Sí, acepto

18 Jul

Les comparto esta crónica que escribí hace poco, es la historia de Diego y Edith, una pareja que me abrió las puertas de una casa y las rejas de una celda. Fui testigo de un amor que entró y salió de la cárcel.

Esa no era una boda común y corriente. Si el sacerdote hubiera sabido en qué condiciones se enamoraron los novios, se hubiera ahorrado algunas preguntas. Como no sabía, entonces le preguntó a esa mujer lo de siempre. Que si tomaba a ese flaco por esposo, para amarlo, en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad. “Sí, acepto”, respondió con un brillo en los brackets. Y así, sin titubeos, Edith se casó con ese hombre recién salido de la cárcel.

A las nueve de la mañana del 20 de agosto de 2010, cuando aún estaba adentro, Diego la llamó, le confesó que estaba nervioso, que sentía un cosquilleo en los pies. Él solo sabía que la misa era a las seis de la tarde. No sabía el resto, ni cómo, ni dónde, ni con qué iba a casarse. Edith y su cuadrilla de amigas se encargaron de toda la logística. Él solo tenía que salir de Bellavista y dejarse llevar.

Diego le hizo la propuesta un año antes. Ella no le creyó, le dijo: “Baboso, sobre todo”. Él insistió, le juró que era en serio. “No se meta con un preso”, “él no está enamorao, él lo que está es amurao”, “la va a dejar cuando salga”, recordó los comentarios de la gente y luego pensó: “Pues de malas, me caso”.

Al día siguiente Edith buscó los anillos en el Centro. Él le sugirió que no fueran de lata, que parecieran finos, que no se doblaran ni se oxidaran con el tiempo. Encargó las argollas, no eran de oro puro pero algo de oro tenían. Se las entregaron en una semana y las guardó por dieciséis meses mientras preparaba la boda.

Diego salió de la prisión un viernes antes del atardecer, como si volviera de la guerra, hambriento y sin equipaje, con ansias, con afán de vivirlo todo a la vez. La responsable del transporte y de la indumentaria del novio lo estaba esperando en un taxi. Lo saludó, le dio un trago de aguardiente y, cuando ya iban en camino, le pasó el traje.

El saco le quedó ancho, los zapatos estrechos y el pantalón corto. Diego no se quejó, solo se reía, nunca en la vida se había visto tan elegante. La amiga que les regaló las fotos del matrimonio se encargaría luego de alargar el pantalón en Photoshop. La familia de Edith estaba triste. Nadie la entregó al novio en la ceremonia, ni su padre, ni sus hermanos. Todos se quedaron en la banca haciendo fuerza por el paso en falso que estaba a punto de dar. No les cabía en la cabeza que eligiera a un hombre que encontró por accidente en la prisión. A las 6:05 de la tarde, Edith vestida de blanco, caminó hacia el altar y se entregó sola.

***

Edith le tiene pánico al agua fría y a las alturas. No sabe montar en bicicleta ni en patines. Les tiene respeto a las arañas y a las mariposas negras que se posan detrás de la puerta de la casa. En cambio, para entrar a un penal no tuvo ningún cuidado, ningún agüero, ningún miedo.

Llegó por primera vez a Bellavista a visitar al sobrino. Entró al patio quinto y en medio del tumulto, del encierro, del barullo, perdió el juicio. Él tenía veintiún años, ella pisaba los treinta, la miró, lo saludó, él le echó un chiste, ella una carcajada. Era el último domingo de enero de 2003 cuando ese joven, alto y desgarbado, coqueto y risueño, cambió la ruta y la historia de Edith.

No fue amor a primera vista. En realidad, ese domingo hubo un reencuentro. La vida volvió a presentarlos con otros ojos y con otra estatura. Se conocieron en el siglo pasado, en una vereda, cuando él era un niño y ella una quinceañera. Fueron vecinos de finca en un pueblo del Oriente antioqueño. Edith era más alta que Diego y él más necio que ella. Él perseguía conejos y arrancaba flores. Ella mataba cucarachas y espantaba culebras.

A pesar de la diferencia de edad, Edith y Diego alcanzaron a coger frutas y a jugar canicas juntos hasta que aparecieron hombres de verde. Tanto la familia de Diego como la de Edith fueron desplazadas por la guerrilla. Cada una llegó a la cumbre de una montaña diferente en Medellín y desde entonces no volvieron a verse.

Edith no pudo terminar la escuela. En la ciudad le tocó vivir en un rancho de tablas, trabajar en casas de familia haciendo el aseo. A los diecisiete años se fue a vivir con un señor, tuvo tres hijos y, antes de cumplir treinta, se separó por el maltrato, por el encierro, por la mala vida.

La mamá de Diego fue la celestina que volvió a presentar a esos viejos amigos. Doña Fabiola reconoció a Edith en la fila dominical para entrar a Bellavista, la llamó, la invitó a reconocer a su muchacho y allá, rodeadas por bolillos, cámaras de vigilancia, concertinas afiladas, empezó el amor por Diego y la amistad con la suegra.

A Edith la rebozó el ímpetu. Cambió de trabajo, dejó los bares, el tufo y el guayabo. Trabajó en confecciones, recogió basuras en las madrugadas, abrió una guardería y cuidó niños en la mañana. En las noches retomó el colegio para terminar su bachillerato.

Edith ingresaba al penal cuatro veces al mes. Cada domingo se convirtió en el mejor día de su vida. Salía de Bellavista como si saliera de un spa o de un motel: radiante, despelucada, caricontenta. Aprendió a ser feliz en la brevedad, a disfrutar la ausencia y a saborear la añoranza entre semana. Cuando no se aguantaba las ansias de volver a verlo lo visitaba a escondidas de la guardia.

En la parte trasera de la prisión se trepaba a un muro, se agarraba de la malla, le silbaba, le acariciaba las manos, le daba besitos a través del alambrado y se despedía echándole la bendición.

Las cartas también ayudaron a matizar la espera. Ambos, ella en su pieza, él en su celda, escribían una bitácora de ausencia. Cada domingo había intercambio de correos. Así comenzó a coleccionar, ordenar, memorizar cartas de amor escritas por Diego. De cada año de noviazgo tenía sus fragmentos preferidos:

2003: “Agradezco a Dios que me haya tenido en este lugar para que nuestras vidas se cruzaran”.

2004: “Algún día, por algún motivo, perdí lo más preciado de todo ser humano, la libertad. Sin embargo y a pesar de haberla perdido salí ganando porque sin buscar o sin pensarlo, te encontré”.

2005: “No te imaginas cuánto le agradezco a mi madre por haberte traído a mi vida esa mañana de enero de 2003, recuerdo que la primera vez que te vi, sentí la necesidad de volverte a ver y luego fue imposible verte y no hablarte, hablarte y no tocarte, tocarte y no besarte, besarte y no enamorarme”.

2006: “Lucho día tras día por salir de esta prisión, para demostrarte no acá sino en tu mundo que este sentimiento es verdadero”.

2007: “No te imaginas las ganas que tengo de estar a tu lado pero afuera”.

2008: “Estos días que tuve que pasar sin verte me sirvieron para darme cuenta de lo mucho que tú vales para mí. Pues las horas son días y los días son años, una semana se pasa pero dos son insoportables”.

2009: “Te amo como eres y qué hps. Y si no te gusta así pues te va a tocar aguantarme porque ni por el putas te voy a dejar”.

2010: “Hoy digo con mucho orgullo y sin temor a equivocarme que en 28 años, 4 meses y 9 días eres lo más hermoso que ha podido pasarme”.

acepto2.jpg

Siete años más tarde, un cura los declaró marido y mujer. Después de la marcha nupcial empezó una tormenta de película de terror. Los invitados y los curiosos comenzaron a cuchichear: “Van a sufrir”, “les va a ir mal”, “no les conviene estar juntos”. El ventarrón, los rayos, los truenos, todo era un mal presagio.

Escampó y a la salida llovió arroz. Ambos parecían felices, convencidos de esa locura que acababan de hacer. “¿Ahora qué hacemos?, ¿para dónde vamos?”, preguntó Diego en el atrio. “Vamos a comprar un pollo asado”, respondió Edith. A Diego no le chocó que la recepción de su boda fuera en el asadero de la esquina.

Caminaron sobre la calle mojada y se desviaron hacia el salón donde sería la fiesta. Al ver las bombas, las flores, el bizcocho, Diego se puso las manos en la cabeza, abrió la boca y lloró. Después de tanto tiempo encerrado había olvidado lo que era un festejo.

No hubo dinero para tarjetas de invitación, Edith simplemente regó la noticia entre vecinas, amigas, colegas, conocidas y esa boda la armaron entre todas como si fuera un convite de cuadra.

A punta de empanadas pagaron el alquiler de los vestidos, los ingredientes de la comida y la luna de miel que empezaría el domingo. Una colega puso el equipo de sonido y la música parrandera. La madrina puso las flores para el yugo y la decoración de las mesas. Las sillas y los manteles los prestó el grupo de la tercera edad del barrio.

Otra amiga puso la vajilla desechable para la cena. El padrino puso una caja con botellas de ron. Y aunque sabían que ese matrimonio tenía las horas contadas, los invitados y los colados se confabularon y brindaron, bebieron y bailaron como si el fin del mundo estuviera cerca.

acepto3.jpg

La pareja llegó al amanecer del sábado y durmió hasta el mediodía. Hacía muchos años a Diego no lo despertaba el sol. Diego desempacó los regalos como un niño, jamás en su vida recibió tantos: perfumes, una licuadora, una olla pitadora, una plancha, vasos de cristal, toallas, un collar, un par de chanclas, un bóxer, unas tangas y algunos sobres con plata.

En la tarde fueron a devolver los vestidos, caminaron cogidos de la mano, Diego estaba aturdido con el sonido del Centro, extasiado con tanta gente, no paraba de mirar el cielo despejado, sin garitas, sin rejas, sin alambres de púas.

***

Diego Sánchez llegó a la cárcel Bellavista de Medellín nueve años antes de su matrimonio. Lo capturaron a finales de octubre de 2001 por un delito que sí cometió, no era inocente, era culpable, autor material e intelectual de los hechos. Las autoridades lo presentaron en sociedad como un asesino. Le tomaron las huellas, le asignaron un número y lo llamaron interno, preso, recluso. No tenía nombre ante el Estado porque nunca hizo un trámite, no tenía cédula de ciudadanía.

Era un N.N., una persona indocumentada, no tenía cómo demostrar su identidad, tampoco su nacionalidad, su edad, su pasado. No era nadie. Tenía veinte años de edad y el único registro de su existencia era un papel que fijaba el 21 de septiembre de 1981 como su fecha de nacimiento.

Sus padres anduvieron por varios pueblos de Antioquia. Su papá, don Antonio, era camionero, alto, flaco y barrigón. Su madre, doña Fabiola, trabajaba la tierra y la casa, tenía la piel blanca y la voz dulce. Emigraron al norte del país. Vivieron en una finca rodeada de cultivos de papaya. El papá viajaba a Medellín en el camión y vendía las frutas que cosechaban.

Diego era el mesero de la finca. La mamá preparaba la comida de los trabajadores. A él le tocaba ir y volver. Llevar y traer platos a un salón repleto de hamacas, machetes, costales. Otros hombres de verde les dieron una orden de salida, los paramilitares necesitaban “limpiar” la zona.

Los padres tragaron saliva y tristeza, miraron el reloj y comenzó la mudanza. Salieron de noche. Empacaron una parte y dejaron casi todo. No había tiempo ni espacio para trasladar un hogar. Así le dijeron adiós al campo y llegaron a Medellín en los años noventa.

El carro fue la casa en la ciudad. Como no había dinero para un hotel durmieron adentro del camión. A los días el papá llegó con el cuento de que tendrían una casa en la montaña.

Les advirtieron que ese terreno era propiedad privada, que no lo podían habitar porque los sacaban. Pero no había otra opción. Cogieron un pedacito de montaña mientras el Estado los desalojaba. Podía pasar un día, o podían pasar años.

Las primeras noches hicieron fuerza para que no lloviera mientras armaban la casa. Les alcanzó para que tuviera paredes de madera, tejas de cartón, piso de tierra. A esa parte de la montaña la llamaron “barrio de invasión”.

Tenían la mejor vista de Medellín. A la mamá le florecieron las matas, aparecieron dalias y rosas amarillas. Tuvieron una ardilla, un perro y un conejo que se murió de viejo.

Diego ingresó a una escuela nocturna. Descubrió que ya sabía leer cuando leyó en la montaña del frente una palabra verde luminosa que decía COLTEJER. A la salida se iba a ver la noche, las estrellas. Planeaba travesuras, le tiraba piedras a la luna. Su sueño era manejar un carro grande, viajar por Colombia con frutas a bordo, ser como su padre al volante.

El proyecto duró poco porque los desalojaron. Bajaron, cruzaron el río y subieron a otra montaña. El papá cambió el camión por una tienda, vendía legumbres a los vecinos del nuevo barrio. Diego ya no podía estudiar, para que la vida fuera posible tenía que trabajar y cumplir responsabilidades de adulto.

Los jóvenes de su edad estaban estudiando, otros estaban en esquinas o en billares, jugando cartas, algunos “vigilando” el barrio. A esos les decían milicianos, eran representantes de las guerrillas en la ciudad. La fama del miliciano era de “matagente”, era el que “limpiaba” el barrio de viciosos, ladrones y extraños. Abajo mandaban unos, arriba otros. Cada sector tenía su dueño, la recomendación era no cruzar las fronteras.

Los fines de semana pedían un dinero a la comunidad. A esa cuota le decían “colaboración” y la destinaban para el sostenimiento de la organización, para seguirlos “cuidando”. Aunque el papá decía que no era justo trabajar para otros, daba su aporte por miedo.

Durante años pagó sin falta la extorsión semanal. Un domingo le cobraron la vacuna y él la pagó. Minutos después se acercaron otros hombres y volvieron a cobrarle. Le advirtieron que quienes habían pasado temprano eran desertores de la organización. El papá se opuso a pagar de nuevo y lo mataron en la tienda.

Diego perdió el equilibrio, quedó en el suelo. El asesinato de su padre lo tumbó. Las autoridades subieron a recoger el cuerpo. Le entregaron unos papeles a la mamá para que pusiera la denuncia. Doña Fabiola no sabía leer ni escribir. Tampoco tenía documentos de identidad. No tenía fuerzas para hacer trámites en medio del duelo. Pedir justicia era perder el tiempo. Dejaron las cosas así.

Ocho días después los asesinos volvieron a la tienda a pedir la “colaboración” de esa semana. Diego estaba desbaratando lo que quedaba del negocio para irse del barrio. Al verlos, recordó los catorce disparos que le dieron al papá, lo imaginó arrastrándose por la calle, pidiendo ayuda mientras los milicianos lo miraban morir, sintió impotencia, explotó, perdió el control y vengó su muerte.

En cuestión de minutos lo capturaron. La policía lo presentó como el resultado de un exitoso operativo contra los grupos armados ilegales en las comunas populares de Medellín. Lo hicieron posar junto a una mesa con fusiles, escopetas, granadas. Le tomaron fotos, lo sacaron de la ciudad y la cárcel Bellavista lo recibió con sus rejas abiertas.

acepto4.jpg

***

El domingo Diego y Edith se fueron de luna de miel con veinte personas. Alquilaron un bus y tomaron la vía al mar. Diego se pidió la ventanilla para oír el viento. Salieron a las siete de la mañana y después de un par de horas de camino llegaron a una piscina para pasar un día de sol en San Jerónimo.

“Esto sí es alegría”, “esto es la libertad”, “¿qué más le puedo pedir a la vida?”, exclamaba Diego. Se daba la bendición y miraba al cielo como los futbolistas cuando meten un gol. Bromeaba, corría, saltaba, empujaba, abrazaba, gritaba, nadaba, cantaba, bailaba, reía, sudaba, vivía. Diego era la felicidad en persona.

Cuando Diego llegó a prisión su memoria era un laberinto. Afuera quedaron su infancia, su juventud, su madre. Creyó que ese era el final de todo. Solo quería morirse. Contaba los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, el tiempo no corría, no encontraba salida, solo podía mirar hacia el pasado, revivir la tragedia, maldecir su suerte, reprochar sus decisiones, llenarse de remordimiento, anhelar la muerte.

Todo le daba vueltas. Lo que hizo, lo que dejó de hacer, lo que quedó atrás, lo que pudo ser. Un compañero de celda le dijo: “De aquí para adelante hay otra vida. Tenemos que morir acá para nacer en el mundo de la libertad”.

Para volver a Medellín debía aprovechar esa temporada de reja. Le hizo caso. Se miró al espejo y empezó a fabricar el hombre que quiso y no pudo ser cuando estuvo libre. Por eso valoró lo que ese presente le daba de sobra: tiempo libre.

Adentro tuvo lo que no encontró afuera: acceso a la educación, a la salud, por primera vez tuvo un trabajo estable. En vez de pensar en las pérdidas, pensó en cuidar lo que quedaba, pensó en su vieja y le juró que algún día lo vería en libertad.

Doña Fabiola lo acompañó a lo largo de seis años. Quedó sola, viuda, sin empleo, enferma. No faltó un domingo en Bellavista, así le tocara irse a pie. Caminaba por horas, al sol y al agua, de ida y vuelta. Visitar a su hijo era su motivo de fuerza mayor.

Edith la invitó a vivir a su casa para cuidarla. Tomó vitaminas, estuvo en quimioterapia, le aplicaron morfina. Con el tiempo perdió el cabello, la fuerza. Aumentaron los dolores, poco a poco, la cama la fue agarrando hasta que no pudo volver a levantarse.

A finales de noviembre de 2007 empeoró. Tenía fiebre y los pies fríos. Le rogó a Edith que de esa casa no la sacara más. Que no le prolongara el sufrimiento. Miraba con pesadumbre al cuadro del Corazón de Jesús y repetía el nombre de su hijo.
—No me lo deje solo —le suplicó doña Fabiola a Edith presintiendo que moriría antes de tiempo.
—Doña Fabiola, váyase tranquila a descansar, yo no lo voy abandonar —le prometió Edith.

Llamó al médico, pidió ayuda: “Está alimentando el cuerpo, dele agua y morfina. Si la lleva al hospital le va a alargar la mala vida”.
—Su mamá está muy mal —le dijo Edith a Diego a través del celular ese jueves en la noche.
—No deje que se muera mi mamá, dígale que me espere —le imploró Diego.
—No la torture más, déjela ir, libérela de esa promesa —le insistió a Diego.

Diego apenas balbuceaba, intentaba hablar, esa impotencia de no estar presente a la hora de una muerte le apabullaba las palabras.

Edith le acercó el celular para que doña Fabiola pudiera escuchar la voz de su hijo.
—Madrecita… yo creo que no te voy a poder cumplir ese sueño…
—Ah… —suspiró un lamento y salieron lágrimas de renuncia.

A primera hora del día siguiente Edith llamó a la cárcel.
—No me cuente nada —le advirtió Diego presintiendo que su madre ya había muerto—.
¿Me va a traer a mi viejita?

Edith llamó al director del penal, explicó el caso y le permitió entrar en coche fúnebre para que Diego pudiera despedirse de su madre. Edith llegó en la tarde con las ojeras del luto, el conductor de la funeraria bajó el ataúd y lo condujo a la primera reja.

Edith estiró los brazos para la requisa. La guardiana hurgó en sus axilas, entre los senos, en el vientre, en los muslos, en las pantorrillas. Le advirtió que no podría entrar con tacones, que a la cárcel se entraba de chanclas. Como Edith no estaba de ánimo para demostrarle que en las suelas no traía droga, dinero, armas, ni celulares, entró descalza.

Mientras un guardián fue al patio a notificar a Diego, otro puso a un perro a oler el féretro. Luego ordenó abrirlo para requisar al cadáver. Diego llegó cabizbajo y esposado. Al encontrar la mirada de Edith se descompuso, la abrazó cuando tuvo las manos libres y sollozaron en coro. Se le acercó a su madre, le acarició las manos, le quitó una cadenita que ella traía en el cuello, le puso un escapulario de él y le habló en voz baja.
—Mi viejita, cuánta falta me vas hacer…

***

El lunes Diego amaneció despierto, callado, pensativo. La sonrisa del primer día ya no era la misma. Después del día de sol y del alboroto, pidió estar un rato en silencio con su mamá. Compró una rosa en las afueras del cementerio y cuando llegó a la bóveda se persignó y se sentó en el piso por un buen rato a hacerle la visita.

Edith asumió la condena de Diego como su causa. No fue difícil cumplirle su promesa a la suegra porque el amor la despertaba y le tenía el ojo abierto desde las dos de la mañana del domingo que salía a hacer la fila para verlo.

Consiguió el Código Penitenciario y Carcelario, estudió el artículo 147 de la Ley 63 de 1993. Supo que el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario concedía permisos hasta de 72 horas para salir del penal, sin vigilancia, a quienes hubieran trabajado o estudiado durante la reclusión.

Diego cumplía con todo. Estudió y se graduó con honores del colegio de Bellavista. Empezó a descontar días de su pena laborando como reciclador, panadero, barrendero. Como jamás tuvo un llamado de atención, lo ascendieron y trabajó en la granja, en el galpón y en la marranera.

Edith se encargó de hacer la gestión del permiso para que Diego tuviera un respiro, una degustación de libertad: fue, volvió, fotocopió, firmó, entregó, insistió, llamó, reclamó, presionó, esperó, recibió y nueve meses después de papeleos le aprobaron el primer permiso de salida el 20 de diciembre de 2009.

Diego se especializó en hacer rendir los recuerdos, guardaba reservas para prolongarlos en los días venideros de cárcel. De esa primera vez aún tenía memoria del humo y de las luces de la discoteca, de la sazón casera, de la velada romántica, de los alumbrados del río, del amanecer despierto, del horizonte sin muros, del atardecer desnudo.

Ocho meses después, volvió a salir y en 72 horas tuvo una boda, un sol de miel, una luna sin rejas y una separación prematura. De regreso a Bellavista compró una cerveza enlatada y la bebió lentamente mientras miraba la calle a través de la ventana del taxi. En el bolsillo llevaba un pedazo de torta negra que sobró de la fiesta.

A las 4:55 de la tarde ya estaba en las afueras de la cárcel con su esposa. Le pidió el favor al taxista de que la esperara un par de minutos mientras se despedían. Diego la abrazó, la cargó, ella se colgó de su cuello, lo besó. Ambos lloraron, se dieron las gracias, se separaron.

Edith lo vio entrar por la puerta grande. Le agitó la mano y cuando dejó de verlo la desbarató una sensación de vacío.
—Mis respetos señora, yo no haría eso — le dijo el taxista—. ¿Uno recién casado y ya separándose?
—Vamos a ver cómo me va —le respondió y se tragó un suspiro.

Edith no sabía en qué se estaba metiendo y, para ella, eso era lo mejor de esta historia. Apenas ajustaba tres días de casada con un hombre condenado a 38 años y seis meses de cárcel.

Anuncios

Esto era el amor

7 Jul

El amor puede ser una variable. Algo inasible, fluctuante, incalculable. Por eso, a veces desconcierta, perturba, quiebra. Esta carta la escribí por encargo de una persona que después de duelos, tumbos, desaciertos dio en el blanco, encontró a alguien y descubrió que el amor era todo lo contrario. Quizás una constante, tal vez un estado de sosiego, algo parecido al equilibrio. Resultó esta carta de gratitud, un elogio a un amor tranquilo.

Cuando era muy joven creí que había conocido el amor de mi vida. Con esa persona conocí extremos: el cielo y el infierno, la chispa y el témpano, la felicidad y la pesadumbre. Era alguien de palabras bonitas, pequeñas verdades, grandes omisiones, poco tiempo para mí. En resumen, no era un amor correspondido. Y aunque eso sea evidente, a veces cuesta verlo, es doloroso aceptarlo.

Y yo me conformé con eso. Me especialicé en desgranar ese poco y hacerlo rendir, mi memoria sabía recapitular los instantes para revivirlos cada tanto, mi corazón tenía reservas de recuerdos que prolongaba en esos días de ausencia. Creía que eso era el amor, que era feliz en esos minutos, si acaso horas, que compartíamos.

Cuando nos despedíamos, me tragaba un suspiro y me embargaba una sensación de derrota, de fracaso, de impotencia, de estafa. Sabía que pasaría mucho tiempo para volver a juntarnos y, como de costumbre, yo me conformaría con esas migas.

Cuando me quise, cuando caí en la cuenta del desnivel, de la desventaja, del costo-beneficio tan caro, me retiré, renuncié, me salí de ese mal negocio. Ya han pasado muchos años desde entonces y ahora que estoy contigo, pasa lo contrario. Ya no hay pérdidas. Ya no siento esas inoficiosas mariposas, mi estómago está tranquilo, el equilibrio es un lujo que tiene todo que ver con el amor y contigo.

Por fin conocí la bendita armonía. No me sofoco ni me congelo, no me quedan quemaduras ni cicatrices, no tengo que desgastarme yendo a la cumbre ni a la caverna, a tu lado todo es paisaje y buenaventura. No es solo tiempo, es demasiada vida la que compartimos, esta reciprocidad es un milagro. Y pasa que yo me despido de ti y, después de tu sonrisa, a mí me revuelve una sensación de gloria, contigo tengo siempre la certeza de que estoy ganando. Tu amor es una constante que solo me deja victorias.

Gracias.

Carta a papá

23 Jun

Doy clases de escritura en la universidad. En la primera parte del curso dedico varias sesiones de calentamiento. Le damos movimiento a la memoria, a la mirada, al corazón. Mezclamos literatura y periodismo. Hacemos ejercicios para darle color, atmósfera, banda sonora a los textos. Este año propuse escribir una carta de amor, la idea era lograr una transferencia de calor a través de las letras.  

Esta carta la escribió un estudiante inolvidable. El destinario es un hombre, un artesano, su padre. Mientras él preparaba su mercancía para la feria, su hijo lo miró, recordó, sintió y liberó estas palabras que acarician, que estrujan, que abrazan. El amor, así como el calor, es energía en tránsito.

Por:  Yerly Herrera.

No sé por dónde comenzar: siempre has querido que escriba sobre ti. Me lo reclamas y sé que no me lo perdonarás. Y quizá sea verdad: cuando mueras querré que vuelvas a contarme tus historias, tus sufrimientos y tus victorias, pero no estarás. Es de las cosas que más temo en la vida: la muerte de alguien cercano. Tu muerte.

Juntos hemos vivido el abandono. Ambos hemos sufrido el maltrato de una figura paterna que consume drogas. El tuyo no respondió por el hogar y temprano saliste a trabajar y a buscar comida para tu madre y para tu hermano. En cambio, tú has hecho bien lo que él no hizo: responder por tu familia. Incluso cuando mi madre se fue, tú te echaste toda la responsabilidad de la familia al hombro y hasta ahora en nada has faltado. Solo en cariño. Solo en comprender. Solo en entender. Solo en compartir más.

Sé que pido mucho. Que quizá tienes, o no, la culpa del abandono de mi madre. Trato de justificarte en mi mente, de comprender que para ti también fue muy duro, pero lo hiciste: me llevaste a la universidad y tratamos de construir un hogar, un hogar que poco a poco se desmorona. Pronto no quedará nadie. Nada.

Nunca olvidaré y nunca olvidarás las palabras que una vez hirieron tu corazón y no, no salieron de la boca de tu esposa, sino de la boca de tus entrañas: de mí. “No estabas preparado para ser papá”, te dije cortante y pidiendo explicaciones. ¿Por qué dejaste ir a mi madre? ¿Por qué estamos viviendo solos? ¿Por qué no compartes con nosotros como cualquier padre con sus hijos? Quizá exagere. Quizá pida mucho. Quizá escribo con dolor, mas también con gratitud.

Perdóname por no ser el hijo que deseabas, no sé si me deseaste, solo sé que sí me protegiste de los deseos de abortar de mi madre. Hoy soy lo que soy gracias a ti. No trato de justificarme, pero tampoco ha sido fácil ni para ti, ni para mí, ni para mi hermana, ni para nadie.

O, ¿he sido yo el que no te he comprendido, el que no ha querido abrir los ojos e interiorizar que esta fue la vida que nos tocó y que tu instinto de supervivencia nos ha sostenido hasta aquí? Ese instinto de supervivencia nos ha llevado a vivir en varios lugares del país. Eso ha sido lo más grandioso. Creo en el efecto mariposa y que si las cosas no hubieran pasado como pasaron no estaríamos aquí, así que gracias a Dios y a ti por hacerlo todo tan difícil, al final podremos decir que triunfamos, que lo logramos y nos reiremos de Dios, o no sé de quién, por permitirnos vivir lo que hemos vivido.

Hoy quisiera que algunas imágenes de ti no estuvieran en mi cabeza: cuando echaste a mi hermana de la casa. Cuando te emborrachaste y empezaste a causar problemas en el parque. Cuando dijiste que te ibas a matar y preparaste una soga a media noche y yo solo me tapaba con mi cobija porque no tenía el valor para detenerte o para ver eso. No lo hiciste. Por amor. Mi deseo es que cambies, que dejes el licor y las drogas, solo pido no más locuras. Ese día de la soga tu rabia o tu tristeza o estrés, ¡no sé qué!, era tanto que lo único con lo que pudiste saciar y canalizar todo eso fue tirando al gatito del segundo piso al primero. Le quitaste una de sus siete vidas.

Te llena de orgullo ser el menor de cinco hermanos y tener dos hijos que criaste solo ya hechos y derechos. Te lleno de orgullo, aunque nunca me los has dicho. Y lloré cuando se lo dijiste a un amigo mío y él me lo hizo saber. Te llena de orgullo no tener un trabajo estable, ser artesano, informal y responder, en parte, por mi abuela. Sé, también, cuál es tu más grande temor: quedar solo. Pero no te dejaré. Nunca se me ha pasado por mi mente y prometo que así como tú fuiste mejor padre que tu padre, yo seré mejor padre que tú.

 

 

Carta de amor de una tía

13 Mar

Este blog me ha traído situaciones divertidas, otras complejas. He cumplido la función de escribir como si fuera otra persona, imitar su escritura. Aclarar enredos, extraer palabras. La idea es ser un remitente oculto, que ningún destinatario me reconozca. He escrito como si fuera un adolescente, como si fuera una madre. He hecho discursos para bodas, funerales. Me han buscado niños, adultos mayores. He logrado reconciliaciones, separaciones.

En esta ocasión me contrató una mujer para escribir como si fuera una tía. Esta carta la escribí para una quinceañera. Su tía quería darle un regalo que le quedara para toda la vida, algo hecho a su medida. Pensó que una carta a mano sería una buena opción, el mejor recuerdo. Me contactó en febrero, me encargó esta misión. Nos encontramos, la escuché. Tomé nota, luego le di un orden a sus palabras de amor. Con el tiempo —quizás— la destinataria olvide la cifra que recaudó en una lluvia de sobres, pero —con certeza— jamás olvidará estas letras del sobre de su tía.

 

Febrero es un mes diferente, no se compara con ninguno, es el mes más breve del año. Pasa como un relámpago. En la mitología romana era conocido como el mes de las lluvias. Para los griegos, este mes estaba bajo el amparo de Poseidón, el dios de todas las aguas y de los mares.

Curiosamente el año 2003 fue denominado el año internacional del agua dulce. En febrero de ese año, hace quince años, un cohete que regresaba del espacio se desintegró al tocar la atmósfera. Días después en una ciudad rodeada por grandes lagos, en medio de un invierno blanco, desembarcó en el norte una niña que traía el sur en su mirada.

Le compusieron un nombre que tuviera algo de su abuela María, otra parte de su madre Ana. El resultado: Mariana. La noticia de su nacimiento salió desde Toronto y se difuminó en la capital de una montaña en Colombia. El 26 de febrero de 2003, una familia entera se integró en torno a Mariana. Ese día todos coincidimos en un suspiro, en un pálpito, en una sonrisa y en esas ganas contenidas de darle la bienvenida.

Nunca olvidaré ese febrero porque a partir de entonces, Mariana me trajo un regalo a este mundo: me otorgó un rol, otra misión, un nuevo sentido. Me dio la primera oportunidad de mi vida de ser tía.

Aunque tía es una palabra diminuta, de tres letras, es enorme en sentimiento, en memoria, en significado. En el colegio me enseñaron que tía tenía tilde en la í y por su acento era una palabra grave. Con los años y contigo, aprendí que es una palabra suave y bonita.

Que te nombren tía despierta una emoción grata. Es una mezcla mágica de sensaciones. Trae una dosis concentrada de cariño con una pizca justa de compromiso, una tajada gruesa de ternura con una base dulce de compinchería.

Tía puede rimar con alcahuetería, pero también con arpía, todo depende. Yo quisiera que tía te despertara alegría o te sonara siempre a buena compañía, eso depende de mí. Por eso, te ofrezco mi abrazo, mi tiempo, mi verdad. Soy versátil, puedo ser un pedacito de mamá y otro de amiga.

Eres la hija de mi hermana, mi sobrina, nos une un lazo eterno de sangre, eso ya está resuelto. Nuestro reto y mi propuesta es continuar, construir poco a poco una amistad. En mi casa encontrarás lo que busques. Tendrás techo y abrigo, mi hombro y mi oído, un consejo y un poquito de cantaleta de vez en cuando. En la finca de los abuelos también estaré los fines de semana con mi botiquín de aromas, con un masaje en mis manos, con mi silencio que también es presencia. En cualquier caso, en cualquier parte, elijo estar de tu lado Mariana. Cuenta conmigo.

Me puse a pensar en palabras semejantes, de tan solo tres letras, que no tienen que ser largas para ser grandes, eternas, necesarias. Aprovecho para regalártelas y recordártelas. Te deseo luz, te auguro paz. La vida es hoy: lee, oye, ríe, ama. No olvides ser voz pero también eco, no dejes de ser sol tampoco ola, acuérdate que eres río y a la vez mar.

Y termino con el mar. Las tres primeras letras de tu nombre: Mariana. Así como los países —no todos— hay personas con salida al mar. Tú eres una de esas, eres inmensa y profunda, tienes puerto y desembocadura. Como todas las aguas que albergan vida, habrá corrientes turbias, habrá mareas altas, pero también habrá calma, habrá aventura, de eso se trata este viaje llamado vida.

No olvides que la familia es tu tripulación, no somos pasajeros que suben y bajan, somos ese equipo que no pasa, que se queda, que acompaña. Los que estamos aquí seremos faro, remo, salvavidas, tierra firme. Y yo seré —para siempre— esa tía que te quiere y que te admira.

La tía Maria.

Dos palabras privadas

9 Mar

Esta carta la escribí por encargo de una persona que cuida sus palabras. Dice lo preciso, no habla por hablar, no hace promesas si no tiene la certeza de cumplirlas. Solo expresa lo que tiene claro, lo que es necesario. Un día cualquiera, después de tanto pensar, calcular, guardar, medirse, me contó su historia, me dijo que era urgente dejar salir dos palabras, que le hiciera el favor, que le ayudara a escribir una declaración de amor.

 

Las palabras son públicas. Todos podemos sentirlas, decirlas, usarlas. No son privadas. Pueden salir de cualquier boca.

En mi caso había dos palabras que, a pesar de ser públicas, estaban en desuso, eran obsoletas, tenían censura o el paso restringido. Podía pensarlas, pero no era capaz de pronunciarlas.

Ahora que apareces en mi vida y me aclaras, me descifras, me resignificas, te necesito decir algo: eso que excluí de mi vocabulario, eso que vetaron mis labios, eso que jamás tuvo salida.

No sé por qué pero me urge hablar de esto: aunque me sienta cursi, aunque suene a cliché, aunque me sonroje. Debo escribirte esas dos palabras privadas que nunca antes le dije a alguien: te amo.

 

Carta para nunca entregar

6 Mar

Era una noche común y corriente para el mundo pero no para ella. Pensó en él –como de costumbre–, escribió esta carta y dejó salir –quizás– una lágrima por cada palabra escrita. La historia empezó como un secreto en el trabajo que los presentó. Fueron colegas, amigos, amantes, novios, exnovios. El fin de semana anterior, lo encontró con su nueva pareja. Volver a verlo fue recordar esa química pura, el mejor beso del universo, el amor más pasional, esa felicidad infinita, un amor de locos, la tusa más dura de su vida. Le dio un arrebato por enviarle estas letras, pero cumplió su promesa y se contuvo. La penúltima vez que se vieron, en la misma banca del parque donde empezó este romance, él le pidió –por el bien de ambos– que nunca más volviera a buscarlo.

 

No creo que sintás esto mismo que yo. Acostarme en mi cama, recostarme en la almohada, escuchar música que me recuerde a vos, cerrar los ojos y repetir la misma película pero en escenas diferentes. No es algo muy distinto a lo que hacíamos juntos porque si de algo nos gustaba hablar y contábamos con tanta emoción, era de nuestra misma historia. Recordábamos mil momentos, palabras, miradas, anécdotas y nos encantaba repetirlas una y otra vez.

Y así, unos días lloro, otros no; unos mucho, otros una que otra lagrimita, otros nada…porque pienso en los momentos felices. Es raro amar a alguien tanto sin verlo, sin escucharlo, sin olerlo, sobre todo sin olerlo. Un poquito de ese olor me podría hacer sentir otra vez todo lo anterior.

Las canciones también me transportan en el tiempo, sobre todo cuando estoy muy concentrada o sola. No saber nada de vos es duro pero, me quedan unos recuerdos tan vivos que vuelvo a sentirte acá tan cerca, tan metido en el pecho.

La mala fui yo, tal vez por eso me toque sentir esta ausencia infinita, tal vez es mi castigo (muy merecido) por haberme topado con vos en el momento más caótico de mi vida.

Alguien me dijo que hay personas que despiertan la creatividad en uno. Sí, la creatividad pero no solamente en un sentido artístico, sino la creatividad para vivir. Eso me diste vos, la mayor creatividad que alguna vez pude tener; unas ganas insaciables de comerme el mundo a tu lado, de hacer todos los planes posibles, de conocer cuanto lugar pudiera, de vivir las experiencias que se nos atravesaran, de existir al límite y dejar para después las consecuencias de esos actos, unos buenos, otros no tanto, pero la intención era noble: descubrirnos y amarnos.

Me diste la creatividad para amar de todas las maneras posibles y al borde de la locura, cada día más que el anterior, con el corazón a mil, con la sonrisa de oreja a oreja, a veces con lágrimas, muchas otras con la mirada cómplice y con esas ganas del uno por el otro que nos agarraban en cualquier lugar y en cualquier momento.

Hoy pienso, ¿cómo llenar ese vacío de la creatividad, del amor con locura, de los aprendizajes, de las conversaciones más banales y más profundas? ¿Cómo suplir los pensamientos filosóficos, los planes locos, los sueños juntos, las bailadas perfectas donde se nos olvidaba el mundo? Creo que la respuesta es simple y dura: de ninguna manera.

Eso que me diste vos, se recibe una sola vez y por parte de una sola persona en la vida. Cosas como estas no se repiten y por eso quedan así, metidas en el corazón, en el estómago, en los oídos, en el cerebro, en la memoria.

¿Qué hacer entonces? Guardar todo eso como un tesoro dentro de mi ser e ir sacando de a poquitos para mí misma cada una de esas cosas hermosas que me dejaste. Así te recuerdo en lo que hago, en lo que digo, en lo que pienso, en lo que miro, en lo que bailo.

Finalmente, estarás en cada acto creativo que haga y espero que hayas podido también guardar un pedacito de mí en vos. Mientras tanto, desde la distancia y la ausencia, aquí sigo y te voy a seguir pensando y amando.

 

Una carta mientras llegas al mundo

1 Mar

Esta carta la escribió una mujer embarazada. Cuando la prueba resultó positiva no supo si lo quería. Por un momento todo fue confusión. Pero decidió que todo iba a estar bien. Ahora su bebé está que nace. Mientras llega a este mundo, su madre lo espera y lo abraza con letras. Su barriga está contenta, su corazón lleno. Lo siente adentro, lo presiente cerca. Ya casi. En breve. Que llegue pronto, que pueda mirarlo de frente. Las ansias por conocerlo están al tope.

 

Por: Magda Hernández
Quiero que sepas que estás hecho de estrellas, aunque también te he puesto algo de lágrimas y tristezas, porque no podrías ver lo bello si no ves también un poquito de lo feo. Quiero contarte cuentos de hombres y mujeres valientes, aunque sé que el mundo está lleno de cobardes, pero yo quiero que creas que puedes cambiarlo todo, aunque te estrelles contra las paredes y a veces me odies un poco. Si te enseño a mantener la esperanza es porque yo vivo de esperanzas y aquí sigo.

Quiero conocerte, quiero que hablemos y me cuentes cómo te dibujas el mundo. Quiero que no nos entendamos, que nos sintamos lejos y que me obligues a caminar hacia ti, a ver la vida con tus ojos nuevos. Quiero que me retes. Quiero que me digas, por ejemplo, que vas a ser ingenier@ y yo, que no entiendo nada de números ni cuadrículas, me vea obligada a sentarme a estudiar y a leer para poder estar cerca tuyo. Quiero que martilles todo en lo que creo, que me ayudes a reaprenderlo todo, que contradigas mis más centrados argumentos.

Ya empezaste a poner de cabeza mi mundo, ya hipotecaste mi cuerpo por nueve meses, sin pago de alquiler, ya me robaste el sueño tranquilo y las papas fritas. Ya estás robando mi atención más de lo que me gusta. Y aún así, sonrío cuando bailas ahí, a tu ritmo, con tus tiempos, haciéndome saber que aunque te gestaste adentro mío, nunca seré tu dueña.

El otro día se lo dije a tu papá: todo esto es como si un día, de repente, encontraras una habitación nueva, en la casa que has habitado siempre. Así, ibas caminando por el pasillo, el mismo que habías recorrido mil veces, y viste esa puerta que, estás segura, nunca estuvo ahí antes. Se te acelera el corazón, te entra el pánico. ¿Podría estar enloqueciendo?

Y abres la puerta, decides abrirla. Buscas el interruptor de la luz mientras sientes tu respiración acelerada y el sudor que baja por tu cara. Yo no supe qué vi. “Encontraste una biblioteca”, me dijo tu papá, que sin duda sabe más de lo que dice a veces. Y yo respiré y sonreí. Porque amo los libros y porque tuve la certeza de que estás aquí para que yo aprenda todas las cosas que sola no puedo.

Por ahora compartimos espacio en este cuerpo y me doy el lujo de sentirte cada minuto de mi vida. Pero muero de ganas por que nos veamos a los ojos, por caminar juntos, por acompañarte en este camino, mi Amaru de las estrellas.

Escrito el  17 de febrero de 2018

Publicada en  Miscelánea de barrio

Buenos Aires, Argentina.

Carta a un buen amor

28 Feb

Esta carta la escribí por encargo de un adulto mayor. Me pidió el favor de no revelar su identidad. Que lo presentara como una persona con días malos como cualquiera y romántico como él solo. Quería una carta para darle las gracias a su buen amor, por ser y estar, porque su presencia, simplemente, lo arregla todo.

 

Hay quienes reparan carros, motos, bicicletas.

Arreglan la olla, la licuadora, el colchón.

Hay quienes ajustan, restauran, remiendan.

Tienen el repuesto, la clave, la solución.

 

Mecánicos, técnicos, sastres,

gente necesaria, útil, sabia.

Todos, de alguna forma,

le devuelven la vida a una cosa.

 

La miran, la tocan, la mueven

y, en un minuto, ya está.

De repente, vuelve a andar, a funcionar, a servir.

La salvan de morir en la basura.

 

Entonces uno suspira, uno sonríe, uno agradece que esa persona exista.

Que sepa lo que sabe, que haga lo que hace, que sea lo que es.

 

Y contigo me pasa con frecuencia.

Ayer, por ejemplo, amanecí descompuesto, oxidado, dañado.

De mal genio, decaído, deprimido.

Sin ánimo, sin sentido, sin sabor.

 

Y tú, no sé cómo haces ni dónde lo aprendes,

pero me miras, me tocas, me mueves

y, no en un instante, pero sí en un rato, ya está.

De repente, vuelvo al ruedo, me compones, me alivias.

Me reinicias, me arreglas el día, me alegras la vida.

Me salvas de tirar todo al traste.

 

Entonces uno suspira, uno sonríe, uno agradece que existas.

Que sepas lo que sabes de mí, que hagas lo que haces por mí, que seas lo que eres conmigo.

 

No me faltes.

No hay quien más.

Esto solo lo sabes hacer tú.

 

Carta a un ser de luz

24 Feb

La noticia llegó después de un café matutino, un día como hoy, hace doce años. Era un viernes en la mañana cuando la llamaron a informarle que su hijo menor se había quitado la vida.

Margarita sintió un dolor intenso en el estómago que no se compara con ningún cólico. Luego le llegó un golpe en el pecho, una presión en la cabeza y un temblor que se esparció por su cuerpo. Todo comenzaba a desplomarse en su historia.

Juan tenía 17 años, era un estudiante sobresaliente, un joven sano, recién egresado del colegio, cursaba primer semestre en la universidad.  En apariencia, lo tenía todo. Su familia decidió callar, guardar, tapar, continuar. No darle muchas vueltas a esa pregunta que todos tenían: ¿Por qué?

Después de muchos años de silencio, esta madre tocó el tema intocable, nombró el dolor innombrable y habló de su experiencia por escrito y en voz alta. Necesitaba dejar salir estas letras, compartir las respuestas que ha encontrado a lo largo del duelo. Con esta carta quiso honrar la memoria de su hijo y agradecerle por ser un maestro de vida.

 

Por: Luz Margarita Restrepo

Un acontecimiento doloroso se vuelve innombrable. Hoy se conmemoran doce años de tu muerte. ¿Accidente?  Difícil de creer. ¿Suicidio? Vergonzoso de aceptar. Enfrentarse a este hecho despertó tanta tristeza, tanta responsabilidad, tanto fracaso, tanta necesidad de cambio. Aunque haya pasado mucho tiempo aún me confronta la manera como veo la vida hasta ahora.

Me duele tu ausencia, me duele el qué dirán, me duele el ego, me ha dolido todo. Se necesitó fortaleza, valor, sinceridad para no sentirme culpable, para no señalar a otros y descargar la frustración.

Lo que pasó me removió todo. Fue necesario ser honesta conmigo, la primera engañada era yo misma. Reconocí mi superficialidad, admití que mi historia estaba construida sobre la base de apariencias, mi prioridad era tener antes que ser, mi motivación era el deseo de agradar, creí que el dinero era la mayor fuente de felicidad.

Deposité en ti la necesidad de sobresalir que exigía mi ego, mi narcisismo. Sobrevaloraba el diploma, la mención de honor, el aplauso. Así me sentía superior y callaba mi inseguridad, mi miedo a ser, mi falta de autoestima. Tu partida me mostró el infierno donde vivía, creado por mí misma, por mis convicciones equivocadas, por falsos paradigmas.

Tu muerte Juan me hizo replantear mis ideas acerca del amor. El amor va más allá de poseer, controlar, necesitar, depender. Me hizo responsable de mí y me obligó a revisarme y a encaminar mi vida. Entendí que sin amor por mi verdadero ser, por mí misma, estoy perdida. Soy más que mi cuerpo, no soy lo que poseo, ni soy lo que sé, soy mucho más que eso.

Tuve que abrir la prisión donde tenía encerrada mi alma, debí abonar el presente, arrancar la maleza del pasado, aceptar, perdonar, dejar ir, apropiarme de mí. Esta oscuridad tan larga se convirtió en luz porque fue la manera como el universo quiso mostrarme otro camino. Por fin entendí que Dios es amor, que el amor es más fuerte que la muerte y que, aunque no te vea, aún te puedo amar.

¿Por qué te fuiste? Porque estabas viviendo en un infierno, un infierno de competencia, un infierno de falsedad. Volaste y te liberaste. Quizás ya sabías la lección y tu misión era enseñarnos que la vida era simple. A mí me queda otro camino, el camino de resarcir. No quiero presentarme como la víctima de tanto dolor sino como la mujer valiente que ha sabido superar su inmadurez.

Comparto estas letras para sanarme, es el momento de darme a conocer sin poses ni máscaras, para poder transformar y superar este duelo que dolerá siempre. Esta es la ruta que encontré para elaborar tu decisión. Más que tu muerte, tu mensaje de amor. Estás conmigo, tu energía quedó aquí, tu espíritu me acompaña y me impulsa a mejorar. El amor nos une todavía y este amor nunca tendrá adioses ni olvidos.

¡Salud por los novios!

14 Feb

Esta carta fue leída antes de un brindis en una boda. Quien la encargó quería compartir sus buenos deseos a los novios recién casados. No quería dejar pasar el momento, tampoco el sentimiento. Necesitaba unas palabras para leer en voz alta: algo descomplicado, nada lacrimógeno, bien concreto. Una carta breve para celebrar el amor, la suerte, la unión de dos amigos que hicieron renuncias y tomaron decisiones para continuar la vida juntos.

 

El mundo está lleno de historias de amor que no fueron, que no coincidieron. También de parejas equivocadas, arrepentidas, resignadas, desencantadas, que se conformaron con alguien que no era.

A ustedes dos, que intuyeron el amor y se desbordaron por él, que lo confirmaron a tiempo, que le hicieron caso a la conexión, a esa magia mutua tan esquiva, felicitaciones, ¡son un par de de buenas!

Nunca olviden que haber coincidido en el amor es una bendición, un milagro, un regalo. Y este matrimonio es una recompensa de la vida. Porque hicieron sacrificios, porque corrieron riesgos, porque cambiaron de rutas para que los caminos se intersecaran, porque decidieron cambiar la vida que conocían a solas, porque ambos le cumplieron a sus sueños.

Queridos, ya lo saben, ya lo demostraron, por amor todo, todo, todo, valdrá la pena. Están haciendo historia, están viviendo la historia de amor que se merecen.

Un alunizaje con vos

10 Feb

Esta carta la escribí por encargo de un hombre bueno, serio, enfocado. Un fotógrafo desbordado de amor. Simplemente necesitaba decirle que la quiere para algo grande en su historia. Como le faltan las palabras pero le sobran las imágenes, hicimos una mezcla. Le envió una pequeña carta con una fotografía ampliada. A partir de un recuerdo, le contó un deseo y le hizo una propuesta de vida, de esas que solo se hacen cuando el corazón alberga una rotunda certeza.

Hace unas noches me vi un capítulo más de los Expedientes X y hubo algo que me quedó dando rondas en la cabeza. Mulder le regaló a la agente Scully una medallita plateada en forma de luna que decía Apollo 11.

Más allá de recordarle el primer alunizaje, lo que quería darle era un símbolo del trabajo en equipo, que recordara que esos pasos tan grandes, tan altos, tan importantes, los hacemos con alguien, que, en últimas, nadie llega solo.

Entonces pensé en vos y recordé una fotografía que hice en un pueblito escondido. Yo andaba sin nadie, pasé de largo por un faro, caminé por callecitas empedradas, me acerqué a una muralla y cuando quise saber qué había detrás de ella me encontré esta imagen.

553559_10151326250669937_544467105_n

Y quizás me vi en esa persona, tratando de ver más allá, quizá pensando cómo conquistar el mundo a mi manera, cómo dar pasos trascendentales, cómo llegar a esas lunas, con quiénes aterrizar.

Así que hoy, en medio de este verano de nuestra ciudad, te quiero regalar esta fotografía que tomé cuando era un hombre solo y te escribo esto para que sepas que a mí me gustaría llegar con vos. Ya el tiempo nos dirá a dónde.

Carta de despedida a mi seno

8 Feb

Esta es una carta de despedida. Me la donó una mujer que quiso decirle adiós a una parte de su cuerpo. La palabra cáncer quedó escrita en su historia clínica y, cómo no, en su memoria. Tenía 29 años de edad cuando escuchó el pronóstico: “de cada cinco mujeres diagnosticadas con este cáncer de seno, solo sobrevive una”. Nunca le dijo cuánto lo quiso, no hubo tiempo de darle las gracias por habitarla. Han pasado cuatro años desde que entró a un quirófano y no volvió a verlo. Ahora que no está, dejó salir estas palabras que tenía guardadas, una manera de decirle lo que no pudo en su momento, una forma de recordarlo, una ocasión también para celebrar la vida. Ya pasó el mal rato y quizás su ausencia le recuerda cada día que su vida es un milagro.

 

Por:

Anamareto

Ana María Rendón Toro

Nunca tuve tiempo de asimilar que te ibas, el día que me di cuenta que te perdía me preocupé por otras cosas, ya sé, fui egoísta. Nunca tuve el tiempo para hacerte el duelo, para mirarte por última vez frente al espejo, para acariciarte, para despedirme.

Sentí inseguridad, ganas de llorar, de devolver el tiempo y de haberte tocado mejor. Todo pasó muy deprisa. Un día estábamos de vacaciones y fue ahí cuando te vi. Las siguientes semanas seguiste creciendo, siempre estabas caliente y ardías muy adentro, pero el mar todo lo sana. Si te sientes triste: el mar. Si estás feliz: el mar. Si vas a iniciar un proyecto nuevo: el mar. Si quieres curarte: el mar.

Lo más difícil de regresar fue enfrentarme a la mirada inquisitiva de cinco doctores mientras ladeaban su cabeza de derecha a izquierda y repetían las mismas dos palabras: mastectomía radical.

Mi madre lloró. Esa misma noche soñé con mi abuela que salía de mi pecho, con un suéter de lana azul, su caminar pausado y su pelo blanco, me indicó que todo iba a salir bien con una pequeñísima sonrisa.

Veinticuatro horas después, entraba al quirófano, ya no había nada más qué hacer, ni un minuto más había para despedirme, estábamos en un cuarto frío y pálido, tú y yo, pasando los últimos momentos a solas.  Ni siquiera ahí tuve la valentía de decirte adiós. Solo cerré mis ojos e imaginé que esto era también un mal sueño.

La doctora con sus dedos me hizo un mapa en ti para explicar el recorrido que quedaría marcado para el resto de nuestras vidas. Recuerdo ese último suspiro antes de la anestesia. Desperté, quería vomitar. Volví a despertar, me dolía el pecho, tenía frío y quería vomitar.

Abrí los ojos e intenté mirarte debajo de la manta, no tuve fuerzas para destaparte, sentí llorar porque era una cobarde. Ahora que te había perdido quería volver a verte. El dolor venía de más adentro, era un dolor que no podías frotar y ya está, era el sufrimiento de apenas estar asimilando nuestra situación.

En la habitación me esperaban caras familiares que me sonreían,  me daban su mejor aliento para que no te extrañara, me entregaban los mejores besos y caricias para que el dolor no fuera mío sino de todos. Respirar, hablar, suspirar, amar y reír me recordaban que ya no estabas, que habías sido cambiado por un semicírculo de aire y silicona, por un cuerpo extraño.

Y solo ahí empezó mi calvario, tu reemplazo fue rechazado hasta por mi último poro, ninguna parte de mí lo quería ahí, mi cuerpo te añoraba, te quería de vuelta pero ya era tarde.

Me obligaron a ir a terapia, tres veces a la semana abrían mi herida sin anestesia, escarbaban ahí en tu tumba como buscando restos de ti, lavaban, presionaban y volvían a cerrar. Mientras tanto, yo sentía que era mi aporte a este mundo y que mi dolor se lo ofrecía a mi Dios para que nadie más en esta vida sintiera esto.

Ya han pasado cuatro años y no sé por qué no te escribí antes, dicen que escribir ayuda a hacer catarsis pero no lo quería hacer, no me sentía cómoda porque al final siento que fui cobarde, que no te cuidé, que no te consentí, que no te valoré y que ni siquiera te hice una buena despedida.

Por esto: perdón.

Una carta atascada

4 Feb

Solían amarse cada día pero el domingo sobre todas las cosas. Ya no. Esta carta la hizo una mujer con un brote de nostalgia: un domingo, después de almuerzo, en una tarde soleada. Aunque la escribió para él, no se la envió para no interrumpir: el silencio, la distancia, esa decisión de estar sin ella. Era insoportable guardarse tantas palabras, las dejó salir de sí misma para evacuar espacio: en la piel, en la memoria, en el corazón. Liberó estas letras y donó esta carta que estaba atascada mientras el tiempo hace lo suyo y pasa el amor. Tanto amor…

Hola,

Es domingo, son las cuatro de la tarde y no puedo dejar de pensar en ti. El día amaneció nublado, pero ahora hace sol. El viento silba alrededor de la ventana y las violetas se balancean con él.

Estoy sola. Tú debes estar acompañado, con tu tía en la finca, a lo mejor con tu mamá en la casa, no lo sé. Tampoco sé qué hago escribiéndote, sé que de igual manera no estarías conmigo, o tal vez sí. Quién sabe, solíamos querernos, y ser nuestros domingos, pero sé que quedó atrás.

Ya para qué te lo digo, ya va un año de esta situación absurda, un año de esta mentira de que estoy bien sin ti. No es cierto, te mentí y me mentí a mí también. Ya no quiero viernes, ni sábados para bailar salsa, no quiero jueves de niñas gratis ni nudes por snapchats, quiero la tranquilidad de las películas por la noche y las cenas en casa, cocinar para ti, y las cosquillas en la mitad de la noche. Quiero poder dormirme en medio de la película sin sentir pena, quiero sentirte.

Se me va a pasar, no te preocupes, sé que es solo cuestión de “soledad”. También sé que se trata de aprender a quererla, de salir a ver el atardecer, o el amanecer, tal vez. Sé que si estuviera con mis padres a lo mejor no te pensaría. Pero hoy faltan todos, en especial tú.

Sé que ya no me extrañas y cuando haya alguien más que te acaricie el cabello o delinee las líneas del tatuaje, yo no seré más que un recuerdo lindo. Ese día voy estar triste, lo sé, porque me conozco, porque sé que aún te quiero, porque te celo así no lo admita, porque siento mucho, así finja ser de piedra.

Te quiero y te extraño, los domingos sin ti no tienen sentido, sin tu familia, sin tu tía, sin los gritos de la casa y los niños queriendo jugar conmigo. Esa soy yo, soy irremediablemente familiar, no tiene sentido negármelo ni tuvo sentido que te lo negara a ti en algún momento.

Sé que estoy bien, que en un par de horas se me va a pasar, cuando empiece a hacer trabajos, o cuando decida dormirme antes para dejar de pensar.

Sé que no me voy a morir de tristeza y que la soledad no es el común denominador de mis días, sé que el sol seguirá saliendo, que iré a trotar, que me acompañarán en las noches y que habrá quien quiera que le haga la cena un día, sé que soy feliz, que “no te necesito”, pero sé, también, que estaría mejor contigo.

El resto de los hombres me fastidian, me parecen intensos, logré perder la fe en el amor y pensar que un “para siempre” solo es posible contigo, no sé cuánto tiempo me tome pensar lo mismo de alguien más, espero que no mucho, o a lo mejor todo lo contrario, a lo mejor espero que se tarde mucho para que yo pueda seguir feliz, relajada, sin pensar en nadie, solo en mí, en mi egoísmo absurdo del siglo XXI, porque “eso es lo que está bien”. Para mí no, para mí estaba bien pensar en ti. Pero qué más da.

Solo quería que lo supieras, que eres mi domingo favorito, y mi viernes también y que aunque estoy bien, tranquila y feliz, siempre habrá algo que falte, que es parte de mi esencia, algo que me gusta y que no me puedo negar, ni le puedo negar a quienes me conocen y me quieren, sé que faltas tú, por más que trate de insistirme que no lo haces.

Lo que nunca fuimos

13 Ene

Lo intentaron pero no funcionó. Terminaron pero quedó algo inconcluso, al menos en él que aún le escribe para evocar lo que fueron y lo que no. Supo que ahora ella está con otra persona. Esta carta salió en una tarde lluviosa para decirle que todavía la quiere y que algún día será su novia. Mientras tanto, la estará esperando, le seguirá escribiendo.

A Ana María A.

Por: James Estiven Alzate

Todos los escritores tenemos un amor imposible, quizás a ti te tocó ser el mío; o quizá yo nunca sea escritor y podremos amarnos; tal vez, tú no seas mi amor, yo no sea escritor y todo esto solo es una locura.

Lo cafetines de las tardes medellinenses me extrañan, ya no los frecuento. Los parques de la ciudad me han llamado a preguntarme dónde estoy, creen que vivo en Buenos Aíres, tampoco he vuelto a ellos… Y así, me he ido abandonando del lugar donde vivo para adentrarme a extrañarte. Me niego a las mujerzuelas que quieren mis sueños en sus alcobas y a sus besos pasajeros, solo quiero eso contigo pero no sé qué tan fuerte es mi voluntad, pocas veces la he puesto a prueba.

Tu indiferencia es proporcional a las veces que me prohibí estar contigo, no niego que me carcome de a poco y siento, que aunque la merezco, no pienso soportarla; para ello, los días nos convertirán en extraños, incluso dejaremos de ser recuerdos para convertirnos en olvido.

Ya vendrán otros y otras, y nos despojaremos las vestiduras para darles un poco de lo que cuando estábamos juntos nos negamos, y no les hablaré de ti, serás un secreto entre líneas, un fantasma más de mis letras.

Nunca me cansaré de escribirte, de pronto me canse de mandarte lo que te escribo y quedaré con la incógnita de si me lees o no, ¡no me importa!, el destino, el universo, la intuición… me murmurarán de ti, y yo, en la ausencia absoluta sonreiré, lloraré un poco y mendigaré unos cuantos besos a alguien creyendo que son tus labios.

Y todo seguirá normal: el sol saldrá en el Oriente, las palomas volarán al parque, los ancianos morirán y los infieles huirán de las miradas, todo igual, menos lo nuestro, o lo mío, que será una utopía entrecortada.

Amarás a otro, a lo mejor ya lo ames, y así vendrán otros, y pasarán por tu vida como por tu cuerpo, y te susurrarán al oído frases bonitas junto con propuestas eróticas, e irás con ellos; posiblemente a mí me pase lo mismo, aunque sienta que siempre estaré buscando tu pelo crespo, tus ojos grandes, tu piel canela, tu sonrisa permanente y caminaré las calles de la mano de lo que nunca será.

Si alguien me pregunta por ti diré que disfrutaba de tu timidez, que me encantaba cuando cantabas y luego me abrazabas y me dabas un beso, que disfrutaba de tus silencios y que odiaba cuando dormías sin despedirte.

Diré que siento celos de quien camina a tu lado, de quien roba tus miradas, de quien te desnuda. Diré también que fui tan poco hombre contigo, que no me queda de otra que extrañarte en mis escritos y hacer públicos mis lamentos. Extrañaré tus secretos, tus miedos, tus caricias… te extrañaré a ti.

Seremos eternos ausentes.

Una nota de amor

10 Ene

Las mudanzas tienen mala fama. Pero también tienen cosas buenas. Puede pasar que mientras empacas y botas cosas, descubras un tesorito. Comparto un hallazgo. Una nota de amor que me escribió mi papá cuando era niña, por allá en los años 90.

IMG_20180109_183230_900

A %d blogueros les gusta esto: