No dejemos el amor para después

29 Ago

Todo estaba listo y el novio ya estaba junto al altar aguardándola. En cada banca había flores blancas y los invitados estaban atentos a la entrada triunfal de la novia. Ella llegó a tiempo pero a solas. Miró cada rostro, buscó entre el tumulto a su padre para que la tomara del brazo y diera a su lado los últimos pasos de soltera a lo largo de la nave central de la iglesia.

Aunque era la hora acordada, el papá no llegó para entregarla, no estaba por allí ni por acá, por ninguna parte. La novia se quedó absorta e inmóvil cuando sonó el “tatatatán” de la marcha nupcial, entonces conoció lo que era realmente el vacío y la tristeza porque no estaba el principal testigo que quería en su boda.

Sí, era el paso más difícil de su vida pero no porque dudara del matrimonio sino porque no estaba junto al primer hombre que amó en su vida, del primero que supo qué era ser amada. Los asistentes comenzaron a murmurar. Nadie tuvo que alzar la mano o gritar que había un impedimento para que la ceremonia se cancelara. Todo se vino al traste y justo en ese momento ella misma se quitó el velo y despertó de ese mal sueño.

Era de noche, sudaba y tenía sed. Tenía el corazón ansioso y pensó que debía hacer algo pronto para cambiar la historia o para que esa pesadilla jamás se cumpliera. Sigue soltera y sin compromiso y no hay matrimonio a la vista.  Ese sueño fue tan solo una metáfora que se inventó su inconsciente para que comprendiera cuánto le duelen esos pasos que da, esos caminos que transita cada día sin que su padre se dé cuenta.

Esto fue el detonante para que esta mujer consultara a Cartas a la Carta, expusiera su caso y solicitara una carta por encargo. Lleva ya seis meses sin hablarle al papá y sin saber qué ha sido de su vida. Él continúa al margen de la historia de la familia desde que hizo maletas y se marchó del hogar que habitó durante tres décadas.

Algo pasó entre sus padres, aún no sabe qué pero de repente hubo una separación. Simplemente no volvieron a verse y la comunicación se perdió. Sabe que hay una historia oculta de la que no se habla. Y esta carta es precisamente para romper ese silencio tan espeluznante, para pedirle a él que le cuente esa verdad así sea incómoda, para reportarle cuánto lo añora y cuánto le teme a que se acabe el tiempo o la vida para volver a ser familia.

Pa,

Desde que no estás en casa a veces me provoca salir corriendo a no sé  dónde, dejar todo tirado o inducirme un coma y sumergirme en un sueño en el que la vida pase, el tiempo siga y esta historia continúe sin que me duela tanto.

Y es que cada día que pasa sin saber de ti me causa desazón y desaliento. Ya van semanas, han pasado meses y, si las cosas siguen así, llegarán los años y se nos irá la vida que teníamos para compartirla juntos.

El día del Padre me tragué todas las letras que quería escribirte. Me confrontó que para esa fecha tuviera regalos para el suegro, para el tío, para mi hermano, pero ninguno para el que sí era mi papá. Todo el día quise verte pero no fui capaz de romper ese hielo que con el tiempo nos va ganando espacios y nos va congelando las palabras.

A veces quisiera pensar que esta es una crisis más y que saldremos como siempre lo hicimos juntos adelante. Porque de ti aprendí qué era la lucha, el aguante, qué era resistir y persistir, conocí la fe y la esperanza y descubrí el dulce encanto de la victoria en equipo.

Porque eso fuimos papi, nuestra familia fue un equipo que se la jugó toda por caminar de la mano, entre mi mamá y tú hubo cooperación y alianza, mi hermano y yo fuimos sus seguidores  y sin la dirección y el tesón de cada uno no seríamos los que somos ahora.

Siempre he pensado que tener una familia es un asunto de valientes y ustedes lo fueron. Apostaron sus mejores años a dos hijos a sabiendas de las dificultades que se venían, sin casa propia, sin salario fijo, sin saber qué sería del mañana.

¿Te acuerdas de la vez que era inviable estar juntos y la solución era separarnos?  Íbamos a desintegrarnos, a vivir cada uno por separado en otras casas. Tú y mi mamá se quedarían en la finca, mi hermano se iría para donde la abuelita y yo para donde mi prima. Y a pesar de todo elegimos seguir viviendo juntos, en un garaje oscuro de dos piezas y una sola ventana, estábamos incómodos, apeñuscados, pero en últimas unidos y completos. Aprendimos a aguantarnos, a conocernos, a aceptarnos.

Esa etapa tan dura ahora la recuerdo con una sonrisa porque hizo parte de nuestras hazañas como familia. Esa fue solo una de las batallas, hubo muchas antes y después,  siempre salimos invictos y,  lo más importante, juntos. Cuando crecimos y suponíamos que ya lo difícil había pasado, que estábamos preparados para los obstáculos que vinieran de afuera y que  la lucha contra la adversidad la habíamos superado, la pelea empezó adentro y llegó a casa.

Todo se tornó en una enemistad entre mi mamá y tú, se sacaron los trapitos al sol, se echaron cosas en cara, se dijeron los guardados de tantos años, se hirieron el orgullo y se olvidaron de la amistad por la que nació y se fundó esta familia. Desde entonces para mí ya todo es posible porque lo imposible ya pasó, lo invencible se rindió, lo sagrado se profanó.

Ahora no se hablan, no pueden verse y no soportan estar en la misma parte ni respirar el mismo aire. Qué tristeza terminar así. A cada uno le he preguntado qué pasó. Tú dices que la separación fue solo el florero de Llorente. Mi mamá reconoce que cada uno puso su parte para ese final, que hay un 50 por ciento de responsabilidad tuya y otro 50 de ella. Trato de escudriñar más, conocer el origen del conflicto y mi mamá me dice: “que le cuente él”. Te pregunto y me respondes: “dígale a ella que le cuente”.

Entonces quedo en las mismas. Los sentimientos se me encuentran, el concepto que tenía de cada uno cambia y la idea que tenía de la familia se difumina. A veces pienso que vivía en un castillo de arena que se deshizo en una ola. Por eso tengo una sensación turbia por no saber quién es quién, qué de lo que vivimos era real y qué era postizo.

Pa, quiero comprender qué pasó, cuál es tu versión, quiero saber qué tenías en tu cabeza  y en tu corazón cuando tomaste la decisión de no volver a casa, cuáles fueron tus razones para hacerte a un lado de la familia. Quiero ponerme en tus zapatos, saber quién eres y quien fuiste, qué sientes y qué piensas, cuáles son hoy tus preocupaciones y tus metas.

Quiero escuchar tu verdad sin interrupciones, así me duela, así fracture o lesione la imagen de mi mamá, la tuya, la nuestra, porque me parece justo contigo, conmigo, con todos. Yo quiero salir de la bruma, de esta temporada de turbulencia y desasosiego crónica en la que estoy desde que no estás y no alcanzo a comprender nada. Te lo prometo, evitaré hacer juicios, acusar, juzgar o condenar. Solo quiero claridad, transparencia, nitidez, libertad… y eso solo llega con la verdad.

Aquí no hay villanos ni víctimas papi. Creo que en este cuento no hay buenos ni malos, somos humanos. Yo sé que no hay consecuencias sin causas, contragolpes sin golpes, reacciones sin acciones y estoy dispuesta a comprender tu voz, a aceptar los cambios, a respetar las decisiones. Por eso quiero escucharte o leerte sin tapujos, sin censuras, sin mentiras para no seguir especulando, achacando culpas ni metiéndole más drama a esta historia.

Por favor pa, dame una respuesta y concédeme la certidumbre que necesito para aniquilar esta impotencia. Yo quisiera ser un instrumento para el perdón entre ustedes dos pero no pretendo que vuelvas con mi mamá, sé que estás en otra búsqueda y la felicidad para ti ahora está en otra parte. Sin embargo sí puedes volver conmigo, con mi hermano, con tu nieto, con lo que podemos rescatar de la familia que fuimos. Que no quede en duda el amor que nos tenemos porque estoy segura de lo que siento por ti y de cuánto me has querido.

Aunque seas el exesposo de mi mamá nunca serás mi expapá ni el exabuelo de tu nieto. Pa, vos tenés un lugar en la familia y es tuyo, es irrenunciable e irremplazable. No han sido en vano los años que hiciste parte del hogar, mi hermano y yo somos parte de ti, somos el resultado de la inversión que hiciste, de la vida que nos entregaste y aunque el tiempo pase y la memoria se desgaste no se desharán nunca la gratitud y el cariño que nos unió.

No quiero seguir sintiendo ese vacío en el estómago cuando leo  tu nombre en la pantallita del celular. No quiero pensar “qué le habrá pasado” o “qué milagro el de mi papá”. Quisiera que todo volviera a ser costumbre como lo eran los mails que llenaban mi correo electrónico de esas pendejadas que me hacían reír, tus besitos melosos, los abrazos apretados, la palmadita en la nalga, la bendición antes de dormir.

No te imaginas cuánta falta me haces y  lo difícil que ha sido desacostumbrarme a ti papi. Esta ausencia se siente peor que todas las veces que saliste de viaje. Al menos en ese entonces sabía que aunque estabas lejos ibas a volver y que contaba contigo. Ahora no. Quizás estamos cerca, viviendo en la misma ciudad pero ya no coincidimos en la misma ruta. Esto sí que es lejanía y esta sí que duele pa.

¿Sabes qué pa? Me gustaba más mi vida cuando hacías parte de ella. Espero que no sigamos dejando esta conversación para mañana, que ambos tengamos el coraje de mirarnos de nuevo a los ojos o de escribirnos la verdad aunque nos incomode.

No dejemos el amor para después, ojalá que aún haya vida cuando queramos compartirla, que el tiempo no nos convierta en extraños y que no se nos haga demasiado tarde para volver a ser mi padre y para volver a ser tu hija.

Te extraño como nunca…

Una respuesta to “No dejemos el amor para después”

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  1. Carta a mis lectores | Cartas a la Carta - julio 28, 2018

    […] madre. He hecho discursos para bodas, funerales. Me han buscado niños, adultos mayores. He logrado reconciliaciones, separaciones. Cartas a la Carta ha sido también mi refugio, mi polo al cielo, ese break que a […]

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