Carta a un esposo alcohólico

29 Dic

Esta carta la escribí por encargo de una mujer que decidió separarse de un hombre, a veces ebrio, últimamente violento. El alcoholismo lo envolvió en un torbellino y lo apartó del camino que trazaron en familia. Con estas palabras quería dejar por escrito las razones para marcharse, para pedirle el divorcio, para convencerse a sí misma de que esta decisión es un acto de amor… de amor propio. Dejó estas letras en un sobre cerrado en algún lugar de la casa el día que sacó sus cosas y emprendió la mudanza.

Hoy es un día difícil, es un día de trasteo. Es un día de entradas y salidas, de moverme de un lado a otro, de sacar mis cosas, de dejar otras. Aprovecho para dejarte estas palabras. Las dejo por escrito para que perduren, para que, si acaso las olvidas, puedas recordarlas cuando releas estas páginas.

No creas que para mí fue fácil tomar esta decisión, renunciar al sueño que construimos, deshabitar la casa que pusimos de pie, dejar atrás los recuerdos que fabricamos como pareja, cambiar el camino que habíamos prometido andar en familia.

Te insisto, no me estoy separando por falta de amor. Precisamente en honor a ese amor, me voy. El hombre del que me enamoré hace una década, el galán de camisa amarilla que me hizo reír en la primera cita, el que me besó por primera vez durante un calambre, ese tipo que abracé en moto por horas a lo largo de una carretera, ahora es otro.

Yo también soy otra quizás. Ambos cambiamos. Atrás quedaron esos jóvenes que viajaron a pueblos, que navegaron un pedacito del Caribe y soñaron con darle la vuelta al mundo juntos. Te agradezco por tanto, porque a tu lado caminé, crecí, amé, viví. No soy la misma y, a pesar de las circunstancias que ahora nos separan, traigo los mejores recuerdos de mi vida.

Por eso me voy. Quiero cuidar la memoria de mi corazón. Me voy antes de que otro vaso golpee la pared y se haga trizas, antes de que otra mata caiga y el piso se convierta en pantano, antes de que los gritos retumben en los oídos de nuestra hija y me quede sin respuestas cuando me pregunte: “mami, ¿por qué estás llorando?”.

Me voy antes de que sea tarde. Antes de que los recuerdos malos primen sobre los buenos. Antes de que a mi niña la recubra el miedo y sienta lo que yo sentí cuando tenía su edad, cuando mi padre llegaba a casa como un loco, dando puños, patadas, gritos, arrasando con todo.

Entraba borracho, mi mamá lloraba, discutían, él parecía un remolino porque a su paso todo se destruía, yo no entendía qué pasaba, solo me aferraba a las piernas de él tratando de calmar esa tormenta que se desataba cada vez que cruzaba la puerta oliendo a licor. Sentía miedo, mucho miedo. Miedo de sus arrebatos, miedo de su abandono.

La casa de mi infancia la recuerdo oscura y turbia. Me recuerdo en vela, encerrada en la pieza, escuchando la pelea, con temblor en el cuerpo, con un vacío en la boca del estómago, con una tristeza en el fondo de mi alma. Al otro día, mi papá tenía lagunas, no recordaba nada. Yo, que sí estaba sobria, nunca olvidé esos momentos, esos impulsos, esas palabras, el daño ya estaba hecho.

Esa violencia se hizo rutina, el miedo se volvió costumbre y esa costumbre se transformó en distancia. Mi papá fue una autoridad, un proveedor económico, un señor que, aunque estuvo cerca, lo sentí lejos. Lejos de ser mi confidente, mi ejemplo, mi amigo. No quisiera que eso pasara entre nuestra hija y tú. Yo los sueño cerca, siempre cerca.

Este año tuve un déjà vu cuando entraste a la casa como un huracán. Le pedí a la empleada que encerrara a la niña, que le diera el tetero, le prendiera el televisor y le pusiera todo el volumen para que no supiera qué iba a pasar. Llegaste con fuerza, tumbaste todo lo que había a tu alrededor, no tenías control, tu mirada contenía rabia, tus labios solo dejaron salir insultos, amenazas, frases que me daban golpes bajos: “Bruja hijueputa”, “Te odio malparida”, “Ahora sí nos vamos a dar”. En ese instante reconocí a mi papá en tus gritos, en tu aliento, en cada movimiento brusco.

Solo un sedante pudo calmarte y saliste de nuestra casa en ambulancia. Cuando despertaste no recordabas nada. Justo ahí, sentí que esa historia ya la viví. Esa niña que quedó encerrada en el cuarto, fui yo hace muchos años. Esa esposa que presenció esta escena, fue mi mamá en el pasado cuando el alcoholismo de mi padre se le hizo paisaje.

Entonces me llegó esa sensación de estar repitiendo la historia, de estarle dando la vuelta a una glorieta, una y otra vez. Con el tiempo cambiaron los roles pero la situación es la misma: ya no soy la hija, soy la esposa de un alcohólico. Si no cambio el rumbo ahora, no habrá salida. Mi hija tiene derecho a tener una infancia tranquila. A recordar su casa como un hogar de luz. A tener la imagen de unos padres que la amaron sobre todas las cosas.

Por eso he decidido hacer un viraje, para que el ciclo se rompa. Decido irme para empezar una nueva historia, para apartarme de ese ambiente tenso, de esos referentes violentos. Quiero que nuestra hija crezca sin traumas, sin pesadillas. Que sea una niña equilibrada y segura. Que cuando tenga problemas nos tenga confianza y se refugie en nosotros, nunca en las drogas ni en la bebida. Estamos a tiempo de lograr que la niña sea una mujer libre y feliz. Que pueda mirar su pasado con añoranza y no con amargura. No quisiera en un futuro que alguien la maltratara y que lo permitiera solo porque su madre lo permitía.

Ojalá algún día me comprendas y sepas que esta decisión que ahora nos duele, nos incomoda, nos sacude a ambos, es por el bien de los tres. Créeme que nunca olvidaré lo bueno, lo grato, lo feliz que fui contigo. No te niego que siento nostalgia. Se me viene una imagen de cuando recorríamos el país juntos. Te hablaba al oído, te abrazaba mientras el viento nos helaba la cara y mi corazón latía junto a tu espalda.

Sigue el camino, la vida es viaje y puede ser una aventura… pero cuídate, ojo con la velocidad y con las curvas, no pierdas el equilibrio, no te vayas al abismo. Eres un buen hombre, no te pierdas. Tienes una hija que te necesita, sobrio y fuerte. Recuerda ese hombre que fuiste, ese que sigues siendo, no lo dejes opacar por ese otro que conduce tu vida cuando estás ebrio.

Prometo cuidar tu imagen delante de mi hija. Proteger esa amistad que tejen poco a poco cada vez que montan en bicicleta o van juntos a la tienda, cuando juegan o ven una película uno al lado del otro. En este momento estás fabricando los recuerdos que los unirán mañana.

Entre tú y yo es hora de pasar la página, en vez de repasar las cosas que nos separaron, de señalar culpables o de resaltar errores, ahora pensemos en lo que nos une, en la meta que compartimos, en esa niña que necesita, aunque estemos separados, que hagamos equipo y que los dos estemos de su lado.

Una respuesta para “Carta a un esposo alcohólico”

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  1. Carta a mis lectores | Cartas a la Carta - julio 28, 2018

    […] para bodas, funerales. Me han buscado niños, adultos mayores. He logrado reconciliaciones, separaciones. Cartas a la Carta ha sido también mi refugio, mi polo al cielo, ese break que a veces necesito […]

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