Carta a Mariana

25 Ago

Yo, que creía tener una carta para cada ocasión, el formato adecuado según la intención, la mejor manera para decir algo, hoy me declaro sin palabras, incompetente, me entrego al silencio. La tristeza me censura. Jamás me tocó decirle adiós de repente a una amiga. Mariana dejó este mundo el martes, partió con el sol. He intentado escribirle pero no he sido capaz. No encuentro las palabras precisas. Un amigo en el Viejo Continente sí las encontró. Mandó esta carta que cruzó el océano y aterrizó en este valle (que hoy es de lágrimas). Comparto estas letras y me uno a su voz para agradecerle a esa mujer eterna por su historia, por su vida, por su presencia en cada uno.

 

SI TE VAS…

Por: David Segura Carretero

Llegaste a Madrid, un día de invierno, yo me encontraba taciturno e iluminaste la estancia con tu primera sonrisa, esa sonrisa que no te quitabas de la boca, esa sonrisa que iluminaba el alma. A la primera conversación me di cuenta que me encontraba ante una persona especial, como un personaje de los libros de Paul Auster, una persona que, a pesar de portar tus propias espinas, tendías la mano para extirpar las espinas a los demás. No te conocía tanto como lo puedo hacer ahora pero ya me trasmitías la paz y alegría que te caracterizaban.

Unos años después llegó el gran acercamiento en tu tierra, en tu ciudad. Fuiste la mejor experiencia, la más fresca bocanada de aire inimaginable. Desde el primer instante me abriste el corazón y los brazos, atrapándome sin tapujos dentro de ese mar de amor que ofrecías.

Llegaron las largas conversaciones, las referencias musicales, los libros compartidos y las risas…nunca olvidaré esa risa.

No quiero que mis palabras suenen anodinas. Quiero que mis palabras lleguen donde te encuentres ahora, rodeada de gente cantando y saltando, rodeada de música y arte porque eso eras tú para todos, puro arte, puro arte viviente dando sin esperar nada a cambio, gritando de alegría y abrazando sin motivo.

Me recuerdas a Aquiles, aquel personaje mitológico, valiente y osado cuyos dioses pusieron en la tierra sabiendo que pronto se lo llevarían de vuelta con ellos pero no sin antes dejar una marca en este hermoso mundo. Esa marca fue tu carisma, tus ganas de vivir, tu sensación de libertad y locura, esa fuerza y devoción por descubrir todo lo que las personas y la naturaleza tienen para dar… puro amor.

Eras sorprendente, llegabas a casa sin avisar con ganas de hablar, de contar cosas…contigo pasaban cosas. Me acuerdo de una tarde que apareciste en el apartamento por error, te equivocaste de camino. Ibas cansada, con ganas de volver a casa pero tenías interés en hablar conmigo.

Me preguntabas sobre mi vida y ponías extrema atención a todas mis respuestas, largas o cortas, interesantes o aburridas, siempre con tu mano apoyada en tu barbilla. Siempre acertabas en los momentos, siempre elegías bien las frases, siempre estabas ahí cuando se requería… no podías ser más oportuna ni podías hacerme más feliz de lo que me hacías.

Nos regalaste más de treinta años de tu presencia. Quien te haya conocido entenderá el porqué fueron un regalo, imposible que fuera menos que eso. Me hiciste amar la poesía que expresabas, tu lenguaje no verbal y los gritos de desconcierto ante una situación inesperada.

Eras escandalosa a veces, otras silenciosa, todo en su justa medida y sin alardes. Amabas a los tuyos y lo expresabas abiertamente, sin vergüenza, sin pesar. Hablabas de la gente, propia o ajena, como te gustaría que hablasen de ti, con respeto y cortesía. Te educaron bien y eso lo mostrabas a cada paso que dabas en la vida, a cada sorbo que dabas del vaso, a cada tajada que comías del plato, en cada entrada por la puerta que hacías.

So long, Marianne, como decía Leonard Cohen, llegó el momento de llorar y reír, así como tú hacías. Siempre vas a estar con nosotros. No podremos disfrutar de tu presencia pero nos has enseñado mucho a todos, nos has trasmitido, nos dejaste ojipláticos, nos has hecho mejores personas a todos quienes te conocimos.

Te quiero, te querremos por siempre.

Buena mar, marinera, nos veremos algún día en la otra orilla.

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No me he vuelto a enamorar

14 Jul

Esta carta fue escrita un viernes en un país en invierno. Salió desde el Sur, cruzó los Andes y aterrizó en un valle colombiano en pleno verano. La escribió  una mujer bajo un cielo gris, reseco y sin lluvia, después de cometer el error de releer conversaciones antiguas en las que el amor era recíproco y estaba en boga. “¿En  qué parte nos morimos?, ¿cuándo cambiamos tanto?”, comenzó a preguntarse y salieron estas palabras para él, ese amor que sabe a vaivén, que la toma y la deja cuando quiere, que a pesar del tiempo y la distancia no le permite soltarlo.

No sé ni para qué te escribo. Lo hago casi siempre, casi mucho y casi nunca dices nada. Tal vez lo hago de nuevo con el fin de repetirme a mí, de una vez por todas, que no puede haber más cartas con tu nombre como destinatario. Se ha cumplido más de un año y medio hoy, y poco recuerdo quiénes éramos en ese entonces cuando nos despedimos en el aeropuerto.

No, no fue un punto final para mí. Yo quedé pausada, ahí entre el último beso esquineado y mi voz temblorosa. Me volví cristal. Recuerdo que levité hacia el carro y tu mamá me cogió por el codo, me dijo algo que no recuerdo para hacerme despertar y ahí exploté. No fue de esos llantos muy llorosos que te dejan con la nariz congestionada, era un llanto ahogado, sin sonido que hacía doler el pecho.No sabía en ese momento que muchos así vendrían y sólo me darían ganas de dormir.

Me volví como un grifo que se abría cada vez que veía un rostro conocido, lloraba sin más, sin preámbulo, en el metro, en la bicicleta, cuando me encontraba con alguien por la calle. Incluso, ese día, en medio de un examen final oral en la universidad, no pude contenerme y mis lágrimas se llevaron un 3.8 (tal vez por lástima del profesor, porque no respondí ni una palabra coherente).

Para vos fue diferente, claro. Llegabas a un nuevo mundo, nueva comida, nueva música, nuevos nombres, nada tenía por qué recordarte a mí. Era diciembre y había pasado un mes desde tu despegue, a mí se me había vuelto todo como inerte, ese 31 me prometí una de las pocas cosas que pude cumplir, sería mi último “te amo”.

Me tragué esa frasecita muchas veces y como terapia, puse una caja pequeña de cartón junto a mi cama. Cada vez que me moría por decirte algo, por gritarte, por insultarte, por agradecerte, cualquier cosa que fuera, la escribía en un trocito de papel y lo metía ahí.

Se me pasaron los meses no sé cómo, entre muchos trayectos de metro, sorbos de alcohol y la almohada húmeda. Yo entendía lo que pasaba, vos habías decidido por vos, por tu vida, por tus sueños. Ese no era el punto, sino tu terrible egoísmo, tu actitud simplona, ese importaculismo por cómo estaba o cómo me sentía. Aparecías de vez en vez y yo siempre estaba, todo, todo el tiempo, disponible, atenta, abierta y amando, como una idiota.

Mi mamá me decía que los amores modernos no están preparados para ser olvidados, porque pueden encontrarse a un “click”, mientras que para ella, superar a su primer amor había consistido en cortar todas las cabezas de el de las fotos, meterlas en una caja, dejar que se empolvara y no verlo nunca hasta años después, ya de novia de mi papá, cuando escuchó la risa del “descabezado” en un bus y sintió los huesos congelados. Entonces apretó el botón para pedir parada ahí, en medio de una calle, en medio de la nada.

Volviste. Luego de que seis meses atrás habías dicho que no sabías si regresarías, que nada estaba seguro. Volviste, yo sabía la fecha y aún así me derrumbé por sentirte de nuevo en la ciudad. Nos vimos a los tres días, porque soy masoquista. Me levanté ese domingo desde las seis, caminaba en saltitos por la casa, mi mamá me preguntaba si quería valeriana, me estaba estrenando el vestido de margaritas que compré solo para esa ocasión.

Pasó un tiempo eterno, vos te habías quedado dormido. Apareciste tres horas después y te vi en el reflejo de la puerta de entrada del edificio al cerrarla, o mejor dicho, no te vi, porque ya no eras vos. En este momento, hubiese deseado que esa sensación de extrañeza me hubiera durado hasta hoy, pero qué va, era solo un mecanismo de defensa contra lo que vendría después y luego de un rato aparentando que no habían pasado meses ni años y éramos sólo viejos amigos, yo me quebré, esta vez frente a vos y te dije que me moría por un beso.

Aun sabiendo que muchos cuerpos habían pasado por tu boca, porque así lo dijiste, “hubo muchas mujeres”, yo no fui tan tonta como para explicar que el solo asco de pensarme con otro me había vuelto casta en tu ausencia, pero me sentí tan ajena después de ser tuya que luego vine a entender que a través de vos, en esa cama, también estuve con todos los personajes a los que jugaste ser.

Decidí irme. Era una idea que tenía desde antes de enamorarme pero que se había vuelto fuerte. No podía estar compartiendo las mismas montañas. Pudo haber sido cobardía, pero te anuncié mi partida un mes antes de montar el avión. Te lo avisé como quien habla de una fecha de caducidad y espera que el otro esté ahí, haciéndose presente. No. No estuviste. No te sentí y me daba golpes de pecho haciendo la maleta. La última noche en la ciudad apareciste, lleno de vos, del vos del principio, sin promesas ni te amos, pero apareciste y me fui tranquila. El escenario fue diferente, era yo la que atravesaba la puerta de salidas nacionales y vos no estabas al voltear la cabeza.

Diez meses. Me fui cuatro más que vos. Estaba a-islada. Con poca conexión, poco wifi, pocas conversaciones. Te lloré solo una vez y fue al mes de haber llegado, cuando te pregunté muy poco formal si te gustaba alguien más porque publicaste unas letras tuyas que claramente no eran para mí. Me lo dijiste simple, sin anestesia, que te gustaban muchas personas pero que sí, que te gustaba alguien más que el resto. De pronto eso fue lo que necesité y juré olvidarte, y salí un par de veces, besé más de un par y me desnudé una vez. Ya está. El mar me había curado.

Llegó febrero. Regresé por un par de días, te vi y no sentí nada y no sé que pasó en vos pero volviste a ser el de cinco años atrás y te brillaron los ojos y me llamaste por mi diminutivo y por muy salada que tuviera la piel, me la besaste hasta derretirme de nuevo. Estaba como el vaso medio lleno, con esperanzas pero sin querer tenerlas. Con deseos de volver a mi ciudad que ocultaban al deseo mayor que era volver a vos.

La vida nunca juega al azar y tira las fichas correctas, uno es el que decide apostar por ellas o no. Una llamada de trabajo hizo que tuviera que definir mi próximo año, me dijeron: tienes tres días para decidir y yo pensé en tu cara y dije de entrada un no rotundo. La vida volvió a poner sus fichas, la voz seria de la otra línea aclamó que no tomaría eso como una respuesta y dejaría que lo pensara.

Yo estaba en medio de la nada, en una islita aledaña, caminé hasta encontrar señal y te llamé. Lloraba, lloraba y no lo notabas, mientras me decías que me fuera, que era lo mejor, que el mundo no podía esperar pero vos sí, que tenía que hacerlo y no podía pensarlo dos veces. Me estabas dejando ir de nuevo y yo sabía que así tenía que ser. Porque vos nunca me ibas a pedir que me quedara, no tendrías el impulso para mandar todo al carajo y buscarme y yo no podría tropezar otra vez y quedarme a tu lado sin ninguna garantía más que la fiebre del momento.

Aquí estoy. En el Sur. Entre ambos hemos recorrido más de 100.000 kilómetros. No sé si decidimos no coincidir o la vida me va mostrando que es mejor así, sin estar en las mismas coordenadas. Me he equivocado más de una vez, he amado demasiado, otras veces siento que he amado mal, he tenido rabia, impotencia, tedio, desconfianza, desilusión.

Lo hice al revés, me dejé de querer mucho tiempo, te puse por encima, te deseé más que a cualquier viaje. A la final, me fui por mí y no por otra cosa pero a la vez, por la certeza de que tu entusiasmo no alcanzaría para abrazarme fuerte de nuevo, porque estás lleno de incertidumbre, de dudas, de picos de emociones que vienen y se van, me tocan, me calientan y me enfrían de nuevo.

Es la primera vez que escribo sin querer que me leas, que te tiro esta carta al Norte para decirte que estoy cansada. Me cansé de mí también y he ido dejando restos de mí que no soporto en el camino. Hoy estoy bien y me hago reír de vez en cuando. Pero entre ambos las palmas de las manos siguen ardiendo sin tocarse si así lo quiero. ¿Por qué? No, hago las preguntas equivocadas: ¿para qué? ¿Para qué carajos le sigo siendo fiel a tu recuerdo?

En esta historia no hubo agresión física de por medio ni infidelidad, no hubo irrespeto ni mal trato, no hubo un tercero o una tercera de peso, no lo hay todavía, no hay nada en realidad pero lo hay todo, hay dudas, muchas preguntas y la incertidumbre de si me seguiré cargando estas letras al hombro para atreverme a poner puntos finales o voy a seguir tirando parrafitos rosas… por lo pronto, me escribo.

Sobra decir que no me he vuelto a enamorar…

Sara.

 

 

La abogada del diablo

13 Jul

A veces me pierdo del blog, pasan semanas y meses y no publico cartas. Entonces me llegan mensajes, lectores que me reclaman letras. Y es que no puedo poner siempre el periodismo al servicio del amor porque también escribo otras historias. Normalmente soy yo quien pongo mi tiempo y mi pasión al servicio del periodismo. Quería compartirles otra faceta mía como periodista en este texto publicado en Universo Centro. No es una historia de amor pero la escribí con el corazón. Es una crónica sobre un hombre que asesinó a su familia. A través de la abogada que lo defendió, reconstruí algunos pasajes de su vida. Ojalá la lean.

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Ilustración: Elizabeth Builes/ Texto: Carolina Calle Vallejo

Los ojos del uniformado tenían la luz intermitente de una advertencia. Con esa mirada le anunciaba a esa mujer flaca y rubia lo que tenía al frente: “Peligro a la vista”. La abogada no captó la señal de alerta e insistió: “Por favor, quítele las esposas, necesito hablar con el detenido”. El guardia le liberó las manos a ese recluso que venía desde la prisión bajo extremas medidas de seguridad. Antes de apartarse y dejarlos a solas, el carcelero volvió a mirarla, esta vez para decirle también con un gesto:
“Tenga cuidado”.
—¿Usted es Jaime Iván? —le preguntó ella al acusado y él asintió con su cabeza—. Mi nombre es Natalia Zuluaga, a partir de ahora seré su defensora —le extendió la mano derecha y lo invitó a tomar asiento frente al estrado mientras el juez daba la orden de comenzar la audiencia.
—Lo acusan de varios delitos, ¿usted los cometió? —indagó en voz baja mientras ojeaba el expediente. La primera página decía que el imputado nació en 1971, que medía 1.73 metros de estatura y que su captura había sido el 13 de junio de 2016.
—Sí doctora, yo los estrangulé —respondió sin titubeos.

En ese momento Natalia comprendió lo que el guardián trató de sugerirle con un guiño. Ese tipo de cabeza afeitada y sin barba, de pestañas largas y piel blanca, no era cualquiera.

El acusado sacó de su bolsillo un recorte de prensa y se lo entregó a la abogada como si fuera un documento de identidad. Ella lo desdobló, reconoció su rostro y leyó un titular que lo presentaba como “el monstruo de Guarne”. Natalia no estaba al tanto de la fama de su defendido ni sabía que sus crímenes habían sido noticia de primera plana.

El periódico El Colombiano comenzó el cubrimiento el 18 de junio: “Hombre confesó asesinato de su esposa, hijos y 20 personas más”. Dos días después los medios internacionales ya estaban tocando el tema y El País de España también lo mencionaba en sus páginas: “Un hombre confiesa haber matado a 25 personas”.

Mientras los forenses hacían labores de exhumación, las emisoras revelaron que el delincuente coleccionaba prendas y accesorios de sus víctimas. Algunos psiquiatras consultados definieron al autor como un psicópata. La revista Semana lo incluyó en el ranquin de asesinos en serie colombianos y su nombre apareció junto al de Luis Alfredo Garavito y “el monstruo de Monserrate”.

En vista del despliegue mediático, el alcalde de Guarne aseguró que este acontecimiento era un “hecho aislado”, que no empañaran el buen nombre de un municipio “pujante y tranquilo”. El secretario de Gobierno también habló preocupado frente a las cámaras: “Hay que aclarar que este señor no es nativo de Guarne, simplemente vino hace tres años, se radicó aquí y se ubicó en una finca como mayordomo”.

La Fiscalía lo presentó en sociedad como un trofeo. Su captura era el resultado de cinco meses de atar cabos sueltos. A partir de una denuncia, detectives del Gaula de Oriente rastrearon la señal del celular de una de las víctimas y obtuvieron las coordenadas en la vereda Hojas Anchas de Guarne. A diferencia de otros criminales que agachan la cabeza o dan la espalda cuando los fotógrafos disparan sus flashes, Jaime Iván Martínez Betancur prefirió dar la cara y pedir la palabra. Quedó registrado cuando los uniformados lo cogieron de gancho y lo escoltaron a lo largo de una vía sin asfalto. Caminaba erguido, mascaba chicle y lucía la camiseta del Atlético Nacional mientras una decena de reporteros trataba de seguirle el paso.
—¿Jaime Iván usted reconoce que asesinó a su familia?
—Si ustedes quieren escuchar la verdad, yo les digo la verdad.
—¿Cuál es la verdad?
—Yo maté a mi compañera, a mis dos hijastros y a la amiga de mi compañera porque le hacía los cuartos con otro hombre. Me llené de ira y los maté.
—¿Y las otras personas?
—¿Cuáles otras? No tengo otro crimen encima. Son solo esos cuatro.
—¿Por qué dijo inicialmente que eran veinte?
—Eso se lo dije a un sapo infiltrado que tenía aquí (en el calabozo). Él se estaba endiosando diciendo que había hecho cincuenta mil crímenes y yo por generarle el mismo temor que él me estaba generando a mí, le dije que yo también he hecho cincuenta mil cosas.
—¿Por qué mató a los niños?
—Realmente estaba ciego de la ira.
—¿Estaba drogado?
—¡Nunca! ¡No me he drogado jamás! —respondió tajante como si esa pregunta hubiera sido una ofensa.
—¿Qué sintió después de matar a los niños?
—No sé qué se siente en el medio de la ira.
—¿Se arrepiente? —le preguntó el periodista que había hecho la primera pregunta.
—¿Se arrepiente? —repitió por si acaso no había escuchado.
—¿Se arrepiente? —insistieron en coro. Por tercera vez, Jaime Iván guardó silencio.

Tres meses después, Natalia tenía a ese individuo hablándole al oído, contándole cómo conoció a su primera víctima. A María Natalia García Gil se la presentó un sendero y su bicicleta. Andaban los mismos caminos y después de varios meses, la invitó a compartir su ruta y la vida entera. La presentó como su mujer a los patrones de la finca donde era el mayordomo. Trabajaron la tierra a cuatro manos, hicieron equipo y cuando ella extrañó a sus dos hijos porque estaban lejos, Jaime Iván le propuso traerlos para que fueran familia.

***

El lunes 19 de septiembre de 2016, a las 3:02 p.m. el juez miró su reloj y comenzó la audiencia de formulación de acusación. Natalia tomó el micrófono cuando el juez le otorgó la palabra para que cada una de las partes se presentara: “Gracias su señoría, por la defensa actúa Natalia Zuluaga Rivera, abogada adscrita al Sistema Nacional de Defensoría Pública”.

Natalia es contratista de la Defensoría del Pueblo, la entidad del Estado que le brinda un abogado a quienes no tienen dinero para pagar uno. En términos formales es defensora pública, mal llamada “abogada de oficio”, su misión es representar los derechos del procesado, si es inocente demostrarlo, si es culpable amortiguar el peso de la ley que viene a caerles encima.

Se la pasa en los pisos más altos del edificio de los juzgados en La Alpujarra, visitando reos en los penales o estudiando expedientes en su oficina. Puede desayunar con un caso de inasistencia alimentaria, almorzar con uno de secuestro extorsivo, tomar el algo con varios de hurto calificado y cenar con alguno de acceso carnal violento.

En su tiempo libre cambia los artículos de la Constitución por las notas del pentagrama, los tacones por zapatillas de ballet, los alegatos por clases de canto. No pierde el tiempo en redes sociales porque no tiene. Cerró el Facebook cuando empezaron a llegarle solicitudes de amistad desde la cárcel, las únicas notificaciones que recibe le llegan al correo electrónico y provienen de los juzgados.

“Buenas tardes”, saludó el procesado con acento paisa en esa primera audiencia en Medellín. Habló con fuerza y pronunció sus nombres como si fueran uno solo. “Mi nombre es Jaimeiván”. El juez informó que la fiscal no pudo asistir porque estaba en otra diligencia judicial. “Por esa razón el despacho se ve en la obligación de reprogramarla. Siendo las 3:07 p.m. se suspende esta audiencia, a ustedes gracias por la asistencia”.

El acusado retomó el hilo del relato en voz baja junto a su abogada. El 3 de noviembre de 2015 a las 7:30 a.m. su pareja le confesó que tenía otro hombre.
—Me ardía la sangre. “¿Decime qué te da él que no te dé yo?”. “Tranquilidad”, me respondió y yo le dije: “Entonces yo te voy a dar tranquilidad para siempre”. Nos fuimos a cuidar los animales, tomé una cuerda y la cogí por el cuello. No se lleva un minuto para morir. Cuando ya estaba muerta, la empaqué en un costal de fibra, me la eché al hombro, la llevé hasta una zanja de la finca y la arrojé.
—¿Por qué mató a los hijos? —indagó la doctora.
—¿Para qué se iban a quedar en este mundo sin mamá?
—le objetó Jaime Iván. Luego le contó que dos meses y medio después hizo lo mismo con la vecina “porque fue la que le presentó al tipo”.
—Este caso no me parece normal, esto no lo comete una persona en sano juicio —opinó Natalia—. ¿A usted qué le pasó?

Jaime Iván la miró y antes de responder el guardia interrumpió porque ya era hora de llevarlo de vuelta a su celda. Natalia le anunció visita en días venideros para conversar sin afanes. Él aceptó y, antes de ser esposado de nuevo, se despidió de un apretón de mano.

***

Natalia se echó antisolar en la cara y un poquito de rubor en las mejillas. Cogió carretera y por la vía al mar llegó a ese puerto de naufragios. En el kilómetro seis hacia el occidente está Pedregal, Complejo Penitenciario y Carcelario de Medellín, donde vive Jaime Iván. En las afueras del corregimiento de San Cristóbal emerge esa mole gris, un edificio soberbio que le prohíbe la entrada al sol. Desde afuera se siente la penumbra y se presiente el olor a clausura. Se escuchan las voces engullidas por las rejas y se ven las manos de los presos a través de las ranuras.

Natalia mostró la cédula, una guardiana le esculcó la espalda, la cintura y los bolsillos, cruzó descalza el detector de metales, puso la huella del dedo índice sobre la hoja de un libro y coronó con una libreta y un lapicero entre manos. En su brasier traía un amuleto escondido. Una medallita de San Benito y otra del Milagroso de Buga. Tiene la costumbre de llevarlas consigo para que la cuiden cada vez que cruza la frontera hacia ese infierno.

Jaime Iván tiene diez minutos de sol al día, está encerrado en la Unidad de Tratamiento Especial, duerme en una celda de aislamiento, separado del resto, no por castigo sino por seguridad. A quien se mete con niños le va muy mal adentro. En un patio común es candidato a linchamiento y su vida está en riesgo.

Jaime Iván llegó escoltado al locutorio, lo dejaron a solas con la doctora y ambos fueron al grano. Ella escuchó y tomó nota hasta antes del mediodía. El relato de Jaime Iván le tumbó el poco rubor que llevaba. Quedó con un vacío en las entrañas y una sensación parecida al hambre que duele o amilana.

Sintió una necesidad apremiante de encontrar refugio, en vez de ir a la oficina buscó un lugar dónde escamparse. Le urgía conversar con alguien sobre los pormenores de la vida de ese hombre. Necesitaba un interlocutor que no le dijera lo mismo que todo el mundo: “Que se pudra en la cárcel”.

Eligió a una mujer ad portas de los ochenta años, la persona que le enseñó a ver la vida de otra forma. Socióloga de profesión, pianista por afición, su amiga por suerte y su madre por accidente. Natalia es la hija menor de una docena que Piedad Rivera trajo a la Tierra. Como ninguna, les enseñó a sus hijos a respetar a los murciélagos y a querer a las brujas. Después de Jesucristo, Don Quijote fue un modelo a seguir en esa casa. Doña Piedad nació en los años treinta con el corazón en el lado derecho y con el resto de los órganos en el lugar opuesto. Natalia no le heredó esa malformación genética pero sí la facultad de ver siempre las cosas desde otro lado, en otras palabras, la facilidad —para muchos insoportable— de llevar siempre la contraria.

La señora Piedad la recibió con sopa y seco. Antes de meter la cucharada a una sopa de guineo, Natalia empezó a narrar esta historia. Jaime Iván nació el 16 de julio en Samaná, Caldas. Llegó enfermo al mundo, lo mandaron para la casa de la abuela mientras cogía aliento. Dos años después fue solicitado por sus padres y trasladado a una vereda.

Fueron siete hijos: cuatro hombres, tres mujeres; él llegó de quinto. La mayor tiene más de cincuenta años, el menor se acerca a los cuarenta y él ajustó 45. No tiene memoria de juegos en el campo. Recuerda su hogar como un lugar de trabajo, a sus hermanos y a su madre como compañeros de faena y a su padre como el patrón. Un jefe rudo, usuario del grito, subordinado del licor, proveedor de castigos.

Jaime Iván tenía que estar despierto desde las 6:00 a.m., ir a la escuela y regresar a jornalear. Tiene recuerdos perforados por el hambre. Se la pasaba en las tardes cogiendo café, cargando caña, arriando bestias, consiguiendo el revuelto y tomando aguapanela para pasar el cansancio. En las noches trataba de hacer tareas pero lo vencía el sueño. Como su rendimiento en clase no era bueno, llegaron las quejas de los maestros y con ellas las pelas en casa.

El ambiente empeoraba cuando amanecía la cama mojada, sin darse cuenta, en la madrugada se orinaba. Ante el correazo, el estrujón o la trompada, Jaime Iván contenía el llanto. Ese gesto desajustaba a su padre porque lo asumía como un desafío. Entonces lo cogía de los brazos, le clavaba un alfiler bajo la uña, dedo por dedo, mano por mano, hasta que por fin soltara la primera lágrima.

Aunque a todos los maltrató, tuvo una fijación con Jaime Iván porque no manifestaba el dolor. Mientras más resistente se hacía, más lo lastimaba. Con el tiempo cambió la modalidad de tortura. Un día de feria le exigió acompañarlo al pueblo. Lo obligó a quitarse los calzoncillos y a ponerse el vestido de una hermana. Después de caminar por trocha llegaron al parque principal y allá, a la vista de damas y caballeros, niños y niñas, improvisó un espectáculo.

Con un bastoncito comenzó a alzarle la tela del vestido, por delante y por detrás. Nadie entendía la intención de ese acto, para qué vestir a un niño de cinco años con atuendo femenino para luego mostrar sus genitales en público. Unos insultaron al padre, le gritaron loco, otros se burlaron del hijo, lo miraban como si fuera un animal de circo. Jaime Iván sentía vergüenza y ahogo, pero todo lo guardó. No podía darle el gusto a ese señor de verlo llorar.

Otra vez la golpiza le tocó a su madre. Jaime Iván no sabía qué hacer con tanta impotencia mientras ese hombre la cascaba. Corrió y aplastó los cultivos de la finca y despescuezó a los pollos del galpón. “Despídase de sus hermanos y de su mamá que usted no va a volver acá”, le advirtió al niño de seis años con una escopeta en el brazo. Caminaron hasta llegar a una cumbre y escuchar el sonido estrepitoso de un río. Jaime Iván miró hacia abajo con cautela, si daba un paso en falso podría rodar por el abismo y caer a la corriente.
—Papá, por qué no me mata de un disparo, así usted descansa de mí y yo descanso de usted —le pidió Jaime Iván en tono de súplica buscando una salida a esa intranquilidad.
—Es que no es lo que usted quiera, es lo que yo quiera —le replicó mientras levantaba una roca del tamaño de un ladrillo. Sacó una cuerda, le hizo un par de nudos, agarró a Jaime Iván a la brava, le ató la soga al cuello, le colgó la piedra y lo empujó al río.

***

—Esta defensora tuvo conocimiento de unos antecedentes de Jaime Iván Martínez Betancur que dieron lugar a que emitiera una orden de trabajo para que los médicos legistas de la Defensoría del Pueblo hagan una evaluación acerca de las condiciones mentales que pueden dar lugar a alegar una inimputabilidad —informó Natalia en la sala de audiencias el 22 de noviembre de 2016—. También se solicitará al Grupo de Clínica de Psiquiatría y Psicología Forense del Instituto de Medicina Legal designar un profesional para evaluar y emitir un dictamen acerca de una posible enfermedad mental. Considero que se debe aplazar esta audiencia con el fin de tener un dictamen preliminar para determinar si es o no pertinente incluir o descartar esta posibilidad.

Si le hubieran preguntado al imputado sobre la idea de su abogada no hubiera respondido. Sabía que en los juicios declaraban inocentes o culpables, pero jamás había escuchado la palabra inimputable.
—Después de haber hablado con su hermana sobre su infancia, yo creo que usted podría estar afectado psicológicamente. Quizás lo que cometió no lo hizo en sus cinco sentidos —le insinuó la defensora.
—Yo no estoy loco —le interrumpió convencido.
—¿Alguna vez fue a donde el psicólogo?
—indagó Natalia.
—Nunca en mi vida he ido donde un médico —le contestó con orgullo.
—Permita que lo vea un experto para establecer cómo está su salud mental. De pronto la cárcel no es el lugar en el que usted deba estar recluido
—le insistió.
—Yo hago lo que usted me diga, doctora —respondió con un dejo de resignación.

Aunque todas las partes aprobaron el aplazamiento de la audiencia para explorar si el procesado estaba cuerdo o no, afuera de la sala una de las funcionarias interpeló a la abogada.
—¿Cómo se le ocurre? ¿Si lo que hizo este tipo fue horrible?
—Yo sé… pero de pronto tiene un trastorno mental y pudo haber actuado en un estado transitorio de demencia.
—¿Cómo va a ser inimputable?
—Puede que me digan que no y voy a quedar tranquila porque lo intenté.
Este es mi rol, yo soy defensora.
—¿Qué es esto?
—Si estoy pidiendo una evaluación mental es porque algo surgió en la investigación. Yo no dije: “Voy a dilatar esta audiencia porque sí, injustificadamente”. Si a mí la ley me da una herramienta yo la utilizo.
—¡Está loca!

***

El 18 de enero de 2017 volvieron a encontrarse en el Palacio de Justicia. El sindicado se puso tenso cuando reconoció a su mamá entre el público.
—Señor Jaime Iván, el despacho le va a preguntar si acepta la responsabilidad de los delitos de homicidio agravado y desaparición forzada agravada.
—Sí su señoría.
—¿Usted lo hace de manera libre, consciente, voluntaria?.
—Sí.
—Usted está consciente de que el despacho deberá emitir una sentencia condenatoria en su contra. Esto es una pena de 42 años de prisión, una multa de 10.664 salarios mínimos legales vigentes y que usted no puede retractarse de esto más adelante.
—Sí.
—¿Hay alguien que lo esté obligando o presionando para que acepte los cargos?
—No su señoría.

Natalia salió cabizbaja ese miércoles de enero. No se pudo quitar a Jaime Iván de la cabeza, ni las cifras de esa condena. Pensó en lo que hizo bien, en lo que hizo mal, en lo que pudo haber hecho. Quedó con la conciencia tranquila.

Desde noviembre todo se opuso. La estrategia no era hacerle una gambeta a la justicia, ni ahorrarle años de cárcel a su defendido. Se lo imaginaba encerrado por décadas en una celda matando tiempo. ¿Qué hacer con el trauma, el duelo mal elaborado, el vacío, la verdadera causa de su comportamiento desviado? No solo necesita un tratamiento de resocialización, también uno psicológico, psiquiátrico, espiritual. Alguno que lo corrija pero que además lo alivie, que si acaso sale libre a los 87 años no salga igual ni peor.

A pocos días de reunirse con miembros de la Unidad de Investigadores de la Defensoría del Pueblo para analizar el caso, recibió una llamada que parecía de larga distancia.
—Doctora, con Jaime Iván —la saludó desde el penal y con cierta premura continuó—, estuve pensando y yo quiero aceptar los cargos de una vez.
—De pronto hiciste eso sin estar en tus cabales, esperemos que salga el resultado.
—Bueno, yo hago lo que usted diga entonces.

Los expertos de la Defensoría del Pueblo fueron directos: “Qué hizo y cómo lo hizo”. Luego de escucharla, descartaron cualquier posibilidad de alegar una inimputabilidad. Primero, quien asesina y luego desaparece el cuerpo es tan consciente de su culpa que por eso mismo lo oculta. Segundo, dos meses y medio después, repitió el crimen del mismo modo. De eso se infiere que hubo premeditación. En vez de encontrar atenuantes en este caso, sobraban los agravantes. Para acabar de ajustar, Jaime Iván no tenía historia clínica en la cual respaldar un supuesto trastorno mental de vieja data.

Aún así buscó la cita con peritos del Instituto de Medicina Legal y solo había turno en siete meses. Cuando Natalia comenzaba a descartar la idea, su celular volvió a timbrar.
—Doctora, con Jaime Iván —cruzaron saludos y él prosiguió con la voz perturbada—. Yo no estoy loco… yo quiero salir de esto ya.
—Bueno Jaime Iván, aceptemos.

Natalia informó a la fiscal sobre la voluntad de su defendido de aceptar los cargos para finalizar el asunto de manera breve y sin ir a juicio. Así renunciaba además a la posibilidad de ser declarado inimputable y pasar su condena durante veinte años en un hospital psiquiátrico.

Después de un tire y afloje, pactaron 42 años de prisión y una multa de más de siete mil millones de pesos. Cuando Natalia le preguntó a Jaime Iván si estaba de acuerdo con esa negociación, aceptó sin pensarlo. Atrás entre el público donde estaban los familiares de las víctimas tampoco hubo reparos. En una esquina una anciana, de baja estatura, con la piel ajada, contextura frágil y apariencia campesina no dejó de mirar al condenado. Cuando un guardián lo cogió del brazo y se lo llevó esposado con las manos en el coxis, la señora se acercó y le dio un abrazo.

***

En marzo de 2017 Natalia recibió una llamada del canal Caracol. La productora del programa El Rastro —de los mismos creadores de Séptimo día— le manifestó el interés de incluir su testimonio en el próximo capítulo.
—¿Cierto que usted defendió al monstruo de Guarne?
—¿Cuál monstruo? Yo defendí a una persona
—le dijo molesta, cansada del tema y se abstuvo de dar una declaración frente a las cámaras. Ya se imaginaba recibiendo insultos en la calle por cuenta del enfoque del programa. A Jaime Iván también lo contactaron los realizadores y aceptó.
—¿Usted sí quiere dar esa entrevista? —lo confrontó Natalia tratando de disuadirlo—. Puede verse amenazado aquí en prisión.
—Yo voy a hablar, doctora, tengo que hablar.

Antes de despedirse, Natalia le advirtió que ya no podría acompañarlo más, que en las próximas audiencias estaría a su lado otro abogado porque había aceptado otro trabajo.
—¿Doctora, cómo así que me va a dejar?
—le reclamó.
Natalia no supo qué decir, solo le sonrió y antes de irse de la prisión se zafó las medallitas que traía escondidas y le entregó la del Milagroso de Buga.
—Gracias doctora, la voy a guardar —le dijo mientras la empuñaba.
—Él le va ayudar a sobrevivir acá.

***

La última vez que Natalia vio a Jaime Iván fue en televisión el 1 de mayo de este año. El programa El Rastro fue emitido en la noche de ese lunes festivo. A diferencia de los noticieros que resumen un suceso en un minuto y medio, este formato de televisión le otorgó 42 minutos para reconstruir los hechos aún cuando los familiares de las víctimas, al enterarse de la participación del condenado en el capítulo, pusieron una tutela implorando que no le dieran más la palabra a Jaime Iván. Ya la verdad se supo y la justicia llegó, los detalles sobran y solo siguen desgarrando.

No hicieron caso. Enfocaron el ceño fruncido en un primer plano de Jaime Iván. Su voz la acompañaron de tambores para aumentar la tensión de su relato. Con unas botas negras simularon los pasos del asesino. Pusieron en escena a un osito de peluche cayendo en cámara lenta y luego exhibieron sin retoque una calavera. Cuando mostraron las fotografías de los niños, un piano melancólico sonó de fondo.

La presentadora le sumaba dramatismo con sus gestos e invitaba a los televidentes a seguir conectados antes de ir a comerciales: “Ya regresamos con el monstruo de Guarne”. No hubo muestras de arrepentimiento por parte del malhechor. Solo hacia el final, incluyeron una frase que no coincidía con el tono que traía el programa en el que el descaro de Jaime Iván estaba en alza: “Si existiera la pena de muerte en este país, yo la pediría para mí”. Como de costumbre, este personaje conmocionó las redes sociales: “enfermo”, “loco”, “deben de meterlo en otra cárcel donde lo despedacen”, “eso no es el monstruo de Guarne, eso es el mismo diablo”…

Pautaron grandes marcas en horario familiar, hubo alrededor de dieciocho minutos de comerciales, miles de likes en Facebook, los tuiteros aplaudieron con sus trinos a todo el equipo de realización por su valentía. Hubo rating, todo les salió mejor que en el libreto. A Natalia le pareció más de lo mismo solo que peor. Sintió tristeza por la forma como se dejó utilizar Jaime Iván y vergüenza por la frivolidad con la que el “periodismo” tocó el tema.

Solo hubo un pronunciamiento con un enfoque distinto que no se hizo viral y pasó desapercibido. El Colegio Colombiano de Psicólogos planteó en un comunicado una reflexión acerca del génesis del monstruo de Guarne: “¿Qué sucedió con su niñez? ¿Cómo fue la relación afectiva de sus padres? No se pretende con lo anterior excusar o justificar este tipo de actos delictivos, pero sí a que nos cuestionemos ¿qué hace la psicología para que estos flagelos no se repitan? ¿qué hace la sociedad con nuestra infancia?”.

Dos días después de la emisión del programa, Jaime Iván tenía otra cita en el edificio de los juzgados a las 8:30 a.m. El 3 de mayo de 2017 tomó asiento y conversó con Nancy, su nueva defensora. Le contó que estaba muy afectado. Que recibió amenazas por lo que salió en televisión. Que había sido el peor error haber concedido esa entrevista. Que se sentía traicionado por los periodistas.

La abogada le explicó que esa era la audiencia de incidente de reparación integral de víctimas. Que era su oportunidad para manifestar cómo podría compensar el daño causado a los familiares de las personas que asesinó.
—No tengo bienes, tampoco plata.
—Podría contemplar una reparación moral o simbólica, quizás manifestando su arrepentimiento a las víctimas.
—Yo les pedí perdón en la entrevista que di pero nada de eso salió en televisión.

A las 8:57 a.m. el juez instaló la audiencia. Jaime Iván miraba para el techo y movía el cuello para los lados como si tuviera tortícolis. Como la fiscal no pudo asistir, el despacho reprogramó la audiencia para el 13 de julio. Antes de despedirse Jaime Iván tomó el micrófono.
—Su señoría, renuncio a salir otra vez de la cárcel.
—Si usted renuncia a ese derecho tendrá que aceptar las decisiones que se tomen acá sobre la forma en que usted debe reparar a las víctimas.
—No tengo dinero, tampoco tengo trabajo. Les doy mi vida, si mi vida les sirve por favor dispongan de ella. Les dono todos mis órganos para salvar otras vidas. Solo tengo para ofrecer mi ser humano.

 

Un domingo conmigo

11 Jul

Esta carta la escribió una amante un domingo de junio. Solían encontrarse solo cuando él quería y no cuando ella lo necesitara. El día prohibido para ambos era el domingo, ella la pasaba siempre sola porque él estaba con su familia. Escribió estas letras con cierta rabia, algo de culpa, bastante tristeza y todo un vacío. No era mala suerte ser la otra, había sido una decisión libre y voluntaria elegir a un hombre casado que solo podía darle sobras. Pero, aunque saliera perdiendo en esa historia, no era capaz de dejarlo.

Me gustaría,
que una tarde de junio,
un domingo,
tú quisieras estar conmigo.

Pero
más me gustaría,
que si aconteciera,
esa tarde de junio,
ese domingo,
yo tuviera fuerzas,
no te necesitara y pudiera decirte:
“No, no quiero estar contigo”.

Pero
como ni lo primero,
ni lo segundo sucede,
en la tarde de junio,
ningún domingo,
entonces yo sigo aquí…

En esta última tarde de junio,
un domingo,
sin fuerzas,
necesitándote y queriendo estar contigo.

Carta para reconocer el amor

10 Jul

Los presentaron los amigos en común y la sombra de un árbol. La primera cita fue en teatro, luego en una pista de baile. Los reunieron los crucigramas y las canciones de Leonard Cohen. Se amaron en la palabra y a buen paso. El camino prometía pero la vida les dio la vuelta. Los desunieron las decisiones y los azares. Les tocó andar por separado, cada cual con otra pareja. Después de dar tumbos, volvieron a encontrarse. Ya no eran los mismos y el amor era otro. En esta carta ella le propone, ahora que ambos están solos, cuidarse y –por qué no– volver a conocerse.

Hace rato tengo varias palabras atoradas para vos. Nos silenciamos, cada uno por las razones de cada uno. Sé que estás en un momento difícil para vos, en el que te estás reencontrando, te estás redescubriendo.

Yo también estoy en un momento difícil, del que apenas estoy despertando, o por lo menos haciéndome responsable de mi bienestar. La única posibilidad que nos podemos permitir es la de estar bien.

Cuando murió Leonard Cohen, también morí un poquito. Sentí que una parte de nuestra historia se iba con Marianne y León. Sentí que fue un año duro para ellos y también para nosotros.

Nos volvimos a encontrar después de varios años, feeling sí sentí, lo siento todavía. Creo que vos no lo sentiste igual. Al fin, somos seres distintos ahora y no sincronizamos en este momento.

Como me lo dijiste hace un tiempo, yo también estoy convencida de que vos y yo vamos a estar juntos en algún momento, solo que en este momento no fue, pero no quiero renunciar a la oportunidad de conocerte de nuevo.

No quiero que ninguno le robe la tranquilidad al otro, y mucho menos, que lo llene de más preocupaciones. No es justo con ninguno de los dos.

Thousand kisses deep.

Marianne

Otras cartas de esta historia aquí.

Carta a una mujer de la vida fácil

29 Jun

Esta carta la escribí por encargo de un hombre complicado y sentido, a veces agrio y negativo pero en el fondo un tipo querendón y agradecido. Estas palabras salen para una mujer paciente y optimista, con el aura clara y la sonrisa fija, para esa —no es cualquiera— que resultó haciéndole la vida simple y llevadera.

No tengo la menor duda y te lo escribo con una certeza rotunda: vos sos una mujer de la vida fácil.

Bastante fácil de hacer feliz.

Pasás bueno con nada, todo te gusta, me amás porque sí.

En cambio yo…

Soy pesado, denso, sombrío.

Para mí la vida es un pero, nada es suficiente, todo pudo ser mejor.

Vos al contrario: tan osada, tan loca, tan rara…no entiendo cómo te metiste conmigo: tan mal genio, tan mierda, tan complejo.

Por ahí dicen que los polos opuestos se atraen y —si fue así— ¡tan de buenas yo, salí ganando con vos!

Yo tan turbio, vos tan clara.

Yo tan fastidioso, vos tan querida.

Yo tan difícil, vos tan fácil de amar…

 

Carta del hombre espiral

24 Jun

Esta carta la abrió cuando había decidido blindarse. Aunque ese amor que traía por él no tuviera receso, ella estaba en temporada de cerrar ciclos. La leyó, la releyó y lo lloró, lo volvió a llorar. Por cómodo, por cobarde, por imposible. Al fin logró esquivar ese deseo de caer, la decisión estaba tomada y pudo ignorar esta carta. Sabía que ese hombre que de nuevo le hablaba de amor era un espiral que seguía enredándole la vida.

Las mañanas agónicas volvieron para sorprenderme en ese conjunto de sinsabores. A diferencia de la distracción usual de las labores en la ciudad, que no te atropelle un carro al pasar la calle o que elijas el aguacate correcto para el almuerzo, mi día y lo corrido de la tarde transcurrió viendo pasar el camino polvoriento que todos los días recorro y oyendo aquellas viejas canciones nuestras, esas que en vez de entristecerme más, me llenaron un poco de optimismo.

Iba como en una montaña rusa sin pendientes, aburrido y triste,  acompañado de la indiferente mirada de la gente así como del sol que me quema la cara, pensando y viendo tras de mis ojos innumerables escenas en las que tú y yo salimos victoriosos (al menos creo que amarnos sería una victoria).

Tramaba estratagemas que cortaran el tiempo de angustia y poder hoy mismo llegar al pórtico de tu casa y decirte: “no te vayas, ¡quedate conmigo!”. Al menos las pensaba, cobardemente las pienso aún.

Estos días fueron el breve ejemplo de un camino intransitado, lo he repasado paso a paso para conocer cómo pude habernos privado de nosotros y eso hace que quiera encerrarme en un calabozo y tirar la llave.

Pensaba las cosas o hasta las cosas me pensaban. Ya no sé qué oxímoron idiota inventar para resumir que me duele la cabeza y que te lloro. Te he llorado todo el día. Te lloré en la ducha, en el desayuno, en el bus, por solo saber que pronto puedes irte y ya no valga el hecho de que llegue a golpear a tu puerta.

Me perdonarás pero heredé la terquedad de mi abuela, la misma que me hace decirte que, aunque no te invadiré, no me alejaré de ti, no dejaré de pensarte, de quererte, de esperar verte para abrazarte y transmitirte todo lo que siento por ti, no renunciaré a ti ni al momento de llegar a ver qué hago para volver a enamorarte.

Por ahora contaré en los calendarios o en los dedos el momento en que pueda quitarme este velo de cobardía y de comodidad y pueda dejar de ser lo suficientemente egoísta para llegar a ti. A los dioses les ruego que no sea tarde.

Es muy raro que yo llore a lágrima viva (incluso lustros se necesitan). Me acuerdo de dos periodos de llanto y, entre llanto y llanto, pasaron tres años y una sola mujer… vos.

Thousand kisses deep my sunshine.

Me despido queriéndote mucho.

León.

 

La carta anterior acá.

La respuesta de ella acá.

 

De todo mi gusto

23 Jun

Para ser un piropo es largo, para ser un mensaje de texto es gigante. En cualquier caso, aunque no tenga puño y letra, esto es una pequeña carta de amor en los tiempos del chat.

Me gusta presenciar el momento preciso en el que el periódico entra por debajo de una puerta. Me gusta desayunar con huevo frito, echarle sal a la yema y dejarla para lo último. Me gusta bajarme lomas en bicicleta, bañarme con agua hirviendo y escribir sobre espejos o vidrios empañados.

Me disgustan los pitos de los carros y las motos bullosas. Me gusta cuadrarme en reversa, no me gusta que me limpien el parabrisas en el semáforo o que me toquen la ventana para pedirme colaboraciones. No me gusta encontrar la tapa del inodoro con gotas de orín y me asusta mirar la papelera de los baños públicos.

Me da rabia cuando suenan celulares en salas de cine o cuando suena la doble línea del teléfono. No me gustan las interrupciones. Odio las notificaciones de los grupos en Facebook, recibir un reclamo por escrito o pelear por WhatsApp y que el celular vibre porque sí y porque no.

Este recuento de gustos y disgustos pasaron por mi cabeza hace un instante cuando recordé un gusto y repetí un disgusto. Me gusta encontrar una llamada perdida tuya pero lo que me disgusta es perderme tu voz.

Pudimos haber sido tanto

22 Jun

Pasaron años y volvieron a encontrarse de repente. Ese abrazo que los saludó les resumió qué había sido de cada uno y cuánto amor seguía guardado. Los rebosó de nuevo esa sensación de latencia, de lo que sigue vivo e inconcluso.

León se arrepintió de haberle dicho adiós cuando eligió a otra mujer. Marianne recordó que aunque dejó la puerta ajustada, él jamás volvió. Ambos recordaron ese momento en el que decidieron tomar distancia y sospecharon que eran el resultado de una decisión mal tomada.

Pero antes darle cuerda al corazón y remorder la memoria, Marianne decidió con esta carta cerrar de un portazo esta historia para no derivar más frustración ni divagar en eso que pudo haber sido. Doloroso, sí. Pero estuvo sano decir otra vez adiós. Lo que fue, fue y lo que no, también.

 

Hoy me levanté triste. Con el corazón partío —así como la canción—. Es tan difícil decirte adiós, abandonar toda esperanza de compartir alguna parte de mi vida con vos. No quiero pensar en que la vida no nos va a cruzar nunca más, ni tampoco en que no voy a poder abrazarte o simplemente saludarte con el corazón, pero es lo más sensato que podemos hacer.

Me duele que haya pasado tanto tiempo, me duele saber que somos el resultado de una decisión mal tomada, me duele  que no te hayas quedado conmigo cuando todo pasó. Me frustra saber que pudimos haber sido tanto o más felices de lo que fuimos estando juntos.

Me da rabia conmigo misma por haberme mantenido en este letargo, por permitirlo. No sé cuánto tiempo te voy a querer, me gustaría creer que mientras te quiera vas a llegar a mí y me vas a decir: ¡No te vayás, quedate conmigo!

Pero llevo años creyendo que eso va a pasar y no sucedió. Así como nos despedimos hace años, esta vez también te deseo toda la felicidad que te merecés, que todos esos sacrificios que has hecho se vean recompensados, que dejemos de sentirnos frustrados y que todo te fluya enormemente.

Buscate, encontrate y seguro que cuando eso pase vas a estar bien.

Te quiero, te quiero mucho.

Thousand kisses deep.

Siempre Marianne.

La respuesta de él acá.

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Carta a un amor de verdad

30 Mar

 

A menudo jugaban a descifrar las palabras. Intentaron definir qué era el ritmo, divagaron toda una mañana en torno a su significado y, en ese intento por definirlo, salió esta carta de amor para una mujer que hace música con las manos y milagros con el corazón.

Llevo varios días pensando en el ritmo pero no he sido capaz de definirlo porque aún no alcanzo a entenderlo, para mí es tan complejo ese mundo de la música que creo que nunca podré descifrarlo ni escuchar con los mismos oídos de una persona como tú.

Para mí el ritmo tiene que ver con algo cíclico que se repite cada tanto, algo que se mueve, que se acelera, que se desacelera, que se puede dirigir con los dedos, que se puede marcar con aplausos o con golpecitos de pie.

Diría que es sinónimo de compás o de frecuencia. Pero ya sé que no, me aclaraste en términos matemáticos que el ritmo sería el conjunto universal, ese que contiene a todos los demás. El compás sería una cosa y la frecuencia creo que nada tendría que ver ahí.

Aunque no tengo la precisión de ustedes los músicos, sospecho que el ritmo tiene que ver con el equilibrio y la cadencia. En eso atino un poco, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española me dice que este sustantivo común, masculino, singular, de dos sílabas, cinco letras, viene del griego rythmós que significa fluir.

Entonces creo que el ritmo tiene que ver con el movimiento y con el tiempo preciso, eso que brota, que surge, que emerge, que tiene conexión, sintonía, armonía, que no se acosa, que no se tarda, que no se fuerza, que simplemente es y está.

Te he pedido comparaciones e interpreto que si habláramos de gastronomía el ritmo sería la receta, ese toque exacto, esa unión de ingredientes, temperaturas y tiempos. Me imagino que en la moda tendría que ver con la textura, el color, el diseño y el cuerpo que viste la prenda. Todo en conjunto sería ritmo a la vista.

Si nos metiéramos en el ámbito de la farmacéutica, creo que el ritmo sería la fórmula, esa mezcla de químicos que en su justa medida y cada tantas veces al día podrían traer la cura. En el cine se le llama montaje y se refiere a esa forma de armar las piezas de la película para desarrollar la historia: la fotografía, el sonido, los diálogos, las acciones, la música, el silencio.

Me contabas que el ritmo fue lo primero que te enseñaron en la guardería, que desde los tres años tu conexión con él vino a través del tambor. Que aprendiste que el ritmo es lo esencial, lo vital, lo necesario, lo imprescindible para que exista la música. Por eso me has comparado al corazón con un instrumento del cuerpo que late, que bombea, que vibra, que comunica, que siente, que fluye: el corazón como impulso, contracción, fuerza y carácter.

Me explicaste que puede haber vida aún con muerte cerebral, sin miembros, sin órganos, sin sentidos ni reflejos pero sin corazón nadie: si el latido es el primer síntoma de que estamos vivos, entonces el ritmo es una señal de vida.

—¿Y el marcapasos? ¿Qué sería?— te pregunté.

Me respondiste que ese aparatico era como un ayudante para quienes ya no tenían ritmo cardiaco. No sé si me equivoque al decir que de pronto un marcapasos es como un director de orquesta y un percusionista metiditos entre el pecho. ¿No?

En fin. Sigo divagando.

Siguiendo el cuento por ese lado y metiéndonos tú y yo en esta historia, creo que tú llegaste justo cuando me quedaba sin ritmo, sin sonido, sin volumen, cuando mi corazón apenas cumplía esa función orgánica y simple de conducir mi sangre.

Y tú, mujer portadora del ritmo, que tienes la artillería para hacer fuego y para conducir la luz, tocaste mis venas, mi piel, mis oídos, mi alma y me devolviste los pálpitos, la energía, el ímpetu, la capacidad de amar.

Me reanimaste y me recordaste qué era volver a la vida. Llegaste a tiempo a mi historia con la fórmula, la receta, el antídoto. De repente trajiste esa certidumbre de que en cuestiones del ritmo —como del amor— todo se acopla y encaja, no hay nada que forzar ni arrastrar.

Ya ves, a tu lado estoy aprendiendo de qué se trata todo esto, de a poquito porque todavía no entiendo mucho, soy torpe para ciertas cosas, apenas estoy descubriendo tu mundo, tu instrumento, tu música. Apenas voy paso a paso, conociendo de qué se trata este asunto de fluir y celebrando que por primera vez a mi vida llegó un amor de verdad.

Carta para un hombre ambiguo

27 Mar

La esperanza la tenía ciega. No sabía cómo deshacerse de ese maldito optimismo que todos los días la hacía pensar en él, en ambos, en un futuro compartido. Tal vez por sus cartas o por el último encuentro quedó retenida en el tiempo, en su recuerdo. Algo por dentro la hacía creer que iban a volver a pesar de que todo por fuera le mostrara lo contrario. Le costaba reconocer que aunque él todavía la quería, no era suficiente para querer estar con ella y dejar a su novia.

Cada momento que he vivido con vos lo he aprovechado al máximo, que me hubiera gustado que fueran más, sí. No lo puedo negar, todavía quiero que sean más. Vos te me volviste un pensamiento recurrente, una imagen continua, un deseo permanente, se creó una conexión entre nosotros tremenda, yo no me explico cómo, ojalá supiera para que todo fuera más sencillo.

No creo que nuestro encuentro haya sido un error o una prueba para nuestros temples, probablemente fue un asunto mancomunado entre nuestras personalidades lascivas que se atraen tanto. Pero totalmente necesario, para darnos cuenta de que no nos hemos podido dar fin, que seguimos ahí, deseándonos, queriéndonos sin forma de encontrarnos otra vez.

No sé si fue un encuentro infructuoso, pero cada cosa con vos me genera más que ganancias, un montón de satisfacciones. Pero sí es claro que no merezco quedar en un limbo emocional cada vez que aparecés, porque en lugar de disminuir lo que está en reposo, se despierta y me aumentan las ganas de vos.

Definitivamente, no sé qué hacer con este “nosotros”. Y después de leerte quedo más confundida aún. Es complicado cuando en tu carta no veo más que emociones en algo que debería tener argumentos.

Un fortísimo abrazo, y como siempre, thousand kisses deep.

Cartas cruzadas aquí 

Carta para después del desliz

21 Mar

Quedaron en que “no más” pero la última vez que se vieron “pasó de todo”. Ella quedó vuelta nada y le escribió una carta para aclarar las cosas, para que tomara una decisión: o todo o nada pero nunca ese limbo en el que de nuevo estaba.    Esta es la respuesta de él, con estas letras ella confirmó su mal presentimiento, ese último encuentro fue quizás tan solo una recaída en ese proceso largo de aceptar que esa historia ya no daba para más.

Debo decir que tienes razón, maldita sea, siempre la tenés. Pero no he mentido en nada, puedo jurar que tú eres la persona con quien he sido lo más honesto posible. Compartir contigo esa noche nunca fue un error, ni siquiera un reto para probar mi temple, simplemente fue una oportunidad que me di a mí mismo para verte así sea por un instante

¿Que quise incitar el erotismo? Verdad, no puedo negar que mis sentimientos están intactos y eso incluye el deseo. Pero fui muy lejos, debes perdonarme, pues te prometí y me prometí a mí mismo alejarme y prudentemente mantener distancia. No pude hacerlo. No sé si fue un asunto mancomunado o que nuestras lascivas individualidades fluctuaban independientes.

Entiendo perfectamente tu llamado de atención y de seriedad, si de algo vale quiero decir que nunca ha sido mi intención usarte o volver a engatusarte, jamás he querido hacerte daño aunque te confieso que una parte egoísta de mí me incitaba a quedarme esa noche, pero no debía, no podía. Aunque tarde, tomé la decisión que yo pretendía correcta y me fui.

Lamento mucho hacerte sentir esa desolación e inestabilidad, pero pese a todo y al peso de las circunstancias he de hacerte saber que sos una persona que abarca y atraviesa violentamente todos los planos de mi vida, desde lo fútil y obvio hasta lo íntimo y volitivo.

Thousand kisses deep.

P.D. Lo de aclararme lo entiendo mucho, tenés razón en regañarme, no merecés esos embates tan odiosos de la memoria y los sentimientos.

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Necesito que nos aclaremos

8 Mar

Por el bien de ambos pactaron no volver a verse. Pero, aunque evitaron encuentros, hablaban casi a diario por chat. Tenían una cibervida, seguían siendo como eran pero sin tener contacto físico. Ninguno se iba del todo, sentían que la historia había quedado inconclusa y creían que –quizás– les iba a tocar el bálsamo de estar juntos alguna otra vez.

Tiempo después, sus miradas se reencontraron un sábado al mediodía. Tomaron vino, comieron juntos y la noche los dejó en vilo. Antes del amanecer, él ya había partido de su casa. El domingo fue un día de silencio, denso y turbio, triste y complicado. El lunes, ella le envió esta carta para saber qué hacer con ese tornado que de nuevo arrasó con ella por dentro.

 

Delicioso el vino.
Maravillosa la compañía.
Lástima y lastiman las circunstancias.

Verte así fue hermoso, delicioso y complicado. Todavía disfruto mucho de vos, es como si no hubiera pasado el tiempo. Gracias por la velada.

Pero por todo lo que nos generamos, por lo que te genero, por lo que me generás, por la tranquilidad que nos merecemos, necesito que te aclarés, que nos aclarés y decidás estar lejos o estar de verdad para mí, porque cada vez que te me aparecés se me remueve todo, se me revuelve el estómago, se me baja la presión y me desestabilizo otra vez. Y todo eso no me lo puedo permitir si solo soy un fantasma del pasado.
Tante grazie
Mille baci per te.

Marianne

La respuesta de él aquí

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Reporte cardiaco

7 Mar

Estas líneas son para un periodista que se quedó sin palabras de amor. Él es de esos que hablan frente a la cámara y tienen los segundos contados para decir lo preciso y mostrar su mejor cara. En la calle es un tipo elocuente y con don de gentes pero en casa anda callado y ausente.

Su esposa, al contrario, es de pocas palabras, tímida con los extraños pero cariñosa al extremo con los cercanos. Ella sabe que la relación está en temporada fría, que el silencio que antes era cómplice ahora los tiene apartados, intermitentes, sin sintonía.

Esta carta pequeñita y escueta, con apariencia de telegrama, es tan solo un reporte triste que se le escapó a su corazón. Entre estas letras ella quería soltarle un pequeño dato, revelarle que añora a ese hombre de antes que tenía tiempo de sobra e infinita presencia en su historia.

 

Te amo.

Lo escribo porque tienes derecho a la información

y mi corazón aunque es parco

tiene no solo el deber sino la necesidad de reportarlo.

Te extraño.

Horas de duelo

3 Mar

Él decidió dejar la historia iniciada por retomar la trayectoria que tenía con su ex. Ella quedó en pleno vuelo, mirando cómo se desviaba de rumbo, planeando cómo maniobrar con ese duelo. Esta carta la escribió en medio de la turbulencia, en ese proceso de aterrizaje forzado cuando la esperanza sigue dando vueltas.

El destino no es el único responsable de un nosotros…sin nosotros, dejarle tal suceso al azar me parece injusto. Cada cual es responsable de sus decisiones, el dueño de su vida y de su proceder.

Yo en este suceder nunca decidí nada hasta el momento en que me enamoré de vos y al final de ese “nosotros” luché mucho para que ese “nosotros” continuara juntos y no ser esa formulita del “sin nosotros”.

Aquí nadie tiene culpas, es más, si de culpables hablamos soy la que menos culpabilidad debe sentir. Yo no me vi afectada por alguna decisión que yo haya tomado, yo me veo, todavía, muy afectada por las decisiones tomadas por terceros, decisiones que aún me mantienen en una situación de altas y bajas no muy recomendable, pero que afortunadamente he aprendido a sobrellevar y cada día me hacen más y más fuerte de lo que me llegaste a conocer.

A esta situación le agradezco eso, la fuerza que he adquirido, ¡imagínate, más fuerza!, siempre se puede tener más. La verdad no sé si es recomendable seguir sabiendo el uno del otro como lo hemos mantenido o si por el contrario, es mejor seguir viviendo en el silencio cada uno, hasta que el nosotros…sin nosotros deje de existir.

Ayudame a pensar qué es lo más sano para ambos, porque cuando siento que vos te vas del todo se me va un pedazo del alma, pero cuando estás me duele toda completa.

¡Thousand kisses deep!

La carta anterior aquí

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