Carta a mis lectores

28 Jul

Hace cinco años advertí que no era puta ni poeta pero que me alquilaba para amar. Que zafaba nudos de la garganta, que traducía silencios, que escribía cartas de amor por encargo, que esto era—simplemente— periodismo al servicio del amor.

Aunque he tenido temporadas de silencio y a mí también se me han ido las palabras, aquí sigue el blog abierto. Aunque no publique con la frecuencia que quisiera, las estadísticas están en ascenso. Hay un promedio de 8 mil visitas mensuales, 40 mil visitantes al año, tengo más de 2 mil suscriptores. Ya hay más de 100 cartas que resultan siendo una respuesta a miles de personas que semanalmente llegan por azar. Que le preguntaron a Google: cómo escribir una carta, cómo decir que…

Escribir cartas por encargo me ha traído situaciones divertidas, otras complejas. He cumplido la función de escribir como si fuera otra persona, imitar su escritura. Aclarar enredos, extraer palabras. La idea es ser un remitente oculto, que ningún destinatario me reconozca.

He escrito como si fuera un adolescente, como si fuera una madre. He hecho discursos para bodas, funerales. Me han buscado niños, adultos mayores. He logrado reconciliaciones, separaciones. Cartas a la Carta ha sido también mi refugio, mi polo al cielo, ese break que a veces necesito para fugarme, para seguir creyendo.

Esto que hago de escribir historias de amor reales y cartas por encargo existía en los terrenos de la ficción. En la película brasilera Estación Central (1998) dirigida por Walter Salles, hay un personaje que hacía algo semejante. Dora, una profesora jubilada, iba cada día a la terminal de transporte a escribir las cartas que los viajeros analfabetas no sabían hacer.

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Carla, la protagonista del filme cubano Nada más (2001) dirigida por Juan Carlos Cremata, trabajaba en un correo postal y solía abrir la correspondencia ajena para editar su contenido, cambiar palabras y agregar pizcas de cariño a las letras de los remitentes con el fin de lograr una reacción más feliz en el destinatario.

Carla

Tres meses después de abrir este blog, se estrenó la película Her, escrita y dirigida por Spike Jonze. Theodore, el protagonista, hace lo mismo que yo en Medellín pero desde Los Ángeles. Trabaja en una agencia escribiendo cartas por encargo de clientes. La paradoja es que él, que tiene las palabras precisas para cualquier ocasión, aún no ha podido soltar unas cuantas que tiene bien atoradas para su ex.

Captura de pantalla 2018-07-28 a las 7.21.19 p.m.

En la televisión colombiana hubo una serie llamada Cartas de amor (1997). Cupido López, un forastero, llega a un barrio a solucionar los problemas de los vecinos. Instala una oficina en el Valle del Cauca y con su mensajero despacha cartas de amor a cada esquina. El problema es cuando él termina enamorado de alguien del mismo barrio que no cree en el amor.

El protagonista de El Amor en los tiempos del cólera (1985), Florentino Ariza aprovechaba tanto amor acumulado para escribir cartas de amor gratuitas a otros. Cuenta esta obra de Gabriel García Márquez que “a veces hasta muy tarde la noche, reanimaba a los desvalidos con unas cartas enloquecedoras (…)” y que al cabo del primer mes de ofrecer sus servicios tuvo que establecer “un orden de reservaciones anticipadas, para que no lo desbordaran las ansias de los enamorados”.

Otro personaje del mismo escritor pero en la obra Memoria de mis putas tristes (2004), cuando se enamora a sus 90 años hace un experimento en el periódico del pueblo. Las columnas de opinión que solía publicar las cambió por cartas de amor que cada quien podía hacer suya. Cuenta la novela que “la respuesta pública fue inmediata y entusiasta con numerosas cartas de lectores enamorados”.

Putas

Algo así sucedió cuando decidí que esto podría ser real y fundé el blog en 2013, la primera y única agencia de periodismo narrativo al servicio del amor. Siempre pensé que, aunque la gente supiera leer y escribir, en ciertas circunstancias necesitaba a alguien que le susurrara las palabras precisas para expresar eso que no sabía cómo decir.

Requerían a un oyente que le aflojara esos enredos del pensamiento, un narrador que le diera una mano para escribir una carta, una persona que lo condujera hacia su libertad de expresión, un interlocutor que le ayudara a encontrar su verdad.

Y para eso estaba un periodista, para traducir los silencios en letras, interiorizar la voz de la fuente, comprender el contexto, interpretar la realidad, reconstruir hechos e inmortalizar la memoria del corazón en el papel y en la Web.

El primer hombre que solicitó una carta me contactó luego de leer un anuncio que publiqué en Facebook en julio de 2013: “Si sabe qué decir pero no encuentra las palabras, cuénteme su historia y yo le digo cómo. Escribo cartas de amor por encargo. Cartas a la Carta”. Ese mismo día me escribió un interesado en contar su historia de amor. Y solo con publicar su caso y su carta los enlaces se viralizaron y comencé a recibir visitas de 35 países diferentes de los cinco continentes.

Desde entonces han llegado cientos de solicitudes que me han desbordado como a Florentino Ariza porque resultó que el amor no era la única ocasión. La mayoría necesitaba una carta por encargo para resolver un asunto que había quedado pendiente: ofrecer disculpas, buscar una negociación, otorgar un perdón, hacer una confesión, cerrar un ciclo, reconocer un error, dar una explicación, propiciar un reencuentro, retomar una relación.  Si bien la carta en sí misma no es la solución, sí es el comienzo, tal vez es el primer paso para restablecer la comunicación con alguien, mediar un conflicto, catalizar un proceso o solucionar una situación en crisis.

De repente miles de personas se convirtieron en violadores de correspondencia y me tomaron por sorpresa las visitas de Corea del Sur, Libia, Egipto, Emiratos Árabes, Tailandia, Indonesia, Singapur, entre otros países lejanos e insospechados que se han acercado en busca de esa conexión universal que generan las historias de amor.

Ya decía el escritor colombiano, Juan José Hoyos, que la gente no puede vivir sin historias. Que los lectores saben que en las historias está la verdad. Que “no sujetan al lector a un dogma que más tarde descubrirá inexacto; no dictan una lección que después deba olvidar”. Y se apoya en el novelista Robert Louis Stevenson para concluir que las historias “repiten, reordenan, aclaran las lecciones de la vida; nos liberan de nosotros mismos”.

Entonces han surgido espontáneamente corresponsales anónimos o donantes de palabras que desde cualquier parte del mundo están haciendo sus reportes de amor. Hasta el momento han llegado donaciones de cartas e historias de amor desde Madrid, Buenos Aires, Montreal, París, Quito, Santiago de Chile, Ciudad de México, Bogotá y por supuesto de Medellín.

El poeta uruguayo Mario Benedetti declamó en un poema, “una carta de amor no es el amor sino un informe de la ausencia”. Sin proponérmelo Cartas a la Carta se convirtió en un espacio para compartir esos reportes, soledades, amores guardados. Es un grupo de apoyo para lectores que desde el anonimato están buscando dar y recibir, aprender y enseñar, recordar y liberar, buscando una esperanza y encontrando sosiego al leer y saber que a alguien más le pasó.

Gracias a todos los que siguen por acá leyendo, escribiendo, abriendo cartas. Cada uno hace que todo tenga sentido.

Captura de pantalla 2018-07-28 a las 4.32.48 p.m.

 

Una respuesta to “Carta a mis lectores”

  1. Nubia García U. agosto 9, 2018 a 6:36 AM #

    Me gustó mucho esta carta y saber que nuestra periodista es conocida en muchos países. Un abrazo para ella de gratitud por enviar a mi correo esas preciosas cartas.

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