cosas que pude cumplir, sería mi último “te amo”.

Me tragué esa frasecita muchas veces y como terapia, puse una caja pequeña de cartón junto a mi cama. Cada vez que me moría por decirte algo, por gritarte, por insultarte, por agradecerte, cualquier cosa que fuera, la escribía en un trocito de papel y lo metía ahí.

Se me pasaron los meses no sé cómo, entre muchos trayectos de metro, sorbos de alcohol y la almohada húmeda. Yo entendía lo que pasaba, vos habías decidido por vos, por tu vida, por tus sueños. Ese no era el punto, sino tu terrible egoísmo, tu actitud simplona, ese importaculismo por cómo estaba o cómo me sentía. Aparecías de vez en vez y yo siempre estaba, todo, todo el tiempo, disponible, atenta, abierta y amando, como una idiota.

Mi mamá me decía que los amores modernos no están preparados para ser olvidados, porque pueden encontrarse a un “click”, mientras que para ella, superar a su primer amor había consistido en cortar todas las cabezas de el de las fotos, meterlas en una caja, dejar que se empolvara y no verlo nunca hasta años después, ya de novia de mi papá, cuando escuchó la risa del “descabezado” en un bus y sintió los huesos congelados. Entonces apretó el botón para pedir parada ahí, en medio de una calle, en medio de la nada.

Volviste. Luego de que seis meses atrás habías dicho que no sabías si regresarías, que nada estaba seguro. Volviste, yo sabía la fecha y aún así me derrumbé por sentirte de nuevo en la ciudad. Nos vimos a los tres días, porque soy masoquista. Me levanté ese domingo desde las seis, caminaba en saltitos por la casa, mi mamá me preguntaba si quería valeriana, me estaba estrenando el vestido de margaritas que compré solo para esa ocasión.

Pasó un tiempo eterno, vos te habías quedado dormido. Apareciste tres horas después y te vi en el reflejo de la puerta de entrada del edificio al cerrarla, o mejor dicho, no te vi, porque ya no eras vos. En este momento, hubiese deseado que esa sensación de extrañeza me hubiera durado hasta hoy, pero qué va, era solo un mecanismo de defensa contra lo que vendría después y luego de un rato aparentando que no habían pasado meses ni años y éramos sólo viejos amigos, yo me quebré, esta vez frente a vos y te dije que me moría por un beso.

Aun sabiendo que muchos cuerpos habían pasado por tu boca, porque así lo dijiste, “hubo muchas mujeres”, yo no fui tan tonta como para explicar que el solo asco de pensarme con otro me había vuelto casta en tu ausencia, pero me sentí tan ajena después de ser tuya que luego vine a entender que a través de vos, en esa cama, también estuve con todos los personajes a los que jugaste ser.

Decidí irme. Era una idea que tenía desde antes de enamorarme pero que se había vuelto fuerte. No podía estar compartiendo las mismas montañas. Pudo haber sido cobardía, pero te anuncié mi partida un mes antes de montar el avión. Te lo avisé como quien habla de una fecha de caducidad y espera que el otro esté ahí, haciéndose presente. No. No estuviste. No te sentí y me daba golpes de pecho haciendo la maleta. La última noche en la ciudad apareciste, lleno de vos, del vos del principio, sin promesas ni te amos, pero apareciste y me fui tranquila. El escenario fue diferente, era yo la que atravesaba la puerta de salidas nacionales y vos no estabas al voltear la cabeza.

Diez meses. Me fui cuatro más que vos. Estaba a-islada. Con poca conexión, poco wifi, pocas conversaciones. Te lloré solo una vez y fue al mes de haber llegado, cuando te pregunté muy poco formal si te gustaba alguien más porque publicaste unas letras tuyas que claramente no eran para mí. Me lo dijiste simple, sin anestesia, que te gustaban muchas personas pero que sí, que te gustaba alguien más que el resto. De pronto eso fue lo que necesité y juré olvidarte, y salí un par de veces, besé más de un par y me desnudé una vez. Ya está. El mar me había curado.

Llegó febrero. Regresé por un par de días, te vi y no sentí nada y no sé que pasó en vos pero volviste a ser el de cinco años atrás y te brillaron los ojos y me llamaste por mi diminutivo y por muy salada que tuviera la piel, me la besaste hasta derretirme de nuevo. Estaba como el vaso medio lleno, con esperanzas pero sin querer tenerlas. Con deseos de volver a mi ciudad que ocultaban al deseo mayor que era volver a vos.

La vida nunca juega al azar y tira las fichas correctas, uno es el que decide apostar por ellas o no. Una llamada de trabajo hizo que tuviera que definir mi próximo año, me dijeron: tienes tres días para decidir y yo pensé en tu cara y dije de entrada un no rotundo. La vida volvió a poner sus fichas, la voz seria de la otra línea aclamó que no tomaría eso como una respuesta y dejaría que lo pensara.

Yo estaba en medio de la nada, en una islita aledaña, caminé hasta encontrar señal y te llamé. Lloraba, lloraba y no lo notabas, mientras me decías que me fuera, que era lo mejor, que el mundo no podía esperar pero vos sí, que tenía que hacerlo y no podía pensarlo dos veces. Me estabas dejando ir de nuevo y yo sabía que así tenía que ser. Porque vos nunca me ibas a pedir que me quedara, no tendrías el impulso para mandar todo al carajo y buscarme y yo no podría tropezar otra vez y quedarme a tu lado sin ninguna garantía más que la fiebre del momento.

Aquí estoy. En el Sur. Entre ambos hemos recorrido más de 100.000 kilómetros. No sé si decidimos no coincidir o la vida me va mostrando que es mejor así, sin estar en las mismas coordenadas. Me he equivocado más de una vez, he amado demasiado, otras veces siento que he amado mal, he tenido rabia, impotencia, tedio, desconfianza, desilusión.

Lo hice al revés, me dejé de querer mucho tiempo, te puse por encima, te deseé más que a cualquier viaje. A la final, me fui por mí y no por otra cosa pero a la vez, por la certeza de que tu entusiasmo no alcanzaría para abrazarme fuerte de nuevo, porque estás lleno de incertidumbre, de dudas, de picos de emociones que vienen y se van, me tocan, me calientan y me enfrían de nuevo.

Es la primera vez que escribo sin querer que me leas, que te tiro esta carta al Norte para decirte que estoy cansada. Me cansé de mí también y he ido dejando restos de mí que no soporto en el camino. Hoy estoy bien y me hago reír de vez en cuando. Pero entre ambos las palmas de las manos siguen ardiendo sin tocarse si así lo quiero. ¿Por qué? No, hago las preguntas equivocadas: ¿para qué? ¿Para qué carajos le sigo siendo fiel a tu recuerdo?

En esta historia no hubo agresión física de por medio ni infidelidad, no hubo irrespeto ni mal trato, no hubo un tercero o una tercera de peso, no lo hay todavía, no hay nada en realidad pero lo hay todo, hay dudas, muchas preguntas y la incertidumbre de si me seguiré cargando estas letras al hombro para atreverme a poner puntos finales o voy a seguir tirando parrafitos rosas… por lo pronto, me escribo.

Sobra decir que no me he vuelto a enamorar…

Sara.

 

 

La abogada del diablo

13 Jul

A veces me pierdo del blog, pasan semanas y meses y no publico cartas. Entonces me llegan mensajes, lectores que me reclaman letras. Y es que no puedo poner siempre el periodismo al servicio del amor porque también escribo otras historias. Normalmente soy yo quien pongo mi tiempo y mi pasión al servicio del periodismo. Quería compartirles otra faceta mía como periodista en este texto publicado en Universo Centro. No es una historia de amor pero la escribí con el corazón. Es una crónica sobre un hombre que asesinó a su familia. A través de la abogada que lo defendió, reconstruí algunos pasajes de su vida. Ojalá la lean.

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Ilustración: Elizabeth Builes/ Texto: Carolina Calle Vallejo

Los ojos del uniformado tenían la luz intermitente de una advertencia. Con esa mirada le anunciaba a esa mujer flaca y rubia lo que tenía al frente: “Peligro a la vista”. La abogada no captó la señal de alerta e insistió: “Por favor, quítele las esposas, necesito hablar con el detenido”. El guardia le liberó las manos a ese recluso que venía desde la prisión bajo extremas medidas de seguridad. Antes de apartarse y dejarlos a solas, el carcelero volvió a mirarla, esta vez para decirle también con un gesto:
“Tenga cuidado”.
—¿Usted es Jaime Iván? —le preguntó ella al acusado y él asintió con su cabeza—. Mi nombre es Natalia Zuluaga, a partir de ahora seré su defensora —le extendió la mano derecha y lo invitó a tomar asiento frente al estrado mientras el juez daba la orden de comenzar la audiencia.
—Lo acusan de varios delitos, ¿usted los cometió? —indagó en voz baja mientras ojeaba el expediente. La primera página decía que el imputado nació en 1971, que medía 1.73 metros de estatura y que su captura había sido el 13 de junio de 2016.
—Sí doctora, yo los estrangulé —respondió sin titubeos.

En ese momento Natalia comprendió lo que el guardián trató de sugerirle con un guiño. Ese tipo de cabeza afeitada y sin barba, de pestañas largas y piel blanca, no era cualquiera.

El acusado sacó de su bolsillo un recorte de prensa y se lo entregó a la abogada como si fuera un documento de identidad. Ella lo desdobló, reconoció su rostro y leyó un titular que lo presentaba como “el monstruo de Guarne”. Natalia no estaba al tanto de la fama de su defendido ni sabía que sus crímenes habían sido noticia de primera plana.

El periódico El Colombiano comenzó el cubrimiento el 18 de junio: “Hombre confesó asesinato de su esposa, hijos y 20 personas más”. Dos días después los medios internacionales ya estaban tocando el tema y El País de España también lo mencionaba en sus páginas: “Un hombre confiesa haber matado a 25 personas”.

Mientras los forenses hacían labores de exhumación, las emisoras revelaron que el delincuente coleccionaba prendas y accesorios de sus víctimas. Algunos psiquiatras consultados definieron al autor como un psicópata. La revista Semana lo incluyó en el ranquin de asesinos en serie colombianos y su nombre apareció junto al de Luis Alfredo Garavito y “el monstruo de Monserrate”.

En vista del despliegue mediático, el alcalde de Guarne aseguró que este acontecimiento era un “hecho aislado”, que no empañaran el buen nombre de un municipio “pujante y tranquilo”. El secretario de Gobierno también habló preocupado frente a las cámaras: “Hay que aclarar que este señor no es nativo de Guarne, simplemente vino hace tres años, se radicó aquí y se ubicó en una finca como mayordomo”.

La Fiscalía lo presentó en sociedad como un trofeo. Su captura era el resultado de cinco meses de atar cabos sueltos. A partir de una denuncia, detectives del Gaula de Oriente rastrearon la señal del celular de una de las víctimas y obtuvieron las coordenadas en la vereda Hojas Anchas de Guarne. A diferencia de otros criminales que agachan la cabeza o dan la espalda cuando los fotógrafos disparan sus flashes, Jaime Iván Martínez Betancur prefirió dar la cara y pedir la palabra. Quedó registrado cuando los uniformados lo cogieron de gancho y lo escoltaron a lo largo de una vía sin asfalto. Caminaba erguido, mascaba chicle y lucía la camiseta del Atlético Nacional mientras una decena de reporteros trataba de seguirle el paso.
—¿Jaime Iván usted reconoce que asesinó a su familia?
—Si ustedes quieren escuchar la verdad, yo les digo la verdad.
—¿Cuál es la verdad?
—Yo maté a mi compañera, a mis dos hijastros y a la amiga de mi compañera porque le hacía los cuartos con otro hombre. Me llené de ira y los maté.
—¿Y las otras personas?
—¿Cuáles otras? No tengo otro crimen encima. Son solo esos cuatro.
—¿Por qué dijo inicialmente que eran veinte?
—Eso se lo dije a un sapo infiltrado que tenía aquí (en el calabozo). Él se estaba endiosando diciendo que había hecho cincuenta mil crímenes y yo por generarle el mismo temor que él me estaba generando a mí, le dije que yo también he hecho cincuenta mil cosas.
—¿Por qué mató a los niños?
—Realmente estaba ciego de la ira.
—¿Estaba drogado?
—¡Nunca! ¡No me he drogado jamás! —respondió tajante como si esa pregunta hubiera sido una ofensa.
—¿Qué sintió después de matar a los niños?
—No sé qué se siente en el medio de la ira.
—¿Se arrepiente? —le preguntó el periodista que había hecho la primera pregunta.
—¿Se arrepiente? —repitió por si acaso no había escuchado.
—¿Se arrepiente? —insistieron en coro. Por tercera vez, Jaime Iván guardó silencio.

Tres meses después, Natalia tenía a ese individuo hablándole al oído, contándole cómo conoció a su primera víctima. A María Natalia García Gil se la presentó un sendero y su bicicleta. Andaban los mismos caminos y después de varios meses, la invitó a compartir su ruta y la vida entera. La presentó como su mujer a los patrones de la finca donde era el mayordomo. Trabajaron la tierra a cuatro manos, hicieron equipo y cuando ella extrañó a sus dos hijos porque estaban lejos, Jaime Iván le propuso traerlos para que fueran familia.

***

El lunes 19 de septiembre de 2016, a las 3:02 p.m. el juez miró su reloj y comenzó la audiencia de formulación de acusación. Natalia tomó el micrófono cuando el juez le otorgó la palabra para que cada una de las partes se presentara: “Gracias su señoría, por la defensa actúa Natalia Zuluaga Rivera, abogada adscrita al Sistema Nacional de Defensoría Pública”.

Natalia es contratista de la Defensoría del Pueblo, la entidad del Estado que le brinda un abogado a quienes no tienen dinero para pagar uno. En términos formales es defensora pública, mal llamada “abogada de oficio”, su misión es representar los derechos del procesado, si es inocente demostrarlo, si es culpable amortiguar el peso de la ley que viene a caerles encima.

Se la pasa en los pisos más altos del edificio de los juzgados en La Alpujarra, visitando reos en los penales o estudiando expedientes en su oficina. Puede desayunar con un caso de inasistencia alimentaria, almorzar con uno de secuestro extorsivo, tomar el algo con varios de hurto calificado y cenar con alguno de acceso carnal violento.

En su tiempo libre cambia los artículos de la Constitución por las notas del pentagrama, los tacones por zapatillas de ballet, los alegatos por clases de canto. No pierde el tiempo en redes sociales porque no tiene. Cerró el Facebook cuando empezaron a llegarle solicitudes de amistad desde la cárcel, las únicas notificaciones que recibe le llegan al correo electrónico y provienen de los juzgados.

“Buenas tardes”, saludó el procesado con acento paisa en esa primera audiencia en Medellín. Habló con fuerza y pronunció sus nombres como si fueran uno solo. “Mi nombre es Jaimeiván”. El juez informó que la fiscal no pudo asistir porque estaba en otra diligencia judicial. “Por esa razón el despacho se ve en la obligación de reprogramarla. Siendo las 3:07 p.m. se suspende esta audiencia, a ustedes gracias por la asistencia”.

El acusado retomó el hilo del relato en voz baja junto a su abogada. El 3 de noviembre de 2015 a las 7:30 a.m. su pareja le confesó que tenía otro hombre.
—Me ardía la sangre. “¿Decime qué te da él que no te dé yo?”. “Tranquilidad”, me respondió y yo le dije: “Entonces yo te voy a dar tranquilidad para siempre”. Nos fuimos a cuidar los animales, tomé una cuerda y la cogí por el cuello. No se lleva un minuto para morir. Cuando ya estaba muerta, la empaqué en un costal de fibra, me la eché al hombro, la llevé hasta una zanja de la finca y la arrojé.
—¿Por qué mató a los hijos? —indagó la doctora.
—¿Para qué se iban a quedar en este mundo sin mamá?
—le objetó Jaime Iván. Luego le contó que dos meses y medio después hizo lo mismo con la vecina “porque fue la que le presentó al tipo”.
—Este caso no me parece normal, esto no lo comete una persona en sano juicio —opinó Natalia—. ¿A usted qué le pasó?

Jaime Iván la miró y antes de responder el guardia interrumpió porque ya era hora de llevarlo de vuelta a su celda. Natalia le anunció visita en días venideros para conversar sin afanes. Él aceptó y, antes de ser esposado de nuevo, se despidió de un apretón de mano.

***

Natalia se echó antisolar en la cara y un poquito de rubor en las mejillas. Cogió carretera y por la vía al mar llegó a ese puerto de naufragios. En el kilómetro seis hacia el occidente está Pedregal, Complejo Penitenciario y Carcelario de Medellín, donde vive Jaime Iván. En las afueras del corregimiento de San Cristóbal emerge esa mole gris, un edificio soberbio que le prohíbe la entrada al sol. Desde afuera se siente la penumbra y se presiente el olor a clausura. Se escuchan las voces engullidas por las rejas y se ven las manos de los presos a través de las ranuras.

Natalia mostró la cédula, una guardiana le esculcó la espalda, la cintura y los bolsillos, cruzó descalza el detector de metales, puso la huella del dedo índice sobre la hoja de un libro y coronó con una libreta y un lapicero entre manos. En su brasier traía un amuleto escondido. Una medallita de San Benito y otra del Milagroso de Buga. Tiene la costumbre de llevarlas consigo para que la cuiden cada vez que cruza la frontera hacia ese infierno.

Jaime Iván tiene diez minutos de sol al día, está encerrado en la Unidad de Tratamiento Especial, duerme en una celda de aislamiento, separado del resto, no por castigo sino por seguridad. A quien se mete con niños le va muy mal adentro. En un patio común es candidato a linchamiento y su vida está en riesgo.

Jaime Iván llegó escoltado al locutorio, lo dejaron a solas con la doctora y ambos fueron al grano. Ella escuchó y tomó nota hasta antes del mediodía. El relato de Jaime Iván le tumbó el poco rubor que llevaba. Quedó con un vacío en las entrañas y una sensación parecida al hambre que duele o amilana.

Sintió una necesidad apremiante de encontrar refugio, en vez de ir a la oficina buscó un lugar dónde escamparse. Le urgía conversar con alguien sobre los pormenores de la vida de ese hombre. Necesitaba un interlocutor que no le dijera lo mismo que todo el mundo: “Que se pudra en la cárcel”.

Eligió a una mujer ad portas de los ochenta años, la persona que le enseñó a ver la vida de otra forma. Socióloga de profesión, pianista por afición, su amiga por suerte y su madre por accidente. Natalia es la hija menor de una docena que Piedad Rivera trajo a la Tierra. Como ninguna, les enseñó a sus hijos a respetar a los murciélagos y a querer a las brujas. Después de Jesucristo, Don Quijote fue un modelo a seguir en esa casa. Doña Piedad nació en los años treinta con el corazón en el lado derecho y con el resto de los órganos en el lugar opuesto. Natalia no le heredó esa malformación genética pero sí la facultad de ver siempre las cosas desde otro lado, en otras palabras, la facilidad —para muchos insoportable— de llevar siempre la contraria.

La señora Piedad la recibió con sopa y seco. Antes de meter la cucharada a una sopa de guineo, Natalia empezó a narrar esta historia. Jaime Iván nació el 16 de julio en Samaná, Caldas. Llegó enfermo al mundo, lo mandaron para la casa de la abuela mientras cogía aliento. Dos años después fue solicitado por sus padres y trasladado a una vereda.

Fueron siete hijos: cuatro hombres, tres mujeres; él llegó de quinto. La mayor tiene más de cincuenta años, el menor se acerca a los cuarenta y él ajustó 45. No tiene memoria de juegos en el campo. Recuerda su hogar como un lugar de trabajo, a sus hermanos y a su madre como compañeros de faena y a su padre como el patrón. Un jefe rudo, usuario del grito, subordinado del licor, proveedor de castigos.

Jaime Iván tenía que estar despierto desde las 6:00 a.m., ir a la escuela y regresar a jornalear. Tiene recuerdos perforados por el hambre. Se la pasaba en las tardes cogiendo café, cargando caña, arriando bestias, consiguiendo el revuelto y tomando aguapanela para pasar el cansancio. En las noches trataba de hacer tareas pero lo vencía el sueño. Como su rendimiento en clase no era bueno, llegaron las quejas de los maestros y con ellas las pelas en casa.

El ambiente empeoraba cuando amanecía la cama mojada, sin darse cuenta, en la madrugada se orinaba. Ante el correazo, el estrujón o la trompada, Jaime Iván contenía el llanto. Ese gesto desajustaba a su padre porque lo asumía como un desafío. Entonces lo cogía de los brazos, le clavaba un alfiler bajo la uña, dedo por dedo, mano por mano, hasta que por fin soltara la primera lágrima.

Aunque a todos los maltrató, tuvo una fijación con Jaime Iván porque no manifestaba el dolor. Mientras más resistente se hacía, más lo lastimaba. Con el tiempo cambió la modalidad de tortura. Un día de feria le exigió acompañarlo al pueblo. Lo obligó a quitarse los calzoncillos y a ponerse el vestido de una hermana. Después de caminar por trocha llegaron al parque principal y allá, a la vista de damas y caballeros, niños y niñas, improvisó un espectáculo.

Con un bastoncito comenzó a alzarle la tela del vestido, por delante y por detrás. Nadie entendía la intención de ese acto, para qué vestir a un niño de cinco años con atuendo femenino para luego mostrar sus genitales en público. Unos insultaron al padre, le gritaron loco, otros se burlaron del hijo, lo miraban como si fuera un animal de circo. Jaime Iván sentía vergüenza y ahogo, pero todo lo guardó. No podía darle el gusto a ese señor de verlo llorar.

Otra vez la golpiza le tocó a su madre. Jaime Iván no sabía qué hacer con tanta impotencia mientras ese hombre la cascaba. Corrió y aplastó los cultivos de la finca y despescuezó a los pollos del galpón. “Despídase de sus hermanos y de su mamá que usted no va a volver acá”, le advirtió al niño de seis años con una escopeta en el brazo. Caminaron hasta llegar a una cumbre y escuchar el sonido estrepitoso de un río. Jaime Iván miró hacia abajo con cautela, si daba un paso en falso podría rodar por el abismo y caer a la corriente.
—Papá, por qué no me mata de un disparo, así usted descansa de mí y yo descanso de usted —le pidió Jaime Iván en tono de súplica buscando una salida a esa intranquilidad.
—Es que no es lo que usted quiera, es lo que yo quiera —le replicó mientras levantaba una roca del tamaño de un ladrillo. Sacó una cuerda, le hizo un par de nudos, agarró a Jaime Iván a la brava, le ató la soga al cuello, le colgó la piedra y lo empujó al río.

***

—Esta defensora tuvo conocimiento de unos antecedentes de Jaime Iván Martínez Betancur que dieron lugar a que emitiera una orden de trabajo para que los médicos legistas de la Defensoría del Pueblo hagan una evaluación acerca de las condiciones mentales que pueden dar lugar a alegar una inimputabilidad —informó Natalia en la sala de audiencias el 22 de noviembre de 2016—. También se solicitará al Grupo de Clínica de Psiquiatría y Psicología Forense del Instituto de Medicina Legal designar un profesional para evaluar y emitir un dictamen acerca de una posible enfermedad mental. Considero que se debe aplazar esta audiencia con el fin de tener un dictamen preliminar para determinar si es o no pertinente incluir o descartar esta posibilidad.

Si le hubieran preguntado al imputado sobre la idea de su abogada no hubiera respondido. Sabía que en los juicios declaraban inocentes o culpables, pero jamás había escuchado la palabra inimputable.
—Después de haber hablado con su hermana sobre su infancia, yo creo que usted podría estar afectado psicológicamente. Quizás lo que cometió no lo hizo en sus cinco sentidos —le insinuó la defensora.
—Yo no estoy loco —le interrumpió convencido.
—¿Alguna vez fue a donde el psicólogo?
—indagó Natalia.
—Nunca en mi vida he ido donde un médico —le contestó con orgullo.
—Permita que lo vea un experto para establecer cómo está su salud mental. De pronto la cárcel no es el lugar en el que usted deba estar recluido
—le insistió.
—Yo hago lo que usted me diga, doctora —respondió con un dejo de resignación.

Aunque todas las partes aprobaron el aplazamiento de la audiencia para explorar si el procesado estaba cuerdo o no, afuera de la sala una de las funcionarias interpeló a la abogada.
—¿Cómo se le ocurre? ¿Si lo que hizo este tipo fue horrible?
—Yo sé… pero de pronto tiene un trastorno mental y pudo haber actuado en un estado transitorio de demencia.
—¿Cómo va a ser inimputable?
—Puede que me digan que no y voy a quedar tranquila porque lo intenté.
Este es mi rol, yo soy defensora.
—¿Qué es esto?
—Si estoy pidiendo una evaluación mental es porque algo surgió en la investigación. Yo no dije: “Voy a dilatar esta audiencia porque sí, injustificadamente”. Si a mí la ley me da una herramienta yo la utilizo.
—¡Está loca!

***

El 18 de enero de 2017 volvieron a encontrarse en el Palacio de Justicia. El sindicado se puso tenso cuando reconoció a su mamá entre el público.
—Señor Jaime Iván, el despacho le va a preguntar si acepta la responsabilidad de los delitos de homicidio agravado y desaparición forzada agravada.
—Sí su señoría.
—¿Usted lo hace de manera libre, consciente, voluntaria?.
—Sí.
—Usted está consciente de que el despacho deberá emitir una sentencia condenatoria en su contra. Esto es una pena de 42 años de prisión, una multa de 10.664 salarios mínimos legales vigentes y que usted no puede retractarse de esto más adelante.
—Sí.
—¿Hay alguien que lo esté obligando o presionando para que acepte los cargos?
—No su señoría.

Natalia salió cabizbaja ese miércoles de enero. No se pudo quitar a Jaime Iván de la cabeza, ni las cifras de esa condena. Pensó en lo que hizo bien, en lo que hizo mal, en lo que pudo haber hecho. Quedó con la conciencia tranquila.

Desde noviembre todo se opuso. La estrategia no era hacerle una gambeta a la justicia, ni ahorrarle años de cárcel a su defendido. Se lo imaginaba encerrado por décadas en una celda matando tiempo. ¿Qué hacer con el trauma, el duelo mal elaborado, el vacío, la verdadera causa de su comportamiento desviado? No solo necesita un tratamiento de resocialización, también uno psicológico, psiquiátrico, espiritual. Alguno que lo corrija pero que además lo alivie, que si acaso sale libre a los 87 años no salga igual ni peor.

A pocos días de reunirse con miembros de la Unidad de Investigadores de la Defensoría del Pueblo para analizar el caso, recibió una llamada que parecía de larga distancia.
—Doctora, con Jaime Iván —la saludó desde el penal y con cierta premura continuó—, estuve pensando y yo quiero aceptar los cargos de una vez.
—De pronto hiciste eso sin estar en tus cabales, esperemos que salga el resultado.
—Bueno, yo hago lo que usted diga entonces.

Los expertos de la Defensoría del Pueblo fueron directos: “Qué hizo y cómo lo hizo”. Luego de escucharla, descartaron cualquier posibilidad de alegar una inimputabilidad. Primero, quien asesina y luego desaparece el cuerpo es tan consciente de su culpa que por eso mismo lo oculta. Segundo, dos meses y medio después, repitió el crimen del mismo modo. De eso se infiere que hubo premeditación. En vez de encontrar atenuantes en este caso, sobraban los agravantes. Para acabar de ajustar, Jaime Iván no tenía historia clínica en la cual respaldar un supuesto trastorno mental de vieja data.

Aún así buscó la cita con peritos del Instituto de Medicina Legal y solo había turno en siete meses. Cuando Natalia comenzaba a descartar la idea, su celular volvió a timbrar.
—Doctora, con Jaime Iván —cruzaron saludos y él prosiguió con la voz perturbada—. Yo no estoy loco… yo quiero salir de esto ya.
—Bueno Jaime Iván, aceptemos.

Natalia informó a la fiscal sobre la voluntad de su defendido de aceptar los cargos para finalizar el asunto de manera breve y sin ir a juicio. Así renunciaba además a la posibilidad de ser declarado inimputable y pasar su condena durante veinte años en un hospital psiquiátrico.

Después de un tire y afloje, pactaron 42 años de prisión y una multa de más de siete mil millones de pesos. Cuando Natalia le preguntó a Jaime Iván si estaba de acuerdo con esa negociación, aceptó sin pensarlo. Atrás entre el público donde estaban los familiares de las víctimas tampoco hubo reparos. En una esquina una anciana, de baja estatura, con la piel ajada, contextura frágil y apariencia campesina no dejó de mirar al condenado. Cuando un guardián lo cogió del brazo y se lo llevó esposado con las manos en el coxis, la señora se acercó y le dio un abrazo.

***

En marzo de 2017 Natalia recibió una llamada del canal Caracol. La productora del programa El Rastro —de los mismos creadores de Séptimo día— le manifestó el interés de incluir su testimonio en el próximo capítulo.
—¿Cierto que usted defendió al monstruo de Guarne?
—¿Cuál monstruo? Yo defendí a una persona
—le dijo molesta, cansada del tema y se abstuvo de dar una declaración frente a las cámaras. Ya se imaginaba recibiendo insultos en la calle por cuenta del enfoque del programa. A Jaime Iván también lo contactaron los realizadores y aceptó.
—¿Usted sí quiere dar esa entrevista? —lo confrontó Natalia tratando de disuadirlo—. Puede verse amenazado aquí en prisión.
—Yo voy a hablar, doctora, tengo que hablar.

Antes de despedirse, Natalia le advirtió que ya no podría acompañarlo más, que en las próximas audiencias estaría a su lado otro abogado porque había aceptado otro trabajo.
—¿Doctora, cómo así que me va a dejar?
—le reclamó.
Natalia no supo qué decir, solo le sonrió y antes de irse de la prisión se zafó las medallitas que traía escondidas y le entregó la del Milagroso de Buga.
—Gracias doctora, la voy a guardar —le dijo mientras la empuñaba.
—Él le va ayudar a sobrevivir acá.

***

La última vez que Natalia vio a Jaime Iván fue en televisión el 1 de mayo de este año. El programa El Rastro fue emitido en la noche de ese lunes festivo. A diferencia de los noticieros que resumen un suceso en un minuto y medio, este formato de televisión le otorgó 42 minutos para reconstruir los hechos aún cuando los familiares de las víctimas, al enterarse de la participación del condenado en el capítulo, pusieron una tutela implorando que no le dieran más la palabra a Jaime Iván. Ya la verdad se supo y la justicia llegó, los detalles sobran y solo siguen desgarrando.

No hicieron caso. Enfocaron el ceño fruncido en un primer plano de Jaime Iván. Su voz la acompañaron de tambores para aumentar la tensión de su relato. Con unas botas negras simularon los pasos del asesino. Pusieron en escena a un osito de peluche cayendo en cámara lenta y luego exhibieron sin retoque una calavera. Cuando mostraron las fotografías de los niños, un piano melancólico sonó de fondo.

La presentadora le sumaba dramatismo con sus gestos e invitaba a los televidentes a seguir conectados antes de ir a comerciales: “Ya regresamos con el monstruo de Guarne”. No hubo muestras de arrepentimiento por parte del malhechor. Solo hacia el final, incluyeron una frase que no coincidía con el tono que traía el programa en el que el descaro de Jaime Iván estaba en alza: “Si existiera la pena de muerte en este país, yo la pediría para mí”. Como de costumbre, este personaje conmocionó las redes sociales: “enfermo”, “loco”, “deben de meterlo en otra cárcel donde lo despedacen”, “eso no es el monstruo de Guarne, eso es el mismo diablo”…

Pautaron grandes marcas en horario familiar, hubo alrededor de dieciocho minutos de comerciales, miles de likes en Facebook, los tuiteros aplaudieron con sus trinos a todo el equipo de realización por su valentía. Hubo rating, todo les salió mejor que en el libreto. A Natalia le pareció más de lo mismo solo que peor. Sintió tristeza por la forma como se dejó utilizar Jaime Iván y vergüenza por la frivolidad con la que el “periodismo” tocó el tema.

Solo hubo un pronunciamiento con un enfoque distinto que no se hizo viral y pasó desapercibido. El Colegio Colombiano de Psicólogos planteó en un comunicado una reflexión acerca del génesis del monstruo de Guarne: “¿Qué sucedió con su niñez? ¿Cómo fue la relación afectiva de sus padres? No se pretende con lo anterior excusar o justificar este tipo de actos delictivos, pero sí a que nos cuestionemos ¿qué hace la psicología para que estos flagelos no se repitan? ¿qué hace la sociedad con nuestra infancia?”.

Dos días después de la emisión del programa, Jaime Iván tenía otra cita en el edificio de los juzgados a las 8:30 a.m. El 3 de mayo de 2017 tomó asiento y conversó con Nancy, su nueva defensora. Le contó que estaba muy afectado. Que recibió amenazas por lo que salió en televisión. Que había sido el peor error haber concedido esa entrevista. Que se sentía traicionado por los periodistas.

La abogada le explicó que esa era la audiencia de incidente de reparación integral de víctimas. Que era su oportunidad para manifestar cómo podría compensar el daño causado a los familiares de las personas que asesinó.
—No tengo bienes, tampoco plata.
—Podría contemplar una reparación moral o simbólica, quizás manifestando su arrepentimiento a las víctimas.
—Yo les pedí perdón en la entrevista que di pero nada de eso salió en televisión.

A las 8:57 a.m. el juez instaló la audiencia. Jaime Iván miraba para el techo y movía el cuello para los lados como si tuviera tortícolis. Como la fiscal no pudo asistir, el despacho reprogramó la audiencia para el 13 de julio. Antes de despedirse Jaime Iván tomó el micrófono.
—Su señoría, renuncio a salir otra vez de la cárcel.
—Si usted renuncia a ese derecho tendrá que aceptar las decisiones que se tomen acá sobre la forma en que usted debe reparar a las víctimas.
—No tengo dinero, tampoco tengo trabajo. Les doy mi vida, si mi vida les sirve por favor dispongan de ella. Les dono todos mis órganos para salvar otras vidas. Solo tengo para ofrecer mi ser humano.

 

Un domingo conmigo

11 Jul

Esta carta la escribió una amante un domingo de junio. Solían encontrarse solo cuando él quería y no cuando ella lo necesitara. El día prohibido para ambos era el domingo, ella la pasaba siempre sola porque él estaba con su familia. Escribió estas letras con cierta rabia, algo de culpa, bastante tristeza y todo un vacío. No era mala suerte ser la otra, había sido una decisión libre y voluntaria elegir a un hombre casado que solo podía darle sobras. Pero, aunque saliera perdiendo en esa historia, no era capaz de dejarlo.

Me gustaría,
que una tarde de junio,
un domingo,
tú quisieras estar conmigo.

Pero
más me gustaría,
que si aconteciera,
esa tarde de junio,
ese domingo,
yo tuviera fuerzas,
no te necesitara y pudiera decirte:
“No, no quiero estar contigo”.

Pero
como ni lo primero,
ni lo segundo sucede,
en la tarde de junio,
ningún domingo,
entonces yo sigo aquí…

En esta última tarde de junio,
un domingo,
sin fuerzas,
necesitándote y queriendo estar contigo.

Carta para reconocer el amor

10 Jul

Los presentaron los amigos en común y la sombra de un árbol. La primera cita fue en teatro, luego en una pista de baile. Los reunieron los crucigramas y las canciones de Leonard Cohen. Se amaron en la palabra y a buen paso. El camino prometía pero la vida les dio la vuelta. Los desunieron las decisiones y los azares. Les tocó andar por separado, cada cual con otra pareja. Después de dar tumbos, volvieron a encontrarse. Ya no eran los mismos y el amor era otro. En esta carta ella le propone, ahora que ambos están solos, cuidarse y –por qué no– volver a conocerse.

Hace rato tengo varias palabras atoradas para vos. Nos silenciamos, cada uno por las razones de cada uno. Sé que estás en un momento difícil para vos, en el que te estás reencontrando, te estás redescubriendo.

Yo también estoy en un momento difícil, del que apenas estoy despertando, o por lo menos haciéndome responsable de mi bienestar. La única posibilidad que nos podemos permitir es la de estar bien.

Cuando murió Leonard Cohen, también morí un poquito. Sentí que una parte de nuestra historia se iba con Marianne y León. Sentí que fue un año duro para ellos y también para nosotros.

Nos volvimos a encontrar después de varios años, feeling sí sentí, lo siento todavía. Creo que vos no lo sentiste igual. Al fin, somos seres distintos ahora y no sincronizamos en este momento.

Como me lo dijiste hace un tiempo, yo también estoy convencida de que vos y yo vamos a estar juntos en algún momento, solo que en este momento no fue, pero no quiero renunciar a la oportunidad de conocerte de nuevo.

No quiero que ninguno le robe la tranquilidad al otro, y mucho menos, que lo llene de más preocupaciones. No es justo con ninguno de los dos.

Thousand kisses deep.

Marianne

Otras cartas de esta historia aquí.

Carta a una mujer de la vida fácil

29 Jun

Esta carta la escribí por encargo de un hombre complicado y sentido, a veces agrio y negativo pero en el fondo un tipo querendón y agradecido. Estas palabras salen para una mujer paciente y optimista, con el aura clara y la sonrisa fija, para esa —no es cualquiera— que resultó haciéndole la vida simple y llevadera.

No tengo la menor duda y te lo escribo con una certeza rotunda: vos sos una mujer de la vida fácil.

Bastante fácil de hacer feliz.

Pasás bueno con nada, todo te gusta, me amás porque sí.

En cambio yo…

Soy pesado, denso, sombrío.

Para mí la vida es un pero, nada es suficiente, todo pudo ser mejor.

Vos al contrario: tan osada, tan loca, tan rara…no entiendo cómo te metiste conmigo: tan mal genio, tan mierda, tan complejo.

Por ahí dicen que los polos opuestos se atraen y —si fue así— ¡tan de buenas yo, salí ganando con vos!

Yo tan turbio, vos tan clara.

Yo tan fastidioso, vos tan querida.

Yo tan difícil, vos tan fácil de amar…

 

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