Un piano en la familia

13 Ago

Primero fue la música, luego una tragedia. Llegó el silencio y la tristeza. Después la universidad y un sueño. Esta es una historia de un amor tamaño familiar. Una crónica sobre los Zuluaga Rivera, una familia orquesta.

Crónica publicada en el libro “De puertas para afuera” de la Universidad San Buenaventura de Medellín. Editada por Universo Centro en 2017.

Por: Carolina Calle Vallejo

Eran trece personas haciendo fuerza en un solo carro. Arrancaron de prisa, el papá y la mamá adelante y once hijos atrás. Tenían que llegar ya. Parquearon cerca de la universidad y entraron corriendo, agitados y sudorosos, tarde pero a tiempo. Y cuando el rector dio la señal, los hijos aplaudieron con orgullo a sus padres que salieron al frente como un par de campeones a recibir una medalla y un diploma de grado.

La familia Zuluaga Rivera regresó esa noche de marzo de 1982 con un par de sociólogos a bordo. Piedad y Antonio, los capitanes de ese onceno antioqueño, recibieron el título profesional de una carrera que emprendieron juntos en busca de un sentido para su historia. El paso por la Universidad de San Buenaventura (USB) les devolvió la palabra, la luz, la vida en movimiento que perdieron en una tragedia.

Captura de pantalla 2018-08-13 a las 4.01.53 p.m..pngArchivo familiar.

El 28 de febrero de 1971 era un día para celebrar. En ese entonces, Antonio era supervisor en una empresa textil y Piedad, la directora de esa orquesta de niños que hacía fiesta con guitarra, violín, bandola y tiple cualquier día, a cualquier hora. Era tan sagrada la música en esa morada que cada mes pagaban por el alquiler de un piano. Era el instrumento con el que Piedad hacía magia y se robaba el show entre la sala y el comedor. Para cada día tenía un sonido, para cada ocasión una ronda, para cada mes una canción. La mamá les enseñó a contar hasta el siete con las notas musicales, a escribir sobre los renglones del pentagrama y a dibujar con la clave de sol.

El día que por fin tuvieron un piano propio, ese coro de niños se desafinó de felicidad. Por fin tenían la garantía de contar para siempre con ese miembro en la familia. Todos le metieron el dedo como a una torta, la madre lo tocó con gracia como si le hiciera cosquillas y ese piano sonó contento en toda la cuadra.

La infancia se presentía desde la esquina. Los transeúntes que escuchaban la algarabía creían que esa casa blanca del barrio Simón Bolívar era una guardería sin nombre. Desde afuera se infería que la bandera del hogar era la música; el escudo, ese instrumento en blanco y negro vestido de frac; y el himno, esa canción de Palito Ortega que pegó como ninguna en los Zuluaga Rivera: La felicidad, ja, ja, ja, ja/de sentir amor, jo, jo, jo, jor/hoy hacen cantar, ja, ja, ja, jar/a mi corazón, jo,jo, jo, jor…

Captura de pantalla 2018-08-13 a las 4.01.20 p.m.

Ese domingo del segundo mes del año había una razón de peso para festejar en esa vivienda de dos pisos. Desde temprano, Liliana, la hija menor, escaló una silla de la sala y comenzó a tocar en el piano una canción para a una de sus hermanitas que estaba de cumpleaños. La mamá le advirtió que solo hasta que el papá llegara del trabajo, le cantarían en coro a Pilar.

Antes del atardecer los niños hacían tareas, otros jugaban y varias salieron a comprar un forro para el cuaderno en la tienda del barrio. De repente, Octavio, el mayor de los hombres, entró pálido a la casa y avisó que un bus había tumbado a la hermanita de tres años. “Yo pegué un grito que creo que el eco todavía está en la Patagonia”, recuerda Piedad Rivera.

—¿Cómo está Lilianita? ¿Mucha sangre? —indagó envuelta de nervios.

—No mamá, parece dormida —respondió el niño de diez años mientras su madre cerró los ojos, soltó un suspiro desolado y abrió un armario.

—Tenga esta sábana. Vaya cúbrala.

Las autoridades detuvieron al conductor del vehículo mientras otros se encargaban del levantamiento del cuerpo. Varios oficiales le pidieron una declaración a la señora para aclarar los hechos pero a todos los interrumpió en el intento: “No quiero interrogatorios, denuncias ni culpables. Esto fue un accidente, quien lo hizo no lo hizo de gusto, no quiero saber nada de la persona que la atropelló. Hasta aquí llegó la vida de mi hija, hasta aquí llegó todo, hasta aquí llegué yo”.

A partir de ese momento la mamá entró en trance, el piano en desuso, la familia en silencio, la vida en veremos. A veces, Piedad se despertaba somnolienta e iba a la cama a cobijarla como solía hacerlo en noches de lluvia. Cuando encontraba el espacio vacío y recordaba que esa pesadilla era cierta, se preguntaba: “¿Mi hija ya no existe?, ¿esta es la vida?”

Todo había perdido el sentido, el color, el sonido. Los días eran grises, quietos, desiertos. Por primera vez supo qué era la pesadumbre, la rutina, la tristeza absoluta. Nada quedaba de esa Piedad que nació en Andes, que no tenía miedos y estaba rebozada de sueños. Era osada como ese tipo de bigote, al que vio enfrentarse con molinos de viento y le enseñó que no había imposibles. Desde que su padre —don Robustiano— se lo presentó en la dentistería, su amigo de cabecera fue siempre El Quijote.

Piedad no era como ninguna del pueblo, hasta sus pálpitos tenían un compás extraño. Un día cuando le tomaron el pulso descubrieron que su corazón no estaba en su sitio, latía a la derecha. Indagó por las consecuencias de tenerlo en el lado opuesto y, aunque le pronosticaron una muerte prematura, asumió que la única diferencia de su corazón era la capacidad de sentir más de la cuenta.

La vida era simple y ser feliz le quedaba fácil. Le bastaba con tomar un bate de béisbol, lanzar una jabalina o rodar en bicicleta por los cafetales de la montaña. Sudaba de emoción leyendo a Homero, a Virgilio o a Dante. Amaba escuchar una zarzuela, acariciar las teclas del piano que la esperaba cada semana en la escuela y leer poesía en voz alta mientras su padre sacaba muelas. Anhelaba cuando fuera grande ir a la universidad y trabajar, tener perros y murciélagos, caballos y guacamayas, coleccionar brujas y molinos de viento, construir un hogar y armar una familia, tocar el piano y compartir el tiempo con un compañero, doce hijos y quién sabe cuántos nietos. Solo tenía los libros para arrancar esa aventura y el ímpetu de una adolescente para soñar que iba a ser posible.

El primero que apareció en ese viaje fue el amor. Piedad abordó un tren y en un vagón conoció al pasajero que se quedó para siempre en su vida. Lo de Antonio fue a primera vista, por tanta belleza; lo de Piedad fue pura curiosidad, por la buena conversa. Coincidieron en la afición por la literatura y la música, por la filosofía y la pintura, mencionaron a Miguel de Cervantes y a Mozart, a Gustavo Adolfo Bécquer y a Renoir. Si el matrimonio era una larga conversación como decía Federico Nietzsche, desde el primer día que se cruzaron hubo un indicio y un presagio. Piedad y Antonio no pararon de hablar ni de mirarse a los ojos.

Era mayo de 1971 y el proyecto de Piedad Rivera se quedó en el camino. La vida no era tan sencilla como creía y a sus 33 años sintió la primera zancadilla. Hizo un recuento pesimista de su historia: tenía una hija en el cielo, un mar de deudas, una lista de metas en el aire, la esperanza escondida bajo tierra y la fe flotando a la deriva.

La universidad había quedado por fuera de los planes a partir del casamiento en 1958. A su esposo no le pareció pertinente que dejara el hogar por salir a estudiar y cada embarazo consecutivo era una razón más para sugerirle aplazar el estudio y permanecer en casa. Ya ajustaba trece años de matrimonio, trece años de un sueño incumplido.

Iban tres meses de duelo y Piedad no hablaba, no dormía, no comía, no vivía. Antonio que aún estaba herido pero de pie a pesar del siniestro, tenía que hacer algo para salvar a esa tripulación del naufragio. Pensó en el médico o en el sacerdote, en un calmante o en un viaje y, pensando y pensando, creyó que de pronto la solución estaría en los libros.

Él, el mismo que la disuadió de ir a la universidad, el que pensaba que una mujer casada estaba inhabilitada para cursar una carrera profesional, el que hizo cuentas de tiempo y de dinero y dedujo que solo alcanzaba para el estudio de los hijos —sí, él, el mismo—tachó su inventario de imposibles, rasgó todos sus prejuicios, se retractó de lo dicho y le propuso a su esposa que fueran juntos a la universidad.

—¿Ya para qué? —le respondió.

Él insistió. Le contó que en el barrio San Benito —a dos cuadras de la casa de la suegra—había una universidad joven. Que abrieron un programa de Sociología que funcionaba de manera vespertina, entre las seis y las diez de la noche. Que durante el día ella podría estar con los niños y él, en el trabajo. Que al atardecer se encontrarían en clase y regresarían juntos a casa antes de la medianoche.

—Mamacita, cómo te parece que Antonio como me ve tan flaca, me dijo que me pusiera a estudiar —le contó Piedad a su madre Ana Agustina Gallón.

—¿Qué le contestaste?

—Que ya para qué —respondió con desdén mientras alzaba los hombros.

—¡Piedad del Socorro, me hace el favor y se matricula ya! —sentenció sin importarle que su hija tuviera más de 30 años—¡Es una orden!

El primer día de clase Piedad se sentó en la última fila para que nadie le viera su mirada empañada. Antonio llegó tarde porque recién salía del trabajo que quedaba en el Norte. Salieron de clase en silencio y, antes de entrar a la casa, a Piedad se le escapó una sonrisa cuando escuchó una melodía a lo lejos y encontró a los hijos que le quedaban esperándola, tocando y cantando alrededor del piano.

Tuvieron que pasar días, semanas, meses para que Piedad pudiera concentrarse en la pizarra y evitar que los recuerdos le mojaran el cuaderno. Comenzaron los trasnochos hablando de Marx y los madrugones leyendo a Engels. Piedad llenaba poncheras de agua fría para meter los pies descalzos y espantar el sueño que los agarraba a la medianoche.

Tomaban energizantes caseros para amanecer estudiando y preparar exámenes. A las seis de la mañana Antonio salía ojeroso para la fábrica y Piedad, entre bostezos, a despachar a los niños al colegio. Los hijos mayores fueron las fichas clave al atardecer. Mientras los papás estaban ausentes, los grandes —María Piedad, Octavio y Mónica— estaban encargados de apagar el televisor, revisar tareas, lavar pañales, servir la cena y entretener a los pequeños —Beatriz, Clara, Pilar, Juan José y Pablo—.

La mayor era María Piedad con doce años y el menor, Pablo con uno. Esperaban despiertos la llegada de ese par de estudiantes que debatía sobre la izquierda y la derecha mientras ellos correteaban de arriba para abajo. El fuerte de la mamá eran la letras y el del papá los números. Piedad le hacía las tareas de Filosofía y Psicología y Antonio, las de Estadística y Economía. Ambos se dieron la mano, se soplaron respuestas y se cubrieron la espalda si alguno faltaba. Cada semestre lograron pasarlo juntos gracias al apoyo mutuo, a los frailes que se hicieron amigos, a los maestros que fueron estímulo y a la barra de ocho seguidores que los esperaba en casa.

Su paso por la USB también tuvo sus detractores. Primero, llegó la vecina, doña Faustina: “Piedad, se tiene que retirar de la universidad, usted sale y a esta casa no se la aguanta nadie”, le dijo refiriéndose al jolgorio de esos niños que hacían de la noche el tiempo más libre del día. Luego siguió el suegro: “Piedad, es mejor que usted se salga de estudiar, está descuidando el hogar”.  Al único que le hizo caso fue al rector fray Arturo Calle. Cuando le comentó que estaba de nuevo en embarazo en el segundo semestre y que rondaba en su mente la idea de desertar, la calló y le prohibió incluso contemplar esa opción: “Piedad, ni se te ocurra”. Meses después, él mismo bautizó a Lina, la hija que nació en agosto del 72, en plena temporada de parciales. Con los años llegaron un par de mellizos –Pedro y Natalia– y el equipo Zuluaga Rivera quedó compuesto por once hijos.

La vida poco a poco tomó su curso. Piedad fue nombrada representante de la Facultad para el día de la apertura del programa de Psicología y Antonio fue elegido para cantar en la tuna de la universidad. Fueron célebres por sus aportes en el aula, tomaban la teoría en jornada nocturna y la ponían en práctica durante el día. Él en la industria y ella en la familia. A veces eran figuras y en ocasiones, un motivo de reflexión. El profesor de Demografía los ponía siempre de ejemplo para explicar términos como explosión demográfica, reproducción desmedida y sobrepoblación mundial.

Gracias a la USB, la señora Piedad retomó su amistad con el caballero de bozo y armadura. Tomó tinto en la cafetería con Emil Ciorán y William Faulkner y caminó por los pasillos de baldosas rosadas con Violeta Parra y Pablo Neruda. Con el que más intimó fue con el filósofo francés Teilhard de Chardin que reencontró en la biblioteca de la universidad y lo llevó a la cama.

Mientras le daba sueño le decía al oído que jamás dejara de ser lo que quería ser por las circunstancias. La levantaba a la madrugada con un recordatorio: “lo que paraliza la vida es no creer, es no aventurarse” y en el ocaso, cuando la abrazaba la nostalgia del pasado y la angustia por el futuro, le recordaba que: “todo lo que es mejor termina por llegar”. Desde entonces y hasta la fecha, se acuesta y se levanta con sus frases. Hoy en día, Piedad le da gracias a Dios, a Teilhard, a San Francisco de Asís, al padre Calle, al profesor Valderrama, a la compañera Estelita, a Don Quijote, entre otros cómplices de la vida, porque volvió a creer y se aventuró, porque logró lo que soñó a pesar de las circunstancias, porque por fin lo mejor llegó.

Antes de recibir el título profesional, Antonio ya aplicaba las lecciones de clase con el personal que tenía a cargo y recibió un ascenso en la empresa. Piedad no tuvo que hacer hoja de vida para buscar trabajo, aun sin entregar la tesis ya tenía una oferta de empleo como socióloga en el gremio financiero. Así, entre los dos, pudieron ofrecerles a sus hijos la oportunidad que ellos mismos se dieron de encontrar la luz, no al final de un túnel, sino a lo largo de una carrera y a través de una universidad. Tres de las hijas también egresaron de la Universidad San Buenaventura, dos de la licenciatura en Educación Preescolar y otra de Derecho. También hacen parte de esta familia orquesta un publicista, una comunicadora social, un químico farmacéutico, una licenciada en música, un administrador de empresas, entre otros realizadores de sueños, artes y oficios.

Hay un sitio en Medellín que parece de mentiras. Cogiendo carretera hacia el Oriente, existe una guarida con un tocadiscos que reproduce sinfonías, una repisa con la obra completa del padre de la Sociología moderna —Max Weber— una bruja sin escoba y seis molinos de viento colgados de la pared. Junto a unas escaleras hay una pareja de guacamayas azules —Pitirre y Camanía— una perra rubia y despeinada —Candela— una pista para los murciélagos que aterrizan de noche a comer banano y decenas de caballitos de palo que galopan de lunes a sábado en las afueras de un castillo.

Desde la muralla que rodea la fortaleza, la vista es de un cuento inverosímil: hay un piano de cola gigantesco suspendido en el aire. No es una metáfora, es un edificio de verdad. El único en el continente, el segundo en el mundo, 144 veces más grande que un piano real. Las patas son columnas negras que emergen de la montaña, la tapa del piano es el techo de un mirador, las teclas largas son un conjunto de baldosas negras y blancas.

La música sale de adentro y la alegría se presiente afuera como en el pasado. Ese instrumento musical incrustado en la montaña es el monumento a la historia de una familia que creció y se reinventó junto a un piano. Ahora es la nueva casa de la familia Zuluaga Rivera y cada cual tiene su espacio. En el interior está el salón de danza de Lina, el de violín de Mónica, el de guitarra de Clara. En la parte externa está el de piano de María Piedad, el de pintura de Carla  —la esposa de Pablo— el de técnica vocal de Natalia, la oficina de Pedro y la tienda de Beatriz.

Esos tiempos de rondas, cuentos, manualidades y juegos terminaron siendo horas de entrenamiento para todo ese combo. Coincidió que al salir del colegio, la misma universidad donde estudiaban sus padres recién había inaugurado una carrera que se la jugaba por la  infancia y la educación. María Piedad—la hija mayor— que ya tenía química con los niños y tantos años de experiencia, se anotó en ese programa pionero de la Universidad San Buenaventura en 1977. La licenciatura en Educación Preescolar profesionalizó la magia que heredó de su madre, le ofreció bases teóricas a su bagaje y le dio un norte a la intuición.

Los conocimientos ancestrales que venían de la abuela Ana Agustina los revolvió con la teoría de María Montessori, el método Decroly, la pedagogía Waldorf y la música que traía en la sangre. Una vez aprobó todas las materias, se le ocurrió una idea para que su madre pudiera salir a trabajar tranquila. Hizo un préstamo para comprar pupitres y materiales, recolectó los juguetes de los hermanos que ya estaban grandes, pintó la casa vieja de la abuela y fundó una guardería sin igual en la época.

El 28 de febrero del 82 inauguró en Medellín el primer y único kínder musical en honor a su hermanita Liliana. Arrancó con las uñas y con el par de mellizos de sus padres que apenas tenían diecinueve meses de nacidos. El Preescolar Buhitos no pasó inadvertido en el barrio San Benito. A dos cuadras del campus empezó a sonar una casa melodiosa y los primeros estudiantes fueron los hijos de los decanos, profesores y empleados de la USB que salían hechizados como si esas maestras novatas fueran brujas de alcurnia.

Las hermanas que aún estaban en bachillerato también hacían parte de la nómina de Buhitos. Salían del colegio, cogían un bus hasta el Centro y llegaban a ver cómo podían ayudar. Todas tenían el poder de capturar la atención de un niño con solo abrir la boca y tocar un instrumento.

Clara —la hermana de la mitad—también estudió Licenciatura en Educación Preescolar y su paso por la academia nutrió el reportorio de técnicas y estrategias y le dio herramientas para pulir la madera que ya tenía en sí misma. Cuando Buhitos ajustaba 23 años propuso un viraje. Cambió el nombre pero persistió la esencia. El jardín infantil se convirtió en un campo abierto de niños y jóvenes llamado Musicreando.

El equipo de maestros anduvo por varias casas arrendadas entre el Centro y El Poblado. Cada vez que les pedían la casa parecían orquestas ambulantes. Hubo ocho mudanzas, mucho desgaste, hasta que al químico de la familia se le ocurrió una solución. Mezcló varias palabras claves y le preguntó a Google si existía en el planeta algo semejante a la idea que tenía en la cabeza: casa en forma de piano. Cuando Juan José encontró que en una ciudad de la China había un conservatorio de música con esa estructura, se propuso encontrar la fórmula para construir un piano propio en la montaña.

musi.jpgArchivo Musicreando.

Adentro del piano no solo caben Piedad y Antonio, once hijos, trece nietos y una bisnieta, también los sueños de las quinientas familias que atraviesan este proyecto de vida. Hoy se escuchan flautas y marimbas, risas y gritos, ukeleles y tambores que salen de la cima. En las mesas quedan huellas de pequeños pintores y letras de escritores. A través de los espejos pasan bailarinas de ballet y de flamenco.

El 11 de junio de 2016 era un día para celebrar. Se abrieron las puertas y las ventanas de la nueva sede de Musicreando y la familia recordó ese 28 de febrero del 71 cuando partió de este mundo Liliana Zuluaga Rivera. Todos evocaron esa tarde de duelo, los días universitarios y esas noches en las que, sin pensarlo, comenzó a fraguarse un sueño. Entonces volvieron a entonar esa canción que alguna vez cantaron juntos alrededor del piano de la casa. Esta vez la cantaron alrededor de la casa del piano para que esa niña desde el cielo escuchara la felicidad de su familia unida: La felicidad, ja, ja, ja, ja/me la dio tu amor, jo,jo, jo, jor/hoy vuelvo a cantar, ja, ja, ja, jar/gracias al amor y todo gracias al amor.

Captura de pantalla 2018-08-13 a las 4.02.41 p.m..pngFotografía: Juan Fernando Ospina.

 

 

 

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El remedio

12 Ago

Esta carta la escribí para dar las gracias. No me la encargó nadie, la escribí por mi cuenta para agradecerle a alguien por el amor que puso detrás de un detalle.

El día amaneció retocado. El cielo, los árboles, la luz en tonos subidos. Más azules, más verdes, más brillantes. Todo un presagio de verano. Sonó el citófono. El portero anunció que alguien dejó algo para mí en portería. Me pareció raro. No esperaba nada. No pedí ningún servicio a domicilio.

Le pregunté y me dijo que era un jarabe. No estoy enferma. No llamé a la farmacia. Bajé por la encomienda un poco extrañada. Cuando me entregó un frasco de vidrio comprendí la situación. En realidad, no era un medicamento, pero sí una bebida que a mí me mejora el día.

Alguien, que sabe cuánto me gusta el café frío, me lo mandó embotellado. Lo olí, lo probé y lo saboreé, recordé, descifré y sonreí. Entonces todo mejoró. Con un sorbito de café llegó la certeza del buenamor. Y sentí con más fuerza: la gratitud, la suerte, el cariño. Así la vida sabe más.

A esa persona que sabe quererme, gracias por el detalle.

Pongamos las cartas sobre la mesa

6 Ago

Quedan invitados aquellos que voluntariamente quieran poner sus cartas sobre la mesa, sanar algo, soltar, liberar, exteriorizar, perdonar, resolver, confesar, revelar, explicar, estar en paz.

Cualquier cosa me escriben.

Pd: Quedan pocos cupos.

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¿Quién está detrás de Cartas a la Carta?

3 Ago

cartas

Ilustración: Mónica Betancourt

Carolina Calle nació en Medellín, Colombia. Estudió Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Desde 2013 hasta la actualidad trabaja como docente de cátedra en la Universidad Pontificia Bolivariana dictando cursos de Periodismo Narrativo.

Su relación con las letras inicia en 2009 cuando hizo parte de la unidad de Investigación de El Colombiano publicando crónicas, perfiles y reportajes. Desde 2012 trabaja de manera independiente, ha sido colaboradora de la Revista Don Juan y del periódico cultural Universo Centro, coautora de 6 libros: “30 años de Salsa y Sabor de Latina Estéreo”, “De ida y Vuelta” de la Liga Antioqueña de Fútbol, “Nuestro Tranvía” del Metro de Medellín, “Jugando en casa”, “El libro de los Barrios” de la Secretaría de Cultura de Medellín, “De puertas para afuera” de la Universidad San Buenaventura.

En 2017 fue finalista de la sexta edición del premio Nuevas Plumas – Concurso de Crónicas Inéditas en Español organizado por la Feria internacional del Libro de Guadalajara, la Escuela de Periodismo Portátil y la Maestría de Periodismo en Español de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Ha sido becaria de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y finalista en los Premios Nacionales Colprensa en los cuales recibió una mención de honor por la crónica “Andrés descubrió una cucaracha paisa”.

En 2013 creó la iniciativa Cartas a la Carta (cartaalacarta.wordpress.com), una agencia de periodismo narrativo al servicio del amor. Esta propuesta fue seleccionada por el Ministerio de Cultura para asistir al II Encuentro Nacional de Emprendimiento Digital C3+D. La Secretaría de Juventud de la Alcaldía de Medellín le otorgó el segundo puesto en el concurso Jóvenes Destacados por su emprendimiento en la ciudad.

En 2014 obtuvo el estímulo de las Becas de Creación de la Alcaldía en la categoría de Publicaciones artísticas periódicas.  Esta propuesta ha participado en diferentes escenarios culturales promoviendo la lectura y la oralidad. En 2015 hizo parte de la carpa Imaginantes en el Jardín de Lectura Viva de la Fiesta del libro de Medellín.

En 2016 participó en Moravia se viste de letras para celebrar el día del libro en el Centro Cultural Moravia. En 2017 fue invitada al Ring de Boxeo en la 9 Parada Juvenil de la Lectura.  En 2018 resultó beneficiaria del estímulo en Lectura, Escritura y Oralidad de la Secretaría de Cultura de la Alcaldía de Medellín para enseñar a escribir cartas de amor (o desamor).

Taller de escritura

1 Ago

Cartasobrelamesa2.jpg

Como no siempre estaré yo para escribir cartas por encargo se me ocurrió la idea de enseñar a escribir cartas de amor (o desamor). Quiero transmitir lo que sé para que otras personas tengan las herramientas narrativas para escribir su propia carta. Para que a través de un proceso puedan liberar esa historia que les pesa y escribir esa carta que una vez enviada les va a otorgar un pedacito de paz interior.

En este taller de escritura de cartas parto de algo básico: para estar bien con los demás primero hay que estar bien con uno mismo, para lograr la Paz primero hay que conquistar la paz interior, para cambiar el mundo primero hay que cambiar nuestra historia y para cambiar nuestra historia hay que empezar por tomar cartas en el asunto.

¿En cuál asunto? En ese pendiente que todos tenemos por resolver y que cada día dejamos para después con el amigo, el hermano, la madre, el hijo, la ex, el padre, el vecino, la abuela, el socio, el jefe o el enemigo.  La expresión “tomar cartas en el asunto” invita a hacer algo por eso que no nos deja en paz; a no quedarse quieto frente a eso que nos perturba; a detener esa cadena de omisiones que no nos tienen a gusto con lo que somos o con lo que hicimos.

Muchas de esas cosas que no se hablan, se guardan y se transforman en más distancia, rencor, impotencia, frustración. Caemos en un estado de autocensura y en otro tipo de exilio. Callamos nuestras verdades y nos alejamos de nosotros mismos. Entonces, ¿por qué no hablar o escribir para sacar eso que traemos atorado? ¿por qué dejar para mañana la carta que podemos enviar hoy?

Qué tal si ponemos las cartas sobre la mesa. Los talleres son gratuitos, se realizarán en la Biblioteca Pública de El Poblado (UVA de la Ilusión Verde) los jueves de agosto y de septiembre entre las 10:00 a.m. y las 12 del mediodía.

Si te interesa hacer parte de este proceso de escritura, contame, yo te inscribo.  Arrancamos el jueves 9 de agosto. Hay 10 cupos disponibles. Solo pongo dos requisitos. Querer y poder. Querer solucionar algo en tu vida. Poder asistir a todos los talleres.

Escribime: agenciacartasalacarta@gmail.com

 

Proyecto ganador de la Convocatoria de Estímulos para el Arte y la Cultura 2018. Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín

Carta a mis lectores

28 Jul

Hace cinco años advertí que no era puta ni poeta pero que me alquilaba para amar. Que zafaba nudos de la garganta, que traducía silencios, que escribía cartas de amor por encargo, que esto era—simplemente— periodismo al servicio del amor.

Aunque he tenido temporadas de silencio y a mí también se me han ido las palabras, aquí sigue el blog abierto. Aunque no publique con la frecuencia que quisiera, las estadísticas están en ascenso. Hay un promedio de 8 mil visitas mensuales, 40 mil visitantes al año, tengo más de 2 mil suscriptores. Ya hay más de 100 cartas que resultan siendo una respuesta a miles de personas que semanalmente llegan por azar. Que le preguntaron a Google: cómo escribir una carta, cómo decir que…

Escribir cartas por encargo me ha traído situaciones divertidas, otras complejas. He cumplido la función de escribir como si fuera otra persona, imitar su escritura. Aclarar enredos, extraer palabras. La idea es ser un remitente oculto, que ningún destinatario me reconozca.

He escrito como si fuera un adolescente, como si fuera una madre. He hecho discursos para bodas, funerales. Me han buscado niños, adultos mayores. He logrado reconciliaciones, separaciones. Cartas a la Carta ha sido también mi refugio, mi polo al cielo, ese break que a veces necesito para fugarme, para seguir creyendo.

Esto que hago de escribir historias de amor reales y cartas por encargo existía en los terrenos de la ficción. En la película brasilera Estación Central (1998) dirigida por Walter Salles, hay un personaje que hacía algo semejante. Dora, una profesora jubilada, iba cada día a la terminal de transporte a escribir las cartas que los viajeros analfabetas no sabían hacer.

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Carla, la protagonista del filme cubano Nada más (2001) dirigida por Juan Carlos Cremata, trabajaba en un correo postal y solía abrir la correspondencia ajena para editar su contenido, cambiar palabras y agregar pizcas de cariño a las letras de los remitentes con el fin de lograr una reacción más feliz en el destinatario.

Carla

Tres meses después de abrir este blog, se estrenó la película Her, escrita y dirigida por Spike Jonze. Theodore, el protagonista, hace lo mismo que yo en Medellín pero desde Los Ángeles. Trabaja en una agencia escribiendo cartas por encargo de clientes. La paradoja es que él, que tiene las palabras precisas para cualquier ocasión, aún no ha podido soltar unas cuantas que tiene bien atoradas para su ex.

Captura de pantalla 2018-07-28 a las 7.21.19 p.m.

En la televisión colombiana hubo una serie llamada Cartas de amor (1997). Cupido López, un forastero, llega a un barrio a solucionar los problemas de los vecinos. Instala una oficina en el Valle del Cauca y con su mensajero despacha cartas de amor a cada esquina. El problema es cuando él termina enamorado de alguien del mismo barrio que no cree en el amor.

El protagonista de El Amor en los tiempos del cólera (1985), Florentino Ariza aprovechaba tanto amor acumulado para escribir cartas de amor gratuitas a otros. Cuenta esta obra de Gabriel García Márquez que “a veces hasta muy tarde la noche, reanimaba a los desvalidos con unas cartas enloquecedoras (…)” y que al cabo del primer mes de ofrecer sus servicios tuvo que establecer “un orden de reservaciones anticipadas, para que no lo desbordaran las ansias de los enamorados”.

Otro personaje del mismo escritor pero en la obra Memoria de mis putas tristes (2004), cuando se enamora a sus 90 años hace un experimento en el periódico del pueblo. Las columnas de opinión que solía publicar las cambió por cartas de amor que cada quien podía hacer suya. Cuenta la novela que “la respuesta pública fue inmediata y entusiasta con numerosas cartas de lectores enamorados”.

Putas

Algo así sucedió cuando decidí que esto podría ser real y fundé el blog en 2013, la primera y única agencia de periodismo narrativo al servicio del amor. Siempre pensé que, aunque la gente supiera leer y escribir, en ciertas circunstancias necesitaba a alguien que le susurrara las palabras precisas para expresar eso que no sabía cómo decir.

Requerían a un oyente que le aflojara esos enredos del pensamiento, un narrador que le diera una mano para escribir una carta, una persona que lo condujera hacia su libertad de expresión, un interlocutor que le ayudara a encontrar su verdad.

Y para eso estaba un periodista, para traducir los silencios en letras, interiorizar la voz de la fuente, comprender el contexto, interpretar la realidad, reconstruir hechos e inmortalizar la memoria del corazón en el papel y en la Web.

El primer hombre que solicitó una carta me contactó luego de leer un anuncio que publiqué en Facebook en julio de 2013: “Si sabe qué decir pero no encuentra las palabras, cuénteme su historia y yo le digo cómo. Escribo cartas de amor por encargo. Cartas a la Carta”. Ese mismo día me escribió un interesado en contar su historia de amor. Y solo con publicar su caso y su carta los enlaces se viralizaron y comencé a recibir visitas de 35 países diferentes de los cinco continentes.

Desde entonces han llegado cientos de solicitudes que me han desbordado como a Florentino Ariza porque resultó que el amor no era la única ocasión. La mayoría necesitaba una carta por encargo para resolver un asunto que había quedado pendiente: ofrecer disculpas, buscar una negociación, otorgar un perdón, hacer una confesión, cerrar un ciclo, reconocer un error, dar una explicación, propiciar un reencuentro, retomar una relación.  Si bien la carta en sí misma no es la solución, sí es el comienzo, tal vez es el primer paso para restablecer la comunicación con alguien, mediar un conflicto, catalizar un proceso o solucionar una situación en crisis.

De repente miles de personas se convirtieron en violadores de correspondencia y me tomaron por sorpresa las visitas de Corea del Sur, Libia, Egipto, Emiratos Árabes, Tailandia, Indonesia, Singapur, entre otros países lejanos e insospechados que se han acercado en busca de esa conexión universal que generan las historias de amor.

Ya decía el escritor colombiano, Juan José Hoyos, que la gente no puede vivir sin historias. Que los lectores saben que en las historias está la verdad. Que “no sujetan al lector a un dogma que más tarde descubrirá inexacto; no dictan una lección que después deba olvidar”. Y se apoya en el novelista Robert Louis Stevenson para concluir que las historias “repiten, reordenan, aclaran las lecciones de la vida; nos liberan de nosotros mismos”.

Entonces han surgido espontáneamente corresponsales anónimos o donantes de palabras que desde cualquier parte del mundo están haciendo sus reportes de amor. Hasta el momento han llegado donaciones de cartas e historias de amor desde Madrid, Buenos Aires, Montreal, París, Quito, Santiago de Chile, Ciudad de México, Bogotá y por supuesto de Medellín.

El poeta uruguayo Mario Benedetti declamó en un poema, “una carta de amor no es el amor sino un informe de la ausencia”. Sin proponérmelo Cartas a la Carta se convirtió en un espacio para compartir esos reportes, soledades, amores guardados. Es un grupo de apoyo para lectores que desde el anonimato están buscando dar y recibir, aprender y enseñar, recordar y liberar, buscando una esperanza y encontrando sosiego al leer y saber que a alguien más le pasó.

Gracias a todos los que siguen por acá leyendo, escribiendo, abriendo cartas. Cada uno hace que todo tenga sentido.

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Carta a mamá

23 Jul

Esta carta la escribió una joven. La hizo para su madre en la madrugada de un viernes. Le propone que tengan una relación común y corriente, como cualquier madre e hija. Han pasado muchos años, mucho silencio, mucha lejanía. Ahora son bastante desconocidas. Son letras que salen después de un suspiro, antes de un escalofrío. Tanta distancia hace que duela pronunciar el amor. Hay demasiado por decir, las palabras se enredaron en el tiempo o en alguna parte del cuerpo. Esta carta es un intento de enunciación, de pasar por el lenguaje tanto sentimiento.

 

Por: Sara Avilez

 

¿Cómo sonará tu voz cuando dices “te amo”?

¿Cómo se sentirán tus abrazos en una noche fría y azul?

Después de 20 años y todavía no sé, mamá.

Qué ironía, ¿no? Estás presente en el plano físico, pero ausente en mi vida.

Daría todo por volver a comenzar mi historia. O mejor dicho, nuestra historia: tú y yo, madre e hija.

Tal vez, a lo largo de mi infancia, no fui una buena niña.

Tal vez, en ese entonces, era más caprichosa de lo que soy ahora.

Tal vez tenemos almas opuestas.

O tal vez crecí viendo tantas películas de Disney que tenía como referente un ideal inalcanzable donde la relación de complicidad entre madre e hija era única.

En fin, podré buscar mil razones para entender el porqué de ese trato distante y frío que tuve que afrontar desde pequeña, pero las consecuencias son las mismas. Yo no soy la misma.

Siempre supiste –intuición de madre, supongo– que sería yo la de los dolores de cabeza, la de las rebeldías, la de los gustos extraños, la de los problemas… En otras palabras, “la oveja negra” de la familia. Y no hay nada que me produzca más ira e impotencia que ese término porque, ¿sabes qué, mami? No puedo ser como vos querés porque yo no elegí.

No elegí tener un alma libre, rebelde y melancólica.

No elegí ser diferente a mis hermanos.

No elegí tener depresión.

No elegí cargar con una tristeza inmensa.

No elegí ser lo opuesto a lo que tú querías.

Ser mamá no debe ser fácil, lo sé. De hecho, y curiosamente, creo que naciste para ser mamá. Educar a tres “culicagados” debe ser muy agotador y no puedo negar que se nota tu esfuerzo por ser la mejor.

No te voy a mentir, a pesar de los miles de kilómetros que nos separan, yo te amo. Te amo e intento entenderte. Claramente nuestra relación ya no será lo que alguna vez quise, eso hay que afrontarlo y aceptarlo, pero estamos a tiempo para aprender a convivir en paz y armonía.

Se supone que el vínculo entre una madre y una hija es mágico, o por lo menos así lo manifiestan las personas que me rodean, entonces, ¿por qué somos la excepción?

Quiero contarte sobre mi día, quiero contarte sobre mis amores, mis desamores, qué me quita el sueño y qué me devuelve la vida. Quiero contarte mis tristezas, quiero sentir tu calorcito maternal cuando tengo insomnio, quiero tener una consejera.

Quiero escuchar sobre tu día, quiero conocer tu historia, tus amores, tus desamores, qué te quita el sueño o qué te devuelve la vida. Quiero que me cuentes tus mayores decepciones, tus mayores alegrías.

Quiero que nos queramos.

Ojalá tuviera la valentía de expresarte esto y, si alguna vez la llego a tener, espero que no sea muy tarde. Quiero y me muero por gritarte todo lo que siento, pero tengo los poros obstruidos por palabras que intentan desesperadamente salir a respirar.

Tengo un “te amo” en forma de nudo que me corta la garganta, un abrazo que me quema los brazos y un “te perdono” que quiere salir a chorros por mis ojos.

 

Sí, acepto

18 Jul

Les comparto esta crónica que escribí hace poco, es la historia de Diego y Edith, una pareja que me abrió las puertas de una casa y las rejas de una celda. Fui testigo de un amor que entró y salió de la cárcel.

Esa no era una boda común y corriente. Si el sacerdote hubiera sabido en qué condiciones se enamoraron los novios, se hubiera ahorrado algunas preguntas. Como no sabía, entonces le preguntó a esa mujer lo de siempre. Que si tomaba a ese flaco por esposo, para amarlo, en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad. “Sí, acepto”, respondió con un brillo en los brackets. Y así, sin titubeos, Edith se casó con ese hombre recién salido de la cárcel.

A las nueve de la mañana del 20 de agosto de 2010, cuando aún estaba adentro, Diego la llamó, le confesó que estaba nervioso, que sentía un cosquilleo en los pies. Él solo sabía que la misa era a las seis de la tarde. No sabía el resto, ni cómo, ni dónde, ni con qué iba a casarse. Edith y su cuadrilla de amigas se encargaron de toda la logística. Él solo tenía que salir de Bellavista y dejarse llevar.

Diego le hizo la propuesta un año antes. Ella no le creyó, le dijo: “Baboso, sobre todo”. Él insistió, le juró que era en serio. “No se meta con un preso”, “él no está enamorao, él lo que está es amurao”, “la va a dejar cuando salga”, recordó los comentarios de la gente y luego pensó: “Pues de malas, me caso”.

Al día siguiente Edith buscó los anillos en el Centro. Él le sugirió que no fueran de lata, que parecieran finos, que no se doblaran ni se oxidaran con el tiempo. Encargó las argollas, no eran de oro puro pero algo de oro tenían. Se las entregaron en una semana y las guardó por dieciséis meses mientras preparaba la boda.

Diego salió de la prisión un viernes antes del atardecer, como si volviera de la guerra, hambriento y sin equipaje, con ansias, con afán de vivirlo todo a la vez. La responsable del transporte y de la indumentaria del novio lo estaba esperando en un taxi. Lo saludó, le dio un trago de aguardiente y, cuando ya iban en camino, le pasó el traje.

El saco le quedó ancho, los zapatos estrechos y el pantalón corto. Diego no se quejó, solo se reía, nunca en la vida se había visto tan elegante. La amiga que les regaló las fotos del matrimonio se encargaría luego de alargar el pantalón en Photoshop. La familia de Edith estaba triste. Nadie la entregó al novio en la ceremonia, ni su padre, ni sus hermanos. Todos se quedaron en la banca haciendo fuerza por el paso en falso que estaba a punto de dar. No les cabía en la cabeza que eligiera a un hombre que encontró por accidente en la prisión. A las 6:05 de la tarde, Edith vestida de blanco, caminó hacia el altar y se entregó sola.

***

Edith le tiene pánico al agua fría y a las alturas. No sabe montar en bicicleta ni en patines. Les tiene respeto a las arañas y a las mariposas negras que se posan detrás de la puerta de la casa. En cambio, para entrar a un penal no tuvo ningún cuidado, ningún agüero, ningún miedo.

Llegó por primera vez a Bellavista a visitar al sobrino. Entró al patio quinto y en medio del tumulto, del encierro, del barullo, perdió el juicio. Él tenía veintiún años, ella pisaba los treinta, la miró, lo saludó, él le echó un chiste, ella una carcajada. Era el último domingo de enero de 2003 cuando ese joven, alto y desgarbado, coqueto y risueño, cambió la ruta y la historia de Edith.

No fue amor a primera vista. En realidad, ese domingo hubo un reencuentro. La vida volvió a presentarlos con otros ojos y con otra estatura. Se conocieron en el siglo pasado, en una vereda, cuando él era un niño y ella una quinceañera. Fueron vecinos de finca en un pueblo del Oriente antioqueño. Edith era más alta que Diego y él más necio que ella. Él perseguía conejos y arrancaba flores. Ella mataba cucarachas y espantaba culebras.

A pesar de la diferencia de edad, Edith y Diego alcanzaron a coger frutas y a jugar canicas juntos hasta que aparecieron hombres de verde. Tanto la familia de Diego como la de Edith fueron desplazadas por la guerrilla. Cada una llegó a la cumbre de una montaña diferente en Medellín y desde entonces no volvieron a verse.

Edith no pudo terminar la escuela. En la ciudad le tocó vivir en un rancho de tablas, trabajar en casas de familia haciendo el aseo. A los diecisiete años se fue a vivir con un señor, tuvo tres hijos y, antes de cumplir treinta, se separó por el maltrato, por el encierro, por la mala vida.

La mamá de Diego fue la celestina que volvió a presentar a esos viejos amigos. Doña Fabiola reconoció a Edith en la fila dominical para entrar a Bellavista, la llamó, la invitó a reconocer a su muchacho y allá, rodeadas por bolillos, cámaras de vigilancia, concertinas afiladas, empezó el amor por Diego y la amistad con la suegra.

A Edith la rebozó el ímpetu. Cambió de trabajo, dejó los bares, el tufo y el guayabo. Trabajó en confecciones, recogió basuras en las madrugadas, abrió una guardería y cuidó niños en la mañana. En las noches retomó el colegio para terminar su bachillerato.

Edith ingresaba al penal cuatro veces al mes. Cada domingo se convirtió en el mejor día de su vida. Salía de Bellavista como si saliera de un spa o de un motel: radiante, despelucada, caricontenta. Aprendió a ser feliz en la brevedad, a disfrutar la ausencia y a saborear la añoranza entre semana. Cuando no se aguantaba las ansias de volver a verlo lo visitaba a escondidas de la guardia.

En la parte trasera de la prisión se trepaba a un muro, se agarraba de la malla, le silbaba, le acariciaba las manos, le daba besitos a través del alambrado y se despedía echándole la bendición.

Las cartas también ayudaron a matizar la espera. Ambos, ella en su pieza, él en su celda, escribían una bitácora de ausencia. Cada domingo había intercambio de correos. Así comenzó a coleccionar, ordenar, memorizar cartas de amor escritas por Diego. De cada año de noviazgo tenía sus fragmentos preferidos:

2003: “Agradezco a Dios que me haya tenido en este lugar para que nuestras vidas se cruzaran”.

2004: “Algún día, por algún motivo, perdí lo más preciado de todo ser humano, la libertad. Sin embargo y a pesar de haberla perdido salí ganando porque sin buscar o sin pensarlo, te encontré”.

2005: “No te imaginas cuánto le agradezco a mi madre por haberte traído a mi vida esa mañana de enero de 2003, recuerdo que la primera vez que te vi, sentí la necesidad de volverte a ver y luego fue imposible verte y no hablarte, hablarte y no tocarte, tocarte y no besarte, besarte y no enamorarme”.

2006: “Lucho día tras día por salir de esta prisión, para demostrarte no acá sino en tu mundo que este sentimiento es verdadero”.

2007: “No te imaginas las ganas que tengo de estar a tu lado pero afuera”.

2008: “Estos días que tuve que pasar sin verte me sirvieron para darme cuenta de lo mucho que tú vales para mí. Pues las horas son días y los días son años, una semana se pasa pero dos son insoportables”.

2009: “Te amo como eres y qué hps. Y si no te gusta así pues te va a tocar aguantarme porque ni por el putas te voy a dejar”.

2010: “Hoy digo con mucho orgullo y sin temor a equivocarme que en 28 años, 4 meses y 9 días eres lo más hermoso que ha podido pasarme”.

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Siete años más tarde, un cura los declaró marido y mujer. Después de la marcha nupcial empezó una tormenta de película de terror. Los invitados y los curiosos comenzaron a cuchichear: “Van a sufrir”, “les va a ir mal”, “no les conviene estar juntos”. El ventarrón, los rayos, los truenos, todo era un mal presagio.

Escampó y a la salida llovió arroz. Ambos parecían felices, convencidos de esa locura que acababan de hacer. “¿Ahora qué hacemos?, ¿para dónde vamos?”, preguntó Diego en el atrio. “Vamos a comprar un pollo asado”, respondió Edith. A Diego no le chocó que la recepción de su boda fuera en el asadero de la esquina.

Caminaron sobre la calle mojada y se desviaron hacia el salón donde sería la fiesta. Al ver las bombas, las flores, el bizcocho, Diego se puso las manos en la cabeza, abrió la boca y lloró. Después de tanto tiempo encerrado había olvidado lo que era un festejo.

No hubo dinero para tarjetas de invitación, Edith simplemente regó la noticia entre vecinas, amigas, colegas, conocidas y esa boda la armaron entre todas como si fuera un convite de cuadra.

A punta de empanadas pagaron el alquiler de los vestidos, los ingredientes de la comida y la luna de miel que empezaría el domingo. Una colega puso el equipo de sonido y la música parrandera. La madrina puso las flores para el yugo y la decoración de las mesas. Las sillas y los manteles los prestó el grupo de la tercera edad del barrio.

Otra amiga puso la vajilla desechable para la cena. El padrino puso una caja con botellas de ron. Y aunque sabían que ese matrimonio tenía las horas contadas, los invitados y los colados se confabularon y brindaron, bebieron y bailaron como si el fin del mundo estuviera cerca.

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La pareja llegó al amanecer del sábado y durmió hasta el mediodía. Hacía muchos años a Diego no lo despertaba el sol. Diego desempacó los regalos como un niño, jamás en su vida recibió tantos: perfumes, una licuadora, una olla pitadora, una plancha, vasos de cristal, toallas, un collar, un par de chanclas, un bóxer, unas tangas y algunos sobres con plata.

En la tarde fueron a devolver los vestidos, caminaron cogidos de la mano, Diego estaba aturdido con el sonido del Centro, extasiado con tanta gente, no paraba de mirar el cielo despejado, sin garitas, sin rejas, sin alambres de púas.

***

Diego Sánchez llegó a la cárcel Bellavista de Medellín nueve años antes de su matrimonio. Lo capturaron a finales de octubre de 2001 por un delito que sí cometió, no era inocente, era culpable, autor material e intelectual de los hechos. Las autoridades lo presentaron en sociedad como un asesino. Le tomaron las huellas, le asignaron un número y lo llamaron interno, preso, recluso. No tenía nombre ante el Estado porque nunca hizo un trámite, no tenía cédula de ciudadanía.

Era un N.N., una persona indocumentada, no tenía cómo demostrar su identidad, tampoco su nacionalidad, su edad, su pasado. No era nadie. Tenía veinte años de edad y el único registro de su existencia era un papel que fijaba el 21 de septiembre de 1981 como su fecha de nacimiento.

Sus padres anduvieron por varios pueblos de Antioquia. Su papá, don Antonio, era camionero, alto, flaco y barrigón. Su madre, doña Fabiola, trabajaba la tierra y la casa, tenía la piel blanca y la voz dulce. Emigraron al norte del país. Vivieron en una finca rodeada de cultivos de papaya. El papá viajaba a Medellín en el camión y vendía las frutas que cosechaban.

Diego era el mesero de la finca. La mamá preparaba la comida de los trabajadores. A él le tocaba ir y volver. Llevar y traer platos a un salón repleto de hamacas, machetes, costales. Otros hombres de verde les dieron una orden de salida, los paramilitares necesitaban “limpiar” la zona.

Los padres tragaron saliva y tristeza, miraron el reloj y comenzó la mudanza. Salieron de noche. Empacaron una parte y dejaron casi todo. No había tiempo ni espacio para trasladar un hogar. Así le dijeron adiós al campo y llegaron a Medellín en los años noventa.

El carro fue la casa en la ciudad. Como no había dinero para un hotel durmieron adentro del camión. A los días el papá llegó con el cuento de que tendrían una casa en la montaña.

Les advirtieron que ese terreno era propiedad privada, que no lo podían habitar porque los sacaban. Pero no había otra opción. Cogieron un pedacito de montaña mientras el Estado los desalojaba. Podía pasar un día, o podían pasar años.

Las primeras noches hicieron fuerza para que no lloviera mientras armaban la casa. Les alcanzó para que tuviera paredes de madera, tejas de cartón, piso de tierra. A esa parte de la montaña la llamaron “barrio de invasión”.

Tenían la mejor vista de Medellín. A la mamá le florecieron las matas, aparecieron dalias y rosas amarillas. Tuvieron una ardilla, un perro y un conejo que se murió de viejo.

Diego ingresó a una escuela nocturna. Descubrió que ya sabía leer cuando leyó en la montaña del frente una palabra verde luminosa que decía COLTEJER. A la salida se iba a ver la noche, las estrellas. Planeaba travesuras, le tiraba piedras a la luna. Su sueño era manejar un carro grande, viajar por Colombia con frutas a bordo, ser como su padre al volante.

El proyecto duró poco porque los desalojaron. Bajaron, cruzaron el río y subieron a otra montaña. El papá cambió el camión por una tienda, vendía legumbres a los vecinos del nuevo barrio. Diego ya no podía estudiar, para que la vida fuera posible tenía que trabajar y cumplir responsabilidades de adulto.

Los jóvenes de su edad estaban estudiando, otros estaban en esquinas o en billares, jugando cartas, algunos “vigilando” el barrio. A esos les decían milicianos, eran representantes de las guerrillas en la ciudad. La fama del miliciano era de “matagente”, era el que “limpiaba” el barrio de viciosos, ladrones y extraños. Abajo mandaban unos, arriba otros. Cada sector tenía su dueño, la recomendación era no cruzar las fronteras.

Los fines de semana pedían un dinero a la comunidad. A esa cuota le decían “colaboración” y la destinaban para el sostenimiento de la organización, para seguirlos “cuidando”. Aunque el papá decía que no era justo trabajar para otros, daba su aporte por miedo.

Durante años pagó sin falta la extorsión semanal. Un domingo le cobraron la vacuna y él la pagó. Minutos después se acercaron otros hombres y volvieron a cobrarle. Le advirtieron que quienes habían pasado temprano eran desertores de la organización. El papá se opuso a pagar de nuevo y lo mataron en la tienda.

Diego perdió el equilibrio, quedó en el suelo. El asesinato de su padre lo tumbó. Las autoridades subieron a recoger el cuerpo. Le entregaron unos papeles a la mamá para que pusiera la denuncia. Doña Fabiola no sabía leer ni escribir. Tampoco tenía documentos de identidad. No tenía fuerzas para hacer trámites en medio del duelo. Pedir justicia era perder el tiempo. Dejaron las cosas así.

Ocho días después los asesinos volvieron a la tienda a pedir la “colaboración” de esa semana. Diego estaba desbaratando lo que quedaba del negocio para irse del barrio. Al verlos, recordó los catorce disparos que le dieron al papá, lo imaginó arrastrándose por la calle, pidiendo ayuda mientras los milicianos lo miraban morir, sintió impotencia, explotó, perdió el control y vengó su muerte.

En cuestión de minutos lo capturaron. La policía lo presentó como el resultado de un exitoso operativo contra los grupos armados ilegales en las comunas populares de Medellín. Lo hicieron posar junto a una mesa con fusiles, escopetas, granadas. Le tomaron fotos, lo sacaron de la ciudad y la cárcel Bellavista lo recibió con sus rejas abiertas.

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***

El domingo Diego y Edith se fueron de luna de miel con veinte personas. Alquilaron un bus y tomaron la vía al mar. Diego se pidió la ventanilla para oír el viento. Salieron a las siete de la mañana y después de un par de horas de camino llegaron a una piscina para pasar un día de sol en San Jerónimo.

“Esto sí es alegría”, “esto es la libertad”, “¿qué más le puedo pedir a la vida?”, exclamaba Diego. Se daba la bendición y miraba al cielo como los futbolistas cuando meten un gol. Bromeaba, corría, saltaba, empujaba, abrazaba, gritaba, nadaba, cantaba, bailaba, reía, sudaba, vivía. Diego era la felicidad en persona.

Cuando Diego llegó a prisión su memoria era un laberinto. Afuera quedaron su infancia, su juventud, su madre. Creyó que ese era el final de todo. Solo quería morirse. Contaba los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, el tiempo no corría, no encontraba salida, solo podía mirar hacia el pasado, revivir la tragedia, maldecir su suerte, reprochar sus decisiones, llenarse de remordimiento, anhelar la muerte.

Todo le daba vueltas. Lo que hizo, lo que dejó de hacer, lo que quedó atrás, lo que pudo ser. Un compañero de celda le dijo: “De aquí para adelante hay otra vida. Tenemos que morir acá para nacer en el mundo de la libertad”.

Para volver a Medellín debía aprovechar esa temporada de reja. Le hizo caso. Se miró al espejo y empezó a fabricar el hombre que quiso y no pudo ser cuando estuvo libre. Por eso valoró lo que ese presente le daba de sobra: tiempo libre.

Adentro tuvo lo que no encontró afuera: acceso a la educación, a la salud, por primera vez tuvo un trabajo estable. En vez de pensar en las pérdidas, pensó en cuidar lo que quedaba, pensó en su vieja y le juró que algún día lo vería en libertad.

Doña Fabiola lo acompañó a lo largo de seis años. Quedó sola, viuda, sin empleo, enferma. No faltó un domingo en Bellavista, así le tocara irse a pie. Caminaba por horas, al sol y al agua, de ida y vuelta. Visitar a su hijo era su motivo de fuerza mayor.

Edith la invitó a vivir a su casa para cuidarla. Tomó vitaminas, estuvo en quimioterapia, le aplicaron morfina. Con el tiempo perdió el cabello, la fuerza. Aumentaron los dolores, poco a poco, la cama la fue agarrando hasta que no pudo volver a levantarse.

A finales de noviembre de 2007 empeoró. Tenía fiebre y los pies fríos. Le rogó a Edith que de esa casa no la sacara más. Que no le prolongara el sufrimiento. Miraba con pesadumbre al cuadro del Corazón de Jesús y repetía el nombre de su hijo.
—No me lo deje solo —le suplicó doña Fabiola a Edith presintiendo que moriría antes de tiempo.
—Doña Fabiola, váyase tranquila a descansar, yo no lo voy abandonar —le prometió Edith.

Llamó al médico, pidió ayuda: “Está alimentando el cuerpo, dele agua y morfina. Si la lleva al hospital le va a alargar la mala vida”.
—Su mamá está muy mal —le dijo Edith a Diego a través del celular ese jueves en la noche.
—No deje que se muera mi mamá, dígale que me espere —le imploró Diego.
—No la torture más, déjela ir, libérela de esa promesa —le insistió a Diego.

Diego apenas balbuceaba, intentaba hablar, esa impotencia de no estar presente a la hora de una muerte le apabullaba las palabras.

Edith le acercó el celular para que doña Fabiola pudiera escuchar la voz de su hijo.
—Madrecita… yo creo que no te voy a poder cumplir ese sueño…
—Ah… —suspiró un lamento y salieron lágrimas de renuncia.

A primera hora del día siguiente Edith llamó a la cárcel.
—No me cuente nada —le advirtió Diego presintiendo que su madre ya había muerto—.
¿Me va a traer a mi viejita?

Edith llamó al director del penal, explicó el caso y le permitió entrar en coche fúnebre para que Diego pudiera despedirse de su madre. Edith llegó en la tarde con las ojeras del luto, el conductor de la funeraria bajó el ataúd y lo condujo a la primera reja.

Edith estiró los brazos para la requisa. La guardiana hurgó en sus axilas, entre los senos, en el vientre, en los muslos, en las pantorrillas. Le advirtió que no podría entrar con tacones, que a la cárcel se entraba de chanclas. Como Edith no estaba de ánimo para demostrarle que en las suelas no traía droga, dinero, armas, ni celulares, entró descalza.

Mientras un guardián fue al patio a notificar a Diego, otro puso a un perro a oler el féretro. Luego ordenó abrirlo para requisar al cadáver. Diego llegó cabizbajo y esposado. Al encontrar la mirada de Edith se descompuso, la abrazó cuando tuvo las manos libres y sollozaron en coro. Se le acercó a su madre, le acarició las manos, le quitó una cadenita que ella traía en el cuello, le puso un escapulario de él y le habló en voz baja.
—Mi viejita, cuánta falta me vas hacer…

***

El lunes Diego amaneció despierto, callado, pensativo. La sonrisa del primer día ya no era la misma. Después del día de sol y del alboroto, pidió estar un rato en silencio con su mamá. Compró una rosa en las afueras del cementerio y cuando llegó a la bóveda se persignó y se sentó en el piso por un buen rato a hacerle la visita.

Edith asumió la condena de Diego como su causa. No fue difícil cumplirle su promesa a la suegra porque el amor la despertaba y le tenía el ojo abierto desde las dos de la mañana del domingo que salía a hacer la fila para verlo.

Consiguió el Código Penitenciario y Carcelario, estudió el artículo 147 de la Ley 63 de 1993. Supo que el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario concedía permisos hasta de 72 horas para salir del penal, sin vigilancia, a quienes hubieran trabajado o estudiado durante la reclusión.

Diego cumplía con todo. Estudió y se graduó con honores del colegio de Bellavista. Empezó a descontar días de su pena laborando como reciclador, panadero, barrendero. Como jamás tuvo un llamado de atención, lo ascendieron y trabajó en la granja, en el galpón y en la marranera.

Edith se encargó de hacer la gestión del permiso para que Diego tuviera un respiro, una degustación de libertad: fue, volvió, fotocopió, firmó, entregó, insistió, llamó, reclamó, presionó, esperó, recibió y nueve meses después de papeleos le aprobaron el primer permiso de salida el 20 de diciembre de 2009.

Diego se especializó en hacer rendir los recuerdos, guardaba reservas para prolongarlos en los días venideros de cárcel. De esa primera vez aún tenía memoria del humo y de las luces de la discoteca, de la sazón casera, de la velada romántica, de los alumbrados del río, del amanecer despierto, del horizonte sin muros, del atardecer desnudo.

Ocho meses después, volvió a salir y en 72 horas tuvo una boda, un sol de miel, una luna sin rejas y una separación prematura. De regreso a Bellavista compró una cerveza enlatada y la bebió lentamente mientras miraba la calle a través de la ventana del taxi. En el bolsillo llevaba un pedazo de torta negra que sobró de la fiesta.

A las 4:55 de la tarde ya estaba en las afueras de la cárcel con su esposa. Le pidió el favor al taxista de que la esperara un par de minutos mientras se despedían. Diego la abrazó, la cargó, ella se colgó de su cuello, lo besó. Ambos lloraron, se dieron las gracias, se separaron.

Edith lo vio entrar por la puerta grande. Le agitó la mano y cuando dejó de verlo la desbarató una sensación de vacío.
—Mis respetos señora, yo no haría eso — le dijo el taxista—. ¿Uno recién casado y ya separándose?
—Vamos a ver cómo me va —le respondió y se tragó un suspiro.

Edith no sabía en qué se estaba metiendo y, para ella, eso era lo mejor de esta historia. Apenas ajustaba tres días de casada con un hombre condenado a 38 años y seis meses de cárcel.

Esto era el amor

7 Jul

El amor puede ser una variable. Algo inasible, fluctuante, incalculable. Por eso, a veces desconcierta, perturba, quiebra. Esta carta la escribí por encargo de una persona que después de duelos, tumbos, desaciertos dio en el blanco, encontró a alguien y descubrió que el amor era todo lo contrario. Quizás una constante, tal vez un estado de sosiego, algo parecido al equilibrio. Resultó esta carta de gratitud, un elogio a un amor tranquilo.

Cuando era muy joven creí que había conocido el amor de mi vida. Con esa persona conocí extremos: el cielo y el infierno, la chispa y el témpano, la felicidad y la pesadumbre. Era alguien de palabras bonitas, pequeñas verdades, grandes omisiones, poco tiempo para mí. En resumen, no era un amor correspondido. Y aunque eso sea evidente, a veces cuesta verlo, es doloroso aceptarlo.

Y yo me conformé con eso. Me especialicé en desgranar ese poco y hacerlo rendir, mi memoria sabía recapitular los instantes para revivirlos cada tanto, mi corazón tenía reservas de recuerdos que prolongaba en esos días de ausencia. Creía que eso era el amor, que era feliz en esos minutos, si acaso horas, que compartíamos.

Cuando nos despedíamos, me tragaba un suspiro y me embargaba una sensación de derrota, de fracaso, de impotencia, de estafa. Sabía que pasaría mucho tiempo para volver a juntarnos y, como de costumbre, yo me conformaría con esas migas.

Cuando me quise, cuando caí en la cuenta del desnivel, de la desventaja, del costo-beneficio tan caro, me retiré, renuncié, me salí de ese mal negocio. Ya han pasado muchos años desde entonces y ahora que estoy contigo, pasa lo contrario. Ya no hay pérdidas. Ya no siento esas inoficiosas mariposas, mi estómago está tranquilo, el equilibrio es un lujo que tiene todo que ver con el amor y contigo.

Por fin conocí la bendita armonía. No me sofoco ni me congelo, no me quedan quemaduras ni cicatrices, no tengo que desgastarme yendo a la cumbre ni a la caverna, a tu lado todo es paisaje y buenaventura. No es solo tiempo, es demasiada vida la que compartimos, esta reciprocidad es un milagro. Y pasa que yo me despido de ti y, después de tu sonrisa, a mí me revuelve una sensación de gloria, contigo tengo siempre la certeza de que estoy ganando. Tu amor es una constante que solo me deja victorias.

Gracias.

Carta a papá

23 Jun

Doy clases de escritura en la universidad. En la primera parte del curso dedico varias sesiones de calentamiento. Le damos movimiento a la memoria, a la mirada, al corazón. Mezclamos literatura y periodismo. Hacemos ejercicios para darle color, atmósfera, banda sonora a los textos. Este año propuse escribir una carta de amor, la idea era lograr una transferencia de calor a través de las letras.  

Esta carta la escribió un estudiante inolvidable. El destinario es un hombre, un artesano, su padre. Mientras él preparaba su mercancía para la feria, su hijo lo miró, recordó, sintió y liberó estas palabras que acarician, que estrujan, que abrazan. El amor, así como el calor, es energía en tránsito.

Por:  Yerly Herrera.

No sé por dónde comenzar: siempre has querido que escriba sobre ti. Me lo reclamas y sé que no me lo perdonarás. Y quizá sea verdad: cuando mueras querré que vuelvas a contarme tus historias, tus sufrimientos y tus victorias, pero no estarás. Es de las cosas que más temo en la vida: la muerte de alguien cercano. Tu muerte.

Juntos hemos vivido el abandono. Ambos hemos sufrido el maltrato de una figura paterna que consume drogas. El tuyo no respondió por el hogar y temprano saliste a trabajar y a buscar comida para tu madre y para tu hermano. En cambio, tú has hecho bien lo que él no hizo: responder por tu familia. Incluso cuando mi madre se fue, tú te echaste toda la responsabilidad de la familia al hombro y hasta ahora en nada has faltado. Solo en cariño. Solo en comprender. Solo en entender. Solo en compartir más.

Sé que pido mucho. Que quizá tienes, o no, la culpa del abandono de mi madre. Trato de justificarte en mi mente, de comprender que para ti también fue muy duro, pero lo hiciste: me llevaste a la universidad y tratamos de construir un hogar, un hogar que poco a poco se desmorona. Pronto no quedará nadie. Nada.

Nunca olvidaré y nunca olvidarás las palabras que una vez hirieron tu corazón y no, no salieron de la boca de tu esposa, sino de la boca de tus entrañas: de mí. “No estabas preparado para ser papá”, te dije cortante y pidiendo explicaciones. ¿Por qué dejaste ir a mi madre? ¿Por qué estamos viviendo solos? ¿Por qué no compartes con nosotros como cualquier padre con sus hijos? Quizá exagere. Quizá pida mucho. Quizá escribo con dolor, mas también con gratitud.

Perdóname por no ser el hijo que deseabas, no sé si me deseaste, solo sé que sí me protegiste de los deseos de abortar de mi madre. Hoy soy lo que soy gracias a ti. No trato de justificarme, pero tampoco ha sido fácil ni para ti, ni para mí, ni para mi hermana, ni para nadie.

O, ¿he sido yo el que no te he comprendido, el que no ha querido abrir los ojos e interiorizar que esta fue la vida que nos tocó y que tu instinto de supervivencia nos ha sostenido hasta aquí? Ese instinto de supervivencia nos ha llevado a vivir en varios lugares del país. Eso ha sido lo más grandioso. Creo en el efecto mariposa y que si las cosas no hubieran pasado como pasaron no estaríamos aquí, así que gracias a Dios y a ti por hacerlo todo tan difícil, al final podremos decir que triunfamos, que lo logramos y nos reiremos de Dios, o no sé de quién, por permitirnos vivir lo que hemos vivido.

Hoy quisiera que algunas imágenes de ti no estuvieran en mi cabeza: cuando echaste a mi hermana de la casa. Cuando te emborrachaste y empezaste a causar problemas en el parque. Cuando dijiste que te ibas a matar y preparaste una soga a media noche y yo solo me tapaba con mi cobija porque no tenía el valor para detenerte o para ver eso. No lo hiciste. Por amor. Mi deseo es que cambies, que dejes el licor y las drogas, solo pido no más locuras. Ese día de la soga tu rabia o tu tristeza o estrés, ¡no sé qué!, era tanto que lo único con lo que pudiste saciar y canalizar todo eso fue tirando al gatito del segundo piso al primero. Le quitaste una de sus siete vidas.

Te llena de orgullo ser el menor de cinco hermanos y tener dos hijos que criaste solo ya hechos y derechos. Te lleno de orgullo, aunque nunca me los has dicho. Y lloré cuando se lo dijiste a un amigo mío y él me lo hizo saber. Te llena de orgullo no tener un trabajo estable, ser artesano, informal y responder, en parte, por mi abuela. Sé, también, cuál es tu más grande temor: quedar solo. Pero no te dejaré. Nunca se me ha pasado por mi mente y prometo que así como tú fuiste mejor padre que tu padre, yo seré mejor padre que tú.

 

 

Carta de amor de una tía

13 Mar

Este blog me ha traído situaciones divertidas, otras complejas. He cumplido la función de escribir como si fuera otra persona, imitar su escritura. Aclarar enredos, extraer palabras. La idea es ser un remitente oculto, que ningún destinatario me reconozca. He escrito como si fuera un adolescente, como si fuera una madre. He hecho discursos para bodas, funerales. Me han buscado niños, adultos mayores. He logrado reconciliaciones, separaciones.

En esta ocasión me contrató una mujer para escribir como si fuera una tía. Esta carta la escribí para una quinceañera. Su tía quería darle un regalo que le quedara para toda la vida, algo hecho a su medida. Pensó que una carta a mano sería una buena opción, el mejor recuerdo. Me contactó en febrero, me encargó esta misión. Nos encontramos, la escuché. Tomé nota, luego le di un orden a sus palabras de amor. Con el tiempo —quizás— la destinataria olvide la cifra que recaudó en una lluvia de sobres, pero —con certeza— jamás olvidará estas letras del sobre de su tía.

 

Febrero es un mes diferente, no se compara con ninguno, es el mes más breve del año. Pasa como un relámpago. En la mitología romana era conocido como el mes de las lluvias. Para los griegos, este mes estaba bajo el amparo de Poseidón, el dios de todas las aguas y de los mares.

Curiosamente el año 2003 fue denominado el año internacional del agua dulce. En febrero de ese año, hace quince años, un cohete que regresaba del espacio se desintegró al tocar la atmósfera. Días después en una ciudad rodeada por grandes lagos, en medio de un invierno blanco, desembarcó en el norte una niña que traía el sur en su mirada.

Le compusieron un nombre que tuviera algo de su abuela María, otra parte de su madre Ana. El resultado: Mariana. La noticia de su nacimiento salió desde Toronto y se difuminó en la capital de una montaña en Colombia. El 26 de febrero de 2003, una familia entera se integró en torno a Mariana. Ese día todos coincidimos en un suspiro, en un pálpito, en una sonrisa y en esas ganas contenidas de darle la bienvenida.

Nunca olvidaré ese febrero porque a partir de entonces, Mariana me trajo un regalo a este mundo: me otorgó un rol, otra misión, un nuevo sentido. Me dio la primera oportunidad de mi vida de ser tía.

Aunque tía es una palabra diminuta, de tres letras, es enorme en sentimiento, en memoria, en significado. En el colegio me enseñaron que tía tenía tilde en la í y por su acento era una palabra grave. Con los años y contigo, aprendí que es una palabra suave y bonita.

Que te nombren tía despierta una emoción grata. Es una mezcla mágica de sensaciones. Trae una dosis concentrada de cariño con una pizca justa de compromiso, una tajada gruesa de ternura con una base dulce de compinchería.

Tía puede rimar con alcahuetería, pero también con arpía, todo depende. Yo quisiera que tía te despertara alegría o te sonara siempre a buena compañía, eso depende de mí. Por eso, te ofrezco mi abrazo, mi tiempo, mi verdad. Soy versátil, puedo ser un pedacito de mamá y otro de amiga.

Eres la hija de mi hermana, mi sobrina, nos une un lazo eterno de sangre, eso ya está resuelto. Nuestro reto y mi propuesta es continuar, construir poco a poco una amistad. En mi casa encontrarás lo que busques. Tendrás techo y abrigo, mi hombro y mi oído, un consejo y un poquito de cantaleta de vez en cuando. En la finca de los abuelos también estaré los fines de semana con mi botiquín de aromas, con un masaje en mis manos, con mi silencio que también es presencia. En cualquier caso, en cualquier parte, elijo estar de tu lado Mariana. Cuenta conmigo.

Me puse a pensar en palabras semejantes, de tan solo tres letras, que no tienen que ser largas para ser grandes, eternas, necesarias. Aprovecho para regalártelas y recordártelas. Te deseo luz, te auguro paz. La vida es hoy: lee, oye, ríe, ama. No olvides ser voz pero también eco, no dejes de ser sol tampoco ola, acuérdate que eres río y a la vez mar.

Y termino con el mar. Las tres primeras letras de tu nombre: Mariana. Así como los países —no todos— hay personas con salida al mar. Tú eres una de esas, eres inmensa y profunda, tienes puerto y desembocadura. Como todas las aguas que albergan vida, habrá corrientes turbias, habrá mareas altas, pero también habrá calma, habrá aventura, de eso se trata este viaje llamado vida.

No olvides que la familia es tu tripulación, no somos pasajeros que suben y bajan, somos ese equipo que no pasa, que se queda, que acompaña. Los que estamos aquí seremos faro, remo, salvavidas, tierra firme. Y yo seré —para siempre— esa tía que te quiere y que te admira.

La tía Maria.

Dos palabras privadas

9 Mar

Esta carta la escribí por encargo de una persona que cuida sus palabras. Dice lo preciso, no habla por hablar, no hace promesas si no tiene la certeza de cumplirlas. Solo expresa lo que tiene claro, lo que es necesario. Un día cualquiera, después de tanto pensar, calcular, guardar, medirse, me contó su historia, me dijo que era urgente dejar salir dos palabras, que le hiciera el favor, que le ayudara a escribir una declaración de amor.

 

Las palabras son públicas. Todos podemos sentirlas, decirlas, usarlas. No son privadas. Pueden salir de cualquier boca.

En mi caso había dos palabras que, a pesar de ser públicas, estaban en desuso, eran obsoletas, tenían censura o el paso restringido. Podía pensarlas, pero no era capaz de pronunciarlas.

Ahora que apareces en mi vida y me aclaras, me descifras, me resignificas, te necesito decir algo: eso que excluí de mi vocabulario, eso que vetaron mis labios, eso que jamás tuvo salida.

No sé por qué pero me urge hablar de esto: aunque me sienta cursi, aunque suene a cliché, aunque me sonroje. Debo escribirte esas dos palabras privadas que nunca antes le dije a alguien: te amo.

 

Carta para nunca entregar

6 Mar

Era una noche común y corriente para el mundo pero no para ella. Pensó en él –como de costumbre–, escribió esta carta y dejó salir –quizás– una lágrima por cada palabra escrita. La historia empezó como un secreto en el trabajo que los presentó. Fueron colegas, amigos, amantes, novios, exnovios. El fin de semana anterior, lo encontró con su nueva pareja. Volver a verlo fue recordar esa química pura, el mejor beso del universo, el amor más pasional, esa felicidad infinita, un amor de locos, la tusa más dura de su vida. Le dio un arrebato por enviarle estas letras, pero cumplió su promesa y se contuvo. La penúltima vez que se vieron, en la misma banca del parque donde empezó este romance, él le pidió –por el bien de ambos– que nunca más volviera a buscarlo.

 

No creo que sintás esto mismo que yo. Acostarme en mi cama, recostarme en la almohada, escuchar música que me recuerde a vos, cerrar los ojos y repetir la misma película pero en escenas diferentes. No es algo muy distinto a lo que hacíamos juntos porque si de algo nos gustaba hablar y contábamos con tanta emoción, era de nuestra misma historia. Recordábamos mil momentos, palabras, miradas, anécdotas y nos encantaba repetirlas una y otra vez.

Y así, unos días lloro, otros no; unos mucho, otros una que otra lagrimita, otros nada…porque pienso en los momentos felices. Es raro amar a alguien tanto sin verlo, sin escucharlo, sin olerlo, sobre todo sin olerlo. Un poquito de ese olor me podría hacer sentir otra vez todo lo anterior.

Las canciones también me transportan en el tiempo, sobre todo cuando estoy muy concentrada o sola. No saber nada de vos es duro pero, me quedan unos recuerdos tan vivos que vuelvo a sentirte acá tan cerca, tan metido en el pecho.

La mala fui yo, tal vez por eso me toque sentir esta ausencia infinita, tal vez es mi castigo (muy merecido) por haberme topado con vos en el momento más caótico de mi vida.

Alguien me dijo que hay personas que despiertan la creatividad en uno. Sí, la creatividad pero no solamente en un sentido artístico, sino la creatividad para vivir. Eso me diste vos, la mayor creatividad que alguna vez pude tener; unas ganas insaciables de comerme el mundo a tu lado, de hacer todos los planes posibles, de conocer cuanto lugar pudiera, de vivir las experiencias que se nos atravesaran, de existir al límite y dejar para después las consecuencias de esos actos, unos buenos, otros no tanto, pero la intención era noble: descubrirnos y amarnos.

Me diste la creatividad para amar de todas las maneras posibles y al borde de la locura, cada día más que el anterior, con el corazón a mil, con la sonrisa de oreja a oreja, a veces con lágrimas, muchas otras con la mirada cómplice y con esas ganas del uno por el otro que nos agarraban en cualquier lugar y en cualquier momento.

Hoy pienso, ¿cómo llenar ese vacío de la creatividad, del amor con locura, de los aprendizajes, de las conversaciones más banales y más profundas? ¿Cómo suplir los pensamientos filosóficos, los planes locos, los sueños juntos, las bailadas perfectas donde se nos olvidaba el mundo? Creo que la respuesta es simple y dura: de ninguna manera.

Eso que me diste vos, se recibe una sola vez y por parte de una sola persona en la vida. Cosas como estas no se repiten y por eso quedan así, metidas en el corazón, en el estómago, en los oídos, en el cerebro, en la memoria.

¿Qué hacer entonces? Guardar todo eso como un tesoro dentro de mi ser e ir sacando de a poquitos para mí misma cada una de esas cosas hermosas que me dejaste. Así te recuerdo en lo que hago, en lo que digo, en lo que pienso, en lo que miro, en lo que bailo.

Finalmente, estarás en cada acto creativo que haga y espero que hayas podido también guardar un pedacito de mí en vos. Mientras tanto, desde la distancia y la ausencia, aquí sigo y te voy a seguir pensando y amando.

 

Una carta mientras llegas al mundo

1 Mar

Esta carta la escribió una mujer embarazada. Cuando la prueba resultó positiva no supo si lo quería. Por un momento todo fue confusión. Pero decidió que todo iba a estar bien. Ahora su bebé está que nace. Mientras llega a este mundo, su madre lo espera y lo abraza con letras. Su barriga está contenta, su corazón lleno. Lo siente adentro, lo presiente cerca. Ya casi. En breve. Que llegue pronto, que pueda mirarlo de frente. Las ansias por conocerlo están al tope.

 

Por: Magda Hernández
Quiero que sepas que estás hecho de estrellas, aunque también te he puesto algo de lágrimas y tristezas, porque no podrías ver lo bello si no ves también un poquito de lo feo. Quiero contarte cuentos de hombres y mujeres valientes, aunque sé que el mundo está lleno de cobardes, pero yo quiero que creas que puedes cambiarlo todo, aunque te estrelles contra las paredes y a veces me odies un poco. Si te enseño a mantener la esperanza es porque yo vivo de esperanzas y aquí sigo.

Quiero conocerte, quiero que hablemos y me cuentes cómo te dibujas el mundo. Quiero que no nos entendamos, que nos sintamos lejos y que me obligues a caminar hacia ti, a ver la vida con tus ojos nuevos. Quiero que me retes. Quiero que me digas, por ejemplo, que vas a ser ingenier@ y yo, que no entiendo nada de números ni cuadrículas, me vea obligada a sentarme a estudiar y a leer para poder estar cerca tuyo. Quiero que martilles todo en lo que creo, que me ayudes a reaprenderlo todo, que contradigas mis más centrados argumentos.

Ya empezaste a poner de cabeza mi mundo, ya hipotecaste mi cuerpo por nueve meses, sin pago de alquiler, ya me robaste el sueño tranquilo y las papas fritas. Ya estás robando mi atención más de lo que me gusta. Y aún así, sonrío cuando bailas ahí, a tu ritmo, con tus tiempos, haciéndome saber que aunque te gestaste adentro mío, nunca seré tu dueña.

El otro día se lo dije a tu papá: todo esto es como si un día, de repente, encontraras una habitación nueva, en la casa que has habitado siempre. Así, ibas caminando por el pasillo, el mismo que habías recorrido mil veces, y viste esa puerta que, estás segura, nunca estuvo ahí antes. Se te acelera el corazón, te entra el pánico. ¿Podría estar enloqueciendo?

Y abres la puerta, decides abrirla. Buscas el interruptor de la luz mientras sientes tu respiración acelerada y el sudor que baja por tu cara. Yo no supe qué vi. “Encontraste una biblioteca”, me dijo tu papá, que sin duda sabe más de lo que dice a veces. Y yo respiré y sonreí. Porque amo los libros y porque tuve la certeza de que estás aquí para que yo aprenda todas las cosas que sola no puedo.

Por ahora compartimos espacio en este cuerpo y me doy el lujo de sentirte cada minuto de mi vida. Pero muero de ganas por que nos veamos a los ojos, por caminar juntos, por acompañarte en este camino, mi Amaru de las estrellas.

Escrito el  17 de febrero de 2018

Publicada en  Miscelánea de barrio

Buenos Aires, Argentina.

Carta a un buen amor

28 Feb

Esta carta la escribí por encargo de un adulto mayor. Me pidió el favor de no revelar su identidad. Que lo presentara como una persona con días malos como cualquiera y romántico como él solo. Quería una carta para darle las gracias a su buen amor, por ser y estar, porque su presencia, simplemente, lo arregla todo.

 

Hay quienes reparan carros, motos, bicicletas.

Arreglan la olla, la licuadora, el colchón.

Hay quienes ajustan, restauran, remiendan.

Tienen el repuesto, la clave, la solución.

 

Mecánicos, técnicos, sastres,

gente necesaria, útil, sabia.

Todos, de alguna forma,

le devuelven la vida a una cosa.

 

La miran, la tocan, la mueven

y, en un minuto, ya está.

De repente, vuelve a andar, a funcionar, a servir.

La salvan de morir en la basura.

 

Entonces uno suspira, uno sonríe, uno agradece que esa persona exista.

Que sepa lo que sabe, que haga lo que hace, que sea lo que es.

 

Y contigo me pasa con frecuencia.

Ayer, por ejemplo, amanecí descompuesto, oxidado, dañado.

De mal genio, decaído, deprimido.

Sin ánimo, sin sentido, sin sabor.

 

Y tú, no sé cómo haces ni dónde lo aprendes,

pero me miras, me tocas, me mueves

y, no en un instante, pero sí en un rato, ya está.

De repente, vuelvo al ruedo, me compones, me alivias.

Me reinicias, me arreglas el día, me alegras la vida.

Me salvas de tirar todo al traste.

 

Entonces uno suspira, uno sonríe, uno agradece que existas.

Que sepas lo que sabes de mí, que hagas lo que haces por mí, que seas lo que eres conmigo.

 

No me faltes.

No hay quien más.

Esto solo lo sabes hacer tú.

 

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