Carta a la hija ausente

8 Ago

Esta carta la escribí por encargo de una señora de 58 años que le pidió el favor a su nieta de contactarme a través del Facebook. Su propósito era restablecer la relación con su única hija, la que dejó de hablarle hace más de tres años cuando le dijo de frente: “para mí estás muerta”.

La mujer me advirtió que era un caso urgente. Le pregunté a qué se debía el afán y me respondió que no se aguantaba más y que sentía que el tiempo se le estaba acabando: por una enfermedad que tiene, por una amenaza  que le llegó, por un viaje a la vista.

Al conocer su historia comprendí que sí había prisa y afortunadamente pude escribir la carta antes de su partida. Aquí les comparto estas palabras que salieron de Medellín hasta otro continente en busca de una señal de vida.

Esta vez me jugué esta carta a la carta por una madre y una hija, porque el amor también es familia.

Hija

Aunque te escribo a última hora, esta carta quise enviarla tres años atrás. Pero no la envié porque ni siquiera fui capaz de empezarla. Hoy, a unos cuantos minutos de dejar esta ciudad, estoy sacando fuerzas de no sé dónde para volver a dirigirte la palabra así sea por escrito.

De haber sabido que tenía el tiempo contado en Medellín de pronto la hubiera terminado antes pero no fui capaz, te lo juro. He dejado varias cartas inconclusas, la última vez que lo intenté estaba en tu pieza con una hoja en blanco y solo alcancé a escribir la fecha y  media línea: “son las 9 de la noche y estoy pensándote”.

Hasta ahí pude. En ese instante tuve que soltar el lapicero y taparme los ojos. Después de varios minutos quedé con las manos mojadas, fui a la cocina, cogí la candela y quemé esa página en el lavaplatos. Luego abrí la canilla y las cenizas se fueron con el agua. Espero que no pase lo mismo con esta carta y no termine derramándose por el desagüe.

Llevo 40 meses guardándome estas palabras y no sabes lo que me ha costado. Acumular no es sano. Cada vez que intento escribirte siento como si una mano me agarrara el cuello y lo apretara, como si poco a poco me quedara sin aire, como si estuviera a punto de reventarme por dentro.

A pesar de eso estoy aquí, escribiéndote de nuevo, en tu cuarto, haciendo el esfuerzo pero no es fácil, ya siento el ahogo, sobre todo cuando a mi alrededor ya todo está vacío y preparado para el trasteo: solo hay maletas, bolsas, cajas en el suelo, ya no queda nada de lo que conociste cuando esta también era tu casa.

Tal vez yo tampoco soy la misma. Desde que estoy muerta para ti estoy de luto. He perdido la chispa, ya no soy la mujer que siempre tenía una alcancía cuando había una fiesta a la vista o la que sacaba una cámara de fotos para guardar el recuerdo de todo.

Me encantaría por ejemplo dormirme en octubre y levantarme en enero para saltarme el 2 de diciembre, la Navidad, el año nuevo y tu cumpleaños. Ahora son días insoportables y eternos porque aunque no quiera me ilusiono cuando suena el teléfono y termino esperando así sea una señal de vida tuya.

Manrique también ha cambiado, el cielo está más nublado, hay más ruido en la calle, varios vecinos se marcharon, ya no está la panadería del Pana, lo hicieron ir del barrio hace rato como a nosotros en este momento. Ya sabes cómo es Medellín. A veces no basta con quererse quedar, cuando llega una amenaza es mejor arrancar. Esta vez nos tocó a tu papá y a mí…

Estaremos lejos, aunque si estamos con suerte y no hay derrumbes en la vía, quizás lleguemos después de 12 horas de camino. En ese pueblo trataremos de empezar de cero. Dicen que allá no hay muchos que sepan hacer lo que tu papito hace, por eso  tenemos fe en que el negocio va a prosperar y vamos a salir adelante.

En los últimos días me despedí de doña Nena, de Chava, de Adriana. Les dije hasta pronto aunque no sé si regrese, quién sabe hasta cuándo podamos volver a esta cuadra. “¿Y tu hija?”, me preguntaron todas.  “¿Mi muchacha?”, me pregunté yo también, luego suspiré y tragué en seco.

“No sé”, les respondí con tristeza. Justo en ese momento tuve que parar de hablar, no sabes la impotencia que siento cuando me preguntan por ti y no tengo respuesta.

“Por ahí la vi en unas fotos en Internet, tiene un perro blanco todo bonito que se llama Max”, fue lo único que pude contarles.

Si hago cuentas ya ajustamos más de tres años sin hablarnos. Cumplí más de 150 semanas aguantándome las ganas. Superé más de mil días conformándome con este silencio. Enterándome de tu vida por lo poco que me cuentan las personas que me alcahuetean y se meten al Facebook para darme alguna noticia tuya. Te confieso, no es curiosidad, es una necesidad saber de ti.

Cuando empiezo a ver tus fotos siento escalofríos en los brazos y un huequito en el estómago. Debo llevar pañuelitos porque casi siempre termino junto al computador con lágrimas en los cachetes.

Así supe que tuviste una fractura en una pierna, que tienes una mascota que parece un lobo blanco, que hay admiradores que cada vez que publicas una foto te escriben “guapa”, que ahora eres gastrónoma, que estás rodeada de paisajes que por acá no existen y que el sol salió de nuevo en tu vida.

Y eso me pone contenta, te lo aseguro. Te veo tan hermosa… pregúntale al papito, él también te mira en la pantalla y los dos nos miramos y nos decimos: “como está de bonita”. Te luce ese traje de chef, las botas hasta la rodilla cuando hay nieve y esa sonrisa con tus hoyuelitos que brilla en cualquier estación del año.

Mi nieta me guardó tu número en mi celular. El otro día intenté llamarte pero no me salió la llamada. Entonces me empezó la lloradera porque sentí miedo, mucho miedo. Miedo de escucharte, miedo de que al oír mi voz me colgaras. Miedo de que me recordaras que estoy muerta. Por eso no volví a intentarlo, me ganó el miedo y yo misma me acabé de enterrar.

Poco a poco he ido aprendiendo a manejar el Whatsapp gracias a la niña, claro que todavía soy muy lenta y escribo una palabra por minuto. Ya te imaginarás cuánto puedo tardarme en un chat.

También he intentado saber algo de ti por ese medio. He visto tu foto, sé a qué horas estuviste conectada por última vez y mi corazón se acelera cuando esa pantallita verde me dice que estás “en línea”.

Ahí empiezan las preguntas a bombardear mi cabeza: ¿Qué horas serán allá?, ¿Será de día o de noche?, ¿Hará frío o calor?, ¿Con quién estará hablando mi muchacha?, ¿En qué pensará?, ¿Qué sentirá?, ¿Aún se acordará de mí?, ¿Será que las bendiciones que le mando sí llegarán hasta por allá?

Yo te recuerdo siempre y no ha pasado un solo día en el que no ore por ti. Como no sé hacia dónde queda España, cuando rezo miro hacia los cuatro puntos cardinales. Un ratico hacia Envigado y otro hacia Bello, un momentico hacia San Cristóbal y otro hacia Rionegro.

No hay noche en que no le pida a la Virgen de Fátima que te cuide y a la Santísima Trinidad que te abrace allá donde te encuentres. No quiero que parezcas feliz sino que lo seas. También le he pedido a Dios que me dé una señal, que me diga cuándo es oportuno escribirte o llamarte, que me avise qué día tu corazón está dispuesto a reencontrarse con el mío.

Pero la señal no me llegó y no pude dar ese paso. De pronto es porque sigo muerta para ti y es imposible recuperarte. Y eso me atormenta porque siento que desde que no estás, mi vida se estancó. Eras el motorcito, el impulso, la energía, eso que le daba movimiento, sentido y luz a mis días. Ahora me siento frenada, opaca y vacía.

Hace poco me pudo el desconsuelo y en un arrebato le dije al papito que si acaso me moría en esa humedad del Chocó, que me cremaran, tiraran las cenizas al río y solo en veinte días te contaran. Pero ahora que lo pienso con cabeza fría, esa no es mi voluntad, al contrario, esa es mi pesadilla, es justo el final no deseado.

Esperar a que eso pase sería resignarme, no hacer nada por cambiar esta historia y conformarme para siempre con tu ausencia y con tu olvido. Estamos a tiempo mami, a pesar de la distancia que nos separa, de las diferencias que nos apartaron, tenemos vida y compartimos el mismo cielo todavía.

Quiero cumplir la promesa que me hice cuando era joven. ¿Te acuerdas que te conté? Cuando era soltera y mi mamá era fría, distante y seca conmigo, cuando me propuse ser todo lo contrario y darle todo lo que yo no tuve a un hijo.

Por eso traté de decirte “te amo” con frecuencia, de abrazarte con toda mi fuerza, de recordarte que eras mi vida entera. Pero quizás con el tiempo, la adversidad, los problemas, los desencuentros olvidé demostrártelo. Por eso quiero pedirte perdón. Perdón por lo que hice mal sin querer, perdón por lo que dejé de hacer. Perdón porque mi promesa quedó incompleta y ahora me parezco justo a lo que no quise ser. Perdón por eso, por no ser la madre que esperabas.

Hija, hoy 28 de junio de 2016, te estoy hablando con las manos arriba, con la frente abajo, con el corazón abierto. Te propongo dejar las armas: soltar la ironía, saltar el pasado, pisar el orgullo. Siempre te dije que el orgullo divide y por eso nunca aprendí a dividir. Ya no sé dónde poner todo este amor guardado, siento que me estoy desperdiciando como madre, que se me están acabando las oportunidades de amarte.

No pretendo que seamos las mismas de antes. No aspiro a que vuelvas a decirme “mi gorda linda”, a que regreses a comer salchipapas o gelatina con lecherita o a que seas la hija querendona y sobadora que tanto extraño. No espero todo eso, aunque no puedo negarte que lo deseo.

Pero sí espero una sola cosa: concédeme la oportunidad de volver a la vida en tu historia. No me sepultes con tu indiferencia. Si alguien te pregunta por tu mamá no te refieras a mí como una señora que se murió en Colombia: aunque esté lejos, en otro continente, en un pueblo escondido, esa mujer que te conoció hace 36 años no ha dejado de amarte ni un solo instante.

A veces cuando miro a  tu hija me veo a mí. Sus abuelos me dicen que la notan desanimada, callada, solitaria, como encerrada en sí misma. Hace unas semanas me dijo: “yo quiero estar con mi mamá, no importa que me deje sola, que no esté todo el día conmigo, pero quiero así sea tres minutos de cariño a su lado”.

Me provocó decirle que a mí me pasa lo mismo con la misma persona, que incluso me conformaría con un segundo o con una palabra tuya así sea a distancia. Nos haces falta hija, muchísima falta. Te necesitamos. Tu hija y yo te esperamos.

Son las 3:12 de la tarde y sigo pensando en ti. La nostalgia me presiona el pecho. Voy despidiéndome también de cada lugar donde fui feliz. Le digo adiós a Aranjuez, a Acevedo, a Manrique, a Campo Valdés, a los parques donde comimos helado, a las piscinas de Comfama, a la iglesia donde nos casamos, a las casas donde vivimos, a la última pieza donde dormiste, a toda nuestra Medellín.

De nuevo siento miedo de hablarte, de escribirte, de que tu reacción al reconocer mi letra sea ignorarme. Pero bueno, esta vez sí voy a correr el riesgo porque si no te envío esta carta, la angustia, la tristeza y la culpa me van a acompañar todo el camino. Aunque  no quiera llevarlas, ellas se empacan solitas y van conmigo así viaje en bus o en chalupa, me siguen a la montaña o a la selva, me persiguen así me esconda o me hunda.

Por eso llego hasta acá y termino esta carta recordándote que te amo y que quisiera salvarnos del olvido, para reafirmarte lo mismo que te dije esa vez cuando supe que ibas a ser madre: no sé cómo estoy en este momento, pero estoy y estaré…

Ojalá algún día vuelva a tener el honor de que cuentes conmigo y de escuchar que vuelves a llamarme madre…

Te amo,

L.

Una respuesta to “Carta a la hija ausente”

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  1. Carta a mis lectores | Cartas a la Carta - julio 28, 2018

    […] escrito como si fuera un adolescente, como si fuera una madre. He hecho discursos para bodas, funerales. Me han buscado niños, adultos mayores. He logrado […]

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